Maurras a Catalunya

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I. EL NACIONALISMO INTEGRAL

El tradicionalismo ideológico fue transformándose, a lo largo del siglo XIX, en sus pautas doctrinales, sobre todo, bajo la influencia del positivismo. En ese sentido, fue Charles Maurras el ideólogo que con mayor precisión logró repensar los principios fundamentales del tradicionalismo en el lenguaje de las corrientes positivistas, realizando una nueva síntesis que tuvo indudable impacto, no sólo en Francia, sino en otros países europeos, incluso en Hispanoamérica 1. Maurras fue el sintetizador de las dispersas corrientes doctrinales de la derecha francesa -desde De Maistre hasta Bonald, pasando por Taine, Renan, Fustel de Coulanges, e incluso Proudhon- que había brotado a lo largo del siglo XIX en oposición al significado social y político de la Revolución de 1789.

Producto del ambiente positivista dominante en su país en la segunda mitad del siglo XIX, Maurras pretendió dar un caracter científico a la construcción de su doctrina política; y en todo momento afirmó haber llegado a sus conclusiones por medios estrictamente inductivos y empíricos. Maurras expurgó al positivismo comteano de todos sus elementos utópicos y progresistas, convirtiéndolo, desde esa perspectiva, en un armazón ideológico profundamente conservador. A su entender, la clave epistemológica del positivismo se encontraba en la subordinación de la imaginación a la observación, de la razón a los hechos, mediante la cual quedaba destruida la dimensión proyectiva del conocimiento. A partir de tal presupuesto, Maurras articuló un método de análisis político, que designó con el nombre de «empirismo organizador», cuyo requisito funcional prioritario era la necesidad del orden en la sociedad, y que consistía en descubrir, a través de la sociología, la biología y la historia, las leyes que dirigen la vida y la muerte de la sociedad; en interpretar estas leyes por la psicología; y en obtener, por último, los principios de acción política a partir de aquellos datos 2.

Siguiendo a Comte, Maurras asimilaba epistemológicamente la sociedad a la naturaleza como realidad objetiva, independiente de la voluntad humana y obediente, por tanto, a sus propias leyes, que han de descubrise y a las que ha de plegarse la iniciativa de los individuos y de la especie. La sociedad es, pues, un «agregado natural», que se rige por las leyes de jerarquía, selección, continuidad y herencia 3. Su desarrollo consiste en la elevación del grado de sociabilidad desde la familia hasta la nación. La Humanidad, el Gran Ser, concebido por Comte como el conjunto de los seres pasados, presentes y futuros que concurren a perfeccionar el orden universal, se convierte, así, en el sistema maurrasiano, en la nación, definida como una entidad viva, orgánica, natural, formada, al mismo tiempo, por la historia a través de la tradición heredada de las distintas generaciones y destinada a perpetuarse en el futuro. Así concebida, la nación era el vínculo social más sólido que subsistía en el mundo contemporáneo tras la destrucción del orden católico en el siglo XVII; era la unidad social por antonomasia, superior a los individuos y a las clases en que se encontraba dividida la sociedad 4.

Conscientemente, la crítica maurrasiana va a dirigirse, en ese sentido, contra toda la corriente ideológica que, poniendo énfasis en la conciencia individual, cuestionara las realidades objetivas forjadas por la naturaleza y por la historia. La obra crítica suponía remontarse a las fuentes intelectuales que desembocaron en el individualismo liberal triunfante en la Revolución de 1789; es decir, al «monstruo de las tres cabezas»: Reforma-Romanticismo-Revolución, fenómenos históricos que no eran más que un reflejo del proceso contemporáneo de la experiencia burguesa de libertad, y cuyo sustrato podía resumirse en una sola palabra: individualismo. Al quebrar el monopolio dogmático de la jerarquía eclesiástica, el luteranismo inauguró el proceso ideológico que llevaba al liberalismo. La Revolución de 1789 no haría otra cosa que llevar hasta sus últimas consecuencias los supuestos del individualismo protestante a la sociedad francesa. Su proyecto político tenía por base el empeño antinatural de instaurar una organización social y política a contracorriente de las leyes que regían la vida de los seres organizados 5.

Las tendencias anarquizantes se daban igualmente en el ámbito de la literatura y el arte. En realidad, Maurras recorrió su itinerario intelectual desde la crítica literaria hacia la militancia política y la elaboración doctrinal. En ese sentido, el romanticismo estético y literario, cuyo origen se encontraba en Rousseau, suponía una reacción contra la autocomprensión del clasicismo francés, sustituyendo el concepto aristotélico de orden y perfección por el de creación personal y progreso. De esta forma, los románticos ponían en cuestión la imitación de los modelos antiguos con argumentos individualistas y sentimentales, relativizando los criterios de belleza objetiva sustraí-da al paso del tiempo, conviertiéndose en sinónimo de anarquía social y política 6.

Así, pues, la Revolución de 1789 supuso, desde la óptica maurrasiana, una auténtica insurrección contra la genuina tradición francesa, representada por el orden monárquico, católico y clásico; y sus consecuencias sociales y políticas, económicas y religiosas se encontraban en la base de la decadencia nacional que Francia padecía a lo largo del siglo XIX, y que llegaría a su cénit con la derrota ante Prusia en 1870. La III República era el catalizador, a través de sus instituciones, de aquellas ideas destructivas; había consagrado la hegemonía de los enemigos internos de la civilización francesa, convirtiéndose en el instrumento político de los «cuatro estados confederados»: los protestantes, los judíos, los masones y los «metecos» -extranjeros-, principales responsables de la decadencia nacional. La República suponía, además, la democracia, el régimen electivo, la centralización administrativa y, en consecuencia, la desintegración de la sociedad y el debilitamiento de la nación. Dada su naturaleza desintegradora, la República suponía igualmente la división nacional y la subordinación del interés nacional a los intereses de las oligarquías antinacionales y a los partidos políticos. Y su laicismo repercutía negativamente en los hábitos y en las costumbres de la población francesa. Maurras no era creyente y odiaba profundamente al cristianismo primitivo en el que veía el principio de la disolución del orden político romano en una anarquía destructora de todo valor civil y estatal. De ahí que distinguiera, como Comte, entre cristianismo y catolicismo, exaltando a este último como reacción del orden romano a la anarquía cristiana. El culto católico con su asunción de la cultura grecolatina y del aristotelismo, su liturgia y su jerarquía, suponían una saludable sanción del orden social y un contrapunto esencial a los supuestos protestantes y liberales. En ese sentido, el catolicismo era un componente esencial de la tradición nacional francesa 7.

La República llevaba, en fin, en virtud de sus principios electivos e igualitarios, a la centralización administrativa, ya que, al emanar el poder de la elección, el elegido, para mantenerse en el poder, necesitaba tener sujeto al elector, para lo cual era preciso, a su vez, el funcionario, y éste tendía a extender la consiguiente red burocrática 8.

De esta encuesta histórica, basada en los supuestos del «empirismo organizador», se desprendía la doctrina del nacionalismo integral, que conducía necesariamente a la instauración de la monarquía como régimen de gobierno. La defensa de la nación exigía la instauración de la monarquía tradicional y representativa, y de los valores característicos del catolicismo y del clasicismo. Todas las reformas necesarias para el fortalecimiento nacional confluían en el tema de las formas de gobierno. De ahí el típico lema maurrasiano «politique d’abord». En la monarquía, el interés personal del gobernante y el interés público, lejos de oponerse, coinciden necesariamente. La herencia del poder político hacía su fuerza y su continuidad paralelas a la fuerza, la continuidad, y la duración de la nación, al contrario que en la democracia, cuya base electiva suponía desorganización, discontinuidad y división 9.

El interés nacional exigía la supresión del parlamentarismo y de los partidos políticos; y, en consecuencia, la monarquía tendría que ser, no parlamentaria, sino representativa, reuniendo el monarca en su persona la totalidad del poder. La nación estaría representada en unas cámaras de carácter corporativo. Libre de la presión parlamentaria y electiva, el Estado recuperaría sus funciones tradicionales, dejando la vida económica en mano de los particulares y de las corporaciones. La monarquía no sólo garantizaría la descentralización territorial, reconstruyendo las regiones, sino igualmente la profesional, moral y religiosa. Se restaurarían los gremios, así como la influencia de la iglesia católica en la sociedad civil 10.

Las ideas maurrasianas tuvieron su órgano de difusión en la revista y, desde 1905, diario «L’Action Française», surgido de las luchas ideológicas y políticas del Affaire Dreyfus, y en una serie de entidades y organizaciones paralelas ligadas a ésta, como el Círculo Fustel de Coulanges, la Cátedra Syllabus, los Camelots du Roi, que lograron una amplia influencia en la sociedad francesa de comienzos de siglo 11.

Con frecuencia, se ha presentado a Maurras y «L’Action Français» como precursores de los movimientos fascistas de entreguerras 12. Ciertamente, el escritor galo tuvo palabras de alabanza para los nacionalistas italianos, en los que ejerció cierta influencia; y para el Fascismo, al que definió como «un socialismo libre de la democracia y de la lucha de clases» 13; pero condenó en todo momento su doctrina totalitaria, a la que calificó de «falsa», «negativa», «casi delirante». Y su animadversión con respecto al nacional-socialismo alemán fue mucho mayor; era un «estatismo nivelador», heredero de Rousseau, Kant y los jacobinos 14. No obstante, «L’Action Française» tuvo alguna influencia en la gestación ideológica del fascismo, cuando algunos de sus miembros, como el antiguo sindicalista Valois, propiciaron un entendimiento con los discípulos de Georges Sorel, cuya oposición al sistema demoliberal era común a la de los nacionalistas integrales; y que tuvo su concreción en la fundación del Círculo Proudhon -a quien Maurras había interpretado en clave antiliberal y regionalista-, dando lugar a la síntesis nacional-sindicalista 15. Sin embargo, la experiencia, al menos en opinión de Maurras, terminó mal, y acusó a Sorel de actitudes irreductiblemente revolucionarias, por su insistencia en la lucha de clases, inasimilable para la perspectiva organicista y gremialista del nacionalismo integral 16.

II. MAURRAS Y ESPAÑA

España no estuvo ausente de las preocupaciones de Maurras, lo que no era ajeno a su concepción de la europeidad. De hecho, existió por parte de los ideólogos de «L’Action Française» el intento de conciliar su nacionalismo integral con una versión atenuada de Europa. «Europa -diría Maurras- es un edificio geográfico e histórico que no resulta temerario considerar un gran bien. Es de interés de la Humanidad mantenerlo y defenderlo» 17. La conciliación de ambos conceptos -nacionalismo y europeísmo- venía de la mano de otro concepto, el de «Latinidad» que cuadraba perfectamente en la visión maurrasiana de Francia como heredera y portaestandarte de la civilización grecolatina. La «Latinidad» era la expresión intelectualizada de su simpatía por naciones de tradición católica y régimen político monárquico, como Italia y España 18.

Como nación latina, España ocupaba un lugar importante en «L’Action Française». Y en ese sentido Maurras lamentó la neutralidad española en la Gran Guerra y, sobre todo, la germanofilia de que hizo gala el grueso de la derecha española a lo largo de la contienda; pero se mostraba optimista con respecto a la posibilidad de superación de las diferencias históricas y políticas entre ambas naciones, que eran «hermanas de civilización y de educación» 19.

Su estadista español favorito fue Cánovas del Castillo, a quien, con motivo de su asesinato, rindió homenaje, llamándole «mártir de la autoridad»; y cuya figura histórica consideraba superior a Bismarck 20. No obstante, juzgaba que el político malagueño se había equivocado en su intento de trasplantar las instituciones británicas a una nación como España cuya contextura social e histórica era muy distinta a la inglesa 21. De igual forma, su admiración y sus reproches se extendían a la figura de Antonio Maura, con quien mantuvo correspondencia y a quien enviaba sus obras con efectuosas dedicatorias 22. Maura era «el energico sucesor de Cánovas», cuyos proyectos de descentralización administrativa eran muy afines a la perspectiva regionalista del nacionalismo integral 23. En definitiva, Maura era «el ilustre campeón del regionalismo y del autoritarismo español» y «el más eminente defensor del orden europeo» 24. Pero, como en el caso de Cánovas, le encontraba excesivamente adherido al liberalismo y al sistema parlamentario; lo cual desvirtuaba, en gran medida, su labor de estadista 25. De hecho, Maurras fue el ideólogo que más influyó en el movimiento que, a partir de 1913, tras la escisión del partido conservador, adoptó el nombre de «maurista» 26.

La región española que mayor interés suscitó en Maurras fue cataluña, cuya situación política y cultural identificó con la de su Provenza natal; y al catalanismo felibristas, y el regionalismo provenzal de que él mismo era portavoz intelectual. En ese sentido, contempló la solución al problema catalán con su «federalismo bajo la monarquía» 27. Y vió con esperanza los proyectos descentralizadores de Maura, al igual que sus intentos de llegar a acuerdos puntuales con Cambó 28.

La dictadura primorriverista fue, sin embargo, para Maurras, una experiencia política fallida en prácticamente todos los sentidos. Ciertamente, el primorriverismo había sido beneficioso desde el punto de vista económico y, sobre todo, por haber prescindido del parlamento y de los partidos políticos. Pero la Dictadura no se había visto acompañada por el apoyo de los intelectuales, ni contó con una base política y social digna de tenerse en cuenta, sólida. En el fondo, no fue otra cosa, tal y como lo demostraba su mediocre final, que «un largo y poderoso gabinete de funcionarios, llevados al poder por la presión de circunstancias impersonales» 29. Con todo, su principal error fue su política centralista y anticatalanista, en particular su intento de suprimir el empleo del catalán incluso en la liturgia, o la disolución de la Mancomunidad 30.

Estas críticas valieron a Maurras una dura réplica del diario monárquico ABC, quien le acusó de haberse puesto al lado de los separatistas catalanes 31. En su contrarréplica, Maurras intentó dejar claro que sus críticas a la Dictadura estaban motivadas por su simpatía hacia el régimen español y su sincero deseo de lograr una solución definitiva al problema suscitado por las relaciones conflictivas entre Castilla y Cataluña 32.

Maurras y su grupo recibieron como un desastre de incalculables consecuencias el advenimiento de la II República: «Deploramos de todo corazón la catástrofe que golpea a un pueblo amigo, a una familia ilustre, a un príncipe amado y respetado, a una institución tutelar, y es preciso convenir con la verdad: el Te Deum de Santiago de Compostela acabará en De Profundis» 33. «L’Action Française» declaró al día de la proclamación de la República día de luto, simbolizando al nuevo régimen republicano como un sistema político de acusados perfiles revolucionarios, «notoriamente no germanófilo, si no rusófilo» 34. En el caso de Cataluña, la República no llevaba, ni podía llevar más que a los dos extremos de separatismo o centralismo 35.

Otro admirador de Cataluña dentro de «L’Action Française» fue la mano derecha de Maurras, León Daudet, amigo del escritor y del pintor catalán Santiago Rusiñol 36; y uno de cuyos autores favoritos era Jaime Balmes, a quien consideraba un «defensor ilustre y claro del catolicismo» 37.

De hecho, fue Cataluña la región española pionera en la recepción de los postulados maurrasianos 38; y en ello no solamente influyeron los factores de proximidad geográfica o la tradicional influencia política y cultural francesa en el Principado, sino igualmente su afinidad con muchos de los supuestos del nacionalismo conservador catalán.

III. PRAT DE LA RIBA Y MAURRAS

El movimiento catalanista surgió, en un principio, como crítica al Estado liberal español. Sus orígenes ideológicos fueron fundamentalmente contrarrevolucionarios y antiliberales, aunque tampoco faltaron catalanistas liberales como Valentí Almirall. El movimiento de la Renaixença tuvo, en su conjunto, un carácter católico y conservador muy semejante al que surgió en Francia y que se apoyaba en la figura de Mistral, que igualmente influyó en los autores catalanes 39.

Al mismo tiempo, el catalanismo se alimentó del proteccionismo económico, tan grato a la burguesía del Principado, e igualmente del foralismo carlista y del federalismo de Pi i Margall -muy celebrado, por cierto, en los ambientes felibristas provenzales 40-, que se vió reforzado por el tradicionalismo de la Iglesia católica, uno de cuyos miembros, el obispo de Vic, Josep Torras i Bages, se convirtió con su famosa obra La tradición catalana en uno de los pilares ideológicos del catalanismo. Admirador de Maistre, Taine y Menéndez Pelayo, Torras consideraba al catalanismo como antitético del liberalismo, la democracia y el parlamentarismo. Cataluña era una nación esencialmente católica; y, frente al mundo urbano caracterizado por la conflictividad, el materialismo y la democracia, exaltaba el contenido de la vida rural, en cuyo universo simbólico podían desarrollarse con más vigor las virtudes propiamente católicas 41.

En ese sentido, no faltaron entre los primeros ideólogos catalanistas críticas al Estado liberal, críticas en modo alguno accidentales, sino transcendentes y de principio. El Estado liberal español era presentado, en general, por los catalanistas como un ente artificial, ajeno y sobreañadido a la pluralidad de los pueblos que coexistían en el marco español. Así, Narciso Verdaguer i Callís, director de «La Veu de Catalunya», admirador de Maurras y de Barrès y amigo del maurrasiano provenzal Marius André, y que tanto influiría en la posterior trayectoria de Francisco Cambó, establecía una contraposición nitida entre «la España regional y particularista y la España centralizadora y uniformada», localizada la primera en el Norte y la segunda en el Centro y en el Sur. A ese respecto, el escritor catalán negaba toda virtualidad regeneradora al parlamentarismo, que era presentado como la antítesis del catalanismo: «(…) el parlamentarismo -dijo- no nos detendrá. Ha aparecido la idea que ha de matarlo, el regionalismo» 42.

Enrique Prat de la Riba llegaría a ser el sintetizador de todas estas corrientes ideológicas, que confluirían en el nacimiento del catalanismo como movimiento político de envergadura. Existen, de hecho, profundas afinidades entre los planteamientos e ideas de Maurras y los de Prat de la Riba. Eran, en el fondo, dos almas gemelas. Ambos nacionalistas, provincianos, sistemáticos y adelantados de una renovación clásica; pero el lirismo, la brillantez, el agnosticismo y la facilidad estilística del provenzal contrastaban con la religiosidad, la tenacidad y la laboriosidad del catalán. Estas analogías no pasaron inadvertidas a los contemporáneos: «En algunos momentos -dirá Antonio Rovira i Virgili refiriéndose a Prat -recuerda a los polemistas franceses de la derecha religiosa y política, y nos parece estar leyendo a Veuillot o a Maurras» 43.

Desde una óptica más favorable al líder catalanista, el poeta Jaime Bofill i Mates, en cuya obra es igualmente perceptible la huella maurrasiana, vió en Prat al representante de «la concepción integral del nacionalismo», del «catalanismo integral» 44.

Unía a Prat con Maurras una idéntica formación cultural y doctrinal 45. El catalán recibió, como el provenzal, la impronta del tradicionalismo maistriano. Lo que interesó a Prat de los planteamientos del autor de Consideraciones sobre Francia fue, aparte de su ferviente apología del catolicismo, su teoría orgánica de la sociedad; y, en consecuencia, su severa crítica del contractualismo roussoniano al que calificaba de «apriorístico», «mecánico», «abstracto», «artificioso» y «puramente aritmético». En el fondo, Maistre, como también había visto Maurras, preparó la visión positivista del orden social 46. Al igual que Maurras, Prat fue admirador de Comte, lo mismo que Taine y Renan 47. Otros autores comunes a ambos eran Fustel de Coulanges y Taine, en los que veía a los críticos más sagaces de la obra revolucionaria, en particular de la centralización administrativa llevada a cabo por los jacobinos 48.

De acuerdo con su perspectiva tradicionalista-positivista, Prat, como Maurras, asociaba sociedad con naturaleza. La nación era concebida como «una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres, que no pueden deshacerla ni mudarla» 49. No deja de ser significativo que Prat empleara el término «nacionalismo integral» para dar nombre a su proyecto político 50.

Prat fue siempre antiparlamentario. El sistema parlamentario era contemplado desde su óptica organicista como sinónimo de fragmentación, desorden e incoherencia; y cuyas consecuencias sociales y políticas más palpables eran «la burocracia, el absolutismo de las pandillas de políticos profesionales y el alejamiento de todos los elementos del país que por su inteligencia, su posición y sus intereses, deberían ejercer una mayor influencia en la dirección del Estado» 51. Frente a ello, el líder catalanista propugnó la representación corporativa «mediante el sufragio universal de los cabezas de familia, por gremios y profesiones, a fin de acabar con el parlamentarismo que entrega el gobierno de los Estados a los charlatanes de oficio» 52.

La movilización catalanista tenía como fin último la consecución de un Estado propio; pero Prat no era separatista. Su solución era el Estado federal en el interior; y el imperialismo en el exterior, como expansión cultural, política y económica de Cataluña «desde Lisboa hasta el Ródano» 53.

En principio, parecía separar a Prat de Maurras el tema de las formas de gobierno, si bien este último señaló en más de una ocasión que él propugnaba la monarquía para Francia, no para el conjunto de las naciones, cada una de las cuales debía deducir de su experiencia y circunstancia histórica el régimen político y la forma de gobierno más adecuados 54. El líder catalanista defendió, por su parte, el accidentalismo en materia de formas de gobierno. Monarquía o república eran «temas secundarios» para el catalanismo 55.

No obstante, es preciso matizar el contenido y el carácter del accidentalismo pratiano. Prat exaltó «la monarquía tradicional, la que forma parte de nuestra constitución política, la Monarquía de Jaime el Conquistador y Pedro III, la que hacía de los Estados aragoneses los más libres del mundo, la que hablaba, sentía y obraba a la catalana» 56. Por otra parte, resulta obvio que el principio accidentalista, para poder sostenerse, necesitaba ser mantenido en el plano de la pura abstracción; y que tan pronto como se pasaba al campo de la práctica política concreta en modo alguno era accidental que existiera una u otra forma de gobierno. En el fondo, la crítica de Prat fue siempre en contra de los republicanos, a los que frecuentemente acusó de «falta de actitud constructiva» 57. En cualquier caso, Prat llegó a ver en Alfonso XIII al posible catalizador de la consecución de su proyecto político 58.

La estrategia pratiana consiguió grandes éxitos políticos. Después del desastre del 98, Prat consiguió agrupar a varias tendencias dispersas de la derecha catalanista, formando la Liga Regionalista. Junto con el Centro Nacionalista y otros grupos menores, la Liga formó en 1906 la Solidaridad Catalana, unión que, el año siguiente, obtuvo un notable éxito electoral 59. Y entretanto, para encauzar el catalanismo dentro de la Restauración, Antonio Maura recogió las sugerencias de «mancomunar» a las diputaciones provinciales, a fin de crear instituciones político-administrativas de carácter local, proyecto que ni él ni Canalejas, su sucesor, pudieron aprobar en las Cortes; pero que, finalmente, el gobierno de Eduardo Dato logró sacar adelante mediante el Real Decreto de 18 de diciembre de 1913, siendo nombrado Prat de la Riba presidente de la Mancomunidad catalana, desde cuyas instituciones llevaría a cabo una importante labor política y cultural 60.

IV. EUGENIO D’ORS Y EL «NOVECENTISMO»

En el desarrollo de su proyecto político y cultural, Prat de la Riba encontró en Eugenio D’Ors a un lúcido y dotado colaborador intelectual 61. A lo largo de su vida, caracterizó a D’Ors un sesgo fuertemente autoritario y un ferviente deseo de educar a sus compatriotras y colocarlos en la senda que él consideraba adecuada. Su gran ambición fue la de ejercer el liderazgo cultural primero en Cataluña y, luego, en el resto de España. Y es, en realidad, a D’Ors y no a Azorín, como equivocadamente afirma Eugen Weber, a quien corresponde la prioridad en la introducción de la mayoría de los temas y postulados del nacionalismo integral maurrasiano en tierras españolas 62.

En ese sentido, no hizo más que continuar y desarrollar los supuestos incoados en la obra de Prat, con quien siempre se sintió muy compenetrado. Para D’Ors, la obra de Prat, en particular La nacionalidad catalana, era, ante todo, «una lección de doctrina», «la fórmula científica del ideal político» 63.

Fruto de aquella compenetración con Prat fue su pronta colaboración en «La Veu de Catalunya», donde publicó, con el pseudónimo de Xenius, su célebre Glosario; y su nombramiento en febrero de 1914 como secretario general del Instituto de Estudios Catalanes, al que luego seguirían otros importantes cargos en la Mancomunidad.

Cuando D’Ors llegó a la vida pública, la cultura catalana estaba aún bajo la hegemonía del «modernismo», denominación que englobaba una serie de tendencias ideológicas, literarias y artísticas, que iban desde las tesis sociológicas en política hasta el naturalismo en literatura, pasando por el impresionismo en pintura, el simbolismo en poesía, etc 64.

D’Ors, que sería su mayor crítico, había vivido en París algunas temporadas como becario; y tuvo ocasión de leer las obras de Maurras, Barrès, Moréas y Sorel, y de iniciar sus contactos con miembros de «L’Action Française». En todo momento, caracterizó al pensador catalán una profunda devoción por la cultura francesa. «Ser francés -dirá- ya es una distinción. Entiéndase francés legítimo, que haya siempre comulgado en la gran tradición de las adquisiciones nacionales -digno heredero de una cultura por la que pasaron Racine y Le Notre-, no francés como los de los crímenes de Le Journal o de las ideologías de La Dépèche» 65.

De esta experiencia saldrá a la luz el movimiento denominado «Novecentista», cuyo máximo teorizante será D’Ors, opuesto al «modernismo» hasta entonces dominante. Como Maurras, D’Ors fue un pensador de antítesis; y, en consecuencia, definió al «novecentismo» frente al «modernismo», como un nuevo intelectualismo. Novecentismo equivalía a claridad mediterránea, a clasicismo frente al vitalismo y «las nieblas germánicas» propias del modernismo. Orden, claridad, racionalidad, en definitiva, clasicismo en contraposición a romanticismo; razón contra emotividad 66. El novecentismo llevaba, así, a una nueva definición de la catalanidad y de la cultura catalana. D’Ors tachaba al modernismo de irracional y romántico. Sus máximas representaciones, la poesía de Maragall y la Sagrada Familia de Gaudí, no pasaban de ser «sublimes anormalidades», nacidas del individualismo romántico 67.

A la hora de recusar los fundamentos del individualismo romántico, D’Ors recurría no sólo a Maurras, sino al más dotado de sus seguidores en el ámbito de la crítica literaria, Pierre Lasserre, el célebre autor de Le romantisme français, a quien exaltaba por su «culto aristocrático de la medida» 68.

En este sentido, el novecentismo establecería la distinción entre la vida cósmica y la vida humana, entre el mundo de la naturaleza y el mundo de la cultura, entre el romanticismo y el clasicismo. Arte y literatura eran lo contrario de la naturaleza, unas construcciones arbitrarias, típicas de la cultura, de la vida humana, es decir, de los estilos. La naturaleza no produce estilos, es el caos. Sólo el hombre culto, domesticado en sistemas canónicos, produce estilos. Así, el arte no podía ser una mera imitación de la naturaleza, que es lo que el romanticismo y el modernismo pretendían, siguiendo la perspectiva naturalista que arranca de Rousseau: «Rousseau es la ignorancia (…) Renegar de la civilización, renegar de la Historia, negar la educación, sistematizar la ineducación» 69.

De este modo, el novecentismo suponía «un clasicismo esencial», es decir, un arbitrarismo propio del hombre civilizado y liberado de la servidumbre naturalista de lo espontáneo, de la imitación de «lo salvaje» 70. Por ello, D’Ors exaltaba a pintores y escultores como Clará, Casanovas, Viladomat, Rebull, Sunyer, Torres-García, etc. La restauración clásica era el primer paso para la restauración de la tradición catalana, para garantizar la continuidad del espíritu catalán a lo largo de la historia.

En ese sentido, la máxima aportación de D’Ors al proyecto catalanista fue su definición de lo catalán a través de su célebre obra La Bien Plantada, muy influida por El Jardín de Berenice de Barrès y por la Invocación a Minerva de Maurras. D’Ors presentó a su personaje, Teresa, como el símbolo de la tradición catalana frente a la castellanidad, tal y como ésta era presentada, a su juicio, por los autores noventayochistas, sobre todo por Unamuno y Zuloaga, defensores, según Xenius, de un estilo «místico, ardiente, amarillo, áspero». En contra del supuesto misticismo castellano, D’Ors concibe a Cataluña, representada por el arquetipo de Teresa, como portavoz de la razón, del límite, de los «detalles exactos», del orden y la armonía. Igualmente, el arquetipo se resuelve contra el modernismo, símbolo de la anarquía individual, de las «prosas bárbaras y rústicas». El arquetipo, además, viene a concretarse en un auténtico proyecto de restauración nacional catalana: «Yo no he venido -dirá Teresa- a instaurar una nueva ley, sino a restaurar la ley antigua. No quiero traeros la revolución, sino la continuación» 71.

Como en Prat de la Riba, el proyecto novecentista orsiano culmina en la idea de Imperio. El imperialismo orsiano comportaba, en el fondo, un antiseparatismo que evidenciaba la voluntad de conseguir la hegemonía política en el resto de España. Por eso, D’Ors reclamaba «la Cataluña interventora en los asuntos del mundo» 72.

En aquellos momentos, D’Ors se mostraba fuertemente crítico con el liberalismo y la democracia, a los que consideraba como antítesis del imperialismo. El liberalismo representaba «el individualismo atomístico», el localismo, la defensa de los horrores de la libre concurrencia económica; y la democracia no pasaba de ser «la ideología revolucionaria de los instintos de la burguesía» 73. De hecho, D’Ors fue, en aquellos momentos, un adelantado en la difusión de los primeros brotes de nacional-sindicalismo, auspiciados en Francia por los miembros del Círculo Proudhon. D’Ors -como Maurras, y anteriormente Donoso Cortés e incluso Menéndez Pelayo- no dudó en alabar ciertos aspectos de la ideología del anarquista galo: «¡Con Proudhon, cómo nos hubiéramos entendido enseguida! Nos hubiéramos pegado, nos hubiéramos matado, quizá; pero, eso sí, nos hubiéramos entendido» 74.

Igualmente, D’Ors se declaraba «lector ferviente» de Sorel y «los nuevos profetas de la nueva espiritualidad obrera», cuyo signo más llamativo era su «sentido antidemocrático», celebrando su maridaje con Maurras y su grupo: «Un Georges Sorel, sindicalista, puede entenderse con Charles Maurras, monárquico, para combatir unidos a las fuerzas democráticas de Briand y Jaurès. Igualmente, el pensamiento novecentista ve menos obstáculos en los hombres de tradición que en los liberales» 75.

En ese sentido, el imperialismo era presentado por D’Ors como la antítesis del liberalismo y la democracia. La idea de Imperio significaba «la socialización, el Estatismo, el Estado educacional, la Ciudad, la idea de expansión de los pueblos , la Justicia Social, la lucha por la Etica y por la Cultura» 76.

Muerto Prat de la Riba en 1917, D’Ors comenzó a caer en desgracia ante el nuevo director de la Mancomunidad, Josep Puig i Cadafalch, iniciándose desde entonces una amplia operación de acoso que, poco después, terminó con el abandono de Xenius, acusado de irregularidades administrativas y de simpatías sindicalistas, de sus cargos en la entidad autónoma y, finalmente, con su marcha de Cataluña; lo que, a ojos de algunos catalanistas, significó una traición 77.

Ello no comportó un cambio cualitativo en su perspectiva ideológica, ni en su admiración por Maurras. Ya en Madrid, D’Ors comenzó a colaborar en el diario «ABC» y luego en «El Debate», convirtiéndose en uno de los más importantes intelectuales de la derecha española. Significativamente, Teresa, la Bien Plantada, dejó paso a Isabel La Católica como arquetipo y símbolo de la nacionalidad española 78.

V. LA LLIGA Y EL NACIONALISMO INTEGRAL

Dos fascistas franceses, muy relacionados por cierto con Maurras en su juventud, Robert Brasillach -él mismo catalán- y Maurice Bardèche definieron la Lliga catalana como «monárquica, casi al estilo maurrasiano», fiel al ideal del «rey federador» 79. El aserto es, desde luego, discutible, incluso exagerado, pues tomado al pie de la letra puede llevar a una generalización históricamente errónea. No todos los dirigentes de la Lliga fueron igualmente influidos por Maurras; y algunos no lo fueron nunca. La obra de Maurras no está ausente de la lectura del máximo dirigente del partido catalanista, Francisco Cambó. Como Prat de la Riba, Cambó se formó en las coordenadas ideológicas del tradicionalismo positivista francés; y se refirió a Le Play, Taine, Fustel de Caulanges, Barrès, etc, como «los maestros de mi juventud» 80. Su contacto con Versaguer i Callís, de cuyo bufete fue pasante, le familiarizó con la lectura de Mistral, Barrès y Maurras 81. Como señaló Jesús Pabón, Cambó fue una figura a caballo entre el tradicionalismo y el liberalismo; vivió el cruce de ambas corrientes empeñado en conciliarlas 82. Cambó consideró a Maurras un «espíritu penetrante y sutil», «alma de aristócrata, empapada con las esencias más puras de la tradición francesa» 83. No obstante, veía en él a una mente poco práctica, que había cometido el error de convertir su movimiento político en un grupo minoritario, elitista, que apenas actuaba salvo en París y que no daba papel alguno a las masas en su política 84.

Cambó sintió igualmente admiración por León Daudet, a quien consideraba el gran panfletario de «L’Action Française» 85. Ante todo, lo que le fascinaba de Daudet era su estilo recio, su enemiga del jacobinismo, su fervor por la cultura grecolatina y los autores clásicos 86.

Cambó nunca ocultó su aversión al liberalismo iguaitario, cuyo efecto más pernicioso era la centralización territorial y administrativa. En ese sentido, juzgaba «fatal» la influencia de la Revolución francesa, al haber intentado destruir «toda la vida orgánica de los pueblos», edificando en su lugar un «Estado omnipotente» 87. Por ello, gustaba citar a Taine, como Maurras, a la hora de criticar el orden local español y francés, cuya principal característica era su desdén por «la realidad de la vida» 88. Cambó fue igualmente un defensor acérrimo del voto corporativo, al que, en una precisión muy próxima a Maurras, juzgaba más progresivo que el individual: «El sufragio inorgánico es conservador (…) nunca dá entrada a las minorías que son las que lleva en sí el germen de las grades transformaciones» 89. A pesar de sus afirmaciones esporádicas de signo accidentalista, Cambó, siempre prefirió, de hecho, el régimen monárquico al republicano; y vió en la monarquía, muy en la línea maurrasiana, la garantía más sólida para lograr el vínculo institucional entre pueblos de origen diverso 90.

Mucha mayor influencia ejerció Maurras en la obra de otro dirigente de la Lliga, Juan Estelrich. Militante tradicionalista en su juventud, Estelrich comenzó su vida intelectual y política en revistas de tendencia integrista como «Cruz y Espada» y «El Correo Español» 91. Ya en el catalanismo, fue uno de los discipulos más aventajados de D’Ors, del que luego se distanció y al que, tras su marcha de Cataluña, acusó de casarse con una novia rica, es decir, con el castellano 92. Estelrich ocupó cargos de importancia en la Lliga, convirtiéndose en uno de los principales colaboradores de Cambó. Director de la Fundación Bernat Metge, conoció a Maurras en 1919, cuando visitó la Asociación Guillermo Budé -afín a «L’Action Française»- con el objetivo de hacer una selección catalana de autores clásicos griegos y latinos 93.

A su entender, fueron Barrès y Maurras los autores franceses que rompieron con la superficialidad de sus compatriotas a la hora de tratar los temas de España 94. En uno de sus primeros ensayos, Estelrich calificó a Maurras de escritor «recio», «firme» 95. Su influencia, junto a la de Barrès, es perceptible en su concepción del hecho nacional. La nación tenía como punto de referencia el pasado histórico, la tierra y los muertos; y, en ese sentido, el catalanismo podía ser definido como «una reacción histórica contra el antihistoricismo revolucionario» 96. Tanto la Ilustración como el liberalismo y la democracia eran calificados por Estelrich de «esencialmente antihistóricos». «Porque -señalaba- la conciencia histórica y la democracia antihistórica son dos realidades antitéticas» 97.

Con claras resonancias del positivismo maurrasiano, Estelrich consideraba el hecho nacional como una realidad objetiva, viva, imposible de ser superada en el conjunto indiferenciado de la humanidad abstracta: «La nacionalidad es la humanidad concreta o lo concreto humano» 98. Por eso, una de las consecuencias del pensamiento nacionalista era «la destrucción de cualquier vacío intelectualismo, de cualquier concepto idílico de vida» 99. Ello se enlazaba con la crítica al modernismo y al romanticismo, que el político mallorquín recibió de Maurras y de D’Ors: «El modernismo, retoño del romanticismo, es enfermedad, es desviación del Renacimiento -desviación que lleva al aflojamiento, al decaimiento. Renacimiento y clasicismo coinciden en las finalidades últimas; el vigor renacentista no puede mantenerse más que con la salud del arte y la actitud vital clásica» 100. Como Cambó, Estelrich hizo suyo el modelo de descentralización propugnado por Maurras para Francia: «unión federativa», «nacionalista y corporativista», «con un jefe plenamente responsable dentro de sus limitadas funciones propias» 101.

Postura ambivalente en relación a Maurras fue la de Jaime Bofill i Mates 102. Afamado poeta, conocido también por el pseudónimo de «Guereau de Liost», Bofill procedía de una familia de origen carlista, profundamente católica. estudiante en el seminario de Vic, se familiarizó con las obras de Prat de la Riba, D’Ors, Le Play, Taine y Maurras. Dirigente de la Juventud Nacionalista de la Lliga, fue el portavoz de un nacionalismo radical. La influencia de Maurras es evidente en sus concepciones de la nación y de la sociedad. Para Bofill, el clasicismo era un concepto integral, bajo cuyo manto podían englobarse la política, el arte y la sociedad. Su denominador común era su relación directa con las necesidades y las características de la naturaleza humana; y, en ese sentido, podía considerarse como «positivista». El nacionalismo era, por eso, el movimiento político clásico por excelencia, que defendía «el encaje de una organización política en la obra de la naturaleza». Como realidad natural, la nación era materia bruta que el hombre debía modelar a partir de los cánones clásicos. La nación era incompatible con las tendencias jacobinas, que pretendían convertirla en un ente uniforme, cuando en realidad sólo podía ser considerada como síntesis de una serie de comunidades inferiores previas a su existencia, y que era preciso, por ello mismo, respetar: comarca, región, municipio, etc. Además, la existencia de la nación era incompatible con la existencia en su interior de partidos políticos y organizaciones sindicales de clase, a los que Bofill calificaba de portadores del «individualismo social y del socialismo político» 103.

Posteriormente, Bofill evolucionó hacia posturas demoliberales, cada vez más decepcionado de los efectos de la estrategia política de Cambó; y en 1922 fue uno de los líderes más significativos de la escisión de la Lliga que daría lugar al partido «Acción Catalana». La denominación del nuevo partido suscitó las suspicacias de los radicales lerrouxistas, que vieron en él un intento de imitación de «L’Action Française», un movimiento de «separatistas vergonzantes» y de imitadores de Daudet y de Maurras 104. Aquellas denuncias tenían, en realidad, poco que ver con los postulados que Bofill y algunos de los promotores del partido propugnaban, y que eran demolibe-rales 105. Sin embargo, en alguna medida el modelo maurrasiano estaba presente en el pensamiento de otros militantes, como el poeta José Vicente Foix para quien «Acción Catalana» debía ser «una organización de patriotas destinada a despertar el sentimiento comunitario» 106.

Curiosamente, Bofill, al final de la Dictadura primorriverista, criticó a Cambó, acusándole de seguir, por el monarquismo de sus tesis, los postulados del «máximo oráculo de Acción Francesa» 107.

Otro miembro de la Lliga seducido por la dialéctica maurrasiana fue Manuel Brunet i Sola, escritor y editorialista de «La Veu de Catalunya». Marcado en su juventud por la influencia del marxismo revolucionario, retornó después, bajo la influencia del escultor Manuel Hugué, al catolicismo y a un conservadurismo muy marcado por la impronta de Maurras 108. Para Brunet, las doctrinas de Maurras eran «un monumento a la inteligencia». «Ningún otro país ha producido nada parecido en lo que va de siglo. Todavía no se ha inventado ningún otro sistema crítico tan veraz sobre las ideologías y los hechos políticos» 109.

VI. APOLOGISTAS, DETRACTORES Y CONVERSOS

Por otra parte, el nombre de Maurras y su obra no eran solamente conocidos por la élite política catalana. En las tertulias y cenáculos intelectuales barceloneses brillaban con luz propia y eran objeto de controversia. Así nos lo muestra, al menos, Josep Pla, cuyas opiniones sobre Maurras variaron con el tiempo. Pla nos hace una descripción de la tertulia del café Lyon, en la que llevaba la voz cantante el escultor y poeta Manuel Hugué, quien sentía gran admiración por el escritor provenzal. «He leído a Maurras -decía-, lo he estudiado y meditado; es un lógico implacable, delirante, y siempre tiene razón en su campo». Hugué solía ir a la tertulia con un ejemplar de «L’Action Française» bajo el brazo; mientras que otro de los asiduos llevaba «L’Humanité». «En el momento del arroz con pescado -continuaba Pla- el caótico vehículo de la tertulia se encontraba inmerso en depresiones del derrotismo. Cuando aparecía el queso, empero, la figura de Maurras, gigante del chovinismo, era universalmente admirada por todos» 110.

De igual manera, Maurras era figura estelar en la tertulia de la Peña del Ateneo, que presidía el doctor Quin Borralleres, y a la que solían asistir D’Ors, el doctor Dalí, Joan Creixells, Josep M. Albinyana, Pere Rahola, Enrich Jardí, Pla y otros. Aparte de D’Ors, los grandes admiradores de Maurras eran Albinyana y, sobre todo, Jardí, a quien, según Pla, la lectura de «L’Action Française» «le había puesto la cabeza como un bombo» 111.

Enric Jardí i Miquel, novecentista, amigo de D’Ors y padre, a su vez, de uno de los mayores estudiosos de la obra orsiana, tuvo oportunidad de exponer, en conferencias y artículos, los supuestos de la obra de Maurras y sus relaciones con la de Sorel. A su entender, ambos doctrinarios eran los hombres que simbolizaban las nuevas tendencias ideológicas y políticas que se colocaban radicalmente frente a la «Bastilla democrática». A pesar de sus grandes diferencias, Jardí percibía en sus respectivos planteamientos una serie de afinidades no sólo en su común odio a la democracia liberal, sino en su vertiente voluntarista, como lo demostraban las analogías entre la teoría del golpe de Estado de Maurras y la huelga general de Sorel 112.

Muy semejante era la posición de otro novecentista, el escritor católico José María López-Picó, quien se decía asiduo lector y admirador de las obras de Maurras, Barrès, Sorel y Mo-réas, unidos todos en una común perspectiva de retorno a los valores clásicos tanto a nivel estético como político 113. López-Picó consideraba a Maurras como el modelo de líder espiritual. Era una «personalidad fulgurante», cuyo movimiento era mucho más que un partido político; era «una Escuela» 114.

Cercano a tales planteamientos se hallaba José María Junoy i Muns. Poeta, periodista, crítico de arte y dibujante, Junoy era conocido en Barcelona como un experto en cuestiones artísticas y literarias. Francófilo durante la Gran Guerra, publicó un caligrama titulado «Oda a Guynemer» -en homenaje al heroico aviador francés- 115, que recibió las alabanzas de Maurras, Barrès, Clémenceau y Apollinaire 116. Junoy tuvo ocasión de conocer personalmente a Maurras en París, cuando contemplaba las celebraciones del aniversario de la muerte de Luis XVI, en enero de 1919, llamándole la atención sobre todo la «radiactividad» de sus ojos. Para Junoy, Maurras era, ante todo, «el Gran Latino», «el pensador actual de la Mediterraneidad por excelencia» 117. En ese sentido, establecía una clara primacía del Maurras teórico del clasicismo sobre el doctrinario político, dado que, a su entender, el nacionalismo integral no podía ser «un producto de libre exportación» 118. Sin embargo, juzgaba que era necesario adaptar a las necesidades de la sociedad catalana el proyecto nacionalista maurrasiano, en el cual «la idea, el sentimiento y la voluntad nacionalistas han sido expresadas con una lógica y un ardor incomparables» 119 Siguiendo el ejemplo de «L’Action Française», el catalanismo debía ser consciente de la necesidad de articular una élite intelectual creadora de un auténtico proyecto de restauración nacional 120. En base a las teorías maurrasianas, Junoy atacaba a lo que él denominaba representantes de «L’Anti-Catalunya» -en cuya denominación quedaban englobados no solamente los extranjeros, sino el enemigo interior, es decir, «los catalanes desnacionalizados» que «renunciaban a su personalidad natural, en tanto que diferente y libre, y rechazan, voluntariamente, a pesar de ciertos subterfugios verbalistas, debilísimos, el nombre digno de catalanes». Los ataques de Junoy se extendían igualmente al internacionalismo del movimiento obrero anarquista, al que calificaba de «negación injusta y falsa del sentimiento y la idea de Patria»; y, como Maurras, invocaba el nombre de Proudhon como ejemplo de líder obrero y, a la vez, auténtico nacionalista 121.

Tras su conversión al catolicismo, Junoy reiteraría, esta vez con motivo de la condena vaticana de algunas obras de Maurras y de «L’Action Française», su preferencia por la vertiente literaria y estética del escritor francés: «Y el que nos interesa más, por encima de todo, como escritor, es el meridional, el comediterráneo» 122. Director de «La Nova Revista» desde 1927, se esforzó en la defensa del catolicismo y del clasicismo frente al romanticismo; por ello, no faltaron en sus páginas las firmas de Francis Jammes, Lasserre y otros escritores franceses conservadores, así como recensiones de las obras de autores como Henri Massis, muy próximos a Maurras 123.

No faltaron, desde luego, detractores catalanes de Maurras, como tampoco faltaron en el resto de España 124. La condena por parte de la Santa Sede de algunas obras de Maurras y de la propia «L’Action Française» tuvo una amplia resonancia en toda la nación. Los distintos sectores del catolicismo español se vieron obligados a dar su opinión sobre un tema de tanta transcendencia política y religiosa. En Cataluña, el canónigo Carlos Cardó defendió la oportunidad de la decisión papal, insistiendo en los aspectos materialistas e inmanentistas del ideario maurrasiano. Maurras era «el Rousseau de la derecha», cuyo esteticismo pagano tenía como consecuencia «la abdicación pura y simple de toda resistencia moral ante las decisiones arbitrarias e incomprensibles del orden impersonal de las cosas» 125. La decisión de Pío XI recibió igualmente el apoyo del capuchino Miguel d’Espugues, para quien las doctrinas de Maurras eran una variante del «modernismo» 126.

Desde una postura laica, Maurras recibió las críticas de Juan Creixells 127. Discípulo de Eugenio D’Ors, de quien acabó separándose, Creixells fue en todo momento un liberal. Su contacto con D’Ors le hizo un defensor del clasicismo en arte y en literatura. Pero se esforzó en distinguir su clasicismo del defendido por su antiguo maestro y por Maurras. El clasicismo no implicaba en sí mismo una perspectiva ideológica conservadora; significaba el culto a la realidad dada, como el objetivismo en filosofía 128. Disentía igualmente de los planteamientos políticos de Maurras, en particular de su monarquismo, que consideraba una imposibilidad histórica 129.

Si algo caracterizó a Josep Pla en relación a Maurras fue su ambivalencia. Pla fue un hombre de cultura francesa 130. Sentía una especial predilección por Barrès, a quien consideraba un «estilista extraordinario, elegantísimo» y cuya doctrina nacionalista juzgaba «muy ligada a la realidad plausible» 131. Hombre de la Lliga, fiel en todo momento a Cambó, conservador y agnóstico, Pla tuvo ocasión de entrar en contacto con Maurras, cuando fue destinado por el diario «La Publicidad» a París. En un primer momento, Pla no dudó en criticar a los intelectuales que, como Junoy, Foix, López-Picó, etc, se sentían influidos por Maurras. Con motivo de la aparición de «Acción Catalana», Pla estimó que la importación del modelo francés era muy negativa para el nacionalismo catalán, porque éste se caracterizaba por el unitarismo estatalista y el orden como valor absoluto, todo lo cual no convenía al catalanismo, cuyo objetivo debía ser la lucha contra el sistema jurídico y político a que Cataluña se hallaba sometida. A todo lo más que llegaba Maurras en relación a Cataluña era a una idealización de la Provenza latina, de Mistral, de los felibres y del provincialismo literario provenzal; y ello dentro de los límites de la adhesión a España como nación y a la dinastía borbónica 132.

Esta valoración negativa se veía matizada por una indisimulada afinidad ideológica y estética con diversos aspectos del nacionalismo integral. Pla consideraba a «L’Action Française» no sólo como «el órgano más decisivo del movimiento monárquico francés», sino igualmente como «la oposición más razonada, implacable, cruel e injusta que tuvo la III República». Era, además, un «auténtico fenómeno periodístico». En ese sentido, Pla reconocía que la lectura del diario monárquico fue una de sus actividades parisinas «menos áridas» 133.

El escritor ampurdanés se sintió especialmente impresionado por la personalidad de León Daudet, a quien consideraba «el primer panfletario de su tiempo»; y cuya actuación en el parlamento francés tuvo ocasión de contemplar: «Cuando entra produce más efecto que el presidente (…) Una gran parte del público ha venido a ver a León Daudet» 134.

Existe en Pla una evidente influencia de Maurras en sus principios literarios y estéticos. Pla tenía gusto por lo clásico. El clasicismo se adecuaba mejor que el romanticismo a la realidad, a los límites del mundo: «El clásico parte del principio de que, de momento, no hay más mundo que éste, que el presente» El escritor clásico utiliza la inteligencia para llegar al realismo, frente al romanticismo que dá un mayor énfasis al sentimiento que a la inteligencia, al instinto que a la prudencia: «El romántico vive en el mundo hecho a su manera; el clásico navega en el mundo tal como es» 135.

En su biografía de Santiago Rusiñol, Pla interpreta la trayectoria vital de éste como la de un romántico, cuyo rasgo más llamativo era su individualismo anárquico, su inadaptación social: «Temperamentos esencialmente femeninos (en el sentido que Maurras daba a esa palabra), desfibradores, nebulosos, no encajan en este pobre mundo que consideran -quizá con excesivo orgullo- siniestro e impracticable» 136.

La crítica de la mentalidad romántica sirvió a Pla igualmente para atacar a sus enemigos políticos de la izquierda; y no dudó en comparar a Pi i Margall con Prat de la Riba, señalando que mientras el primero no pasaba de ser un «anarquista romántico», el segundo venía a ser un auténtico empirista organizador, cuyo proyecto político se basaba en un realismo puro que eliminaba «los elementos mágicos, sobrenaturales y subjetivos» del campo de la práctica política 137.

Acorde con su sólido conservadurismo, Pla recibió negativamente la II República, en la que vió el preludio de un proceso revolucionario de imprevisibles consecuencias: «En España, país de famélicos, de onanistas y perturbados, el liberalismo se subirá a la cabeza de la gente y la pureza utópica de la doctrina causará estragos». En Cataluña la situación era más grave, dado el predominio de la Esquerra, en cuyo programa no veía otra cosa que un compendio de «todos los tópicos del humanitarismo más insincero y tronado», por lo que presagiaba «tres años de anarquía sindical, de predominio de la asociación de Viajantes y el correspondiente caviar» 138.

Exiliado en Roma durante la guerra civil, Pla trabajó como espía al servicio de Franco, escribió libros de encargo para los monárquicos Eduardo Aunós y Felipe Beltrán Güell, luego publicados tras la contienda con la firma de sus patrocinadores 139; y sacó a la luz una Historia de la II República Española, en cuatro tomos, donde razonó su posición política, con abundantes alabanzas a Calvo Sotelo, Gil Robles y José Antonio Primo de Rivera 140.

En esa nueva etapa, Pla no recató alabanzas a Maurras, cuya doctrina consideraba un buen antídoto «contra el romanticismo social, literario y estético, contra las locuras del universalismo impracticable y falso, contra la dejadez y el abandonismo» 141.

VII. FOIX-CARBONELL O EL CATALANISMO RADICAL

No quedaría completa la panorámica de la influencia maurrasiana en Cataluña sin hacer mención a dos claros representantes del nacionalismo catalán radical, José Vicente Foix y José Carbonell 142. Su formación cultural era idéntica. Foix fue asiduo de la tertulia de La Peña, donde conoció a López-Picó y a Junoy. Carbonell, lo mismo que Foix, era devoto de D’Ors: «Todos teníamos el Glosario en la mesilla de noche» 143.

La devoción por Maurras era también común: «Maurras -diría Carbonell, en una entrevista- era un gran educador y un buen escritor. Y está claro que un político fantástico (…) Le seguíamos por el rigor y la seriedad en tratar las cuestiones básicas, por su pragmatismo» 144.

Fruto de aquella amistad y aquellas preferencias intelectuales fue su colaboración en la revista «Monitor», editada entre 1921 y 1923. Tomando como ejemplo a «L’Action Française», Foix y Carbonell elaboraron un proyecto político que, en buena medida, no era sino la renovación, en un sentido radical, de los planteamientos de Prat de la Riba y D’Ors. Bajo su dirección, «Monitor» se mostró muy crítica en relación a la trayectoria política de la Lliga y el liderazgo de Cambó, acusándoles de españolistas: «El ideal internacional de Cataluña es el logro del ideal latino occidental. Es decir, la constitución y la unión de las repúblicas occidentales latinas para el mantenimento del criterio latino de Occidente (…) El iberismo mítico (de Cambó) es el salvamento de la historia de España que muere». Carbonell acusaba a Cambó de no haber entendido la novedad del fascismo y de no plantearse su adaptación a la realidad catalana: «el ejemplo fascista de Italia, domando la lucha de clases y superándola con la idea nacional, ¿no le dice nada?» A ese respecto, no existía la menor duda para ambos de que el nacionalismo catalán debía tomar buena nota de la experiencia fascista italiana: «Ante la nación no hay lucha de clases. Cada ciudadano queda enrolado jerárquicamente y movilizado bajo la bandera de la Patria y de la disciplina» 145.

Foix alababa el latinismo de Maurras, pero reprochaba a éste su incomprensión del hecho nacional catalán; y rechazaba su programa de monarquía federativa como vehículo para solucionar el problema planteado por los catalanistas: «Una Cataluña sujeta a la Monarquía unitaria española es un desorden permanente para la causa de la monarquía y para la causa del orden» 146. Desde su óptica, Cataluña debía ser considerada como una nación con todas las consecuencias. Ello supondría el primer paso para la constitución de una confederación ibérica, en la que Cataluña tendría un papel hegemónico, sometiendo al resto de las naciones que formasen parte de ella: «Monitor» admite la desigualdad de las naciones y la desigualdad de las lenguas, la preeminencia de una nación y de una lengua sobre la nación y la lengua en competencia, la gradación, la jerarquía entre las naciones, la sumisión de las naciones incompetentes a las más capaces» 147. Sólo bajo la hegemonía catalana podría iniciarse la reorganización territorial y política de la Península Ibérica en áreas de influencia: «El programa de nuestro movimiento patriótico romano otra vez fijado sin equívocos: Cataluña nación, Federación e Imperio» 148. Este proyecto exigía desde el principio «la sumisión de la Castilla absorbente, unitaria y primitiva» 149. Cataluña garantizaría el equilibrio político peninsular mediante una política que respetara la vocación y la tradición histórica del conjunto de las naciones peninsulares, lo cual conduciría a un reparto equitativo de las áreas de influencia exterior: Cataluña se reservaría el Mediterráneo; Portugal, el Atlántico; Andalucía, el Norte de Africa; y Castilla, Hispanoamérica 150.

Cuando en junio de 1922 se materializó la escisión de la Lliga que condujo a la aparición de «Acción Catalana», Foix y Carbonell se convirtieron, aunque por poco tiempo, en miembros significativos del nuevo partido. Para ambos, «Acción Catalana» debía constituirse siguiendo el ejemplo de «L’Action Française». Foix fue uno de los responsables del boletín del partido. Para el poeta, «Acción Catalana» era «la garantía del patriotismo íntegro», cuyo objetivo era «la catalanización del ciudadano en todos los aspectos»; y, en ese sentido, su táctica no podía ser posibilista, como la de Cambó, sino intransigente y maximalista: «Los intereses pactan y transigen. Acción Catalana, que sólo defiende ideales, ni pacta ni transige. La política de conciliación no es la suya» 151. Lo cual era consecuencia del carácter integral de su proyecto político: «Todo nacionalismo es combativo, extremoso. Un nacionalismo pacífico no es comprensible» 152. El boletín de «Acción Catalana» publicó alguna alabanza de «L’Action Française», por su defensa de las lenguas vernáculas; y de Mistral, en el mismo sentido 153.

Foix no dudó en entrar en polémica con Pla en defensa de Maurras, cuando éste atacó la posibilidad de un catalanismo tributario de las doctrinas de «L’Action Française». Para Foix, el nacionalismo integral era exportable a Cataluña. Su máxima virtualidad había sido la de hacer propia la causa de la nación como «la causa de la propia inteligencia». Ciertamente, Cataluña no era considerada por Maurras como una nación, pero aportaba un modelo de acción política y doctrinal de la que el catalanismo podía nutrirse provechosamente: «La frecuentación de Maurras acrecienta su patriotismo catalán, exalta el deseo de grandeza y de esplendor de su patria» 154.

Sin embargo, la vinculación de Carbonell y Foix a «Acción Catalana» fue efímera. Ambos abandonaron el partido cuando éste se convirtió en el ala centrista del nacionalismo catalán. No obstante, siguieron colaborando en la elaboración doctrinal del proyecto nacionalista radical, en el que la aportación maurrasiana, sobre todo a nivel estético, continuó siendo esencial 155.

VIII. GUERRA CIVIL Y FRANCO

«L’Action Française» acogió jubilosamente la noticia del alzamiento del 18 de julio de 1936, considerándolo, no como un simple pronunciamiento militar contra el gobierno republicano, sino como una auténtica contrarrevolución 156.

Por su parte, la inmensa mayoría de los dirigentes de la Lliga dieron su apoyo a Franco. Era obvio que el catalanismo conservador no podía identificarse con los hombres que, despues del 18 de julio, enarbolaron la bandera de la Cataluña autónoma en el gobierno de la Generalidad; un gobierno por el que iban a pasar comunistas, anarquistas, republicanos de izquierdas, etc; y que iba a perpetrar medidas económicas tan extremas como la incautación de empresas, de cuentas corrientes , de valores y hasta de cajas fuertes, que acarrearon la impopularidad de la causa republicana en grandes sectores de las clases medias, de la menestralía y, además, de la gran burguesía, que fue objeto de una cruel represión. Cambó razonó su posición política con la denuncia de la «dictadura de clase» instaurada por el gobierno del Frente Popular y la afirmación de que una victoria del bando republicano supondría el establecimiento en territorio español de «una República Soviética» 157. A partir de ahí el líder catalanista interpretó la guerra desde una óptica muy próxima a la de los intelectuales de «Acción Española», como una auténtica Cruzada, cuya victoria llevaría a España a la restauración de su constitución tradicional, tras un siglo de liberalismo 158.

Juan Estelrich dirigió la propaganda de Franco en los países europeos no fascistas, con la publicación de la revista «Occident», en colaboración estrecha con miembros de «L’Action Française»; y en cuyas páginas tuvieron audiencia la mayoría de los intelectuales y políticos españoles y franceses afectos al alzamiento de julio: Unamuno, Ortega y Gasset, Zuloaga, Menéndez Pidal, Claudel, Legendre, Maurras, Daudet, Fay, Jammes, Drieu La Rochelle, etc 159.

Especialmente interesante fue, en ese sentido, la difusión del Manifiesto a los intelectuales españoles firmado, entre otros por Georges Guyau, Francis Jammes, Maurice Denis, León Daudet, Abel Bonnard, Luis Bertrand, Henri Massis, Paul Claudel, Pierre Drieu La Rochelle, Maurice Legendre, Robert Brasillach, Bernard Fay, Ramón Fernández, Luis Madelin, Charles Maurras, René Benjamin, Igor Strawinsky, etc, en apoyo del general Franco y su causa 160.

Estelrich se convirtió en uno de los propagandistas más lúcidos de Franco, con sus obras La persecución religiosa en España, El drama del País Vasco, La justicia del Frente Popular en España, publicadas todas ellas en 1937. Además, Estelrich escribió un prólogo a la obra de Maurras, Vers l’Espagne de Franco, destinada a publicarse en 1940, pero que, al coincidir con la derrota francesa en la guerra mundial, fue prohibida por la censura alemana; y que posteriormente, aunque censurado, se permitió salir a la luz, pero el escritor catalán terminó retirando su prólogo 161.

En mayo de 1938, Charles Maurras, acompañado de un amplio elenco de colaboradores, visitó la España nacional, siendo presentado por las autoridades del nuevo Estado como «el embajador de la auténtica Francia» 162. Conducido por Ramón Serrano Suñer, fue recibido por Franco, con quien conversó durante media hora 163. Y luego él y sus acompañantes fueron agasajados con un almuerzo, al que asistieron, entre otros el general Kindelán, el Conde de Mayalde, Juan José Pradera, Pedro Gamero del Castillo, Eugenio D’Ors, Fermín Yzurdiaga y otros.

Nombrado miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas y correspondiente de la de la Lengua 164, Maurras aconsejó a los dirigentes del nuevo Estado una política comprensiva en relación a Cataluña: «Lo que puedo y debo decir es que más allá de la autoridad superior, o monárquica, lo que tiende a la extensión y a la firmeza de las autonomías es lo que más interesa a la vida de España». Como de costumbre, abogó por la monarquía tradicional y descentralizada, para dar solución al problema catalán. Sin embargo, llegaría a mostrarse escéptico ante la posibilidad de que su alternativa pudiera ser aceptada por el conjunto de las fuerzas políticas nacionalistas: «Y los consejeros del general Franco, ¿no tendrán la sabiduría suficiente para acordarse que si bien la unidad es la unidad, es preciso, sobre todo en España, sostenerla llenándola de libertades para que se tenga en pie y dure? »165.

Los acontecimientos posteriores no fueron favorables para la difusión de las doctrinas maurrasianas en España. Su acercamiento al mariscal Pétain, tras la derrota de Francia, quien le nombró consejero. Maurras, sin embargo, no aceptó nunca la ayuda finaciera del gobierno de Vichy para su diario, que entonces comenzó a publicarse en Lyon. Y continuó manifestando su acendrado antigermanismo, propugnando su consigna de La Seule Frace 166. Lo cual no fue óbice para que, finalizado el conflicto, fuese encarcelado, expulsado de la Academia, degradado y condenado a cadena perpetua 167.

Sus amigos catalanes, que en 1943 habían publicado en castellano su obra sobre Mistral, no le olvidaron en la hora de la desgracia. Cambó expresó su disgusto por la expulsión del escritor francés de la Academia, gesto que calificó de «mancha» para aquella institución 168.

Manuel Brunet, que entonces firmaba sus artículos con el psudónimo de «Romano» en la revista «Destino», reiteró su admiración hacia Maurras y su doctrina: «Desaparecerá la IV República francesa, desaparecerá Monsieur Bidault con sus demócratas cristianos, pero el mecanismo crítico de la Acción Francesa subsistirá 169.

Eugenio D’Ors, convertido en la principal figura intelectual de la España de Franco, afirmó, en una de sus glosas, que no dejaba de pensar un sólo instante en la suerte de su amigo. En aquellos momentos se daban, dirá D’Ors, dos procesos en Francia; uno contra Maurras, el otro contra el tribunal que pretendía juzgarlo. De la decisión del primero dependía la suerte del segundo y, en definitiva, el porvenir de Francia como nación. «¿Qué Francia van a conocer las generaciones venideras? La que salga retratada del proceso de Maurras. Ante cuyo recuerdo, los franceses de mañana podrán levantar la frente o deberán bajar la cabeza »170.

Tras aquel patético período de persecuciones, Charles Maurras moría el 15 de noviembre de 1952. La noticia tuvo un fuerte impacto en los medios intelectuales catalanes. D’Ors se mostró «desolado». «A mi entender, de Maurras era la inteligencia -la función principal de la inteligencia y, por consiguiente, la comprensión-, lo que yo más apreciaba. En ese sentido, es el espíritu más comprensivo posible, sin perjuicio de que fuera el más apasionado» 171.

Josep Pla rindió homenaje al escritor fallecido en un extenso artículo, donde expuso una síntesis de su pensamiento político, reiterando su admiración por el escritor y el artista 172.

Otros simpatizantes de Maurras, como Foix y Carbonell, guardaron silencio. Tras la guerra civil, a Foix le fue ofrecida la dirección de una revista cultural, que rechazó al no poder ser publicada íntegramente en catalán 173; mientras que Carbonell, según sus propias palabras, se sumió en «un total ostracismo voluntario», dedicándose a escribir estudios sobre la historia local de su Sitges natal 174.

Pedro Carlos González Cuevas

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