El comunismo aristocrático – Maurizio Lattanzio (Vist a Tribulaciones Metapolíticas)

El Comunismo Aristocrático – Maurizio Lattanzio



 

El comunismo aristocrático

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Resistencia, en su línea de profundización político-cultural, se complace en presentar a nuestros lectores y amigos el presente ensayo de Maurizio Lattanzio publicado en la revista “Avanguardia” n° 162 – julio 1999, que por su rigor expositivo y su coherencia doctrinal merece la pena ser leído y consecuentemente debatido en el interior de toda comunidad militante verdaderamente antagonista.

Maurizio Lattanzio

Una organización social, económica y financiera debe, en primer lugar, ser conforme a un principio esencial: el elemento económico (vinculado al orden de los medios, caracterizado pues por su instrumentalidad) debe quedar subordinado al principio político (vinculado al orden de los fines).

Sentada esta premisa, resulta necesario a continuación bosquejar las líneas esenciales y las articulaciones estructurales propias de la organización económica y social del Estado.

Pudiera parecer extraño que, en el mismo momento en que nos enfrentamos a la exigencia primordial de garantizar la supervivencia de nuestra especie, se descienda a la delineación de modelos organizativos económico-sociales.

Ante todo, consideramos necesario fortalecer y difundir en su totalidad el espectro teórico que recoge y expresa nuestra alteridad racial, con objeto, al menos, de transmitir instrumentos político-culturales corrosivos y devastadores a aquellos Camaradas que nos sigan y que continúen nuestra lucha perpetuando la ontología de la comunidad del pueblo en la cual nos reconocemos. Pero, algo quizás hoy más importante, resulta igualmente necesario señalar aquellos horizontes que, prescindiendo de la más o menos inmediata actualidad práctica, contribuyan a romper, a seccionar las raíces enfermas a través de las cuales fluye el reflejo condicionado que, consciente o inconscientemente, puede todavía inducirnos a prestar oídos a los ecos de expresiones que fueron y son de la derecha.

El modelo organizativo que determinaremos y que intentaremos sobre todo argumentar en sus posibilidades tradicionales, posee así una considerable eficacia “provocadora” político-sicológicamente, aun sin disminuir lo más mínimo su rigurosa conformidad con la cultura de la tradición.

La organización estatal se configura como Estado popular, forma de comunismo aristocrático de tipo espartano y de inspiración platónica, caracterizado por la abolición de la propiedad en cualquiera de sus formas de manifestación.

En ningún caso debe confundirse la organización comunista de la esfera económica con el socialismo marxista, cuyas proposiciones pueden, a su vez, desarrollarse incluso en el marco de una sociedad que no sea ni integral ni estructuralmente comunista.

Habitualmente, el término “comunismo” hace referencia a ideologías que afirman concepciones fundadas sobre la estatalización del ciclo producción-consumo; la tierra, los medios de producción son propiedad del Estado y posesión del pueblo que los utiliza de acuerdo a objetivos fijados por las autoridades centrales mediante el uso instrumental de la planificación de las necesidades y de los beneficios.

Hoy, el término comunismo es asociado automáticamente a la ideología marxista como su consecuencia necesaria bajo el aspecto socio-económico. Hay una especie de reflejo condicionado que induce a considerar el régimen comunista de la propiedad y del derecho como monopolio exclusivo del marxismo. Semejante reflejo resulta sin duda alguna estimulado por la incontestable relevancia asumida por la ideología marxista, que, por lo demás, ha aplicado este esquema social y económico en el transcurso de su desarrollo histórico-político durante el siglo XX. Pero esto no debe llamarnos a engaño: es bueno saber que elaboraciones teóricas y aplicaciones prácticas de carácter comunista se remontan a épocas muy anteriores al nacimiento del socialismo marxista.(1)

Al margen del régimen comunista vigente en la Esparta dórica, hay que recordar especialmente el “comunismo platónico” teorizado precisamente por Platón en “La República”.

En “La República” de Platón el régimen comunista es además un privilegio que corresponde –en armonía con su función suprema- a los guardianes (fylakes), es decir a los dos primeros estamentos formados por los sabios y por los guerreros, con estricta exclusión de los artesanos y de los campesinos. El régimen comunista correspondiente a los guardianes no se refiere solo a la propiedad, sino que se extiende también a las familias, con el fin de cimentar la absoluta coherencia ética y por otra parte el absorbente servicio al bien común de los miembros del cuerpo aristocrático. Las relaciones entre jóvenes y viejos –cada uno de los cuales podía ser respectivamente el hijo o el padre del otro- quedarán establecidas bajo un sólido tejido de solidaridad, alimentado por la des-individualización de los lazos de sangre, y extendido al conjunto de la comunidad aristocrática. Las uniones serán sometidas a la disciplina del Estado de acuerdo a las reglas de la eugenesia, mientras las mujeres (las feministas llegaron con retraso…), una vez confiados sus hijos desde edad temprana a los modelos educativos impartidos por las instituciones del Estado, podrán reemprender su participación activa en la vida pública. Se trata de una ascesis vertical, un volo imperiale, una superación radical de la sofocante amalgama hecha de posesión y desconfianza, hipocresías y convenciones, que caracterizan las relaciones interpersonales en la podrida e infame familia burguesa.

“Un día los obreros vivirán como los burgueses, pero por encima de ellos, más pobre y más simple, estará la casta superior. Esta será dueña del poder”.(2)

Es un comunismo aristocrático y ascético, antidemocrático y antiigualitario, que, por otra parte, no dejará de hallar una total resonancia en las prefiguraciones de sociedades comunistas no marxistas o ciudades ideales surgidas en el periodo renacentista o en rededor del cristianismo de los orígenes.

En el libro segundo de su obra principal, “Utopía”, Tomás Moro describe los contornos ideales de la república perfecta. Es la República de Utopía, en la que está abolida la propiedad privada y el uso de los bienes está permitido a cada uno según sus necesidades. Está suprimido también el uso del dinero, porque los bienes se estiman por su valor intrínseco y no como mercancía de cambio; y ello, a fin de evitar procesos de acumulación y fenómenos especulativos. El trabajo es un deber social para todos, mientras que las leyes son pocas, simples y de fácil interpretación para todos. En Utopía cada cual profesa libremente la religión que desea, pero todos admiten la existencia de un ser supremo, la inmortalidad del alma, el premio de la virtud y el castigo del vicio.

En la Ciudad del Sol –notablemente influida por los modelos políticos de Platón y Tomás Moro- Tomás Campanella expresa sus aspiraciones relativas a la política de “renovación de siglos”.

Los solares viven en una república – la “Ciudad del Sol”- regida por un rey-sacerdote, el “Metafísico”, y por tres magistrados (Pan, Sir, Mor), esto es poder, sabiduría y amor, que simbolizan los tres atributos fundamentales del Ser desarrollados en la “Metaphysica”. Los solares practican una religión natural y poseen en común la propiedad y las mujeres, mientras que la procreación de los hijos está sometida a normas eugenésicas. Según Campanella la educación debe basarse en la experiencia y en pruebas selectivas de aptitud, no en libros, del mismo modo su concepción política se funda en una visión ético-religiosa y cósmico-mágica del universo.

En el siglo XVIII, Morelly considera que la propiedad privada ha roto la armonía del estado de naturaleza, de cuya existencia histórica Morelly, al contrario de Rousseau, estaba convencido. En el estado de naturaleza reina la más completa igualdad (con Morelly nos hallamos frente a una teorización comunista que, aun no siendo marxista, resulta de cualquier modo ya igualitaria) y la comunidad de bienes; la introducción de la propiedad privada corrompe las costumbres humanas y destruye sus inclinaciones naturales. El nuevo estado de naturaleza – cuya configuración comunista está descrita en la Basiliade y en el Códice- se caracterizará por la valoración de la agricultura y del artesanado, mientras que leyes (anti)suntuarias impedirán la excesiva concentración de riquezas y los efectos corruptores del lujo.

La influencia de Morelly será notable con relación al ala más radical de la revolución francesa y en el posterior socialismo utópico.

Charles Fourier acusa a filósofos y políticos de adorar dos perversas instituciones de la sociedad: el comercio privado y la familia. Fundadas ambas sobre la incoherencia, es decir, sobre la fragmentación de la sociedad en pequeños núcleos adversarios y concurrentes, así como sobre la mentira.

El comercio es el cáncer de la economía en cuanto representa una actividad parasitaria y fraudulenta dirigida a fomentar las condiciones favorables a cualquier actividad y maniobra especulativa, del mismo modo que la anarquía de la producción y de la circulación, el denominado “libre cambio”, es causa de las crisis económicas mundiales.

Por lo que respecta a la familia burguesa, basada en el egoísmo de pareja y en el matriarcado, ésta supone el crisol de la hipocresía y del convencionalismo, de la esterilización de las pasiones y de la miseria de los sentimientos (lógico y vergonzoso epílogo a un humorístico propósito de eternidad [sic] fundado sobre un “sí” dicho ante un cura o un alcalde). Permítasenos subrayar que hoy la familia es esto, al tiempo que, a causa de la “ausencia de progenitores”, se ha extinguido ya cualquier función educativa de la familia respecto a los hijos, a los cuales se transmite únicamente egoísmo, vileza y oportunismo. No pudiendo ser otra cosa que unos débiles. ¿La familia burguesa? Una carcasa en putrefacción…

Para Fourier, el “trabajo sugestivo” debe desarrollarse dentro de comunidades denominadas “falansterios“, que estarán formados por un número de personas no superior a las 1.600. Estas deberán desempeñar actividades genéricamente relacionadas con el territorio circundante, al extremo de dotarse también de una pequeña parte de industria y de trabajo artesanal. Hostil a toda forma de socialismo igualitario y moralista, Fourier pensaba que no era necesario suprimir la propiedad privada y la desigualdad social (la renta de cada asociado es proporcional a su trabajo, a su talento y al capital eventualmente invertido), pero esto no debería comportar el retorno de formas de competencia y explotación ligadas a la propiedad privada burguesa.

* * *

El Estado popular deberá constituir el tejido organizativo-institucional que acompañe a la obra de formación del “hombre nuevo”, preciosa sustancia celular del nunca extinto filón áureo de la raza ario-europea. Será preciso laminar y pulverizar los sustentáculos políticos, sociales y económicos que mantienen –cual sólidas plataformas- los procesos de recambio de las oligarquías burguesas y plutocráticas que dominan los regímenes democrático-parlamentarios.

Lazos de clientelismo –entretejidos de forma implacable y enérgica dentro de una sociedad donde el hombre brilla por su ausencia y predomina el gusano– anudados alrededor de las burocracias de Estado, de partido y de sindicato; consolidados status sociales burgueses (porque si bien es cierto que la burguesía es antes que nada una mentalidad –en esto estamos de acuerdo- no es solamente esto, dado que ella se expresa simultáneamente también en la ostentación del poder y del privilegio particular mediante estratificaciones sociales muy definidas, concretas y socio-económicamente caracterizadas); poderosas y determinantes concentraciones de riqueza económico-financiera obtenidas de cualquier modo; son las baterías en las cuales y en torno a las cuales se educan y en las que, posteriormente, se encajonan para su engorde dentro de las estructuras del Estado democrático los defensores, o mejor aún los siervos que aseguran la hegemonía social del partido único de la burguesía.

Se trata de masa gregaria a la que se hace pasar fraudulentamente por clase dirigente, cuya única y muy difusa traza de identidad resulta artifiosanmente conferida por la adhesión a las convenciones sociales, a los dictados de las modas culturales y a ese dominio de la apariencia en el que se funda y encuentra respaldo y reconocimiento la micromoral utilitarista y los criterios de valoración cuantitativos y materialistas del “último hombre”. Y nos referimos aquí al insecto travestido con máscaras grotescas que, en la sociedad burguesa, en medio de esfuerzos innumerables, parecen dotarlo de un semblante más o menos humano.

En el Estado popular la formación de la aristocracia política afluye al margen de cualquier condicionamiento económico o social proveniente de la sociedad civil. La calidad del hombre se valorará por la capacidad de adhesión a una visión del mundo centrada sobre valores éticos y, allí donde se den las condiciones espirituales.

La relación burguesía-sociedad, es decir la relación existente entre ocupante y espacio de ocupación, será sustituida por la relación Estado-Comunidad del Pueblo, donde el primero resulta ser el evocador y la segunda el ámbito social al cual se dirige la llamada del Estado, ante la que solo una minoría de electos responderá, mejor aún, podrá responder, a fin de asegurar el necesario, fisiológico, recambio orgánico de la aristocracia política del pueblo.

Integrados en las organizaciones políticas del Estado, los miembros de la comunidad, desde la más tierna infancia, están situados en una posición de paridad de condiciones en las que no hacen mella, en una palabra no pesan, preconcebidos status económico-sociales más o menos favorables o posiciones de privilegio adquiridas por cualquier medio. La imposibilidad técnica – garantizada por la regulación comunista, que, sin embargo, deberá conjugarse con el nacimiento de un nuevo tipo humano – de acumular individualmente bienes económicos instrumentales y de consumo, impiden que los miembros del Estado popular hagan depender su rango dentro de las estructuras estatales de la posesión de riquezas materiales. Así, se desarrollará un proceso de diferenciación jerárquica, enraizada en la diferente naturaleza física, intelectual, ética y espiritual (mejor incluso: racial) de cada cual. No ofensivas desigualdades basadas en la riqueza y en el origen social, sino auténticas jerarquías cualitativas fundadas en una diferente morfología ontológica.

La organización comunista del Estado popular deberá crear espacios absolutamente libres respecto a los mecanismos y a las dinámicas contractuales y mercantiles que caracterizan a la sociedad burguesa, o lo que es lo mismo, deberá suscitar los presupuestos técnico-estructurales idóneos a fin de coronar la obra de desintoxicación con la que el hombre será liberado del veneno inoculado por la ética mercantil judeo-burguesa. Resulta imprescindible derribar los pilares sobre los que la “era económica” se ha consolidado y prosperado, señalando y destruyendo las instituciones económicas y sociales que, objetivamente, han constituido el humus en el cual el partido único de la burguesía ha articulado su dictadura hegemónica.

Un Estado que pretenda realizar su esencia aristocrática y jerárquica con objeto de permitir a sus miembros el vivir una existencia orgánica, no puede prescindir de acometer soluciones radicales que, situándose más allá del nihilismo, deroguen las fórmulas económicas mercantiles: “…debe quedar esterilizado el ambiente del cual el burgués extrae vida: ¡tal es la razón de una regulación económica comunista!”(3)

El régimen de comunismo de bienes tendrá la misión de eliminar el diafragma económico y contractual que, con la afirmación burguesa, constituye el único nexo vinculante entre un hombre y otro. La supresión de las articulaciones estructurales del capitalismo, una vez confinada la economía a un área marginal y no esencial (ergo: instrumental), creará un espacio libre capaz de permitir al hombre asumir y expresar su real expresión y dimensión ético-espiritual. La inexistencia de finalidades individualistas ajenas al Estado, volverá natural y lógica la abolición del régimen de titularidad privada de los medios de producción, de la riqueza inmobiliaria y de la concentración financiera, elementos e intereses objetivamente extraños con relación a los fines de Estado.

Sin embargo, debe admitirse que la función desempeñada por la propiedad privada en la civilización clásica o en la romano-germánica medieval (4) no fue aquella atribuida en las sociedades burguesas: o sea, una entidad económica y cuantitativa objeto de explotación productiva, propiciadora de bienestar material y dinero, pasaporte que permite trepar en la escala de los llamados (sic!) “niveles sociales”. Por otra parte, no se puede negar que el cuadro económico, caracterizado por una relación equilibrada entre producción y consumo, no era en absoluto el del actual “demonismo productivo”, sino que, al contrario, presentaba singulares analogías y puntos comunes con que, hoy, podrían ser actualizados en el contexto de una economía de tipo comunista.

La propiedad privada, salvo para el pensamiento liberal-democrático (véase Locke), no ha representado nunca un valor por sí mismo: no ha tenido jamás un crisma de “sacralidad” y de inviolabilidad; no ha poseído jamás una autónoma, intrínseca esencia capaz de conferirle un valor que la eleve por encima de su función meramente instrumental. Que quede bien claro: nosotros nihilistas-revolucionarios no tenemos fetiches que adorar, y la propiedad privada no es otra cosa que uno de los ídolos del mundo burgués. La propiedad privada es hoy la proyección organizativa y estructural del fraccionalismo individualista-burgués. Para nosotros, el régimen jurídico al cual se someten los bienes materiales desempeña una función dependiente, -por consiguiente: relativa e instrumental- frente a la categoría de lo Político, la cual no admite ni consiente la existencia de magnitudes absolutas e intocables sobre el plano contingente de la esfera socio-económica.

“Al principio se poseían riquezas porque se era poderoso. Ahora se es poderoso porque se tiene dinero. Sólo el dinero eleva al espíritu sobre un trono. Democracia significa identidad perfecta entre dinero y poder”.(5)

Antes propiedad y riqueza expresaban posiciones de poder cualificadas bajo el aspecto de grandeza interior; ahora las posiciones de privilegio son consecuencia de la solidez del patrimonio económico y financiero, adquirible mediante las típicas dotes de la mentalidad mercachifle judeo-burguesa.

Por consiguiente, existía un vínculo orgánico e inmaterial entre personalidad y propiedad, entre función desempeñada y riqueza, entre dignidad personal y posesión de bienes. De este modo, dotando a la economía de un sentido que la transcendiera, se le impedía hacerse autónoma y constituirse en razón de sí misma, objetivo que aplasta, ahoga y extingue toda forma de dignidad, de aspiraciones y de sensibilidad.

Estas observaciones deberían ser suficientes para demostrar lo infundado de posible refutaciones esgrimidas por quien quisiera ver en la utopía comunista-aristocrática del Estado popular una burda imitación de los regímenes socialistas, más o menos reales, de inspiración marxista.

Pero, por rigor expositivo, resulta interesante detenerse en el concepto de comunismo.

Comunismo, en la acepción marxista, no es copropiedad, porque ésta es un modo de ser de la propiedad, asimilable al concepto de “communio” elaborado por el derecho romano. Solo una persona o una comunidad de personas o una entidad que posea un contenido ontológico (6) pueden ser titulares de una propiedad.

El estado socialista que, según Lenin, está destinado a terminar “en el basurero de la historia”, no puede ser titular de los bienes de la nación, puesto que no es más que mera superestructura, carente de una esencia que pudiera dotarlo de una realidad ideal de tipo platónico. Para los marxistas, el estado es un aparato burocrático-represivo, un instrumento útil durante una fase de transición en el curso de la cual debería acaecer el paso del socialismo al comunismo. Así pues, en la sociedad marxista, la abolición de la propiedad privada es en realidad expropiación de la propiedad del pueblo en beneficio de la oligarquía técnico-burocrática, en cuyas manos se realiza la coincidencia entre poder político y poder patrimonial. De hecho, la propiedad sin propietario no existe: la propiedad es del pueblo o de la oligarquía; la propiedad atribuida a instrumentos o a fantasmas jurídicos exentos de contenido humano u ontológico (el estado marxista) es solamente una pantalla que oculta la expoliación del pueblo por parte del poder oligárquico, que concentra en sus manos el monopolio discrecional de los bienes de una nación.

En las concepciones tradicionales, al contrario, el Estado es el espacio de las formas ideales, de los arquetipos ontológicos preexistentes y superiores a la realidad concreta que ha sido modelada en ellos y por ellos. El Estado, por lo tanto, “es”, no constituye un instrumento sino un centro real de poder que puede, en consecuencia, ser titular de los bienes de la nación, de los cuales concede la posesión a los miembros de la comunidad del pueblo, que deben emplearlos de acuerdo al bien común.

*   *   *

La unicidad de la Tradición informal (7)se expresa sobre el plano histórico mediante formas tradicionales distintas y múltiples, que pueden presentar unas frente a otras características aparentemente divergentes. De donde, no se puede excluir a priori que la organización económica de un ordenamiento político inspirado en los valores de la Tradición puede configurarse con perfiles de tipo comunista.

Una vez establecida la distinción entre el plano de lo político y el plano de lo económico, este último podrá asumir las connotaciones organizativas más variadas. La esencia espiritual de la Tradición no conlleva necesariamente su concreta manifestación en un marco económico institucional y organizativamente determinado a priori. También un marco económico estructuralmente comunista podrá ser sostenido y alimentado, impregnado e inspirado por valores tradicionales. La vida económica será caracterizada por relaciones jerárquicas y solidaristas, por la coincidencia entre vocación y profesión, y por la serena consciencia de vivir una existencia orgánicamente enlazada con el Todo y conforme a la propia naturaleza, la cual, a su vez, permite una consciente y responsable aportación a la consecución de los fines del Estado.

El Estado no es capitalista ni comunista, porque, vuelto a vincularse a un plano de valores transcendentes el espacio económico, no se identifica ni puede ser reconducido, condicionado o definido por una determinada forma económica organizada. La diferencia cualitativa por el contrario debe ser buscada en la influencia que el principio económico ejerce en una sociedad, en la autonomía decisiva y operativa y en la capacidad de control que el Estado posee con relación a la economía. No hay que buscarla ciertamente en diferencias de carácter técnico-organizativos.

“La verdadera antítesis no es pues aquélla entre capitalismo y marxismo, sino la existente entre un sistema en el cual la economía es soberana, más allá de la forma que ésta revista, y un sistema en el cual queda subordinada a factores extraeconómicos dentro de un orden mucho más vasto y completo, capaz de conferir a la vida humana un sentido profundo y de permitir el desarrollo de posibilidades más elevadas que ella”.(8)

No existe conflicto entre sistemas económicos técnicamente considerados sino entre las diferentes posiciones que la economía ocupa en una sociedad y entre las diversas estructuras internas de los tipos humanos que se sitúan frente a ella. Resulta pues ficticia la distinción entre diferentes sistemas de producción y distribución de bienes y de la riqueza –reduciéndose ésta al mero dominio organizativo-instrumental – cuando el bienestar de las masas resulta el objetivo último en torno al cual estos sistemas hacen converger sus esfuerzos.

Rechazar conscientemente y no epidérmicamente el dogma del determinismo marxista, con el cual se pretende modelar al hombre y sus plenitudes espirituales, culturales y políticas sobre la base de relaciones de producción, significa atribuir importancia fundamental no a la esfera económica considerada en sí misma, sino a la posición ocupada por ella, a la influencia por ella ejercida y a la actitud con la cual el individuo se coloca frente al hecho económico.

En conclusión, consideramos el proyecto comunista-aristocrático del Estado popular como un elemento ya adquirido dentro del patrimonio cultural tradicional; así, consideramos positivamente una elaboración cultural que dote de un ulterior volumen teórico a esta solución organizativa.

No hay necesidad de contraponer ningún tipo de prejuicio con relación a las formas económicas que asumirá la futura Restauración tradicional; en su interior, incluso el esquema organizativo del Estado popular podrá proponerse como solución funcional.

NOTAS

1El pensamiento marxiano se orienta hacia la construcción de un sistema socio-económico basado en la atribución indiferenciada e igualitaria del bienestar material (bienestar del cual, en la época de las especulaciones de Marx, gozaban sólo dentro de la sociedad burguesa algunas clases sociales) al conjunto de la sociedad civil, en la perspectiva de la abolición del Estado, de la total homogeneización social y de la igualdad económica….. En Suecia, Noruega, Dinamarca, por ejemplo, se ha realizado –en un contexto estructuralmente distinto al imaginado por Marx- el sueño mesiánico de la “sociedad sin clases” anhelada por el intelectual judío. En esta sociedad han desaparecido prácticamente las diferencias sociales o de clase, mientras que el disfrute generalizado de los bienes materiales ha traspasado ampliamente el límite de lo superfluo, en el ámbito de un sistema social caracterizado por la presencia de una corrupta, obesa y satisfecha (incluso aunque el alcoholismo y los suicidios tengan una incidencia destacada) burguesía de masas, ofuscada y embrutecida por un estupefaciente materialismo práctico mucho más absorbente socialmente que el llamado “socialismo real”. No existe cuestión social, mientras que la religión protestante, lejos de ser el “opio del pueblo”, es el fermento que permite a las masas burguesas sublimar en el Evangelio la visión mercantil, utilitarista y materialista de la vida… ¿podría Marx desear algo mejor?

2 Friedrich Nietzsche, “Voluntad de poder”.

3 F.G. Freda, “La Desintegración del Sistema”. El ambiente es el conjunto de las condiciones físicas, químicas, biológicas en las que se desarrolla la vida de una comunidad de organismos. En la sociedad democrática, el ambiente es el conjunto de las condiciones o circunstancias institucionales y estructurales, de los mecanismos económicos y sociales que permiten al burgués actuar en coherencia con la propia mentalidad mercantil. Bancos e industrias privadas, contratos y usura, libre iniciativa económica y propiedad privada, representan los vehículos jurídico-institucionales estructural y funcionalmente adecuados para la expansión infecciosa y la realización operativa de la mentalidad burgués-capitalista. La supresión de estas instituciones económicas y de estas fórmulas jurídicas determinará el desarme material del burgués, privándolo del soporte instrumental idóneo para activar sus potencialidades mercantiles. Se trata, en definitiva, de la esterilización del ambiente, al cual, sin embargo, deberá añadirse orgánicamente una eficaz terapia destinada a borra la mentalidad burguesa, favoreciendo, al mismo tiempo, el nacimiento y la afirmación del “hombre nuevo”.

4 Entre los antiguos Germanos, así como en la civilización clásica y en la romano-germánica medieval, la propiedad, – empapada de valores espirituales, religiosos y éticos y orgánicamente integrada en el tejido social- concurre funcionalmente a la conservación del equilibrio económico de la comunidad del pueblo. La Sippe (correspondiente a la gens romana) de los antiguos Germanos, conocidos y descritos por Tácito en su “De Origine, situ, moribus et populis Germaniae”, reúne en un contexto de relaciones sociales de tipo solidarista a un grupo orgánico de familias descendientes de antepasados comunes de estirpe divina. En el interior de la Sippe el individuo no existe como subjetividad particularista de derecho, sino que la propia identidad individual está radicada en el grupo del cual forma parte orgánica integrante. Los miembros del grupo gentilicio cultivan las parcelas de tierra circundantes, que no constituyen una propiedad individual sino que pertenecen solidariamente, como por otra parte los bosques y pastos, a la Sippe. Fustel de Coulanges (“La Ciudad Antigua”) escribe: “Conocemos el derecho romano de la época de las XII Tablas; está claro que en esta época la alineación de la propiedad estaba permitida. Pero existen razones que nos llevan a pensar que, en lo concerniente a la época originaria de la Romanidad, la tierra estuviera sometida a un régimen jurídico de inalienabilidad”. El propietario de un bien inmueble no es nunca un particular, sino una familia o una estirpe: “El individuo –escribe De Coulanges- recibe la tierra sólo en posesión: pues de hecho pertenece también a aquellos que murieron y a los que nacerán“. En el medioevo romano-germánico el régimen de la propiedad está fundado sobre el beneficio, que es la concesión de un determinado territorio por parte del señor feudal o del soberano a un vasallo a él subordinado, en el marco de un orden jerárquico piramidal de contenido ético y espiritual. Esta concesión no comporta derechos de propiedad sino sólo el usufructo del bien (tierra y castillos). A cambio el vasallo –al margen de suministrar determinadas contribuciones de carácter económico (productos de la tierra, etc.)- jura fidelidad personal a su señor por el cual se compromete a combatir en caso de guerra.

5 Oswald Spengler, “La Decadencia de Occidente”.

6“Ontología” es un concepto introducido en el vocabulario filosófico a partir del siglo XVIII para señalar la “ciencia del ser”, cometido que Aristóteles asigna a la filosofía primera o metafísica. La expresión “contenido ontológico” puede ser referida a una entidad que “es” en cuanto objeto de estudio por parte de la “ontología”. La esencia –por consiguiente: la realidad- puede constituir el fundamento de la titularidad de un bien económico. La propiedad de un bien no es por tanto prerrogativa exclusiva de una persona física o de una comunidad de personas, sino que puede ser atribuida a cualquier entidad que – más allá – de la fictio iuris de la persona jurídica (sic!)- tenga una esencia y, por ello, “contenido ontológico”.

7 La Tradición informal, cuyo plano se sitúa en una dimensión cósmica trascendente, está constituida por una única esencia; esta se manifiesta, desarrolla y actualiza sobre el plano histórico en el marco de formas tradicionales orgánicamente diferenciadas, y, en consecuencia, adecuadas a la mentalidad y a las disposiciones espirituales de la comunidad en la cual se desenvuelve. La Tradición informal es el Principio metafísico no-manifestado o totalidad de la Posibilidad Universal. La manifestación del principio metafísico conlleva un proceso de determinación en el contexto de una forma espacial, temporal e históricamente delimitada. La Tradición informal se diferencia y formaliza en su modo de expresión, pero es única en su esencia trascendente.

8 Julius Evola, “Los Hombres y las Ruinas”.

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