Los beneficios del ayuno

http://europa-soberana.blogia.com/2012/082201-los-beneficios-del-ayuno.php

La salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

(Cervantes).

 El bajo vientre es lo que hace difícil que el hombre se considere un dios.

 (Nietzsche).

En el artículo sobre bioelectricidad, vimos hasta qué punto el cuerpo humano está polarizado en torno a dos grandes centros metabólicos de estructura laberíntica y sinuosa: el cerebro (la voluntad y lo espiritual) y los intestinos (el instinto y lo carnal). También hemos visto cómo, a lo largo de la evolución humana, estos dos centros han “competido” en cierto modo por acaparar la mayor parte de energía, inclinándose la balanza metabólica a favor del cerebro cuando, gracias a la revolución carnívora, el hombre simplificó su aparato digestivo, reduciendo los requerimientos energéticos de sus vísceras y permitiendo desviar “capital metabólico” hacia la construcción de tejidos (especialmente la materia gris y el neocórtex del cerebro) y otros procesos. Así mismo, ya se ha mencionado hasta qué punto una digestión pesada produce pesadez en el pensar y en el actuar. ¿Significa esto que reducir la actividad digestiva equivale a mejorar el resto de funciones del cuerpo?

La tradición china denomina “dantians” a los principales centros energéticos del cuerpo humano. El inferior es llamado Xia, coincide con el centro de gravedad del organismo y con lo que los hinduistas llaman chakra Svadisthana (plexo prostático o uterino según la ciencia moderna). El superior se llama Shang (el Ajña hindú o plexo cavernoso) y el medio, Zhong (Anahata, o plexo cardiaco).

Nuestro circuito superior (el cerebro) y nuestro circuito inferior (los intestinos) son verdaderos centros de energía. Estos dos laberintos consumen gran parte de nuestras necesidades calóricas (energía nerviosa, sangre, bioelectricidad). La digestión y la metabolización de los alimentos es un proceso muy costoso en términos de “capital calórico”, y cuando se trata de alimentos que no convienen, el coste para nuestro cuerpo aumenta, en ocasiones robándole moneda metabólica al cerebro y al resto del cuerpo (incluyendo los músculos, el sistema nervioso y el sistema reproductivo). En cualquier caso, tener el sistema digestivo siempre lleno, siempre activo y siempre acaparando grandes cantidades de sangre, entra en conflicto con el funcionamiento óptimo de la mente. La Naturaleza nos muestra que sólo los herbívoros tienen el sistema digestivo siempre lleno y están siempre rumiando, fermentando, digiriendo y defecando, algo que debería estar en contradicción con los orígenes de razas cazadoras como las que formaron a la humanidad europea.

Es un hecho innegable que la aparición de la vida sedentaria ha supuesto un duro golpe para el código genético del hombre. Por un lado, la selección natural ha sido barrida, y por otro lado, a través del sistema digestivo y respiratorio, se han empezado a filtrar residuos tóxicos a nuestra sangre y, por extensión, a todos los tejidos del cuerpo, transtornando el funcionamiento correcto del organismo —incluyendo el cerebro y, por tanto, la mente. El corazón era concebido antiguamente como un intermediario entre los centros superiores e inferiores del cuerpo, bombeando sangre a todos los tejidos, pero ¿qué sucede cuando la sangre está sucia y ya no cumple su función como es debido? ¿Qué pasa cuando nunca jamás se le da tregua al sistema digestivo, permitiendo que se obstruya con todo tipo de sustancias de desecho? ¿Qué sucede cuando ingerimos, junto con la comida, pesticidas, herbicidas, funguicidas, insecticidas, hormonas, antibióticos y otras sustancias nocivas? Que el cuerpo comienza a acumular tejidos redundantes y a degenerar de forma lenta pero segura. Las toxinas y los radicales libres (es decir, la versión corporal de los iones positivos) proliferan y muchas zonas comienzan a estar acidificadas, mal oxigenadas y necesitadas de sangre y bioelectricidad. Nadie puede autoenvenenarse impunemente sin pagar el precio.

La única manera de solucionar dicho estado de cosas es entrando en catarsis, un proceso de destrucción y reconstrucción de materiales intoxicados. Esto le parece un sinsentido a muchos médicos modernos —educados por multinacionales farmacológicas como Pfizer, cada vez más encasillados en el papel de “recetapastillas” y totalmente ignorantes de que los tres padres de la medicina occidental (Hipócrates, Galeno y Paracelso) eran grandes partidarios del ayuno y creían en sus cualidades curativas. En otras épocas, se pensaba que prevenir era mejor que curar y que había que tratar las causas de un mal, no sus síntomas. Hoy, en la era de la iatrogenia, del matasanismo, de las enfermedades nocosomiales y de los científicos que estudian las enfermedades y los enfermos en lugar de estudiar la salud y los sanos, se piensa de otro modo.

HISTORIA DEL AYUNO

La historia del ayuno se remonta a mucho antes de la aparición del hombre, ya que la mayor parte de animales observa instintivamente periodos de ayuno, especialmente cuando se encuentran enfermos o heridos. Y naturalmente, los periodos de hambre y de escasez están perfectamente previstos por la Naturaleza y formaron muchas de nuestras funciones de adaptación en el pasado remoto, ya que el hombre está “diseñado” evolutivamente como cazador-recolector, y pasar hambre de vez en cuando era lo normal durante el Paleolítico ―es decir, durante la época en la que nos formamos como especie.

Tras el auge de las primeras civilizaciones, las prácticas de ayuno siguieron siendo habituales en la vida humana hasta prácticamente la aparición de la civilización tecnoindustrial. Todas las civilizaciones mesopotámicas contemplaban el ayuno en ocasiones rituales o como remedio medicinal. Los antiguos egipcios curaban la sífilis con ayuno y se exigía que los sacerdotes y sacerdotisas superasen cuarenta días de ayuno para ser aceptados, mientras que para ser iniciado en los cultos de Isis y Osiris se pedían siete días de abstinencia de comida. En la antigua Grecia, el ayuno era común como preparación antes de iniciarse en ciertos misterios, como los de Eleusis. Tanto Sócrates como Platón y Aristóteles ayunaban para aumentar su eficacia física y mental. Pitágoras ayunó durante 40 días, respirando de un modo determinado y concentrando su voluntad sobre determinados puntos corporales, antes de que le permitiesen entrar en la escuela de Diospolis en Egipto. Posteriormente, el mismo Pitágoras exigiría a sus alumnos 40 días de ayuno. Hipócrates y Galeno, dos de los padres fundadores de la medicina occidental, reconocieron los beneficios del ayuno para la salud. En Roma, el ayuno (jejunium) era una práctica común. Tésalo de Trales, el médico de Nerón, ayunaba frecuentemente, y el historiador y sacerdote Plutarco igualmente recomendaba: “En vez de usar la medicina, ayuna”. Tertuliano escribió un tratado sobre el ayuno en torno al año 200.

La caída del mundo antiguo no supuso el fin de las prácticas de ayuno. Los maniqueos contemplaban siete días de ayuno al mes y hubo muchos grupos cristianos que practicaban prolongados ayunos, como los albigenses (o cátaros), cuyos ayunos demasiado frecuentes y prolongados les dotaban de un característico aspecto delgado y pálido. En el Oriente islámico, el célebre médico persa Avicena (Siglos X-XI) prescribía ayunos de hasta más de tres semanas. El suizo Paracelso (Siglo XVI), tercer padre de la medicina occidental, mencionaba que “El ayuno es el mayor remedio, el médico interior”.

Durante la Reforma, la mayor parte de protestantes mantuvieron días de ayuno o restricciones alimentarias en ciertas fechas. La única excepción a esta regla fueron sectas particularmente fanáticas y rupturistas para con el pasado, como algunos grupos puritanos, que condenaron el ayuno. La Iglesia Ortodoxa observa rigurosamente periodos de ayuno o restricciones alimentarias hasta nuestros días.

En adelante, la lista de médicos que estudiaron detenidamente el ayuno es dilatada: Boerhave, Brown, Hoffman (quien escribió a principios del Siglo XVIII “Sobre los magníficos resultados de la así llamada cura de hambre, o cómo curar más de una enfermedad grave por medio de la abstención de la comida”), Anton Nikolai, Bernard de Malte, Wunderlich, Ricord, Durian, Graves, Tañer, Dewey, Von Seeland, Burfield, Benedict, Voit, Adolf Meyer, Möller, Guelpa, Riedlin, Kapferer, Von Segesser, Mozdwal, Grothe, Brauchle, Lützner, Verdugo, Zabel, Heun, Jennings, Graan, Trall, Taylor, Shelton, Otto Buchinger, Osbeck, Furman y otros.

En Extremo Oriente, el ayuno es incluso aun más recurrente que en Occidente. El taoísmo, el hinduismo, el confucianismo, el budismo, etc., contemplan el ayuno como método de perfeccionamiento corporal y mental, y toda la literatura japonesa y china está salpicada de referencias al ayuno, especialmente como medio de curación cuando uno enferma.

Esta estatua (actual Pakistán) representa a Buda ayunando. Los ayunos increíblemente prolongados y peligrosos que hacían los ascetas de Extremo Oriente tenían objetivos espirituales. La estatua parece hacer énfasis en que la capacidad de vaciar el abdomen sirve para llenar el aura.

La Rusia soviética, muy avanzada en el estudio de la salud, empleaba el ayuno (llamado “cura de hambre”) en buena parte de sus clínicas. El Dr. Yuri Nikolaev, del Instituto de Investigaciones Psiquiátricas de Moscú, informó en 1972 que había tratado con éxito a más de 7.000 pacientes que padecían varios desórdenes mentales (esquizofrenias, neurosis y similares) empleando el ayuno.

DIMENSIÓN ESPIRITUAL DEL AYUNO

No se puede negar que la satisfacción mata la voluntad y seda los instintos y que, por el contrario, el hambre agudiza el ingenio y los instintos: para ser buen cazador, hay que tener hambre. El ayuno provoca también un estado alterado de conciencia, en el que se disipa la espesa “niebla cerebral” de gente que nunca está totalmente despierta ni totalmente dormida.

Parece un sinsentido no complementar los periodos de gratificación con periodos de abstinenca. ¿Qué sentido tiene el placer sin el sufrimiento, la recompensa sin el sacrificio o la vida sin la muerte? ¿Acaso lo gratuito no está provocando la degeneración del ser humano? Nuestros antepasados supieron conjugar ambos extremos. Tenían festividades de la alegría y de los sentidos, pero también tenían ocasiones de abstinencia y ascetismo, y ambos tipos de festividades actuaban como el polo negativo y positivo de un circuito eléctrico, proporcionando la tensión necesaria para el desarrollo de la vida. Incluso el catolicismo, heredero de una fuerte carga paganizante, tiene fiestas dedicadas al placer y a la carne (como el Carnaval) y épocas de penitencia, recogimiento y abstinencia (como la Semana Santa). Actualmente parece que nos hemos olvidado del “lado oscuro”, de la muerte, de lo mágico y lo demoniaco. Nos concentramos en la sobreestimulación sensorial, en los placeres fáciles y en saturar nuestros sentidos sin tregua, pero no se nos ocurre moderar esta tendencia, y desde luego no se nos ocurre equilibrar la balanza con una dosis equivalente de sacrificio. Cortarle el grifo al abdomen está fuera de cuestión, y el ascetismo es algo casi políticamente incorrecto. La tendencia auto-indulgente y hedonista de nuestra civilización sólo significa que vendrá una época de sacrificios, privaciones y sufrimientos para compensar la balanza.

En un mundo de estímulos sensoriales desordenados que nos asaltan ferozmente, tanto el cuerpo como la mente rara vez obtienen un respiro. Incluso cuando dormimos, el aparato digestivo sigue funcionando, mientras que la mente sigue despierta en el mundo de los sueños. Al respecto, es revelador que el filósofo chino Chuang Tsé llamase “ayuno mental” a la meditación, ya que el ayuno viene a ser para el cuerpo lo que la meditación es para la mente: perseguir el vacío y la quietud para despertar el lado automático e instintivo de la conciencia y sintonizarnos con el orden correcto. Si el objetivo de las alquimias “esotéricas” era espiritualizar la materia y materializar el espíritu, vaciar el cerebro provisionalmente es una buena forma de provocar el ascenso de las fuerzas bajas, mientras que vaciar el vientre provoca el descenso de las fuerzas altas.

Por tanto, no es de extrañar que el ayuno fuese utilizado por muchas sociedades y civilizaciones como medio de penitencia o de curación, como método de iniciación, para honrar a un difunto, para celebrar acontecimientos astrales (solsticios, etc.) y hasta para evitar catástrofes naturales. Se esperaba que alcanzar la quietud total acercara al ser humano a un estado similar al de la muerte, al del caos-vacío primordial o a los instantes anteriores al nacimiento, ya que sólo el vacío primordial es capaz de alumbrar el relámpago-estrella de la energía primordial.

Paralelamente, el ayuno se trata de cortarle el grifo energético al bajo vientre para que la bioelectricidad y la sangre del cuerpo puedan fluir hacia el cerebro y el resto de tejidos, vigorizando zonas que hasta entonces no habían recibido la suficiente atención. Antiguamente, quienes estaban dedicados a la religiosidad apreciaban esos efectos. Asimismo, el ayuno era una cuestión de simple decoro: no se podía entrar en un templo u honrar a una deidad con el vientre lleno de heces o el cuerpo cargado de toxinas. De nada servía lavarse las manos y la piel, o murmurar cuatro oraciones, si uno todavía estaba sucio por dentro.

QUÉ PASA DURANTE UN AYUNO

Obviamente, el ayuno tiene una clara dimensión biológica, que tiende también hacia la limpieza y la purificación, y que será descrita en este apartado.

Aproximadamente 24 horas tras suspenderse la ingesta de alimentos, el tubo digestivo se vacía. Las enzimas se siguen vertiendo al sistema digestivo, pero al no tener nada que digerir ni metabolizar, pasan a los capilares y se dedican a viajar por los 96.000 kilómetros de vasos sanguíneos del cuerpo.

A partir de ahora, se desencadenarán una serie de procesos que barrerán todo el organismo en lo que se conoce como autólisis, una auto-digestión a nivel celular, que nos devorará poco a poco. Sin embargo, como nuestro cuerpo no es tonto, salva sus tejidos imprescindibles, de modo que lo primero que arroja al voraz y ácido mar de la autólisis son sus tejidos más innecesarios y redundantes. El metabolismo por fin tiene carta blanca para soltar lastre. Es así como las sustancias digestivas, circulando por todo el organismo, consumirán primero los desechos metabólicos y los materiales más inferiores e impuros del cuerpo: depósitos de grasa (que a su vez sirven para almacenar todo tipo de sustancias tóxicas, tejidos defectuosos y nutrientes no metabolizados) y de pus, abscesos, retención de líquidos, celulitis, varices, edemas, manchas cutáneas, células muertas o moribundas, colonias de hongos, protuberancias, tejidos tañados, furúnculos, acumulaciones mórbidas, toxinas, radicales libres, bolsas oculares, mucosas del sistema respiratorio, desechos en el bazo, hígado y riñones, cristales de ácido láctico en las articulaciones, depósitos en los tubos microscópicos que nutren las células del cerebro, e incluso neoplasmas y tumores. En cuanto el cuerpo se dé cuenta de que está ayunando, estos materiales serán descompuestos y pasarán al torrente sanguíneo y al sistema linfático para ser “quemados” como combustible o eliminados a través de los riñones, el hígado, la orina, la lengua, los pulmones y la piel.

Del mismo modo que cuando le metemos un combustible de mala calidad al vehículo, sale humo negro, también la “combustión” de nuestros desechos producirá suciedad. Mientras se encuentran en la sangre para ser purgados, los desechos pueden provocar síntomas muy desagradables, como mal aliento, sudor maloliente, debilidad, calambres, mareos, dolor de cabeza, acidosis y, en suma, algo parecido a una buena resaca. Si los síntomas llegan a ser demasiado fuertes, debe interrumpirse el ayuno, ya que el cuerpo está demasiado intoxicado. Generalmente, si el individuo es sano, los síntomas de desintoxicación durarán unos días y luego remitirán.

El hambre “de verdad”, es decir, la autofagia o inanición, sólo comienza cuando el cuerpo empieza a auto-consumir tejidos imprescindibles para sobrevivir (corazón, piel, riñones, hígado, etc.). Entretanto, las proteínas que necesita el cuerpo, son sintetizadas a partir de los materiales auto-digeridos. De esa manera, los niveles de albúmina en suero de la sangre se mantendrán constantes a lo largo de un ayuno, a medida que el cuerpo va descomponiendo materiales almacenados. No hay que olvidar que el organismo está evolutivamente preparado para esto.

Por otro lado, debido a la falta de glucosa, el hígado también comenzará a explotar sus depósitos de glucógeno (gluconeogénesis), liberándolos en forma de glucosa y energía. El resto de glucosa se obtiene de la descomposición de proteínas y ácidos grasos (convertidos en cetonas) del cuerpo.

El efecto final de un ayuno es que el tubo digestivo es vaciado de impurezas, que todo el torrente sanguíneo y la linfa son depurados a conciencia, y por tanto todos los tejidos y células del cuerpo regados por la sangre, son igualmente desintoxicados y renovados. También se destruyen muchos materiales redundantes, especialmente grasa y retención de líquidos.

FASES DEL AYUNO

El cuerpo no reacciona igual durante todo el ayuno. Pueden reconocerse varias fases más o menos definidas, y que viene bien saber identificar.

La primera fase puede durar en torno a un día y medio, siempre con variaciones según persona y situación. Durante esta fase, el cuerpo consume las reservas de glucosa almacenadas en el hígado y los músculos (en forma de glucógeno) y la circulante en la sangre. El individuo se siente más o menos como siempre, si acaso algo débil y con hambre, pero el cuerpo aun no acaba de “darse cuenta” de que está ayunando.

Es a los 2-3 días que se entra en la segunda fase. La glucemia bajará, el cuerpo comenzará a “quemar” ácidos grasos y cuerpos cetónicos (especialmente a partir de los 12-17 días), mientras que las células beta del páncreas dejarán de liberar insulina. Este momento es crucial, ya que la civilización moderna emplea a los azúcares como fuente de energía principal, y esta saturación estimula anormalmente la secreción de insulina por parte del páncreas, convirtiendo a este órgano en uno de los más maltratados e inflamados del hombre moderno. A partir de ahora, el páncreas obtendrá un respiro y nuestro cuerpo podrá resarcirse de su adicción a los azúcares, dedicando su atención a los tejidos grasos (incluyendo subcutáneos), que suponen la verdadera reserva energética del cuerpo, y donde se almacenan todo tipo de desechos metabólicos.

El cuerpo entra, pues, en cetogénesis (producción de cetonas, el objetivo de las dietas cetogénicas) y en gluconeogénesis. La gluconeogénesis (biosíntesis de glucosa a partir de aminoácidos y otras sustancias) es esencial para alimentar a los tejidos que sólo funcionan con azúcares, como el cerebro, para alimentar esfuerzos musculares puntuales y para emancipar al cuerpo de fuentes de azúcares externos, haciéndolo, por así decirlo, “autárquico”. En cuanto a las cetonas (derivadas de los ácidos grasos), tienen un fuerte efecto antiinflamatorio y neuroprotector, y pueden suministrar la mayor parte de necesidades del cerebro, liberándolo de su dependencia de tanta glucosa.

La tercera fase del ayuno, a la que hay que evitar llegar, es la de la autofagia. El cuerpo, habiendo consumido sus reservas energéticas propiamente dichas, comienza a devorar tejidos que no están concebidos como fuente de energía, como proteínas de los órganos. El hambre, desaparecida durante los primeros días del ayuno, reaparece de forma violenta al cabo de los 20, 30 ó 40 días según el individuo, su constitución y su resistencia al hambre. La autofagia puede comenzar a los 50-75 días de comenzado el ayuno.

CÓMO AYUNAR

Puesto que la “práctica” del ayuno es muy sencilla (no comer y no beber más que agua), sólo es necesario dar algunas ideas. No es necesario aclarar que quien hace un ayuno, lo hace bajo su propia responsabilidad.

• Infórmate sobre el ayuno. Tienes que tener confianza y estar convencido de lo que estás a punto de hacer.

• Escoge una fecha que te venga bien. Debes tener varios días libres y sin trabajo. Aprovecha las vacaciones. Si puedes ir a una zona rural, mejor.

• Colócate una meta. Un ayuno “bueno” (sin contar los mini-ayunos de preparación) debería tener una duración de 7 días. Un ayuno de 7 días dos veces al año, más mini-ayunos intermedios (por ejemplo, un día de ayuno a la semana), es un buen programa.

• Debes hacer el ayuno preferentemente en una época caliente o tibia del año. Es mucho más difícil ayunar durante el Invierno, ya que el frío le roba calorías al cuerpo. Prevén el frío abrigándote y cubriéndote la cabeza si es necesario.

• Reduce tu actividad física. Descansa todo lo que puedas. No hagas deporte. Los primeros días puedes dar paseos, más adelante seguramente te apetecerá guardar cama buena parte del día. Ventila tu casa y no dejes que el aire se vicie. Recuerda que el ayuno es un parón técnico: tu cuerpo se está reorganizando y quiere que lo dejen en paz. Es hora de quitarse del medio, dedicarse a la contemplación y dejar que la Naturaleza tome el control y haga su maravilloso trabajo.

• Bebe mucha agua, preferentemente de baja mineralización. Bebe en abundancia, pero sin pasarte, ya que los riñones ya andan sobrecargados filtrando residuos que llevaban años encerrados en tu cuerpo. La mejor agua que puedes beber es la alcalina e ionizada. El agua mineral natural “de verdad”, como la de arroyos de montaña, pozos, fuentes naturales, etc., es otra excelente opción. También puedes beber agua destilada (des-ionizada), que actúa como una esponja en el cuerpo, absorbiendo y suspendiendo enormes cantidades de toxinas y limpiándonos “agresivamente”. Pero debes tener mucho cuidado, ya que si bebes más agua destilada de la cuenta, perderás demasiadas sales y te deshidratarás peligrosamente.

• Si en algún momento los síntomas de desintoxicación llegan a ser demasiado desagradables como para soportarlos, debes romper el ayuno inmediatamente. Ya tendrás ocasiones para volver a ayunar más adelante. Entretanto, dedícate a cuidar tus hábitos para irte desintoxicando lentamente y estar mejor preparado para el siguiente ayuno.

PELIGROS DEL AYUNO

Cuando una persona no es capaz de completar un ayuno, no suele deberse al hambre, sino porque empieza a experimentar una serie de síntomas sumamente desagradables. El motivo es que, durante un ayuno (especialmente el primero), nos intoxicamos con toda la basura que hemos estado acumulando en el pasado.

Hay que tener en cuenta que en el mundo moderno, hay muchas personas que sufren de una mezcla de sobrealimentación y desnutrición. Se puede estar gordo y sufrir de malnutrición. Los alimentos que tomamos están desnaturalizados y no contienen las enzimas, vitaminas, minerales, fibras y aminoácidos que deberían. O bien el aparato digestivo está tan corrompido y obstruido que es incapaz de descomponer y absorber los nutrientes de los alimentos.

Por encima, estamos inconscientemente adictos a muchas de las sustancias que ingerimos, no sólo a los azúcares y los subidones de insulina que proporcionan, sino a una larga serie de productos químicos. También hay que tener en cuenta que buena parte de la “grasa” de las personas, especialmente de los gordos y/o personas mayores, no es simple tejido adiposo, sino acumulaciones de mucosidades y desechos tóxicos que sobresalen de la pared intestinal, la papada, los ganglios linfáticos, los riñones y otras partes del cuerpo donde se almacenan tales desechos. No se pueden movilizar estos tejidos corrompidos, disolverlos en la sangre y purgarlos sin pagar un precio en incomodidad provisional. Hay muchas personas que, si realizasen un ayuno en condiciones sin haberse preparado antes, desencadenarían tal avalancha tóxica en su torrente sanguíneo que no tardarían en morir.

Las personas muy intoxicadas (gravemente enfermas, obesas, o bien demasiado delgadas) deben antes someter su cuerpo a una preparación, haciendo ejercicio físico ―especialmente aeróbico― y eliminando de su organismo las harinas y otras féculas (especialmente refinadas), el azúcar de mesa, refrescos, los edulcorantes artificiales (especialmente jarabes de maíz altos en fructosa y similares), los almidones, el tabaco, el alcohol, las drogas, las grasas hidrogenadas y trans, el café, la leche pasteurizada, los aditivos, los antibióticos, anticonceptivos y ansiolíticos, etc. Sólo con esto, es más que probable que experimente efectos de desintoxicación similares a los de un ayuno. Después de estabilizarse, pueden hacer ayunos parciales, con productos fibrosos como la fruta o la verdura. Posteriormente, pueden empezar a hacer mini-ayunos de 24 horas e ir subiendo de duración. O bien pueden hacerse ayunos parciales, a base de ciertos zumos de fruta o verdura (en la antigua Unión Soviética eran famosos los centros donde se prescribía ayuno a base de uva negra, una fruta con reconocidas propiedades antioxidantes y otras).

Aun así, la auto-intoxicación provisional a la que nos somete un ayuno, puede producir varios síntomas, similares a los de una buena resaca. Estos síntomas, que suelen aparecer a las 24 horas de iniciado el ayuno, serán más fuertes cuanto peor sea nuestra toxemia: un individuo sano no los notará apenas, mientras que uno intoxicado lo pasará mal. Los síntomas son parte del proceso de catarsis del cuerpo y deberías enorgullecerte de ellos. Pronto te sentirás mejor de lo que te has sentido en mucho tiempo.

• Orina oscura, especialmente por las mañanas. Puede oler y llevar sedimentos.

• El blanco de los ojos puede teñirse de un color amarillento.

• “Boca de cloaca”, especialmente por las mañanas. Importante lavarse la boca.

• Lengua pastosa e inflamada, con colores que varían del blanco al amarillo y hasta marrón. Puede enrojecerse. La lengua debe limpiarse con un cepillo de dientes.

• Halitosis.

• Diarrea, náuseas.

• Sudor, posiblemente maloliente. Cuando sudes, quizás se te irrite la piel y sientas picores, ya que el sudor estará más acidificado de lo normal debido a la movilización de toxinas y desechos. Dúchate varias veces al día para evitar estas molestias. La piel es el mayor órgano del cuerpo y sufre el depósito de muchas toxinas que salen de los poros. Puede ser buena idea cepillarse la piel para librarse de la capa de residuos aceitosos y estimular el movimiento de la linfa.

• Encías inflamadas.

• Insomnio. Durante un ayuno, se reduce la necesidad de sueño. También pueden ser frecuentes las pesadillas, quizás el cuerpo movilice también la basura emocional y psicológica acumulada. Puede haber reacciones emocionales fuertes, especialmente en mujeres.

• Exceso de mucosa en la nariz y sistema respiratorio.

• Descenso de la presión sanguínea.

• Dolor de cabeza, mareos. Las toxinas pueden producir agarrotamientos y tensiones en el cuello, la nuca y los hombros, que a su vez “pinzan” los conductos del cuerpo que se dirigen a la cabeza. Los masajes, los estiramientos, los calentamientos de cuello y las posturas de cuerpo invertidas (con los pies arriba y la cabeza abajo), como muchas posturas de yoga, ayudan a paliarlos, así como sentarse con las piernas elevadas por encima de la cabeza. Antes de levantarte de la posición de tumbado o sentado, respira profundamente un par de veces para hacer bombear al corazón, y levántate lentamente. Si te mareas o se te nubla la vista al levantarte, haz rodilla en tierra o siéntate, y respira hondo, apretando el diafragma para vaciar bien los pulmones, escurrir la sangre que se haya quedado estancada en las vísceras y hacerla circular por el cuerpo.

• Calambres musculares y/o dolores de articulaciones debidos a la movilización de cristales de ácido láctico. Dolores de espalda.

• Evacuaciones muy desagradables al vaciarse el tubo digestivo. Las personas muy intoxicadas se sorprenderán de la cantidad de basura antigua de la que eran portadores y de su aspecto y olor repugnantes.

• En las mujeres, la menstruación se adelanta durante el ayuno. Tras el ayuno, se retrasa.

• Debilidad general.

Los síntomas durarán el tiempo que tarde nuestro cuerpo en librarse de sus desechos metabólicos y venenos acumulados. Después de eso, sólo permanecerán la debilidad física, el insomnio y los transtornos en el ciclo menstrual de las mujeres.

SUPLEMENTACIÓN ―IMPORTANCIA DEL EQUILIBRIO IÓNICO Y QUÍMICO DEL CUERPO

Hay personas que se gastan su dinero en alcohol, tabaco y otras drogas, ropa, prostitutas, coches, hipotecas a siete veces su valor real, vacaciones en playas atiborradas u objetos innecesarios. La otra opción es invertir en tu propio cuerpo. De cualquier modo, nadie puede negar que gastarse el dinero en cosas buenas para la salud es más inteligente que gastárselo en cosas malas para la salud. Un complemento de fibra (como Plantaben) y otro a base de montmorillonita (como Figurplan) ayudan mucho a maximizar los beneficios de un ayuno, ya que se expanden en el tracto digestivo, absorbiendo desechos como una esponja, ablandándolos, desincrustándolos y empujándolos hacia fuera. También tienden a dar una sensación de saciedad.

Otra buena inversión, que resulta cara pero a la larga puede ahorrarnos muchos gastos derivados de la mala condición físiológica, es un ionizador de agua.

En el artículo Venenos cotidianos, vimos entre otras cosas la importancia de los iones negativos para la salud humana, así como el papel perjudicial de los iones positivos tan rampantes en la civilización tecnoindustrial moderna. Esto también podría explicar el éxito de disciplinas orientales pensadas para absorber iones negativos de la atmósfera y oxigenar el cuerpo, como el yoga o el chikung. También explica los beneficios del ejercicio físico para el organismo. Sin embargo, los iones no sólo afectan al aire, sino también a los entornos acuáticos… y el cuerpo humano es agua en un 60%.

Los iones minerales de carga negativa (calcio, hierro, magnesio, oxígeno, potasio, sodio, zinc, etc.) son nutritivos para el cuerpo y tienden a constituir un agua de pH alcalino. A su vez, un agua alcalina rica en dichos minerales tiende a donar su carga eléctrica al cuerpo. Por el contrario, los iones minerales de carga positiva (aluminio, cadmio, mercurio, plomo, etc.) son perjudiciales para el cuerpo y tienden a constituir un agua de pH ácido. Las moléculas cargadas positivamente son oxidantes y se manifiestan como radicales libres. Estos agentes “ladrones de electrones” acidifican el cuerpo, producen la oxidación y envejecimiento del organismo y tienden a almacenarse en los tejidos blandos, especialmente adiposos. Lógicamente, un agua alcalina y de carga iónica negativa (“donante de electrones”), tiende a anular a los radicales libres y alcaliniza el cuerpo.

Los entornos alcalinos son naturalmente ricos en oxígeno, quizás la sustancia química más esencial para la vida (podemos vivir semanas sin comer y días sin beber, pero sólo minutos sin respirar). Interesantemente, el fisiólogo y médico alemán Otto Warburg (único médico en ganar el premio Nobel dos veces y en la misma modalidad) demostró que el cáncer es anaeróbico, es decir, se desarrolla en un ambiente de pH bajo (ácido) y carente de oxígeno libre. Warburg pensaba que era muy difícil que el cáncer se desarrollase en un entorno fuertemente oxigenado y de pH alto (alcalino), del mismo modo que es difícil que huela mal un agua que está siempre en movimiento, oxigenada por burbujas de aire y llena de minerales de carga eléctrica negativa, arrancados y disueltos al avanzar la corriente.

 

Dr. Otto H. Warburg (1883-1970).

El doctor escribió que “la primera causa del cáncer es el reemplazo de la respiración normal de oxígeno (aeróbica) de las células del cuerpo por una respiración celular anaeróbica (sin oxígeno). Warburg explicó cómo la falta de oxígeno impedía el metabolismo normal de las células y cómo esto a su vez iba obstaculizando la creación de nuevas células normales, la producción de energía y la eliminación de desechos metabólicos. Cuando este estado de cosas persiste mucho tiempo, se instaura la toxemia en el tejido celular, el ácido de desecho se acumula en los fluidos del cuerpo, y el sistema inmunológico, envenenado y asediado desde dentro, se ve cada vez más débil para resistir las agresiones externas. De aquí a la enfermedad sólo hay un paso.

El ácido acumulado en los tejidos puede provocar una reacción en cadena: al matar a células sanas, los “cadáveres” en descomposición de dichas células, ácidos también, se añaden al cuadro. Cuando la acidez aumenta por encima de los niveles normales, el tejido afectado sufre un déficit de oxígeno, que es el paso final de la enfermedad. Las células normales y sanas, en un ambiente demasiado ácido, hacen apoptosis, un suicidio programado por el organismo. En esta especie de hara-kiri celular, la célula se auto-digiere en un acto de “honor”, para salvar al resto del cuerpo de la expansión del mal. Sin embargo, algunas células optan por sobrevivir convirtiéndose en células anormales que pervierten su metabolismo, abandonando la quema de oxígeno y dedicándose a fermentar azúcares para nutrirse. Estas células se desentienden de la “autoridad superior” del organismo del que forman parte, olvidan sus antiguas funciones, dejan de responder al concierto general del cuerpo y se reproducen agresiva e indefinidamente de forma caótica… aun a costa de dañar al resto del cuerpo. Aparece el tumor maligno.

Los tumores aparecen en tejidos donde se ha instaurado una grave toxemia, como el hígado de un alcohólico, los pulmones de un fumador, las entrañas de un gordo, las glándulas mamarias de una peluquera (exposición a contaminación electromagnética procedente de secadoras de pelo) o el cerebro de un controlador aéreo (exposición a microondas procedentes de radares).

Este proceso ―que guarda una muy inquietante analogía con el desarrollo de las sociedades humanas del Neolítico en adelante― es simplemente el ejemplo extremo de lo que sucede cuando ciertos tejidos del cuerpo se intoxican acidificándose más de la cuenta y dejan de ser regados de oxígeno. Para prevenir que esto pase, es necesario mantener al cuerpo con un pH adecuado y un balance iónico negativo, cosa que se puede conseguir respirando aire limpio y bebiendo agua “de verdad”. Esto tiene tanto más sentido durante el ayuno, cuando el cuerpo está en un estado de acidosis generalizada debido a la movilización de todos los desechos metabólicos, que pasan a la sangre para ser eliminados. Beber agua alcalina e ionizada negativamente ayuda muy rápidamente a neutralizar las sustancias de desecho del cuerpo. También se puede consumir un vaso de agua con el zumo de medio limón y una pizca de bicarbonato sódico. La mezcla es altamente alcalinizante y oxigenante para el cuerpo.

El agua de un río de montaña se encuentra llena de oxígeno gracias a los minerales y a las burbujas de aire disueltas al batir contra las rocas. Su carga iónica es negativa y su pH es alcalino. Existen aguas de un valor especial por su composición mineral, que fueron reverenciadas en tiempos antiguos y que se convirtieron en centros de peregrinaje y curación.

“DES-AYUNAR”

Cualquier tonto puede ayunar, pero sólo el hombre sabio sabe cómo romper un ayuno.

(George B. Shaw).

El cuerpo es inteligente: aunque durante el ayuno se desea mucho comer, a la hora de desayunar, no dan ganas de pegarse un atracón. Aun así, es muy importante desayunar bien, ya que el sistema digestivo está particularmente sensible y debe recuperar su funcionalidad de manera gradual.

El ayuno debe romperse con una moderada cantidad de verduras fibrosas, crudas y llenas de enzimas, vitaminas, antioxidantes y minerales (zanahoria, col, lechuga, ajo, espinacas), que al ser posible ayuden a restaurar las lactobacterias del tracto digestivo. Después de unas horas, se debería tomar algo de fruta (uvas negras, cerezas, manzanas, etc.). El segundo día de desayuno debe ser también a base de productos vegetales crudos, y a partir del tercer día ya se puede volver a comer de forma normal, pero con mucho cuidado. En estos momentos, un mal atracón puede sentarle al cuerpo como un tiro en el ombligo.

“Desayunar” también incluye no volver a comer mal, hacer un recuento de nuestros hábitos perniciosos y erradicarlos. Ten en cuenta que ahora tu sistema digestivo absorberá mejor todo lo que le eches, tanto para bien como para mal.

EL AYUNO Y LA MUSCULACIÓN

El ayuno a primera vista puede parecer algo muy radical y perjudicial para quienes entrenan con pesos, ya que entre los adeptos a los hierros suele existir un miedo atroz al catabolismo, es decir, lo contrario al anabolismo: la destrucción de proteínas. Sin embargo, muchos de quienes padecen fobia al catabolismo luego no tienen reparos en levantarse por la mañana y correr media hora en ayunas y con un vaso de agua para mejorar la quema de grasas. Tampoco tienen problemas en aceptar que las nueve horas de sueño, lejos de ser “tiempo perdido para comer”, sirven para regular el entorno hormonal del cuerpo y refrescar nuestras funciones corporales. Incluso la mayoría de culturistas acepta que, de cuando en cuando, un reposo de una semana puede sentar bien y hasta mejorar los resultados en el gimnasio más adelante. A veces simplemente hay que entender que el organismo entero ―músculos y aparato digestivo incluidos― necesita reposo total.

Es totalmente cierto que durante un ayuno se pierde peso, fuerza y volumen muscular. Sin embargo, aunque las fibras musculares disminuyan de volumen, el número de fibras musculares no disminuye. Aunque las células sanas puedan perder volumen y fuerza, permanecen en su sitio, y pueden recuperarse perfectamente en cuestión de un par de semanas, y aun menos si el cuerpo ya está habituado a ayunar.

También es indiscutible que, para obtener buenos resultados en el gimnasio, es necesario tener buena salud, y el ayuno es un puntal esencial para una buena salud. No hay que olvidar que el 80% del culturismo es nutrición, y que no estamos aprovechando adecuadamente nuestra dieta, por buena que sea, si nuestro sistema digestivo está desgastado, envenenado y desvitalizado. De hecho, en bodybuilding.com, la página web número uno en musculación de Internet, hay toda una sección de artículos dedicados a las ventajas del ayuno.

LA DEGENERACIÓN DEL COLON MODERNO

En las 22.000 operaciones que he realizado personalmente, ni una sola vez he encontrado un colon normal.

(John H. Kellogg, médico y eugenista estadounidense).

En las disciplinas de tipo yoga (India), chikung (China) y similares, se pone un gran énfasis en la importancia del vientre y del ombligo. Se considera que, cuando se respira correctamente empleando el diafragma, el vientre actúa como un “segundo corazón” capaz de ayudar al bombeo de la sangre, y como un “tercer pulmón” capaz de mejorar la capacidad respiratoria. También es esencial en las tradiciones de artes marciales. Sus denominaciones (“gran mar de energía”, “centro yin”, “campo de elixir inferior”, etc.), dan fe de que esta parte del cuerpo era concebida como un centro energético relacionado con las fuerzas de la Tierra, y donde se acumulan los flujos corporales (la “esencia” de la tradición taoísta) como si fuesen electrolitos en una batería, o como el aceite de una lámpara. Se trata del polo negativo del cuerpo, el caldero del organismo, el núcleo de la potencia física, el lugar donde el material alimenticio se transforma en hormonas y sustancia reproductiva, donde tiene lugar la concepción de los bebés y por donde nos alimentamos cuando aun estamos en el útero materno. Es por todos estos motivos y más que mantener el vientre limpio, liso, reducido, seco y en forma, evoca salud y fuerza general de todo el organismo, y en el caso de las mujeres, también capacidad para dar a luz a niños sanos.

Localización del “dantian inferior” según la tradición taoísta.

Durante la era de los sacrificios, el examen de las entrañas de un animal era un ritual importantísimo y muy extendido en infinidad de culturas. Se consideraba que los intestinos brindaban los secretos más profundos del estado general del animal y sus diversas cualidades, y que tenían cierto poder sugestivo, magnético e hipnótico. Los espartanos, los etruscos, los macedonios, los celtas y los romanos, todos miraban las entrañas de los animales en ceremonias rituales. Antes, en la Era de los Metales, incluso se evisceraban cuerpos humanos, seguramente de caídos en combate, con la lectura de sus entrañas como explicación probable. Y seguramente, durante el Paleolítico, no se consumía la carne del animal hasta que un examen de las vísceras por parte de los ancianos hubiese confirmado el buen estado de la bestia.

 Vísceras en mal estado: sangre estancada, materia fecal acumulada. En la época de los sacrificios rituales, esta aparición hubiese supuesto un mal augurio, o bien la invalidación de toda una ceremonia.

 El vientre, que es donde arraigan los bebés y donde se unen a la madre, el núcleo de la respiración correctamente practicada y que debería ser un saco de energía y fuerza vital ―el fuelle de nuestro horno interno―, es actualmente todo lo contrario: un saco de basura. Dentro del vientre, el colon (intestino grueso) es sin duda el órgano más salvajemente maltratado por la humanidad moderna. Está sometido a una escalofriante variedad de sustancias tóxicas, a una continua erosión, y nunca jamás se le permite descansar, regenerarse o purgarse, ya que actualmente rara es la persona que ha pasado siquiera 48 horas sin comer en toda su vida. Eso significa que, desde que han nacido, sus intestinos, su páncreas, su hígado, todo su sistema metabólico, jamás han tenido un respiro para poder dirigir su energía y su sangre a otros lugares que no sean el vientre.

Veamos qué es lo que le sucede al colon moderno.

Cuando consumimos alimentos perniciosos para el aparato digestivo (algo tan sencillo como leche pasteurizada, productos a base de harina refinada, comida-basura o mezclar carbohidratos con proteína), el estómago manda una señal al colon para que se “blinde” por dentro, a fin de evitar la absorción de sustancias dañinas para el cuerpo. No hay que olvidar que el colon entra en contacto con “lo peor de lo peor” de todo lo que comemos. De manera que el colon secreta una capa de mucosa que evita la absorción de muchas sustancias (tanto buenas como malas) del bolo alimenticio. Esto no sería un problema si sucediese de vez en cuando: la capa de mucosa se desprende al poco tiempo y se evacúa sin problema. El problema surge cuando todas y cada una de las comidas que consumimos son incompatibles con la química del cuerpo. En este caso, el colon secreta capa tras capa de mucosa, haciendo que se acumule la sustancia en las paredes y pliegues, endureciéndose con el tiempo y formando una especie de “cubierta” rancia, gomosa y dura como los tacos de un neumático o como una escayola oscura. Esta placa mucoide alcanza espesores de entre 3 y 6 mm, llegando en algunos casos a superar el centímetro. Perturba gravemente la evacuación de materia fecal disminuyendo la luz (el “calibre”) del órgano, y acaba convirtiéndose en un foco de desechos metabólicos estancados, que se quedan secos, endurecidos e incrustados (impactación fecal, fecalomas) en el maltrecho órgano, que cambian la forma del colon desviándolo y retorciéndolo, y que acaban pasando a los capilares sanguíneos, envenenando a todo el organismo desde dentro y comprometiendo la eficacia del sistema inmunológico. Puede conducir también a un problema de desnutrición debido a la mala absorción de los alimentos (por ejemplo, de vitamina K, sales minerales o agua). Las famosas barrigas “cerveceras” en realidad no tienen nada de cereveceras: se tratan de abdómenes perversamente reventados debido a que el colon está inflamado (megacolon) de sustancias de desecho estancadas. Buena parte de una “barriga cervecera” no es grasa subcutánea, sino vísceras inflamadas y duras que forman un inmenso globo tóxico. Para corroborarlo, el cáncer de colon es la segunda causa de muerte en Estados Unidos.

Colon sano vs. colon moderno “normal”. Bolsas de gas y de alimentos en putrefacción o fermentación, heces atrapadas, incrustaciones fecales, capas de mucosidades, curvas demasiado tortuosas, secciones que han degenerado casi por completo, etc. Hoy en día, parece que prácticamente el único lugar donde puede encontrarse un intestino grueso normal, es en un atlas de anatomía.

Este estado de cosas es también el caldo de cultivo perfecto para los 500 tipos de bacterias y 200 tipos de parásitos y hongos que puede albergar el intestino humano, y que acaban filtrándose a la sangre al extraerse la perniciosa agua del colon enfermo. Una de estas bacterias ―particularmente común debido a una alimentación moderna fuertemente basada en harinas― es la candida. La candida es lo que hace que el agua de una irrigación colónica salga de color amarillento o hasta verdoso, y lleva a la candidiasis, una enfermedad que irrumpió en la historia del ser humano con la Revolución Neolítica. El Dr. William Crook postulaba que la candidiasis, en fases “sistémicas” y subclínicas (es decir, la candidiasis “light”) era responsable de una enorme cantidad de males, incluyendo esclerosis, transtornos digestivos y urinarios, fatiga, dolores musculares, diversas disfunciones sexuales y menstruales, y asma, entre otros.

Por tanto, no puede dejar de mencionarse la harina refinada como agente importantísimo en la formación de la basura interna del cuerpo. La harina forma parte de infinidad de alimentos muy comunes en las sociedades civilizadas: pan, pasteles, galletas, pizzas, pasta, masas varias, bollería, etc. Se trata de un alimento casi totalmente desprovisto de enzimas, vitaminas, minerales, aminoácidos y otros nutrientes que actuarían de forma sinérgica facilitando su digestión, como en el caso de los alimentos “naturales” (frutas, verduras, carne, frutos secos, etc.), por lo que el alimento “roba” de nuestro cuerpo las sustancias que necesita para digerirse. Los residuos indigestos de la harina, incrustados en las paredes del colon, evitan que el colon, el “tubo de escape” del cuerpo, absorba nutrientes.

Los antiguos egipcios padecieron graves problemas de salud por culpa de su dieta demasiado rica en pan. Perdían los dientes a una temprana edad, y entre ellos, la candidiasis, la ceguera, la lepra y la sífilis eran endémicas. La medicina egipcia tenía un concepto que explicaba de dónde venía la decadencia del cuerpo. Se trataba de whdw (podría ser traducido como “putrefacción” o “corrupción”): una degeneración que arraigaba en las fases más bajas del tracto digestivo (phwy) y que se transmitía al resto del organismo ―incluyendo al cerebro y por tanto a la mente― a través los vasos sanguíneos (mtw). El griego Eurifonte se hacía eco de este concepto cuando describía el efecto pernicioso de los residuos indigestos al circular por el aparato circulatorio.

Hoy en día, el colon del adulto estadounidense medio contiene entre 4 y 15 kg de placa mucótida, heces impactadas y residuos indigestos. El colon moderno se ha convertido en una especie de pozo negro pavoroso, donde se acumula capa tras capa de basura de todo tipo, junto con parásitos, hongos, ácido, gases, desechos alimenticios de hace años, incrustados en bolsas y pliegues del intestino, todavía fermentando, pudriéndose, alimentando bacterias y llenando el  bajo vientre de toxinas y parásitos que se filtran a la sangre causando infinidad de problemas. Da igual la ropa que te compres, el coche que tengas, el grosor de tu cartera, el color de tu corbata o de tu vestido, el prestigio de tu puesto de trabajo, cómo te maquilles o cómo te cortes el pelo: todo el mundo (salvo quienes ayunan en condiciones y con cierta frecuencia y/o se hacen irrigaciones colónicas y/o viven una vida en plena sintonía con la Naturaleza) tiene en mayor o menor medida basura rancia (estamos hablando de kilos) atascada en sus intestinos despidiendo maldades. Es asqueroso constatarlo, pero más asqueroso es no hacer nada al respecto y conformarse con vivir como un basurero con patas. Y la única manera de solucionar esto es combinando el ayuno con hidroterapia de colon, es decir, hacer pasar una gran cantidad de agua por el colon para drenar la inmundicia acumulada. Esto puede parecer asqueroso a muchos, pero, de nuevo, más asqueroso es seguir viviendo con la basura encerrada en nuestro interior. No incluyo imágenes de lo que sale del tubo digestivo por puro respeto al estómago del lector. Sin embargo, una rápida búsqueda en Google (por ejemplo, colon cleanse) dará una idea de la cantidad de desperdicios de los que puede ser portador el ser humano civilizado. La cantidad aumenta cuanto mayor es la edad del sujeto y peores hayan sido sus hábitos. Interesantemente, en la antigua Unión Soviética, era procedimiento normal administrar una irrigación de colon a los pacientes, ya que se consideraba que un enfermo no podía recuperarse en condiciones si su sangre estaba contaminada.

QUÉ SE PUEDE ESPERAR DE UN AYUNO: RAZONES PARA AYUNAR

Los efectos varían muchísimo de persona a persona, según su edad, resistencia, grado de intoxicación, etc. Por regla general, las personas más sanas, jóvenes y limpias por dentro, tendrán menos síntomas de desintoxicación que las personas en mala condición biológica.

• Limpieza a fondo del torrente sanguíneo y desintoxicación de tejidos.

• Mejora de la salud mental. El estado de la mente depende en buena medida de la química del cerebro. Cuando el cerebro está intoxicado con sustancias perniciosas y funcionando en modos metabólicos aberrantes, la mente se ve resentida y aparecen cambios demasiado pronunciados de humor, depresiones, irritabilidad, confusión, vulnerabilidad. Es el primer paso de la aparición de las enfermedades mentales, tan comunes en nuestra civilización.

• Mejora la capacidad intelectual. La ausencia de digestiones lleva a un estado casi constante de alerta y vigilia, algo no frecuente cuando se está saciado. Fue el Dr. Herbert Shelton el que supervisó los ayunos de más de 40.000 pacientes a lo largo de 50 años. Su conclusión fue que cuando el cuerpo está libre de materiales tóxicos fluyendo a través de la sangre y del sistema linfático, y cuando el cerebro está regado por un torrente sanguíneo limpio, la capacidad para pensar es mayor.

• Reestablecimiento del pH correcto del cuerpo. La inmensa mayor parte de los cuerpos hoy en día están acidificados de más, ya que la alimentación moderna está basada en cereales y almidones altamente acidificantes.

• Eficacia metabólica: el cuerpo se ve forzado a ser más eficiente en términos energéticos.

• Mejora de la capacidad de absorción de los alimentos. También se reduce la tolerancia del aparato digestivo a los venenos que te metías antes del ayuno, lo que te quitará las ganas de volver a tomarlos.

• Gracias a la limpieza de los pasajes nasales y la lengua, el sentido del gusto vuelve a inclinarse hacia los alimentos que son beneficiosos para nosotros. Nos “desacostumbramos” a comer alimentos perjudiciales. Se redescubre el placer de la buena comida.

• La respiración se hace mejor, de forma más profunda, llena y libre. Cuando el abdomen está vacío de comida, puede utilizarse mejor el diafragma para respirar. Gracias a ello, entran en el cuerpo más oxígeno e iones negativos. Al principio, cuesta acostumbrarse. Ciertos ejercicios yóguicos de respiración y control del vientre sólo tienen sentido o pueden realizarse cuando el aparato digestivo está vacío.

• Mejora la acción peristáltica (movimientos de contracción del intestino).

• Limpieza del tracto intestinal.

• Más resistencia al hambre.

• Pérdida de grasa corporal. Solución de celulitis y otros problemas de retención de grasa y líquidos. En prácticamente todo el mundo (salvo casos de personas extremadamente delgadas o culturistas que han purgado buena parte de su tejido adiposo y acuoso subcutáneo), un ayuno “mejora la línea”. Vale la pena comentar que la grasa de la que se habla no es simplemente material que “queda mal” estéticamente, sino que la acumulación excesiva de grasa se produce como defensa ante un tumor potencial (en la grasa se acumulan toxinas, líquidos y otras sustancias de desecho).

• Rejuvenecimiento. Aumento de la vitalidad. Ningún producto cosmético puede imitar el efecto rejuvenecedor de un buen ayuno. Puede ser debido a la segregación de sirtuinas y hormona del crecimiento.

• Asombrosa mejora de la fertilidad, la libido, la calidad del semen y la potencia sexual. Muchas personas estériles o impotentes pueden recuperar sus funciones normales. Restauración de la correcta regularidad menstrual en las mujeres.

• La piel se hace suave, uniforme y limpia. Supresión de manchas cutáneas, varices, ojeras y capilares reventados a flor de piel.

• Aumento de la sensibilidad a la insulina, disminuye la resistencia a la insulina. Dejamos de estar “adictos” a dicha hormona y el cuerpo deja de pedirnos tantos alimentos a base de azúcares. En cambio, aumentan los niveles de glucagón y de hormona del crecimiento.

• Mejora el funcionamiento del hígado, el páncreas, el estómago y los riñones, entre otros. Dejamos a estos órganos hacer su trabajo en paz y les damos un merecido descanso.

CITAS SOBRE EL AYUNO

Ayuno para obtener mayor eficacia física y mental.

(Platón).

Todo el mundo tiene un médico en su interior; sólo tenemos que dejarle hacer su trabajo. La energía sanadora natural presente en cada uno de nosotros es la mayor es la mayor fuerza para curarse. Nuestra comida debería ser nuestra medicina. Nuestra medicina debería ser nuestra comida. Pero comer cuando estás enfermo, es alimentar tu enfermedad.

(Hipócrates).

En vez de usar la medicina, mejor ayuna hoy.

(Plutarco).

El ayuno posee gran poder. Si se practica con la intención correcta, le hace a uno un amigo de Dios. Los demonios son conscientes de esto.

(Quinto Tertuliano).

El ayuno es el primer principio de la medicina.

(Mevlana Rumi, 1207-1273, poeta persa fundador de la fraternidad turca Mevleví del sufismo).

El ayuno es el mayor remedio ―el médico interior. La Naturaleza cura, el médico ayuda.

(Filipo Paracelso, médico suizo y uno de los tres padres de la medicina occidental, todos ellos ayunadores habituales).

Si quieres preservar un cuerpo sólido, utiliza el ayuno y el paseo. Si quieres preservar un alma sólida, utiliza el ayuno y la oración. El paseo ejercita el cuerpo, la oración ejercita el alma, el ayuno ejercita ambas.

(Francis Quarles, 1592-1644, poeta inglés).

Para prolongar tu vida, acorta tus comidas. La mejor de todas las medicinas es el reposo y el ayuno.

(Benjamin Franklin).

Rechazar la comida y la bebida es más que un placer; es la alegría del alma.

(León Tolstoi).

Los humos ascendentes de la comida rica y abundante, cortan como una densa nube las iluminaciones del Espíritu Santo, que están infundidas en la mente.

(Basilio el Grande).

Un poco de hambre realmente puede hacer más para el enfermo común que las mejores medicinas y los mejores médicos. No me refiero a una dieta restringida, me refiero a una abstinencia total de los alimentos. Hablo desde la experiencia; el hambre ha sido mi médico de resfriados y fiebres durante quince años, y ha conseguido la curación en todas las ocasiones.

(Mark Twain).

A través del ayuno, permite que tu mente dependa de su propio poder. Cuando ese poder se manifiesta, la fuerza vital del cuerpo se ve cada vez más reforzada con la energía eterna fluyendo continuamente hacia el cerebro y la médula desde la energía cósmica alrededor del cuerpo, entrando a través de la médula. Emancipándose de la dependencia de fuentes externas, físicas, de sustento corporal, la fuerza vital ve que está siendo sostenida desde dentro, y se pregunta cómo es esto así. La mente entonces dice “Los sólidos de los que dependía el cuerpo no son más que groseras condensaciones de energía. Tú eres energía pura, y eres conciencia pura”. Entonces, cualquiera que sea la orden que la mente le da a la conciencia de la fuerza vital, se manifestará en concordancia.

(Paramahansa Yogananda).

El ayuno es un método natural de curación. Cuando los animales o los salvajes están enfermos, ayunan.

(Paramahansa Yogananda).

El ayuno

(Sacado de Daniel Reid, “El Tao de la salud, el sexo y la larga vida”).

El ayuno es uno de los mecanismos curativos naturales más antiguos del mundo. Todos los animales, salvo el hombre moderno, ayunan instintivamente cuando están enfermos. Aun hoy existen tribus primitivas en el Amazonas, en África Central y en remotas regiones de Asia, que mantienen “casas de enfermos” en las afueras de sus aldeas, donde las personas aquejadas de alguna enfermedad se retiran para someterse a prolongados ayunos totales hasta que recobran la salud y la vitalidad. Los yoguis de India son bien conocidos por sus ayunos y sus limpiezas de colon. El ayuno terapéutico ha constituido siempre una parte muy importante de los regímenes de enseñanza taoístas. Los maestros hacían ayunar a sus discípulos durante periodos prolongados, para que purificaran el cuerpo y la mente, antes de exponerles sus técnicas más avanzadas.

Los antiguos griegos ayunaban para conseguir salud y longevidad, y eran renombrados por su robusta constitución física. Galeno, Paracelso e Hipócrates, padres fundadores de la medicina occidental, practicaban y recetaban el ayuno para todas las enfermedades graves, y lo recomendaban como excelente régimen preventivo. Pitágoras exigía a sus discípulos que ayunaran durante 40 días para purificar cuerpo y mente antes de transmitirles sus más altas enseñanzas. Platón y Aristóteles, cuyo pensamiento constituye la raíz y núcleo de la filosofía occidental, ayunaban regularmente para mejorar su salud física y estimular sus facultades mentales. La Biblia menciona el ayuno en 74 ocasiones, y el propio Jesús solía ayunar con frecuencia, a veces hasta 40 días seguidos. Y lo mismo hacía Buda. El ayuno es una respuesta natural y universal ante la enfermedad y la debilidad, no un “rollo” cultural o religioso.

El ayuno desencadena un proceso de limpieza verdaderamente maravilloso, que llega hasta la última célula y el último tejido del organismo. A las 24 horas de suspender la ingestión de alimentos, las enzimas dejan de entrar en el estómago para dirigirse en cambio a los intestinos y al torrente sanguíneo, por el que van circulando y destruyendo todo tipo de productos de desecho, tales como células muertas y enfermas, microbios indeseables, subproductos del metabolismo y sustancias contaminantes. Todos los órganos y glándulas reciben un necesario y bien merecido descanso, durante el cual se purifican y rejuvenecen sus tejidos y se regulan y equilibran sus funciones. Todo el canal digestivo se vacía, y lo que sale por su extremo inferior seguramente sorprenderá y asqueará a quienes ayunan por primera vez, hasta el extremo de hacerles adoptar el ayuno y la limpieza de colon como hábitos permanentes.

El beneficio más importante del ayuno tal vez sea que limpia y depura a fondo la corriente sanguínea. La sangre tiene la función de transportar oxígeno y nutrientes a todas las células del cuerpo, y debe también retirar los residuos metabólicos de las células para que sean excretados por los riñones y los pulmones. Asimismo, la sangre es el “vigilante” inmunológico del cuerpo, que hace circular las enzimas, los glóbulos blancos y otros factores inmunitarios durante las 24 horas del día, en misiones de “búsqueda y destrucción” de los invasores. Y la sangre sucia no puede realizar correctamente estas funciones. En consecuencia, se instaura la desnutrición, disminuye la resistencia, la toxemia se vuelve crónica y los gérmenes disponen de plena libertad para invadir los tejidos más vulnerables. A menos que lleve usted una vida ascética alejada de la civilización y evite todas las aberraciones alimentarias, su sangre y sus demás tejidos están forzosamente acumulando toxinas y perdiendo poco a poco su vitalidad funcional. Si no se limpia de estas toxinas de una forma regular, la toxemia se vuelve cada vez más grave, hasta que el cuerpo es incapaz de seguir soportándola y, o bien se purga espontáneamente en forma de diarrea, acné, erupciones, “manchas marrones”, sudor maloliente, hedor corporal, halitosis y demás, o bien renuncia por completo a la lucha y cae víctima de un cáncer, una tuberculosis o cualquier otra enfermedad.

Un boletín de Associated Press fechado el 28 de Mayo de 1986 informa sobre los siguientes resultados del ayuno forzado en ratas de laboratorio, obtenidos en un reciente estudio sobre el envejecimiento que fue llevado a cabo en los Estados Unidos:

Cuando la dieta de las ratas de laboratorio es drásticamente reducida, las ratas viven mucho más tiempo que aquellas otras, en todo lo demás idénticas, a las que se permite comer tanto como quieran. De hecho, los investigadores declaran que esta limitación de los alimentos es la única forma que conocen de prolongar significativamente la duración de la vida normal de estos roedores.

El ayuno también restablece el adecuado pH de la sangre. Como ya hemos visto, el Yin y el Yang de la dieta y la digestión se traduce a la terminología científica occidental como equilibrio ácido/básico. La acidosis de la sangre se ha convertido en una importante afección de la civilización contemporánea, y es la responsable de toda clase de desgracias. Cuando la acidez de la sangre alcanza niveles intolerables, la corriente sanguínea deposita el ácido en las diversas articulaciones, en forma de cristales que luego forman “espolones” que literalmente “sueldan” las articulaciones y sustituyen al líquido sinovial que las lubrifica naturalmente. La consecuencia es una dolorosa e incapacitante artritis. El ayuno permite que las enzimas entren en las articulaciones y disuelvan dichos cristales, con lo que se restaura el líquido sinovial y se recobra la movilidad de la articulación. El ayuno elimina también la acidosis de la propia corriente sanguínea. De hecho, los desagradables efectos secundarios que se perciben durante los tres primeros días de un ayuno se deben únicamente a que estos cristales ácidos y otras toxinas entran en la corriente sanguínea en masa para ser eliminados.

One thought on “Los beneficios del ayuno

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s