El ser uno mismo y la psicología del falso revolucionario

http://librepensamientorevolucionario.blogspot.com.es/2012/10/el-ser-uno-mismo-y-la-psicologia-del.html

Estoy acostumbrado a ver en las redes sociales, así como en otros lugares de Internet, frases que invitan a las personas a ser ellas mismas. Frases a veces un tanto empalagosas, de autoayuda (empalagosas de por sí) o que adolecen de cierto espíritu adolescente que vive de una rebeldía que no es real, sino un subproducto de las series televisivas, grupos de rock, etc. Dicho espíritu inunda a muchos jóvenes de cierto “espíritu antisocial” que al final no deja de ser una pose que en la práctica se traduce en cierto espíritu autodestructivo: fumar desde temprana edad, cogerse borracheras colosales cada fin de semana, romper mobiliario urbano, sentirse víctima de todo, acostarse con todo el mundo, faltar el respeto a los padres, etc. Y todo bajo el auspicio del todopoderoso concepto ‘libertad’, que todo el mundo da por hecho que conoce y que sin conocer todos obedecen pues es aquello que te abrirá la puerta de todo: la libertad a veces surge como un fantasma moldeable a las necesidades de cada cual, todos luchan por la libertad porque todos, de alguna forma, ven que todo lo que les rodea atenta contra ellos mismos, aunque realmente no atente nada.

¿Quién en esta democracia no dice que es un luchador por la libertad? La libertad actual es un concepto impuesto por la moral de esclavos, pues a tal libertad se le une una voluntad de lucha característica y esa voluntad obedece siempre a la sensación de que existe alguien más elevado que te oprime, simplemente; es la lucha de siempre del esclavo de quitarse las cadenas, aunque esas hoy sean invisibles. Este concepto de libertad es contrario a un sentido aristocrático, que tiene mayor relación con la soberanía, el autocontrol, la autodisciplina, el autoconocimiento y la responsabilidad, pues se acepta que la libertad es una conquista individual, personal y de nuestra propiedad, una propiedad inalcanzable hasta para el más ávido de los avariciosos y acapadores de voluntades o de cuerpos: podrán someternos, humillarnos, encerrarnos, pero jamás nos tendrán… totalitariamente. El hombre soberano ha sido un problema en todas las épocas, en algunas litigaba mejor, en otras peor, hoy lidia con la masa aborregada, que obedece al dogma impuesto de la democracia moderna, superestructura evolucionada de los logros de la Revolución Francesa, una revolución burguesa. Y entiéndase soberanía como una forma más perfecta de libertad, como una superación de la libertad.

En definitiva, en esta sociedad tan extraña que nos ha tocado vivir siempre nos dicen que vivimos en libertad, pero hasta para ser libres nos dicen cómo hay que serlo, por lo que al final ¿qué libertad puede haber? Porque si uno no puede construirse sus propios principios morales, si uno no puede crear su propia ética, porque los medios te enseñan y determinan a pensar de cierta manera… insisto: ¿qué libertad puede haber? ¿Qué libertad puede hallarse si sólo existe un modelo de ser libre que yo debo acatar o…?
Muchos hombres y mujeres que quieren ser ellos mismos se inundan de un espíritu de superioridad, aunque no lo admitan: se sienten especiales; y se inducen ese espíritu porque quieren ser más de lo que son, algo que sólo pueden ser con el disfraz y no por ellos mismos: es el narcisismo de El elegido, del que se cree señalado para un gran propósito. Al final, esa búsqueda de uno mismo se traduce en un inventarse a uno mismo, y ahí surge la idea del rol de la persona: proyectarse como un personaje en la sociedad, despojado de autenticidad real: como la existencia de un yo después del yo real del que sólo se tiene consciencia del segundo, que ha usurpado el primero. Además, es absurda la búsqueda, pues uno se tiene ya y lo que debe hacer es construirse bajo una perspectiva real de la persona, proyectándose desde el pasado de su estirpe y de su historia (lo que le ha llevado a ser lo que es) para proyectarse hacia el futuro construyendo todo aquello que le haga ser más él mismo: y esto tiene una base real, uno no es lo que quiere ser, sino lo que es si es que quiere ser él mismo por sí mismo. Así que en esta sociedad las personas se convierten al final en subproductos de ellas mismas, en personajes fotocopiados de un molde transmitido por las revistas, la televisión, la música, etc. o ‘por lo que le da la gana’ o ‘porque él/ella lo vale’. Las sombras de Platón se transmiten desde los medios de comunicación.
Hoy ha triunfado el modelo de hombre cosmopolita y tolerante hasta lo indecible. El hombre que defiende valores nacionales, de sangre, de familia, es un hombre anticuado y anacrónico que es tolerado o no pero siempre visto con cierta pena. La idea de progreso ha convencido a la masa de que avanzar es acabar con todos los elementos que en el pasado… ¿el pasado? ¡No! ¡Con todos los elementos que desde siempre han sostenido, amparado y cohesionado una comunidad concreta en un territorio determinado! La humillación que hoy sufren los pueblos europeos es la misma que la de aquellos alemanes pagando “reparaciones de guerra” muy abusivas tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, sólo que hoy nadie se da cuenta de tal hecho. No existe una consciencia de invadido, de sometido por un imperio que impone unas normas y unos valores precisos para acabar con nuestra identidad… y nuestra soberanía.
Recapitulando, volvamos a aquellos que van de ellos mismos y que no dejan de ser subproductos. Esto al final no deja de ser resultado de un inducido vacío en las personas, estrategia inteligente para el sostenimiento de las sociedades de consumo, al ser el consumo lo que llena la vida de los individuos. Ese rol que los medios te suministran no deja de ser algo que te obliga a consumir. Por ejemplo, para ser gótico debes gastarte una pasta curiosa en ropa negra, unas botas con detallitos metálicos, una chaqueta de cuero que te llegue hasta los tobillos, etc. No entiendo por qué para disfrutar de algo es necesario disfrazarse. Así surge la tribu urbana: la pose de mantener un rol ha generado sus propias divisiones y elementos que caracterizan a cada cual con unas determinadas señas de pertenencia a.
Volvamos al vacío inducido, a las personas despojadas de una ética y de valores propios: ese es el vacío que existe y que hace de la sociedad actual un lugar informe y enfermo. Lo único que hace feliz a la persona, lo único que le proyecta en la sociedad es el dinero. El dinero ha sustituido los valores y la ética y toda motivación de vivir. Las personas no son más que su cuenta corriente, sus intereses, sus fondos, eso es lo que es la persona hoy. Esclavos del capital hasta lo más profundo de las entrañas, así viven los seres humanos. Casi diría, que la tierra rota bajo el influjo del dinero, sino el mundo no se movería
La persona vacía, que ha olvidado su historia y sus orígenes, se llena con lo primero que ve. Alguien que quiere ser ella misma rinde culto a sus raíces, las riega, pretende que esas raíces lleguen más hondo, a lo más hondo de una patria que no debería tener fin si de verdad se siente.
La persona vacía es manipulable. Lo es tanto como un software de programación. Cada sujeto es una pantalla en blanco donde sólo se ven los menús del programa. Los ingenieros sociales de la modernidad hacen el resto. En la calle sólo observo algoritmos, movimientos mecánicos, nihilismo en su sentido más criminal y destructivo.
Ser identitario no es encontrarse a uno mismo, ni buscarse, es ser simplemente consciente de lo que uno es. A mí me ha costado, yo fui ese adolescente adolecido de rebeldía estúpida, ese que adoptaba un rol, aquel que iba de sí mismo y no era más que un subproducto de la serie juvenil de moda. Ser uno mismo es algo muy serio. Es la mayor de las rebeldías, no es un subproducto, ni un producto, eres tú si quieres. Ni siquiera debes crearlo, lo tienes en ti, sólo debes verte en toda tu desnudez: uno es por sí mismo. Nuestra identidad la llevamos con nosotros, pero este sistema nos la borra de nuestra mente durante la forzada y obligatoria enseñanza de inducción al dogma democrático, a edades muy tempranas, para que en el futuro seamos buenos siervos, personas redirigidas hacia una determinada libertad, pues eso es lo que hoy vivimos, una libertad dirigida. Nos convierten en personas sumamente racionales, en personas enfadas con la naturaleza, siempre de mal humor, sufriendo la contradicción de no saber concebir las contradicciones entre lo que nos dicen los sentidos y los impulsos naturales y ese mundo tan racionalizado que nos han enseñado. Aunque luego eso se soluciona con autocompasión, autoculpa y miles de males pequeños que algún freudiano o estafador de diván iluminado te resolverá, y si no siempre tendrás las rebajas. La democracia moderna, la llamada occidental, ha impuesto un modelo ético y de convivencia. Un modelo universal que hace de las diversidades culturales meros reclamos turísticos siempre y cuando no hablemos de culturas ‘étnicamente europoides’ (raza más cultura europea, por lo que un chino nacido en España no es étnicamente europeo, por ejemplo), que hay que destruir.
En las sociedades moderas se han generado los mecanismos adecuados para que aquellas personas que realmente se muestren por sí mismas, transparentes, de la forma más consciente posible, sean señaladas y marginadas. Porque en eso consiste la tolerancia democrática, en marginar, en marginar al que piensa diferente. Y si se hace demasiado ruido el sistema recurre a la justicia democrática, que en su cruzada en pos de la libertad te encerrará o multará, o te marginará aún más: pues no lo olvides, sólo hay un modelo de libertad, y es el que dicta el régimen democrático. Ese aún más puede ser el tildarte de nazi o de fascista aunque no lo seas. Y aunque no lo seas me refiero a si realmente no profesas la doctrina nacionalsocialista o fascista. Hoy esos conceptos no tienen valor ideológico a vista de quien lo dice para denunciar, sino que son simplemente palabrotas, palabrotas dirigidas a aquel que desobedece el mantra de lo políticamente correcto. Hoy el concepto fascismo y nazi son una palabrota o una forma de denuncia, no es más. Y yo sé bien que no es eso, pero póngase en la mente de cualquiera que pase por la calle, hable con ella, es posible que se crea un catedrático de historia por haber visto en el cine ‘El niño con el pijama de rayas’ o cualquier película realizada en Hollywood.
Esta realidad crea una fractura social. Una fractura de ideas, pues ante el miedo y el peligro de la denuncia existe cierto mensaje prohibido que pocos valientes lanzan no sin peligro. Y bajo esta consigna, la de atacar a todo aquel que no se ciña al dogma democrático, nace el antifascista moderno, el luchador todopoderoso por la libertad, que hace de tal forma de vivir su vida y su yo propio (yo soy antifascista, dice este ser), sintiéndose en la tierra como alguien elegido para llevar una misión: acabar con el fascista. Este tipo de ser se convierte en sus muchas vertientes en una persona que dicta el dogma de la tolerancia y de la libertad, es decir, te dicta lo que puede ser tolerado y lo que es ser libre. Si no aceptas lo que te dice tú no puedes ser tolerado, y algunos pensarán que pobrecito que no es libre, aunque otros querrán machacarte por ser tan idiota que no sabes ser libre. Bajo esta forma de pensar se ha generado la forma perfecta de perro callejero que vela por el sistema democrático y que a la vez piensa que lucha contra el sistema o que es antisistema, en su forma más radical; y por otro, en su forma más suave, surge la de aquel pseudorevolucionario que hace de la paz una forma de rebeldía y que va a las manifestaciones a que le peguen: un antisistema que no es tal, que es dócil y manejable, y que bajo la represión democrática hará al represaliado sentirse más democrático aún. Una oposición blanda que el estado democrático necesita y que el estado fomenta para no perder de lejos el hecho inducido de la lucha antifascista, hecho que vela por la seguridad de tener convencida a la opinión pública de que siempre existirá algo peor que la democracia y de que hay fascistas por todas partes, y por ello se debe estar siempre alerta.
Pocos hay que son ellos mismos. Pocos hay que luchan por algo realmente revolucionario. Políticos, manifestantes, sindicatos, todos esos grupos que hemos visto interactuar últimamente en realidad sirven a un mismo fin, a un mismo esquema, a unas mismas realidades. No existe una realidad política, no una basada en amigos y enemigos, como diría el gran Carl Schmitt, ni existe a día de hoy una minoría incipiente que se pueda postular en años como una oposición real a lo que ya hay. Lo que se ve en los medios es simplemente el resultado de desacuerdos normales en toda familia o grupo de personas, pues todos obedecen al final a lo mismo: todos ellos son el sistema. Salgamos de él y reventémoslo.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s