La masonería y los modernismos islámicos

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07/04/09

[Artículo publicado por Yasin Trigo en la revista de historia y pensamiento Handschar, nº 5-6, Otoño / Invierno 2003, Ponteceso, A Coruña- Galiza, pp. 49-99]

“Y seguro que encontrarás que la gente con enemistad más fuerte hacia los que creen son los judíos y los que asocian (mushriks)” (Corán, Sura 5, 82).

Preámbulo

“Hay dos Historias: la Historia oficial y mentirosa, que nos es enseñada, y la Historia secreta donde se encuentran las verdaderas causas de los acontecimientos, una Historia vergonzosa” (Balzac).

Existe una película acerca de violentas escaramuzas, actividades encubiertas y levantamientos de tribus en las montañas de Afganistán (llamada ficticiamente Kafiristán); una historia de espionaje e intervención militar británica en clave romántica (e incluso de comedia), que oculta un trasfondo masónico, tras el que se ve al Imperio británico (a punto de exclamar su particular canto del cisne antes de declinar unas decenas de años después) como una máquina económica dedicada a la explotación colonial de los pueblos. La historia se llama “El hombre que pudo reinar” y fue dirigida en 1975 por John Huston (que era masón), basándose en un cuento del escritor Rudyard Kipling, ilustre masón (miembro de la logia “Hope and Esperance” nº 782 de Lahore, India), siempre identificado con los intereses militares del Imperio británico, traducidos siempre como “la carga del Hombre Blanco”. El cuento, publicado en 1889, se titula “The Man who would be King” (“El hombre que quiso ser rey”), donde se usa la trama para promover la antigüedad de su querida masonería hasta la figura de Alejandro Magno, conexión que no tiene base alguna. Por otra parte, la película está interpretada por Sean Connery, Michael Caine y Christopher Plummer, tres actores con algo en común: su filiación masónica. ¡Demasiadas coincidencias!

(Fotograma de la película “El hombre que pudo reinar” de John Huston, donde se aprecia joya masónica con la escuadra y el compás)

La película cuenta la historia épica y patética, gloriosa y derrotista, de dos rufianes mercenarios británicos, Danny Dravot y Peachey Carnehan, ambos masones — interpretados por Connery y Caine, respectivamente—, los cuales planean conquistarles a los afganos (denominados: kafirs) un reino perdido en las montañas, confiando en su preparación militar. Viaje que emprenden tras hacer ambos un contrato ante el periodista Kipling (interpretado por Plummer) como testigo, y que no es más que un pacto de hermandad masónica. Y que culminan conquistando la confianza de los afganos, a fuerza de engaños. Les enseñan las tácticas militares y los dirigen a la batalla, tras la cual son recompensados. Entonces, Carnehan quiere abandonar e irse con el botín, pero Dravot tiene una gran obsesión: quiere quedarse para ser rey y establecer una dinastía moderna en dicho pueblo. Por una suerte del destino, cuando los dos estaban a punto de ser ejecutados, es descubierto un collar grabado con el símbolo del ojo masónico alrededor del cuello de Dravot. Entonces, los sacerdotes de Kafiristán lo reverencian como su dios y le rinden tributo divino de inmortalidad, dado que este símbolo es el mismo que ellos custodian en secreto desde antaño. Dravot es convertido en un semidios para los kafirs (que lo confunden con la reencarnación de Alejandro Magno), y Carnehan decide quedarse con él, en calidad de asesor político. Al principio gozan del poder y son colmados con riquezas y honores. Pero, poco a poco, aquella gente va a ir descubriendo sus trampas, rebelándose finalmente. Dravot pierde su reino y su vida. Carnehan consigue huir.
Desde la perspectiva islámica la película admite muchos detalles malévolos respecto a los musulmanes, que son denominados kafirs (palabra que deriva del árabe kufr, término con que los musulmanes denominamos precisamente a quienes niegan o encubren la verdad por conveniencia, y viven como si fuesen a estar aquí para siempre), siendo confundidos en todo momento como hindúes o budistas, con un sistema social piramidal, faraónico, en el que la casta sacerdotal es la más privilegiada. Nada más lejos de Islam. Es significativo el momento en que Dravot es convertido en rey y se oyen en off los típicos cánticos de alabanza a Allah y a Su Mensajero Muhammad (que Allah le conceda Su gracia y paz). ¿Ignorancia del director? Puede que sí, pero ello no quita que sea una afrenta al Islam.
Pues bien, la continuidad con los acontecimientos actuales es extraordinaria. Los mismos factores y hasta los mismos pueblos. El mismo juego, o mejor dicho, “el Gran Juego” por la dominación del mundo (según término acuñado por el mismo Kipling en su novela Kim, y retomado más tarde por Lord Curzon, virrey de la India) y la misma disputa por las zonas estratégicas pobladas de musulmanes (desde las repúblicas de Asia central a Nigeria, desde Sinkiang —China— hasta Argelia y desde Chechenia hasta Indonesia). Las mismas guerras de rapiña entre los estados imperialistas, donde los movimientos islámicos son apoyados y utilizados según convenga a cada una de las partes, negociando abiertamente con los líderes musulmanes, todo en interés de sus empresas multinacionales, sobre todo las petroleras. Los mismos planes agresivos respecto al Asia Central que, en las postrimerías del siglo XIX llevó a Inglaterra a ocupar pérfidamente y anexionarse varias regiones pobladas por tribus afganas, convirtiendo Afganistán en una semicolonia, para lo cual facilitaron la subida al trono del emir Habibullah Khan, iniciado en la masonería, quien a partir de entonces obró según las indicaciones de Londres.
Es curioso, pero tras el 11-S del 2001, el gobierno de EE.UU decide la guerra en Afganistán, tras la cual designa al títere de Hamid Karzai (ciudadano afgano y estadounidense) como presidente interino del país, quien en los años noventa había sido, además de colaborador de la CIA, asesor de una compañía subsidiaria de la petrolera Unocal, en compañía de Zalmay Jalilzad (conocido como “Doctor Muerte”, principal experto del Departamento de Estado estadounidense en los años 80 en la fabricación y en la manipulación de los movimientos islámicos). Este último, tras ser procónsul de EEUU en Kabul, lo fue en Bagdad, tras la guerra contra Irak. Ambos habían intentado conseguir entonces un oleoducto de construcción estadounidense que transportase gas desde Turkmenistán hasta Pakistán y el Océano Indico a través de Afganistán. Pero es ahora cuando ha llegado el momento de hacerlo con más eficacia. Apenas fue designado Karzai presidente de Afganistán, firmó la autorización para la construcción del oleoducto de UNOCAL, siendo custodiado en todo momento por medio centenar de soldados de las Fuerzas Especiales de EEUU.
El petróleo es crucial al mantenimiento del orden mundial. Sin la riqueza del petróleo, las economías de los países islámicos caerían, y sin los gobiernos de marionetas y líderes como el rey Hussein de Jordania, Yasir Arafat o Sadam Husein, la comunidad democrática global (asentada en los principios masónicos) no podría controlar a los musulmanes. Porque lo que más temen es la unidad de los musulmanes.
Pero lo que muchos no conocen es que George W. Bush era socio de Saddam Hussein en turbios negocios durante la década de los años ochenta, y que tras conocerse un pleito federal, en octubre de 1990, se diseñó la Guerra del Golfo para mantener ocultos los registros bancarios relacionados con las sociedades clandestinas que ambos compartían, como hermanos masones. Porque Sadam, al igual que Bush, es masón Grado 33º, como lo fue el rey Hussein o lo es Yasir Arafat, así como lo fue Isaac Rabin o lo son Simón Peres, Benjamín Netanyahu, Mijail Gorbachov o Tony Blair, por citar tan sólo a algunos protagonistas políticos de los últimos acontecimientos acaecidos para desvertebrar el mundo islámico. Pero esta es otra historia por escribir.
La Guerra del Golfo, en definitiva, sirvió a los objetivos para promover la unidad democrática global frente al Islam, una vez desintegrada la URSS y desaparecido el enemigo comunista. No olvidemos, por un lado, que gracias a la CIA el partido Ba´ath (Redención) ascendió al poder en 1968 —ante los rumores de que el consorcio extranjero que explotaba el petróleo, la Iraq Petroleum Company, iba a ser nacionalizado—, instigando un reinado de terror producido por Sadam Husein, quien acabó convirtiéndose en 1979 en la marioneta de los intereses anglonorteamericanos en Iraq, consiguiendo ayuda financiera y militar durante la guerra con Irán, y siendo protegido incluso contra los golpes de estado internos. Y no olvidemos, por otro lado, que tras la Guerra del Golfo, una vez liberado Kuwait y mantenido con vida Sadam, éste inició un sospechoso proceso de “islamización” del país —hasta entonces, un país laico—, ordenando, entre otras cosas, poner el lema de “Allah Akbar” (Allah es el Más Grande) en la bandera, justo entre las tres estrellas de cinco puntas o estrellas flamígeras, símbolo de los tres pilares sobre los que se sustentan los trabajos masónicos.
Por tanto, puede considerarse la Guerra del Golfo como la primera fase para asegurar una fuerte presencia militar en Oriente Medio, siendo la actual invasión de Irak su segunda fase, en la que han colocado una fortaleza en el corazón mismo del mundo islámico, no ya sólo para vigilar los campos de petróleo del Oriente Medio, sino para poner en un firme aprieto a los Santos Lugares de La Meca y Medina.
Nada nuevo bajo el sol: es un ejemplo más de cómo se ponen los gobiernos al servicio de determinados intereses, no dudando en utilizar la guerra para ello. A este respecto, todavía está por escribir la historia que revele cómo funcionan los agentes infiltrados que se valen de la venalidad de las corruptas oligarquías islámicas, constituyéndose sólidos lazos internacionales entre los gobiernos, el poder militar, las compañías petrolíferas y los bancos.
Entre los casos de británicos convertidos [¿] al Islam al servicio del Imperio, citemos tan sólo dos ejemplos: Harry Saint John Philby (1885-1960), un personaje excéntrico, émulo de Lawrence de Arabia, quien antes de hacerse llamar Abdullah y establecerse en Arabia Saudita, había sido funcionario en la India, siendo el padre del famoso doble espía Harold Adrian Rusell Philby —conocido como Kim Philby, por el personaje protagonista que da nombre a la novela de Kipling—, miembros ambos de la aristocracia MI6, el servicio británico de espionaje exterior; o el caso más conocido de Sir Richard F. Burton (1821-1890), capitán, masón, viajero, escritor, traductor, explorador, descubridor de las fuentes del Nilo, etc.
Sin embargo, no hay necesidad de irse tan lejos. En España tenemos, por ejemplo, el caso de Domingo Badía Leblich. Un misterioso personaje, nacido en Barcelona en 1767 (quizá judío converso, como delata su segundo apellido), que llevó una vida propia de un aventurero, al modo de los viajeros científicos de la Ilustración, y que ha pasado a la historia como “Ali Bey”, nombre que utilizó en sus viajes y aventuras, relatados luego en un libro, un auténtico best-seller de la época. Hombre de una gran cultura, pese a no tener título alguno, ni fortuna, pasó la mayor parte de su vida como un simple funcionario, estando en numerosos cargos administrativos, y respondiendo su perfil al de un típico “afrancesado franc-masón”, lo cual explica que lograra escalar las más altas cancillerías europeas.

(Domingo Badía, alias Ali Bey, disfrazado de musulmán)

Identificado desde muy joven con el mundo islámico, en abril de 1801 presentó al valido de Carlos IV, Manuel de Godoy, un proyecto en el que había trabajado durante varios años. Es la memoria de una expedición científico-geográfica que debería recorrer la mayor parte de Africa. Godoy, cuando examinó detenidamente el proyecto, lo recondujo, dándole una orientación más política que científica, viendo de qué forma España podía aprovecharse de la delicada situación que atravesaba entonces Marruecos. La misión de Badía como espía profesional era contactar con el sultán marroquí, ponerse en contacto con los rebeldes opuestos a éste y estimularles para que se sublevaran. España entonces intervendría para ofrecer su protección al sultán.
Para preparar dicha misión, Badía viajó a París y Londres donde contactó con instituciones científicas y filantrópicas, siendo muy probable que fuera en el curso de estos viajes cuando fue iniciado como masón, siendo en Londres donde se hizo la circuncisión para hacerse pasar por musulmán. De vuelta a España, parte hacia el Magreb disfrazado de musulmán, y haciéndose llamar Ali Bey el Abassy, para lo cual falsificó documentos e inventó una genealogía que le hacía descender del Profeta Muhammad (que Allah le conceda Su gracia y paz). En mayo de 1802 inició el viaje a Marruecos, cumpliendo su cometido político, que tenía como objetivo dotar de una “Constitución” a dicho país. Incluso albergó el sueño quimérico de asumir la corona mediante un golpe de Estado.
Pero finalmente la misión no se llevó a cabo. Cancelado el proyecto, Badía empezó a operar por su cuenta, de manera que le pidió autorización al sultán marroquí para desplazarse a La Meca, algo que no estaba contemplado en el proyecto original. Visitó entonces todo el Magreb, Chipre, Egipto, Siria, Jerusalén y llegó hasta La Meca. Era el año 1806.
Sin embargo, esta identificación de Badía con el mundo islámico no fue más que un rasgo más de su carácter esquizofrénico, con grandes dosis de mitómano. De hecho, poco tiempo después lo vemos diseñando un plan de reforma de la Orden del Santo Sepulcro, para lo cual viaja a Jerusalén, siendo investido en dicha Orden, y llegando incluso a preconizar una nueva Cruzada.
Pero ahí no queda la cosa. A su vuelta de Jerusalén, en 1808, y tras visitar en París a Napoleón —al que planificó más tarde su entrada colonial en la India—, Badía se hizo partidario de José Bonaparte (quien, por lo demás, era el Gran Maestre de la masonería española tras ocupar el trono con el nombre de José I), de manera que en 1813 emprendió la huida a Francia con él, siendo su intendente. Una marcha que acarreó el desmantelamiento de la mayoría de las logias dependientes de Francia.
A partir de aquí la vida de Badía es todo un misterio. Los datos son muy escasos, salvo que decidió publicar sus recuerdos en un libro que ha pasado a la historia como un clásico: “Los viajes de Ali Bey” (París, 1814), y de que presentó al gobierno francés en 1816 una memoria sobre la colonización de Africa. A la caída de Napoleón, el rey Luis XVIII (iniciado en la masonería, al igual que la mayoría de los altos cargos alrededor del trono) requirió su colaboración como espía, partiendo para su segundo viaje a Oriente, en misión secreta, a fin de contrarrestar los intereses británicos, y con las credenciales a nombre, no de Ali Bey, sino de Alí Othman. A partir del 20 de marzo de 1818 ya no hubo más noticias suyas. Mientras unos afirman que fue envenenado cerca de Damasco, otros dicen que murió de disentería. Particular biografía de un personaje que bien merece una película de la factoría masónica de Hollywood, acostumbrada como está a servir cantos épicos y crónicas de hombres que no tienen más Dios que su conciencia.

La masonería o la religión de Satanás, como bien ha dicho el prolífico investigador turco Harun Yahia (seudónimo de Adnan Oktar, Ankara, 1956), cuyas revelaciones —por cierto— sobre la filosofía masónica, propagandista de las filosofías e ideologías laicas y materialistas, le llevaron a prisión, junto a otros tres miembros de la Fundación de Investigación de la Ciencia (SRF, en turco, cuya presidencia de honor ostenta), tras una espectacular operación llevada a cabo el 12 de setiembre de 2000, en la que intervinieron alrededor de dos mil policías, y en la que se registraron los domicilios de todos los miembros de la SRF, más de ochenta y cinco.
No obstante, no vamos a estudiar la masonería como correa de transmisión para imponer a toda la humanidad la miseria de la ciencia moderna, asentada en la teoría de la evolución, cuya invalidez y engaño ha sido comunicada magistralmente por Harun Yahia, sino que vamos a ver, a grosso modo, algunos de los principales protagonistas y acontecimientos que han dado lugar al orden secular en el mundo musulmán, donde la masonería ha ocupado el papel central entre las fuerzas sociales que han conducido al cambio del orden social islámico, teniendo en cuenta —en palabras del actual Gran Maestre del Gran Oriente de Francia (GODF), Alain Bauer— que la masonería no es una instancia de poder, sino una “caja de herramientas” que ofrece la laicidad como pieza más importante, que no se reduce a la neutralidad del Estado y a la tolerancia, sino que debe llevar valores como la libertad de conciencia, la fraternidad, en suma, los valores masónicos que están en el corazón del pacto republicano. En consecuencia, el éxito de los modernistas islámicos se acompaña casi siempre de la difusión de la masonería en los países de mayoría musulmana, cuya mayor presencia se encontró en Turquía y en el Irán de los años precedentes a la revolución de Jomeini, que vamos a obviar por su gran magnitud, dado que en el Islam chiíta la masonería puede considerarse casi una norma. Un tema que dejaremos para otra ocasión.

Tras la expedición de Napoleón a Egipto

La expedición de Napoleón a Egipto en 1798 —quien tenía la misión de conquistar el país para debilitar la posición de Gran Bretaña en el Mediterráneo—, supuso un momento histórico, de carácter militar, político y cultural, que marcó la historia de la relación entre Europa y el Islam. De hecho, desde principios del siglo XIX se formó una cierta imagen de la Europa liberal en la mayoría de los países musulmanes, dando lugar a un proceso de reformas que admitía la posibilidad de conciliar el progreso científico y político europeo y la fe musulmana. Una tentativa que dibujó la atención de los intelectuales musulmanes a los desafíos filosóficos y éticos que emanaron del encuentro del mundo islámico con la cosmovisión (“Weltanschauung”) moderna.
Teniendo en cuenta que la meta más directa y más significativa de la masonería es la búsqueda y afirmación del “Progreso” (axioma fundamental de su doctrina), esta expedición de Napoleón a Egipto quedaba englobada en el marco de la Revolución Francesa hecha a la luz de la filosofía iluminista.
La masonería, por tanto, fue la que promovió el pensamiento iluminista y la que combatió contra la religión, estipulando que participaran en numerosas organizaciones y sociedades secretas una importante parte de los estadistas e intelectuales de los siglos XVIII y XIX. La gran mayoría de los filósofos iluministas, particularmente los que poseían una rígida visión antirreligiosa, eras masones. Los precursores de la Revolución Francesa y sus pioneros, los jacobinos, también eran miembros de logias masónicas.
En definitiva, la masonería ocupaba el papel central entre las fuerzas sociales que condujeron al cambio del orden existente en Europa, y dieron lugar al orden secular (antirreligioso), aboliendo el orden social cristiano. Debido a su organización y a sus ritos, la masonería favoreció además la formación de numerosas sociedades intelectuales que le permitían tomar un contacto más estrecho con la gente para discutir cuestiones políticas.
Al mismo tiempo que el iluminismo inició una crítica moral del estado absolutista, diversos intereses prepolíticos emergieron de la sociedad civil para culminar penetrando la esfera de decisión pública. Este movimiento minó gradualmente los fundamentos del Estado para el cual mantener el monopolio de lo político exigía al mismo tiempo despolitizar la sociedad civil. Primero bajo la forma de clubes literarios y logias masónicas, luego en organizaciones socioeconómicas y partidos políticos, los intereses de la sociedad burguesa encontraron finalmente su lugar en la esfera pública a través de la creación de parlamentos como poderes independientes dentro del Estado.
Pues bien, este gradual asalto sobre el Estado que comienza en el siglo XVIII, es lo que se quiere transplantar en el orden social islámico, con el objetivo de destruir el Califato otomano. Para ello se necesitaba que llegara al poder en Egipto alguien que decidiera reformar las instituciones, siguiendo el modelo europeo de organización de la sociedad política y civil. Ese hombre fue Muhammad Ali (1769-1849), quien estuvo de virrey o Pasha de Egipto desde 1805 hasta su muerte, siguiendo el modelo de los humanistas europeos del siglo de las luces y de la revolución burguesa, y cuyo advenimiento coincidió con la decisión del jeque Al-Saud de abrazar la nueva doctrina del wahhabismo y de sostenerla. Muhammad Ali comenzó su reinado con el exterminio de todos los miembros de la antigua aristocracia mameluca (masacre de El-Qala, 1811), poniendo enseguida coto a la influencia de sabios (ulamas). Dado el éxito de su proyecto, sus ambiciones lo conducirán a un enfrentamiento directo con el Sultán, empujando a éste a lanzarse a los brazos de las potencias europeas y precipitando, con este motivo, la intervención de éstas, dejando a Egipto abierta a la penetración británica. M. Ali es considerado como el iniciador de todas las tendencias modernistas en Egipto y en el mundo árabe, el precursor del reformismo, del nacionalismo y del renacimiento árabe (Nahda).
En este contexto, cabe recordar que la mayoría de los ritos y símbolos masónicos provienen de Egipto, los cuales llegaron siempre a través de los judíos, quienes fueron capaces de burlarse de Islam portando el fez y sus medias lunas, siendo conocidos con el nombre de shriners. De hecho, la primera logia masónica que se estableció en Egipto fue la denominada “Alojamiento de Isis”, poco después de la llegada de Napoleón, fundada por el general Kleber, masón y comandante superior del ejército para aquella zona. Pero la masonería francesa dominó Egipto hasta que las logias británicas comenzaron a aparecer después de la ocupación británica en 1882.
En muchos aspectos, hacia 1870 Egipto era la nación más moderna del mundo árabe, siendo enteramente independiente del Califato Otomano, y cada vez más dependiente de Europa. De hecho, en 1882 el país fue ocupado por las tropas inglesas debido a las dificultades internas que encontraba el gobierno para pagar las deudas contraídas para la financiación de algunos de sus grandes proyectos. Hasta la Primera Guerra Mundial sería regido bajo un sistema que fue llamado “protectorado oculto”, pues aunque formalmente la máxima autoridad seguía siendo egipcia, el verdadero poder residía en el cónsul británico, siendo la masonería la correa de transmisión.

(Logia de El Cairo en 1940, con el retrato del rey Farouk)

La Gran Logia de Egipto tuvo períodos regulares e irregulares en su historia. Halim Pasha, hijo de Muhammad Ali, fundó el Rito Escocés en Turquía en 1861 y en Egipto en 1866, siendo el supremo Gran Comendador en ambos países, hasta que en 1876 fundó su propia Gran Logia de distrito, siendo su primer Gran Maestre. Entre sus “logros” destaca su esfuerzo de investir con el Califato a una Asamblea constituyente.
Tras un período de estancamiento, en el que los sucesores de Muhammad Ali, tanto Abbas como Said, cortaron los lazos con Europa, no fue hasta el gobierno del nieto de aquel, Ismail Pasha (1863-1879) como virrey, que Egipto conoció una gran apertura a Occidente. Éste, como Gran Maestre de la Gran Logia de Egipto, regaló a los Estados Unidos en 1879 el obelisco que está erigido en Nueva York, e impulsó el Canal de Suez. De hecho los monarcas egipcios, desde Ismail Pasha hasta el Rey Fouad, fueron Grandes Maestres honorarios desde el principio de sus reinados. Y dicho sea al paso, desde 1940 hasta 1957 había cerca de setenta logias masónicas en Egipto, siendo masones los líderes del partido nacionalista Wafd, así como muchos miembros del parlamento, mezclados con los comandantes militares y los aristócratas de la ocupación británica dirigente. La masonería egipcia vivió su esplendor hasta 1952, en que fue destronado el rey Faruq, siendo desacreditada y sus logias clausuradas por Gamal Abdel Nasser tras la crisis del Canal de Suez. En 1964, un decreto declaró el fallecimiento de la masonería en Egipto. No obstante, continuó viva en asociaciones paramasónicas como Rotary Club, Lions Club, etc. Sin embargo, pocos años después, con el masón Anwar Sadat como presidente (1970-1981), Egipto reconstruyó su poderío militar (iniciado tras la victoria moral de la Guerra del Yom Kippur en 1973, que curó las heridas de la amarga derrota de la Guerra de los Seis Días en 1967), estableciendo estrechas relaciones con EEUU, y poniendo en marcha un programa de liberalización económica para atraer industrias y capital extranjero, cortando de raíz cualquier muestra de oposición a su política, en especial entre los grupos musulmanes. Para ello, Sadat reconoció a Israel en 1977, retando a los restantes estados árabes. Una iniciativa que condujo al encuentro en 1978 con el primer ministro israelí Menahem Beguin, celebrado en Camp David (Maryland, Estados Unidos), bajo el patrocinio del presidente estadounidense Jimmy Carter, y que en marzo de 1979 culminó con la firma en Washington de un tratado de paz entre Israel y Egipto, siendo el rey Hussein de Jordania un destacado protagonista en el proceso de paz. Un hecho que le valió, junto con Begin, el Premio Nobel de la Paz en 1978. Pero lo que muy pocos conocen es que gran parte del éxito de Camp David se debió a que tanto el rey Hussein de Jordania, Anwar Sadat y Menahem Beguin eran masones. De hecho, la negociación tuvo lugar en una “tenida masónica” convocada en Jordania por el rey Hussein (a la sazón Gran Maestre de la Gran Logia de Jordania), y en la que se decidió el sorpresivo viaje que Sadat haría a Jerusalén y que le valió la acusación de traidor para la causa árabe, acusación que le costó la vida.
Visto desde esta óptica, es posible entender muchos de los grandes acontecimientos mundiales que parecen incomprensibles.

Pero volvamos a la época de Muhammad Ali, destacando como significativo el hecho de que el periódico oficial fundado por éste tuviera muchos años después como redactor jefe al masón Muhammad Abduh, hasta que la revuelta de Arabi Pasha (1882) le obligara a exiliarse en París, donde se reunió con el también masón Jamal al-Din al-Afghani, con quien editará la revista Al-Urwa al-Wuthqa (“El lazo indisoluble”, nombre inspirado en el ayat 256 del sura 2 del Noble Corán), donde expondrán sus teorías reactivas al colonialismo, por tanto, establecidas sobre una dialéctica anticolonialista que delimita sus propias aspiraciones liberadoras.
En 1825, Muhammad Ali se independiza, quedando Egipto reducido a un vasto campo de maniobras del Imperio británico; en 1830 los franceses ocupan Argelia, imponiendo el código napoleónico; en 1885 es ocupado Túnez; y en 1912, Libia. Sólo quedaba Oriente Medio bajo mandato otomano, hasta que el pacto Sykes-Picot, firmado entre el Imperio Británico y Francia el 9 de marzo de 1916, dio paso al reparto de los despojos del Califato Otomano.
Los métodos coloniales son bien conocidos: elaboración de censos, clasificación, corrupción de “jefes”, creación de “líderes” sujetos a la obediencia colonial, confiscación de legados y bienes piadosos (awqaf, pl. de waqf), expolio de las tierras del waqf; clausura de los lugares de reunión de los sufies (zawiyas), desarticulación de las órdenes sufíes (tariqas), reordenación del territorio y potenciación de las ciudades más controlables., etc. Los países colonizadores se valieron de unos líderes desvinculados de la Ley islámica (Shari´a) y de la tradición profética (Sunna) —constituida por el conjunto de relatos sobre los dichos y hechos del Profeta Muhammad (que Allah le conceda Su gracia y paz)—, para crear unos Estados islámicos clientes a lo largo de toda el Africa, el Medio Oriente, la India y el Lejano Oriente, mientras que la ex URSS era animada a mantener y absorber las áreas musulmanas de Asia Central y el Cáucaso.
Pero entre todos los objetivos de la estrategia colonial para combatir el Islam el más prioritario fue la desarticulación de las órdenes sufíes. No en vano, las órdenes sufíes fueron las que se pusieron a la cabeza en la lucha (yihad) contra las empresas coloniales, siendo la clave de la combatividad de los musulmanes.
“Era la visión de los militares y los misioneros —según se advierte en el relato anónimo titulado “Arrebatan el misticismo al Islam”—, la cual ha arraigado profundamente, incluso entre los propios musulmanes. Los militares vencieron y los misioneros reeducaron a los ´indígenas´, inoculándoles sus explicaciones. El rechazo a la intervención colonial sólo podía deberse al oscurantismo, el espíritu supersticioso y bárbaro de ´sicarios´ envenenados por ´santones´ sin escrúpulos. La solidaridad era fanatismo. Los ´misteriosos´ mecanismos que ponían en pie contra Occidente a la población había que buscarlos en la actuación de ´logias secretas´ (las zawiyas), que eran la ´masonería´ del Islam. Su lenguaje, incomprensible, era ´esoterismo´. Poco a poco se fue elaborando la imagen del sufí como elemento aislable, y al que había que aislar y acusar de todos los males, acabando así con todas las posibilidades de resistencia a la dominación militar y a la evangelización.”
“Una vez firmemente asentado el colonialismo, la desinformación programada se mantuvo constante, y a una o dos generaciones enteras de musulmanes se les enseñó que el sufismo era oscurantismo y superstición, que los maestros sufíes eran traidores a los intereses de los musulmanes (bien porque se oponían a la modernización, bien porque se hubieran aliado al colonialismo, de lo que había muchos ejemplos entre los ´líderes´ artificiales). El sufismo —espíritu del Islam— fue así diferenciado y separado, y los musulmanes podían renunciar a él ´sin dejar de ser musulmanes´. Para ellos, renunciar al sufismo era renunciar al atraso y la decadencia, mientras que en realidad era renunciar, sin saberlo, a sí mismos.”
No deja de ser significativo que entre los objetivos principales de los movimientos reformistas (wahhabiyya, salafiyya, etc.) se encuentran también atacar el sufismo (tasáwwuf), las escuelas jurídicas (fiqh), y la creencia —´aqida— ash´ari, asentada en la doctrina de la predestinación, la cual sustituyeron por el aparato lógico —kalam— mu´tazilí, asentado en la doctrina del libre albedrío.
Tras la desarticulación de las órdenes sufíes, el Islam se institucionalizó como resultado del amplio movimiento reformador (el Islâh). Los intelectuales musulmanes urbanos “reinterpretarían el Islam desde claves adquiridas en el contacto con Occidente y bosquejarían un nuevo Islam, más ´civilizado´ y ´aséptico´, muy moralista y dogmático, a semejanza del modelo que se les ofrecía: el cristianismo pujante”, siendo “el wahhabismo el que, apropiándose del aspecto salafi de la Reforma ensombrecería definitivamente el panorama, hábilmente empleado para intentar aniquilar cualquier posibilidad para el sufismo (…) Con el wahhabismo ya no hay una simple renuncia al sufismo, sino un rechazo frontal (…) El wahhabismo fue también resultado de las estrategias coloniales. Así fue como el colonialismo consiguió tener a los musulmanes entretenidos entre ellos disputando bizantinamente sobre nimiedades en la mayoría de los casos”.
Y así fue como desde finales del siglo XIX proliferaron las “teologías islámicas de la liberación”, según expresión acuñada por Mohamed T. Bensaada, a propósito de sus principales promotores: Jamal al-Din al-Afghani y Muhammad Abduh. No en vano, la masonería fue la promotora y animadora del nacionalismo militante y propagadora de las ideas de secesión de tierras musulmanas “de la dominación” otomana, aportando luego la organización jurídica a los países en ciernes. Entre las ideas importadas destacaba la separación entre lo político y lo religioso, con tal de que el Islam se redujera a la esfera privada. De hecho, la secularización que practicaron los emergentes movimientos nacionalistas islámicos se llevó a cabo de una forma drástica.
La masonería, pues, tuvo notoria influencia en estos movimientos reformistas a través de sus innumerables canales de comunicación dentro de la sociedad y de la clase dominante. Muchos reformistas islámicos fueron masones, pero también eruditos sunnitas, como Shayj Abdal Qadir al-Jaza´iri (1808-1883), y Shayj Abder Rahman Elish al-Kabir (un mufti maliki de Egipto, autoridad del esoterismo islámico, quien confirió la investidura iniciática a René Guénon —a través de Abdul Hadi, nombre islámico del pintor sueco Ivan Aguéli—, y a quien dedica su obra “El simbolismo de la Cruz”, por ser inspirador de la misma).
Detengámonos por un momento en la figura de Shayj Abdal Qadir al-Jaza´iri. Considerado como el “padre de Argelia”, fue maestro sufi de la tariqa Qadiri en la zona de Tlemcén, y consumado comentarista de la “Futuhat al-Makkiyya” del gran maestro Ibn al-Arabi. Pero al final de su vida este Emir acabó afiliándose a la masonería, estableciendo lazos históricos con la República francesa (tras combatir contra los franceses durante casi dos décadas, 1832-1847), y contrayendo una amistad con los EEUU, quienes habían visto en su lucha contra los franceses un modelo de libertad e indepedencia tal, que en 1846 en el estado americano de Iowa se fundó una ciudad llamada Elkader en memoria suya.
Tras rendirse en 1847, estar preso en varias cárceles de Francia, marchar al exilio a Siria, Shayj Abdal Qadir fue admitido finalmente en el Gran Oriente de Francia (GODF). Algo que no deja de ser cuanto menos sorprendente.
Todo comenzó el 20 de septiembre de 1860, cuando los miembros de la logia Henri IV de París (perteneciente al GODF) sugieren, a petición del judío Silbermann, manifestarle a Shayj Abdal Qadir su agradecimiento por “sus actos eminentemente masónicos” (refiriéndose a la protección por parte de éste de los cristianos drusos de Damasco contra la beatería de los ulamas, durante las matanzas de ese año), ofreciéndole su filiación a dicha logia en señal de gratitud. Le envían entonces el cuestionario que comúnmente hacen a cada nuevo miembro, que Shayj Abdal Qadir contesta, siendo aprobado por el GODF. Sin hacer referencia alguna al Noble Corán, Shayj Abdal Qadir expone en dicho cuestionario una serie de respuestas esotéricas, metafísicas, muy influenciadas por Ibn Arabi.
Pero no sería hasta unos años más tarde, concretamente el 18 de junio de 1864, cuando fue admitido en la logia de las Pirámides (Alejandría, Egipto), donde recibió los tres primeros grados en nombre de la logia Henri IV, que serían confirmados por esta misma logia de París cuando Shayj Abdal Qadir fue recibido en ella el 30 de agosto de 1865. Un viaje que tuvo una gran resonancia. De hecho, su iniciación en la masonería inició la apertura de las logias coloniales a los musulmanes, siendo su influencia en las élites argelinas a partir de entonces muy importante, extendiendo por doquier la idea de coexistencia pacífica de los cultos religiosos, y de la separación de la fe individual respecto a la vida social y política. Como advierte Tahar Hamadache, Shayj Abdal Qadir “parece haber integrado la fraternidad universal, aspiración de los EEUU que ya habían acogido al gran reformador musulmán Jamal al-Din Al-Afghani, como acogió más tarde y adoptó a la gran figura del laicismo árabe, Gibran Jalil Gibran”. Ambos masones también.
No obstante, hay que decir también que de vuelta a Damasco, los contactos de Shayj Abdal Qadir con la masonería se debilitaron, pese a pertenecer a la logia La Siria de dicha ciudad. Tras saber que el GODF decidió suprimir en 1877 la obligación en las logias de trabajar “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo” (A:.L:.G:.D:.G:.A:.D:.U:.), rompiendo así el GODF con el cuerpo masónico universal, tan ligada a la Gran Logia Unida de Inglaterra, e iniciando así un proceso de secularización, que llega hasta nuestros días, Shayj Abdal Qadir cesa casi del todo su actividad masónica. Y pensar que la expresión Gran Arquitecto del Universo (G:.A:.D:.U:.) fue un término que se tomó de las máximas del apóstol Pablo en el siglo XVII, probablemente bajo la influencia de los pastores protestantes.
En cambio, dos de sus hijos fueron recibidos e iniciados en 1867 en la logia Palestina-Oriente de Beirut. En 1901, su nieto Khaled (más tarde también Emir) entró en el taller masónico “Enfants de Mars” de Philippeville, conocido por ser de los primeros en manifestar su indignación a las autoridades coloniales francesas, reclamando la aplicación de la ley de 1905 —aún en vigor—, que contempla la independencia del culto musulmán con respecto al Estado. Y en 1955, en Túnez, se fundó una logia con el nombre de Abdal Qadir en su honor.
A partir de la iniciación de Shayj Abdal Qadir en la masonería, como ya hemos dicho, se inició la apertura de las logias coloniales a los musulmanes. Detrás de una cobertura democrática y de “hermandad” entre los hombres, las logias masónicas se convirtieron en compañías gestoras de intereses. Es más, por intermedio de los Rotary Club, Lions Club, y otras sociedades paramasónicas que se introdujeron más tarde, la masonería tuvo la capacidad de integrar a sus filas a políticos burgueses y pequeño-burgueses, profesionales y militares, tratando siempre de utilizar sus adherentes —aunque pertenecieran a corrientes políticas distintas— en operaciones políticas tendientes a garantizar la estabilidad del régimen financiero usurero.

El reformismo islámico (Islah, en árabe)

Engloba un conjunto de corrientes entre las cuales existen varias tendencias, que han integrado los debates políticos e ideológicos desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, a la búsqueda de un proyecto inacabado, al decir de Nour Eddine Affaya.
“Las élites árabes se enfrentaban a dos modelos radicalmente específicos: el modelo europeo con todo lo que contenía de retos científicos, políticos, económicos y militares, y el modelo árabe musulmán con todo su contenido de valores y de experiencias. El primero se impone en el presente, el segundo arrastra su peso histórico (…)”
“La elección de un modelo supone rechazar el otro, o bien entrar en conflicto con él, es decir, con lo que está considerado como el lado negativo del modelo: el colonialismo y la represión del modelo europeo o la decadencia y la rigidez del modelo arabomusulmán. En todos los casos, el Renacimiento árabe representa la expresión de una conciencia aguda de la decadencia y del retraso histórico.”
En otras palabras, el pensamiento del Renacimiento islámico forjó una conciencia de agravio comparativo: de tanto reaccionar contra el desafío se acaba adoptando sus modelos, a saber: la constitución de una asamblea representativa, en política; la construcción de un sistema de producción industrializado, en economía; la fundación de un sistema educativo moderno, en educación; la organización de un aparato burocrático, en la administración; la igualdad de los sexos, en lo social. Unos modelos que los reformadores musulmanes consideraban que la cultura europea había tomado en préstamo del Islam, y que ahora se trataba de recuperar. El razonamiento era el siguiente: “recuperando los secretos del desarrollo europeo saldremos de la decadencia”. Esto se traducía políticamente en la necesidad de liberarse de la dominación otomana. Una emancipación que se debía hacer, no en nombre del Islam, sino de un nacionalismo árabe hábilmente manejado por los ingleses y los franceses. No deja de ser significativo, a este respecto, que la mayoría de los promotores del “arabismo” fueran cristianos ortodoxos griegos, católicos y maronitas, situándose en la vanguardia de las nuevas ideologías del nacionalismo árabe moderno y secular en los comienzos del siglo XX, con el objetivo de situar a la nación en primer plano para evitar que la religión fuera el principio fundador de la identidad.
Por tanto, el nacionalismo es la consecuencia directa e indirecta, en los países musulmanes, del reformismo. Ya no se necesita justificación religiosa para actuar. La ideología nacionalista ya es suficiente motivación. Bajo el nacionalismo, los métodos reformistas ceden paso a los métodos revolucionarios, que conducen a la espectacular abolición, en 1924, del Califato y del derecho musulmán, así como al establecimiento de una legislación única y laica; supresión de los tribunales religiosos; adopción del calendario occidental; abandono del alfabeto árabe y fundación de un Estado oficialmente nacional.

(Mustafa Kemal “Ataturk”)

La culminación de este proceso fue el “kemalismo”, el nacionalismo turco liderado por el cripto-judío y masón Mustafa Kemal (apodado “Ataturk”, “padre de los turcos”, 1881-1938), uno de los mayores genocidas del siglo XX, conocido por su lucha contra los ulamas y las órdenes sufíes. Había que reformar las creencias, el lenguaje y los regímenes. Había que desmontarlo todo y reconstruirlo todo.
Esta iniciativa histórica se mantiene, desde mediados del siglo XIX, en los movimientos modernistas y reformistas, que siempre buscaron hacer tabla rasa de las interpretaciones tradicionales, con el objetivo de adoptar los valores y técnicas modernos. Así, para ir más allá de las escuelas jurídicas reconocidas, el reformismo islámico anuncia el retorno a las fuentes de la creencia islámica, el Noble Corán y la Sunna, y rehabilita el concepto de ijtihad o esfuerzo de interpretación personal y racional, empleado para la aplicación de la Shari´a por un jurista de reconocido valor (muytahid), con el objetivo de dar un nuevo significado a los textos antiguos y hacer que éstos correspondan con los nuevos avatares de la historia.

Liquidar el Califato otomano: obra de judíos y masones

El sultán Mahmut I declaró fuera de la ley a la masonería. Entonces, ésta comenzó a infiltrarse y penetrar en el tejido de poder del Califato otomano, de manera que las primeras reformas iniciadas por los sultanes Selim III, Mahmut II y Abdul Mayid I, dio origen al movimiento general de reorganización conocido con el nombre de Tanzimat (conjunto de leyes orgánicas), promulgado el 3 de noviembre de 1839, y que dio lugar a reformas militares (previa destrucción de los jenízaros, cuyos regimientos constituían el brazo armado del Califato), administrativas, jurídicas, educativas, fiscales y financieras, presentándose como la primera carta otomana de los derechos y de las libertades civiles en el Oriente árabe-musulmán. Entre estas reformas cabe mencionar: la igualdad de derechos para todas las confesiones religiosas sin distinción; la creación de un Consejo de Estado y de un Tribunal Superior mixto islámico-cristiano; la aplicación del sistema de las wilayas (que favorece la centralización estatista y el mantenimiento del orden); la creación de un sistema fiscal moderno; la promulgación del primer código de la nacionalidad otomana: y, finalmente, la adopción de los códigos franceses en varios campos. Unas leyes modernizadoras que se consumarán con la proclamación de la Constitución, bajo Abdel Hamid II, en 1877. En consecuencia, puede considerarse la era Tanzimat como el punto de partida para la destrucción del Califato otomano.
Un período que se caracterizó por la proliferación de sociedades secretas de todo tipo, y a menudo con decisivas convergencias, que tenían como modelo, como fuente de inspiración, a la masonería francesa e italiana, así como la Carbonería, siendo los musulmanes reformistas los que más se interesaban por ellas. Basta citar tan solo el caso del modelo “carbonario” italiano, cuyos fundamentos se deben en gran medida a Giusseppe Mazzini, fundador del movimiento político de “La Joven Italia” (cuyo lema era “Dios y Pueblo”), auspiciado por la masonería, a la que pertenecía, como otras numerosas organizaciones políticas que fundó, pasando a la historia de Italia, con el Conde de Cavour y Garibaldi —también masones—, como uno de los principales del Risorgimento.
Desde entonces, casi todos los visires y los cargos más importantes de la administración otomana fueron masones. El caso más notorio fue el de Mustafa Rashid Pasha, que cooperó con las logias masónicas escocesas, quien inició un movimiento de expansión de la masonería, abriendo logias en las grandes ciudades, usando como base las leyes del Tanzimat. El período en que permaneció éste como gran visir (esto es, desde 1846), produjo tanto daño al Islam, que hizo que el Califato otomano fuera llamado el “Hombre Enfermo”.
Toda una época propicia para el nacimiento de grupos o movimientos anti-islámicos, a destacar de entre todos ellos el de los Jóvenes Turcos, un movimiento que fue fundado en 1867 por Mustafa Fazyl Pasha, financiado por las potentadas familias judías de los Camondo y los Sasson, y dirigido desde París por Zia Bey, Kemal Bey y Simón Deutsch, quienes fueron formados por las escuelas de la Alianza Israelita Universal, presidida por el abogado judío y masón Adolphe Crémieux, quien, entre otros altos cargos públicos, fue ministro de Justicia, y quien en 1870 decretó la igualdad civil de los judíos residentes en Argelia, iniciando el proceso de naturalización de los judíos en casi todos los países musulmanes. Esto explica por qué los Jóvenes Turcos era un movimiento cuyos miembros en su mayoría eran de los Doenmehs, un grupo cripto-judío que se había convertido [¿] al Islam en el s. XVIII, establecida en Asia Menor, perteneciente a la secta de los shabbateos (seguidores del cabalista Zevi Shabbetai, el falso mesías de Esmirna), y conectada con las logias masónicas italianas de Salónica y Anatolia.
Por otra parte, los Jóvenes Turcos crecieron bajo la influencia de ideas irredentistas Pan-Turanian (esto es, Pan-Turcas), en la creencia de que los pueblos musulmanes de Anatolia y Asia Central formaban una sola nación. Lo curioso es que tres de los escritores principales del Pan-Turanian eran judíos: Arthur I. Davids, Arminius Wambery (amigo personal de Theodor Herlz, el padre del sionismo) y León Cahum.
Los judíos tuvieron, por tanto, una participación destacada en la propaganda en Turquía de las ideas de los Jóvenes Turcos. Por ejemplo, el Comité Israelita de Egipto, fundado en 1905, adiestró a Ahmed Riza, futuro presidente de la Cámara de los Diputados e ideólogo del Comité Unión y Progreso (Al-Ittihad Wat-Taraqqi), que abastecería las posiciones más altas del nuevo estado, llegando incluso a designar a dos masones, Hayrullah y Musa Kazim, como Shayj al-Islam.
Impulsado en 1868 por el visir Midhat Pasha (miembro de una logia de rito escocés), los Jóvenes Turcos van a ir imponiéndose en los entresijos del poder otomano. Midhat Pascha depuso al sultán Abdul Aziz en 1876, imponiendo —tras el breve reinado del sobrino de éste, Murad V, miembro de una logia griega de Constantinopla— al nuevo sultán Abdel Hamid II la promulgación de una Constitución copiada de la de Bélgica, que prevee la formación de un parlamento, la concesión de libertades políticas y la igualdad de derechos entre las diferentes comunidades religiosas (una concesión a los judíos, que supuso su emancipación del Califato otomano, además de la abrogación de la ley islámica de la yizya, esto es, la capitación que los judíos, al igual que los cristianos, que viven en una sociedad musulmana deben pagar a cambio de su protección). No obstante, Abdel Hamid II no tardó en suspender dicha Constitución y en alejar a Midhat Pascha, hasta que en 1908 fue forzado aquel a devolver la Constitución de 1876, por el pronunciamiento de los Jóvenes Turcos (liderados por el masón Mehmet Tallat Pasha), siendo obligado a abdicar en 1909. Los cinco diputados que le anunciaron que había sido destronado, eran masones. El cargo de Califa le fue otorgado a su hermano Abdalmecid II, quien no fue más que un prisionero en palacio. Curiosamente, ese mismo año se formó la Gran Logia de Turquía.
Mientras Midhat Pasha estuvo en el cargo de gran visir, ejerció en todo momento de agente británico. Como tal empleó todo tipo de estratagemas políticas para llevar a los otomanos a una guerra con los rusos (año 1877), poniendo así a los británicos en posición de declarar a la India como una dependencia británica. Es más, desde 1882 Abdel Hamid II se vio obligado a ceder territorios, que caían bajo protectorados británicos.
Desde entonces, a base de rebeliones, intrigas, conspiraciones, sublevaciones, los Jóvenes Turcos no tuvieron otra misión que derrocar el Califato, reemplazándolo por gobiernos judíos o cripto-judíos, que fueron abriendo la vía al laicismo. “Al mismo tiempo —como refiere Shayj Abdalqadir as-Sufi— que los masones de Salónica corrompían a los jóvenes oficiales militares incitándoles a traicionar el juramento de lealtad prestado, los ulama masones del Egipto ocupado por los ingleses comenzaron a emitir juicios legales engañosos que en lugar de seguir la Shari´a, obedecían a la doctrina masónica”. Doctrina que propagaron desde el Comité Unión y Progreso.
Con la abolición oficial del Califato por Mustafa Kemal el 1 de noviembre de 1924, se produjo la fractura más importante entre lo temporal y lo religioso. Este hecho, seguido de la secularización forzada de la sociedad turca, fue imitado en otros países. Mustafa Kemal (“Ataturk”), nació en Salónica de una familia cripto-judía doenmeh, y fue miembro de la logia “Macedonia Resortae Veritas” perteneciente al Gran Oriente de Italia. Fue el personaje elegido para destruir no sólo el Califato otomano, “sino la totalidad de la vinculación social islámica” —como bien dice Shayj Abdalqadir as-Sufi—, de manera arrasadora: abrogación de la Ley Islámica como fuente de derecho; abolición de la Sultanía en el Califato adoptando la forma política de administración parlamentaria; sustitución del sistema legal islámico por versiones adaptadas del Código Civil suizo, del Derecho Mercantil alemán y del Código Penal italiano; abolición de los Awqaf (fundaciones), y la confiscación de todas sus riquezas y propiedades; ilegalización del sufismo; sustitución del sistema turco de escritura del alfabeto árabe al latino, lo que tuvo, entre otras consecuencias, alejar a Turquía de la órbita cultural del resto del Islam; y, finalmente, introducción de la educación laica. De esta manera, se constituía la secularización más amplia emprendida en una nación de mayoría musulmana.
Sin embargo, hablando de los complots incubados por la masonería contra el Califato otomano no hay que olvidar los programas diseñados por el coronel británico del servicio de inteligencia militar T. E. Lawrence (conocido como “Lawrence de Arabia”, expresión acuñada por el periodista americano —y masón— Lowell Thomas, encargado de crear su leyenda, tras una serie de exitosas conferencias en el Albert Hall de Londres en 1919) constituyeron el “golpe de gracia” para tal efecto, con la organización del matrimonio entre saudíes y wahhabíes, para lanzarlos a la conquista de toda Arabia contra los otomanos. Ello implicaba el reemplazo del gobierno de la familia Hashemita por la familia Saud, la cual dio su nombre al territorio más importante del mundo islámico. A partir de entonces, los territorios que componían el Califato fueron divididos en estados artificiales y repartido en zonas de influencia entre los colonialismos antagonistas británicos y francés.

Movimientos modernistas

En el siglo XIX, con la conquista colonial, la modernidad irrumpió en el ámbito del Islam (dar al-Islam). Fue el surgimiento del movimiento llamado “reformista”, o “fundamentalista”, o “modernista”, conocido usualmente en árabe como movimiento salafiyya (de as-salaf as-salih, literalmente “los ancestros justos”, refiriéndose al Profeta Muhammad —que Allah le conceda Su gracia y paz—, y sus Compañeros). Un movimiento que preconizaba la reforma (al-islah) interna del Islam, y que básicamente se sustentaba sobre la apertura del ijtihad, hasta entonces prohibido, excepto a los cuatro modelos (madhhabs) sunnitas (Hanifi, Hanbali, Maliki y Shafi), a fin de reconstruir las leyes de la Shari´a atendiendo las exigencias del tiempo.
Su principal iniciador, inspirado por el iraní Jamal al-Din al- Afghani (1839-1897), fue el egipcio Muhammad Abduh (1849-1905), cuya obra será continuada por su discípulo Rachid Rida (1865-1935), quien recogerá las cuestiones tratadas por aquellos en su revista reformista Al-Manar (El Cairo, 1898). Todos ellos se ocuparon del tema del atraso, de la inercia de los musulmanes, oponiéndoles las ideas de la evolución y del progreso. Denunciaron la interpretación tradicional del Noble Corán, y abrieron la puerta a la libre interpretación individual, según la doctrina de ta´wil al-batin (interpretación secreta), que es una práctica chiita. Y, finalmente, todos colaboraron para hacer pedazos el Califato otomano, así como el virreinato de Egipto. Un trío de ases que tienen en común su filiación a la masonería, y sobre los que volveremos más tarde.
De la India al Magreb, una pléyade de pensadores alzó su voz para decir que el Islam de los orígenes (tomado siempre como referencia) se conciliaba con la modernidad. El discurso de todos ellos “de un retorno a las fuentes era apologético –según el filósofo marroquí Abdou Filali-Ansary—: quería infundir confianza a los musulmanes, diciéndoles que su religión era favorable al progreso”.
Esta reacción tuvo diferentes formas. La Nahda o “renacimiento” árabe, en la que participaron intelectuales cristianos y musulmanes de Egipto, Siria y Líbano, principalmente, se manifestó por la renovación de la literatura árabe, con escritores y poetas como los libaneses cristianos Boutros al-Boustani o Gibran Jalil Gibran (quien debe su extraordinaria fama y proyección mundial gracias a su filiación masónica). Sin embargo, este movimiento fue también religioso, y con varias orientaciones: de una parte, la corriente modernista liberal con Rifa´a al-Tahtawi, entre otros, y de otra parte, la corriente reformista salafiyya con Al-Afghani y Muhammad Abduh, principalmente.
Este último proceso reformista, denominado salafiyya, tuvo dos etapas:
1).- La etapa iniciada a finales del siglo XIX por los infiltrados masones Al-Afghani y M. Abduh, ambos agentes de Lord Cromer (esto es, Evelin Baring, miembro de una prestigiosa familia judía de banqueros británicos, cuya fortuna se había iniciado con el comercio de opio en India y China), y por el también masón Rachid Rida, los cuales se entregaron a la subversión del ethos islámico, iniciando unas corrientes reformadoras de un Islam de inspiración anti-colonialista, basado principalmente en el resentimiento.
2).- La segunda etapa es la iniciada a partir de los años veinte del siglo XX, con el nacimiento de dos movimientos islámicos: la Yama´at-i-Islami, fundada por el paquistaní Abul A´la Mawdudi, y los Ijwan al-Muslimin, fundada por el egipcio Hasan Al-Banna, movimientos que despertaron un sentimiento de identidad religiosa de la Umma (comunidad islámica) en pleno dominio colonial británico.
Para ambos los principios cardinales del Islam, la obediencia y la consulta, no son reglas de organización política, sino valores morales, por lo que toda persona investida de responsabilidades debe evitar decidir sola, y ha de tener en cuenta el parecer de los que dirigen.
Estos movimientos, que podemos considerar neo-jawarij, comenzaron a penetrar en el seno del Islam sunnita, a fin de eliminar sus cuatro principales escuelas jurídicas (anti-madhhabismo) en nombre de una sola interpretación homogénea, considerando a aquellas como barreras históricas. De esta manera, al eliminarse los juicios legales y la ejecución de las sentencias, se eliminaba la autoridad islámica y el poder político. El objetivo principal de estas tendencias “reformistas-puritanas” era secularizar el Islam, exactamente como la Reforma protestante fue la matriz del secularismo occidental, disolviéndose en el modernismo y el laicismo. En consecuencia, todos estos movimientos no están de ninguna forma en oposición al sistema kufr, todo lo contrario, son sus perfectos servidores.
El impacto de la salafiyya fue enorme en todo el mundo islámico, inspirando a la primera generación de líderes e intelectuales que se hicieron cargo de la creación de los partidos y las fuerzas sociales luchadoras por la independencia o de la puesta en marcha de los nuevos estados y poderes emergentes en la esfera de la historia árabe moderna. Tales los movimientos nacionales mayoritarios, como el Istiqlal en Marruecos con la filosofía salafi desarrollada por All el-Fassi; la Asociación de los Ulamas (“Yamiyyat al-ulama”), creada en Argelia en 1931 por Abdel Hamid Ibn Badis (quien tenía a Rachid Rida por guía en materia de exégesis coránica); los Jóvenes Tunecinos de Ali Bach Hambat en Túnez, que abrió el camino a la creación del partido Destur (lit.: constitución); o el partido Wafd de Said Zaglul en Egipto, plagado de masones.
El Islam quedó sólo como una simple referencia en los textos legales y la religión musulmana fue reducida cada vez más a la esfera privada.

(Jamal al-Din al-Afghani, promotor del programa masónico del pan-islamismo)

Jamal al-Din al-Afghani

El iraní Al-Afghani entró en la masonería tras su estancia en El Cairo entre 1871 y 1879, donde introdujo el libro Nahj al-Balagha (“Cimas de Elocuencia”), obra que abarca los discursos, cartas y dichos de Saydina ´Ali (que Allah ennoblezca su rostro), sobre diversos temas, considerado por los chiítas como el segundo libro más importante tras el Noble Corán. Sin embargo, Al-Afghani fue expulsado de la logia masónica “Star of East” por sus actividades políticas, mostrando en todo momento indiferencia hacia su funcionamiento secreto. Tras ser expulsado de Egipto en 1879, en París amplió sus contactos con la hermandad masónica.
La opinión general que se tiene de Al-Afghani es—según Nour Eddine Affaya— que “consideraba que la identidad musulmana sólo podría ser reconstruida a condición de unificar a los musulmanes y movilizar su fuerza para hacer frente a la política británica que les amenazaba en la India y en Egipto”. Unas ideas que fueron desarrolladas en los artículos que publicó en los 18 números de la revista Al-Urwa al-Wuthqa (“El lazo indisoluble”), editada en París durante los años 1883 y 1884 con su discípulo Muhammad Abduh, donde se forjó “uno de los grandes principios orientadores de las élites musulmanas, la relación entre la colonización y la decadencia de los musulmanes”, y desde donde previeron una amplia coalición del Tercer Mundo anti-colonial, promoviendo la idea de una Mancomunidad Británica Oriental (Al Jami´ah Al-Sharrqiyyah), invocada como lema para definir las relaciones entre musulmanes y no-musulmanes en términos nuevos.
Porque a Al-Afghani “le sedujeron las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, el lema de la Revolución Francesa que incitaba a la gente a rebelarse contra la injusticia y el despotismo. Por esta razón expresó una gran admiración hacia el sistema constitucional e incluso una cierta idea de socialismo”. De hecho, aducía la necesidad de una Constitución para limitar el poder del soberano.
Tras un largo período de viajes y estancias por diversos lugares (Afganistán —donde, con el cargo de primer ministro, espió para los rusos—, Londres, París, Irán —donde cooperó con los Baha´is) acabó su vida en Estambul, invitado por el visir Ali Pasha, masón afiliado a una logia británica, quien acabó expulsando de la ciudad al Shayj al-Islam de aquel tiempo, Hasan Fehmi Effendi, por refutar a Al-Afghani y demostrar que sus teorías eran heréticas. En Estambul encontró Al-Afghani el patrocinio del Sultán Abdel Hamid II, quien rechazó las demandas para su extradición a Irán por su posible implicación (como inductor intelectual) en el asesinato del Shah Nasir en 1896, prestándole su colaboración para la puesta en práctica de su programa político de pan-islamismo o unidad islámica (ittihad-i islam). Con este fin, Al-Afghani comenzó a enviar cartas a varios países y líderes musulmanes para movilizarlos y unirlos contra el poder británico. Sin embargo, al mismo tiempo intentaba establecer las fundaciones de un acercamiento mutuo entre los sunnitas y los chiítas, lo cual llevó a Abdel Hamid II a ver sospechosas las alianzas e intrigas políticas de aquel con algunos líderes árabes y funcionarios británicos en Estambul, no permitiéndole salir del país.
Como intelectual y activista público, Al-Afghani dejó solamente dos libros (una historia de Afganistán y una refutación del naturalismo y el materialismo) y numerosas conferencias y cartas, entre las que se encuentra su respuesta a la conferencia que dio Ernst Renan en la Sorbona en 1883 titulada “Islam y ciencia”, y en la que éste atacaba Islam y a los musulmanes como naturalmente incapaces de hacer filosofía y producir ciencia. Al-Afghani conviene básicamente con Renan en que todas las religiones son intolerantes y que suprimen la “investigación libre” de la verdad científica y filosófica. En consecuencia, de la misma manera que las naciones europeas se libraron de la tutela del cristianismo, es decir, de la religión, para realizar adelantos en todos los campos del conocimiento, es de esperar —según él— que la sociedad musulmana rompa sus enlaces religiosos para “avanzar rápidamente en el camino del progreso y de la ciencia”, en la misma trayectoria de la civilización a la manera de la sociedad occidental.

(Muhammad Abduh, uno de los principales agentes en la subversión del ethos islámico)

Muhammad Abduh

Muhammad Abduh, discípulo destacado de Al-Afghani, fue una marioneta política de los ingleses para destruir Islam. Fue nombrado por su amigo Lord Cromer director (Shayj) de Al-Azhar, en El Cairo, a la que convirtió en un nido de hipócritas (munafikun), tras interrumpir los planes de estudio, dificultando la enseñanza de las ciencias islámicas. En su libro más conocido, Risalah al-Tawhid (“Tratado de la unicidad divina”), considerado como la Biblia del reformismo musulmán, intenta demostrar la unidad entre fe y razón, partiendo de una correcta posición jurídica de la creencia (´aqida) ash´ari, hasta que al final del libro presenta unas opiniones claramente contrarias al Islam, llegando incluso a proclamar la abrogación de los ayats coránicos relativos al Yihad. Como refiere Mohamed T. Bensaada, “contra una tradición religiosa marcada demasiado tiempo por un asharismo degenerado en el cual el hombre estaba preso en una predestinación divina mal entendida, Muhammad Abduh va a destacar la importancia de la libertad humana, sin la cual no hay responsabilidad”; una posición audaz, “hasta el punto que se ha visto en él un pragmatismo casi agnóstico”, dado que sostiene que “la revelación religiosa no inventa ex nihilo los preceptos morales, en la medida en que estos últimos dependen de una existencia histórica objetiva. Sólo la debilidad y la ignorancia de los hombres justifican, según M. Abduh, el recurso a la revelación religiosa y a la profecía”.
Tras su exilio de París y la colaboración en la revista Al-Urwa al-Wuthqa, M. Abduh volvió a Egipto, donde se dedicó a reformar la administración, los métodos de enseñanza y también los programas de la universidad de ciencias religiosas de Al-Azhar, de la que llegó a ser Gran Imam, al mismo tiempo que Gran Maestre de la Logia Unida de Egipto. Para ello fundó “una asociación clandestina cuyo objetivo es aproximar a los fieles de las tres religiones monoteístas, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, postulando que la esencia de las religiones es una sola, la búsqueda de la verdad” (Nour Eddine Affaya). Una síntesis o, lo que es lo mismo, un eclecticismo netamente masónico. De hecho —como continúa diciendo N. E. Affaya—, M. Abduh “se adhirió a la masonería (de la cual su maestro Jamal al-Din al-Afghani y otros intelectuales de la época también formaron parte) sabiendo que esa adhesión significaba la aprobación de los grandes principios de la Revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad) y el alejamiento de la Iglesia del campo de la investigación científica”.
A partir de entonces editó y participó en numerosas revistas de difusión entre los musulmanes, en los que trató de conciliar el Islam y las exigencias del progreso, marcado fundamentalmente por el racionalismo y el humanismo, una vez rechazada la autoridad de las escuelas jurídicas del Islam sunnita. Con su discípulo Rachid Rida fundó la revista Al-Manar, que se convirtió en el órgano de la corriente salafista árabe y de la cual Rida continuará siendo redactor jefe tras la muerte de su maestro, trasladando años más tarde la sede de la revista a Ryad (Arabia Saudita), donde conoció una inflexión bajo la influencia del wahhabismo. En dicha revista atacaron con cinismo al Califato islámico (aunque nunca lo denunciaron expresamente), se toleró el poder inglés, se animó la no resistencia en Túnez y Argelia al poder francés, se condenó el sufismo, y se defendió a los bancos y a la democracia. Es significativo, a este respecto, que la primera sentencia (fatwa) que hizo M. Abduh como Shayj de Al-Azhar fuera la admisión por primera vez de los bancos en Egipto. En recompensa, fue nombrado Gran Mufti de Egipto (1899).
Tanto Al-Afghani como M. Abduh tenían en común estos objetivos: la liberación de la influencia otomana; la independencia de Al-Azhar del Shayj al-Islam de Estambul; la reducción de todas las escuelas de jurisprudencia (fiqh) a una escuela común, reconociendo a los jawarich como una escuela legítima; y, finalmente, la apertura del ijtihad, esto es, el esfuerzo o práctica del juicio personal en cuestiones legales. Tras ellos floreció un importante elenco de intelectuales reformistas en todo el mundo musulmán, quienes se proponían el objetivo de movilizar a los pueblos conquistados contra las potencias europeas y de impulsar un movimiento de resistencia nacional conciliando Islam y modernidad.

Rachid Rida

Discípulo de Muhammad Abduh, Rachid Rida fue el principal promotor del movimiento salafiya, a través de la revista Al-Manar, desde donde estableció su posición ideológica durante 37 años, claramente contraria al Islam, reflejando siempre el punto de vista británico para agitar el Califato otomano. Desde sus páginas elogió el movimiento masónico de los Jóvenes Turcos; impulsó a los musulmanes a que tiraran los grilletes del taqlid, e hicieran ijtihad rechazando la autoridad de los cuatro modelos tradicionales de jurisprudencia (Fiqh); desacreditó a los alfaquíes que restringían las actividades usureras a los musulmanes, no viendo nada malo en suscribir una póliza de seguro de vida (que es usura), o sugiriendo que tomar interés en el capital dejado en un banco o en una caja postal no está incluido bajo la prohibición de la usura.
Impulsado por su compromiso bien documentado a la masonería, fue fundador y líder, junto con otros hombres conocidos (de Siria, Líbano y Palestina, principalmente), de un Partido para la Descentralización administrativa del Califato Otomano (“Hizb Al-Lamarkaziyyah Al-Idariyyah Al-Uthmaniyyah”), formado en El Cairo en 1912.
Llegó a ser director de la universidad de Al-Azhar en 1930, gracias a las autoridades británicas.

(Abdul A´la al-Mawdudi)

Abdul A´la al-Mawdudi

El paquistaní Abdul A´la al-Mawdudi (1903-1979) —en cuya familia había una línea larga de respetables sufis pertenecientes a la tariqa chishti—, es considerado como el padre del fundamentalismo paquistaní moderno, tributario de la corriente ultraortodoxa conocida como dehobandismo (por su aparición en la zona hindú de Deoband, en 1867, una de cuyas ramas actuales es el movimiento talibán afgano). En 1927 publicó “Yihad en el Islam”, que atrajo la atención de muchos eruditos e intelectuales, entre ellos Muhammad Iqbal. Pero su principal obra es un monumental tafsir del Noble Corán, titulado “Tahfim Ul Quran” (“Hacia el entendimiento del Corán”) que le llevó treinta años completar (1942-1972).
Tras la partición de la India en 1947 al-Mawdudi se sintió impelido a llevar el nacionalismo paquistaní al programa de trabajo del movimiento islámico que creó en 1941, la Yama´at-i-Islami —y que dirigió hasta 1972 (obligado a dimitir por motivos de salud)—, y cuyo enfoque político se basa principalmente en las ideas políticas propias de los enemigos del Islam.
Una vez establecido Paquistán como estado independiente en 1947, Al-Mawdudi comenzó a propagar la doctrina herética del “qadianismo”, por lo que fue justamente juzgado y encarcelado cerca de dos años. Nada más salir de la cárcel comenzó a publicar encendidos artículos que inoculaban ideas revolucionarias, hasta el extremo de provocar la prohibición de la Constitución y la declaración de la ley marcial. Con una nueva Constitución en 1962, Al-Mawdudi se volcó en extender la Yama´at-i-Islami, siendo de nuevo encarcelado en 1964. Tras ser amnistiado, abrió pronto el camino a tumultos y revueltas en Cachemira, actuando —según se ha confirmado— como auténtico agente de la CIA. Situación que aprovechó la India para atacar Cachemira. Descontento, Al-Mawdudi colaboró en secreto con el siniestro centro de Rabitat al-´Alam al-Islami (o Liga Islámica Mundial) fundado en 1962 en Meca, Arabia Saudita —de cuyo comité fundacional fue miembro—, que le facilitó ayuda y extendió sus libros por todo el mundo, con el objetivo de extender el anti-madhhabismo en cada país musulmán.
Su obra más importante se titula: “El proceso de la Revolución Islámica”, cuya principal línea de pensamiento se basa en una reelaboración tendenciosa del viejo concepto de la yahiliyya (ignorancia y barbarie, pero también rebelión contra Allah): si antes se consideraba que vivían en estado de yahiliyya los incrédulos que no aceptaban el Islam, o que lo ignoraban, ahora la yahiliyya era producto de la conducta de los propios musulmanes, sobre todo de los gobernantes, hábiles en reinterpretar el mensaje de Allah de acuerdo a su conveniencia. En consecuencia, sólo quedaba emplear la violencia para eliminar a dichos gobernantes. Una actitud proactiva que era presentada inevitablemente bajo la forma de una yihad reactiva (en el sentido de empleo de la violencia), frente a la agresión previa de aquellos, a los que incluso se les acusaba de apostasía (rida). He aquí, sin ninguna duda, la semilla ideológica (netamente jawarij) que ha alimentado al terrorismo islámico desde el siglo XX hasta nuestros días.
Al-Mawdudi y su grupo mantuvieron relaciones con los Hermanos Musulmanes, hasta el extremo de considerarse dos ramas del mismo movimiento. De hecho, los HM reconocen a Al-Mawdudi como sucesor ideológico de Al-Banna y Sayyid Qutb.

(Hasan al-Banna, fundador de la secta masónica de los Hermanos Musulmanes)

Hasan Al-Banna

El egipcio Hasan Al-Banna (1906-1949) —cuyo padre, Ahmad Abdal Rahman Al-Banna, relojero y erudito hanbali, fue discípulo de Muhammad Abduh— es presentado como un erudito y un gran sufi, cuando en verdad era un simple maestro de escuela primaria, miembro de una tariqa shadili-qadiri, la Hasafiyya (de la que acabó separándose porque pensaba que el sufismo estaba pasado de moda, que era algo anticuado), así como un exponente de alto rango de la masonería británica en Egipto, concretamente de la Gran Logia Unida de Inglaterra, fundada en 1813 y conocida como la Gran Logia Madre del Mundo. Un tipo que aceptó el estado moderno nacional y el sistema parlamentario como base para el progreso hacia un estado islámico genuino, abogando siempre por medidas de igualdad para los no-musulmanes, para lo cual había que superar las viejas categorías denotadas por el término dhimmi (miembro de una minoría protegida).
Teniendo a Rashid Rida como su mentor más importante, con quien tuvo conexiones familiares, fundó en 1928 —con la ayuda de la inteligencia británica—, a modo de “sociedad secreta musulmana”, una especie de masonería islámica, la Jama´atu Ijwani al-Muslimin (Sociedad de los Hermanos Musulmanes —en adelante, HM), en la ciudad de Ismailiya, que en aquel entonces era la capital de la zona ocupada por los británicos, y sede central de la empresa del Canal de Suez. De hecho, fue la empresa que construyó el Canal de Suez la que proporcionó los fondos para la primera mezquita de los HM, construida, cómo no, en Ismailiya en 1930. Desde sus inicios esta sociedad se destacó como el movimiento estratégico más activo e importante para la globalización británica, teniendo una rápida penetración social (en solo diez años contó con 500.000 miembros activos). Un movimiento popular de masas que se hizo difícil de controlar, despertándose muy pronto un resentimiento profundo anti-británico. Ante la represión de la monarquía de Farud I, los HM adoptaron la violencia armada. Hasta que en 1948 se emitió una proclama por la cual se disolvía los HM, cerrándose sus oficinas y confiscándose sus bienes. El 12 de febrero de 1949 fue asesinado Al-Banna por la policía secreta egipcia. Un año después, el gobierno intentó reconciliarse con los HM, abrogando su prohibición, y liberando a la mayor parte de los miembros encarcelados. Pero por poco tiempo, porque en 1954 (tras un intento fallido de asesinar a Gamal Abdel Nasser, atribuido a los HM, pero que en realidad parece ser que fue una operación planeada por el mismo Nasser —con la ayuda de la CIA— como excusa para abolir a los molestos HM), miles de miembros de los HM fueron encarcelados, incluyendo a casi todos sus líderes (entre ellos, a Sayyid Qutb), siendo ejecutados seis de ellos. Tras la nacionalización del Canal de Suez, y el giro de Nasser hacia la Unión Soviética, a la que solicitó ayuda y le compró armas, los servicios de inteligencia norteamericanos y británicos comenzaron a colaborar con los HM contra su antiguo aliado, ahora pro-soviético. Desde entonces, los HM se destaca como la organización más importante en los planes estratégicos de los globalistas anglo-norteamericanos en el mundo islámico.
Ante este ambiente hostil, los HM movieron sus bases de operaciones a Londres y Ginebra. La sede de Ginebra, creada en 1961, estaba bajo el control de Said Ramadan (1926-1995, casado con Wafa, una hija de Hasan Al-Banna, del que fue su secretario personal), donde establece el Centro Islámico de Ginebra (financiada por el rey Faisal de Arabia Saudita, y dirigida actualmente por su hijo Hani Ramadan), verdadera tapadera para todo tipo de siniestras operaciones. No en vano, Ginebra es plaza offshore. Para tal efecto, Said Ramadan fue un personaje clave en la formación y en la elaboración de la constitución de la Liga Islámica Mundial o Rabitat, y desde donde se ha tejido por todo el mundo una complicada red de bancos, fundaciones, organizaciones caritativas e instituciones educativas de más que dudoso proceder. Entre algunas de sus muchas “honrosas tareas” como testaferro en Ginebra de las finanzas de los hijos del rey Faisal (como Dar al-Maal al-islami, creado en 1981 y que engloba alrededor de treinta bancos y compañías), a Said Ramadan se le relaciona con el banco Al-Taqwa Management Organization —con base en Lugano, y rebautizado Nada Management Organization—, que mantiene conexiones con redes terroristas en Egipto, Túnez, Argelia, Yemen, Sudán y Afganistán, y cómo no, con la red Al-Qaeda de Osama Bin Laden.
Por otra parte, la sede de Londres de los HM estaba dirigida por Salem Azzam, miembro de una influyente familia egipcia siempre al servicio del Imperio británico, hasta el punto de que un miembro de la misma, Abdel Rahman Azzam (cuya hija estaba casada con un hijo del rey Faisal), fue el primer secretario general de la Liga Árabe, ese invento británico creado en 1945. Pues bien, Salem Azzam —en colaboración estrecha con Said Ramadan— fue jefe del Consejo Islámico de Europa (CIE), fundado también en Londres en 1973, y desde donde se controla cientos de centros “religiosos” por toda Europa, así como se dirige a los HM de Marruecos, Paquistán e India, principalmente. En 1978 se creó el Islamic Institute for Defense Technology (IIDT) con el fin de apoyar la crisis de la revolución islámica a nivel global. El seminario inaugural tuvo lugar en febrero de 1979, de la mano de la OTAN, y conducido por Salem Azzam y los miembros del CIE. Irán, Paquistán y Afganistán eran los temas principales de la agenda, siendo el IIDT el centro de coordinación para el envío de armas que apoyaran las luchas de los HM. Sin embargo, lo más gracioso de todo es ver a este personaje conspicuo, Salem Azzam, en calidad de secretario general del CIE, proclamar oficialmente en la sede de la Unesco en París, el 19 de septiembre de 1981, la Declaración Islámica Universal de los Derechos Humanos, que consta de 23 artículos y que, en principio, no debe ser transgredida por ningún gobierno islámico. Una declaración sumamente grotesca.
Pero regresemos a la consideración de la figura de Al-Banna. Radicalmente anti-otomano, desarrolló a través de su secta (donde el liderazgo es hereditario) una forma de Islam “occidentoxicado”, incorporando el nacionalismo y la democracia de estilo occidental en su bagaje político, llegando incluso a describir como yihad a la lucha de sus seguidores contra los musulmanes sunnitas oponentes.
Los HM fueron, en suma, el instrumento principal para la “wahhabisación” de la sociedad árabe, sobre todo cuando Arabia Saudita se hizo cargo de su liderazgo en todo el mundo, ofreciendo asilo a los líderes que sobrevivieron a la purga de Nasser (entre ellos al hermano de Sayyid Qutb, Muhammad Qutb, al que le dieron diferentes puestos oficiales en universidades sauditas para enseñar la doctrina de los HM, y que es considerado el mentor de Osama Bin Laden, cuando éste estaba en la Universidad Abdul Aziz de Jeddah). Es más, los saudíes pusieron a disposición de los HM la Universidad de Medina (terminada de construir en 1961), una influyente institución en donde el pensamiento de los HM se enseñaba a los estudiantes procedentes de todo el mundo musulmán, facilitando así su propagación.
De esta manera, a partir de la década de los setenta los HM —con la ayuda de los petrodólares— comenzaron a crear una estructura internacional, con nuevas instituciones, organizaciones y grupos islámicos pro-sauditas, especialmente en Europa y en los Estados Unidos. Eran enviados para promover lo que Sayyid Qutb había llamado “el Islam norteamericano”. Una de las organizaciones más importantes creadas por esta alianza wahhabi-HM, fue la Liga Islámica Mundial o Rabitat, que desempeña un papel muy importante en la distribución y predicación wahhabita en las mezquitas de todo el mundo.
Desde entonces, son compañeros de viaje de los anglo-norteamericanos en un poderoso imperio financiero mundial, basado en el control del comercio del petróleo, tráfico de drogas y de armas, contrabando de oro y diamantes, etc., que se extiende por una extensa red de paraísos fiscales. Hasta 1991 los HM habían usado el Bank of Credit and Commerce International (BCCI) para financiar sus actividades. Un banco que protagonizó entonces uno de los mayores desfalcos financieros de la historia, además de estar involucrado en el lavado de dinero, el tráfico de armas, canalizar los fondos para las operaciones encubiertas de la CIA, los sobornos a gobiernos y manejar los depósitos de varios grupos terroristas.
Actualmente en el mundo islámico hay más de setenta organizaciones que se reclaman de la ideología de los HM, creándose incluso secciones nacionales en todos los países donde hay una gran población inmigrante musulmana, aglutinando todas las actuales desviaciones islámicas y terroristas. Un conglomerado que se divide en dos tendencias: la moderada, sobre todo intelectual y filosófica, encarnada por el nieto de Al-Banna, Tariq Ramadan (otro hijo de Said Ramadan); y la radical, violenta, ilustrada por el ideólogo Sayyid Qubt. De hecho, Tariq Ramadan es la cubierta útil para los HM que intentan mantener su fachada “moderada” (esa que escoge la vía de la participación y/o presión legal en el juego político para la “moralización” de la vida pública), mientras que entre bastidores otros de sus movimientos organizan todo tipo de actividades terroristas. Basta citar dos ejemplos, a este respecto, anverso y reverso de la misma moneda: por un lado, la cara moderada de la asociación “Al-Adl Wal-Ihsane” (“Justicia y Beneficiencia”), creada en 1985 por Abdessalam Yassin en Marruecos, autor de una síntesis original entre el pensamiento de Hassan Al-Banna y de Sayed Qutb, y las enseñanzas del sufismo (no en vano, había sido adepto de la tariqa Qadiría Boutchichiya en los años sesenta, que abandonó, no por desacuerdo con el sufismo, sino por una opción de acción política), recogida en su libro “Al Minhaj Annabaoui” (“La vía profética”); y, por otro lado, la cara violenta del grupo palestino Hamas, que emergió en 1988, y cuyo líder, Ahmed Yassin (asesinado por los israelíes el 22 de marzo de 2004), era el jefe de los HM en la franja de Gaza, a cuya creación, por cierto, contribuyó Israel —a través de sus servicios secretos— en la época de Menahem Begin y de Isaac Shamir, con el fin de desestabilizar la OLP y subvertir el radicalismo progresista dentro del movimiento palestino. De hecho, Hamás siempre ha servido los intereses de quien presuntamente ataca, esto es, de Israel. Lo mismo se podría decir del grupo Hezbolá, otra contribución israelí, pero esta vez en el frente del Islam chiíta. Unos grupos radicales que no escatiman medios terroristas que dan mártires para continuar la lucha, y que además permiten apelar a la opinión mundial. De paso, los israelíes hacen propaganda proyectiva, es decir, acusan al adversario de utilizar los métodos a los cuales ellos mismos recurren desde la fundación de su estado, presentándose así en estado de legítima defensa, lo que les permite continuar su repugnante política de ocupación homicida. ¿Acaso cada golpe asestado no coloca a Hamás o Hezbolá en una posición que permite hacer carambolas de nuevo?
Y por si había dudas al respecto, años más tarde Isaac Rabin lo reconoció a Yaser Arafat, con Hosni Mubarak de testigo, durante las conversaciones de paz en Washington —según le contó Arafat a la periodista Isabel Pisano en una entrevista—. Hamás “fue nuestro gran error”, reconoció Rabin, “que se nos fue de las manos. La intención era acabar con la OLP”. Confidencia entre hermanos masones. Los tres: Rabin, Arafat y Mubarak. Pero esta es otra historia.
En fin, nada nuevo bajo el sol. Son las dos tendencias principales entre las que ha girado el mundo islámico desde los primeros años que siguieron a la muerte del Profeta (que Allah le conceda Su gracia y paz): los jawarij, los que recurren a la violencia y a la sedición contra el poder establecido; y los mu´tazilíes, intelectuales que ponen en tela de juicio la legitimidad de los gobernantes por no hallarse respaldada por la voluntad de sus súbditos. Unas tendencias cuyos orígenes se remontan a la disputa histórica entre el cuarto Califa Saydina ´Ali Ibn Abu Talib —que Allah ennoblezca su rostro—, el primo del Profeta —que Allah le conceda Su gracia y paz—, y Muawya Ibn Abu Sufian, y que no fue más que una forma residual de judaísmo desviado. Tendencias que vuelven a tener una forma secundaria con la disputa entre los al-muwahhidun (los almohades) y los al-murabitun (los almorávides) en España y en el Maghreb. Los jawarij fueron denominados por Saydina ´Ali Ibn Abu Talib (que Allah ennoblezca su rostro) como “los perros del infierno”.
Dos caras de una misma moneda que mantienen los HM incluso en su cúpula, donde, por un lado, el líder político es —desde 2002— Maamoum Al- Hudaibi (de 83 años, hijo de Hassan Al-Hudaibi, el sucesor del fundador de los HM, Hassan Al-Banna, desde su muerte 1949 hasta 1976; Maamoum Al- Hudaibi murió en 2004, sustituyéndole en el cargo Muhammad Mahdi Othman ´Akef), y, por otro lado, el líder espiritual es Yusuf Abdallah al-Qaradawi, decano de estudios islámicos en la Universidad de Qatar, en un entorno wahhabí, donde es profesor de Shari´a y dirige el Centro de Sira & Sunna, autor —junto con Muhammad M. Siddiqui— de un libro titulado “Lawful and the Prohibited in Islam” (“Lo permitido y lo prohibido en Islam”) —muy difundido, por cierto, en Francia—, en el que mucho nos tememos deben aparecer las balanzas intercambiadas, dado que este tipo, por una parte, justifica como legítimos los ataques suicidas de los musulmanes, y, por otra parte, está implicado en la red usurera. De hecho, al mismo tiempo que da clases de Islam [¿] en Qatar, también trabaja en Londres dirigiendo el Consejo Islámico de Europa y el Consejo Europeo de Fatwa e Investigación (fundado en 1997 en el seno de la Federación de Organizaciones Islámicas de Europa —FIOE–, fundada en 1989 y que él también preside). Y encima tiene tiempo para participar en todo tipo de encuentros interreligiosos. Es conocida su colaboración con la comunidad de Sant Egidio (Roma), entre otras organizaciones ecuménicas.

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(Yusuf Abdallah al-Qaradawi)

Digamos que el líder político de los HM es el mascarón de proa, porque el verdadero poder está en la sede de los HM de Londres, con el Consejo Islámico de Europa de lanzadera, dirigido por Al-Qaradawi, verdadero poder electrónico, financiero y simbólico de esta organización a nivel global, quien en su “búsqueda de sinergia”, ha conformado una suerte de alianza u “holding” empresarial que se diluye en una extensa red de organizaciones caritativas (entre otras, Interpal o “Union for Good”, para apoyar a los palestinos, según dicen) y una red de bancos de inversión islámicos, con el First Islamic Investment Bank a la cabeza, del que es consultor, así como de numerosas sociedades subsidiarias de éste, como las empresas norteamericanas Caribou Coffee o Crescent Capital Investments Inc. (cuya junta consultiva está compuesta por dos judíos: el senador Wyche Fowler, Jr., ex embajador de EEUU en Arabia Saudita entre 1996 y 2001; y Samuel L. Hayes, profesor en Harvard, autor del libro “Islamic Law and finance: religion, risk, and return” —1997—, en el que trata de hacer encajes de bolillos para justificar “islámicamente” los mecanismos de la usura). El First Islamic Investment Bank fue fundado en 1997, con sede central en Bahrein (un fuerte aliado de EEUU en Oriente Medio, donde se encuentra la sede de la 5ª Flota de la marina estadounidense), y una sede subsidiaria en Atlanta (Georgia); un banco que actualmente está acusado de mantener estrechos lazos con el terrorismo internacional.

(Sayyid Qutb, mentor intelectual de varios grupos terroristas)

Sayyid Qutb

A la muerte de Al-Banna, Sayyid Qutb (1906-1966) —reconocido como teórico de la “ruptura islámica”— le sucedió en la dirección ideológica de los HM, intentando dar una dimensión global al pensamiento político musulmán, limpiando al movimiento de los HM del nacionalismo árabe. Siendo masón también, orientó a esta organización hacia postulados socialistas. Comparado como el “Gramsci del fundamentalismo islámico” (no en vano, durante su estancia en Estados Unidos conoció el renacimiento pentecostalista protestante, basado en el retorno a los llamados fundamentos), Sayyid Qutb —que escribió alrededor de treinta libros— no fue más que un ignorante que se atrevió a escribir —durante su estancia en la cárcel entre 1952 y 1964— un comentario (tafsir) del Noble Corán, titulado “Fithilal al-Qur´an” (“A la sombra del Corán”), que es una colección de interpretaciones absurdas e infundadas, del cual extrajo un resumen titulado “Ma´alim fi Tariq” (“Señales en el camino”), que conoció una extraordinaria difusión, donde subraya, entre otras cosas, que cada ser humano es califa, por tanto no debe aceptar más autoridad que la de su Señor interior y en conjunción con el resto de los musulmanes debe instaurar un “régimen islámico” igualitario o, lo que es lo mismo, socialista. En definitiva, propone una ruptura con la realidad islámica vigente (a la que acusa de estar perdida en la ignorancia y en la barbarie, yahiliyya), para poder reorientarla luego hacia las enseñanzas tradicionales, pero sin aclarar de manera explícita cómo debía llevarse a cabo.
Aunque su principal referente teórico era el disidente de orientación hanbali Ibn Taymiyya (del s. XIV), la mayor influencia en su cosmovisión política-religiosa la adoptó de Al-Mawdudi, postulando como él que la amenaza al Islam no viene “desde fuera” sino “desde dentro”, a cargo de los gobernantes musulmanes que toleran una “liberalización” de los hábitos y normas sociales islámicas. En 1966 fue condenado a muerte y ejecutado en la horca por el régimen nasseriano. Sin embargo, su muerte no pudo impedir que su ideología tuviera una gran influencia entre los jóvenes de los movimientos de renacimiento islámico de todo el mundo. Basta citar a dos grupos terroristas egipcios que recogen su herencia: Gamaa Islamiyya y Al-Yihad. Este último fue el responsable del asesinato en 1981 del presidente egipcio Sadat.

Otros reformistas

Rifa´a al-Tahtawi (1801-1873). Pensador político, economista y erudito egipcio de la escuela shafi´i de finales del siglo XIX. Considerado como el principal artífice de la construcción del edificio intelectual que más tarde se conoció como “Renacimiento” (Nahda) árabe, abriendo la vía que decenas de intelectuales emprendieron después de él. Tras una estancia en París de cinco años (1826-1831), donde fue enviado por el Pachá de Egipto, Muhammad Ali, con el cargo de imam al frente de una delegación de veinticinco jóvenes eruditos, y con la misión de descubrir los secretos de la superioridad técnica y científica de Occidente, concluyó —una vez absorbidas las influencias de las ideas de la Revolución francesa y de los saint-simonistas— que la síntesis entre Islam y progreso era posible. A su vuelta a Egipto, publicó el relato de dicho viaje, donde apuntaba los temas esenciales del renacimiento del dinamismo cultural árabe, e impulsó la traducción al árabe de numerosas obras de la Ilustración sobre ciencias, filosofía y derecho, así como la traducción del texto completo de la Constitución francesa, introduciendo en la cultura árabe la noción de patria referida a Egipto, así como el concepto de necesaria igualdad entre musulmanes y no musulmanes en la misma sociedad.
Sus observaciones sobre la Constitución, el régimen parlamentario y los fundamentos de la justicia y la libertad en que se apoya dicho régimen, son importantes. Empieza por presentar la Constitución francesa, a la que llama “sharta”, no por trasliteración de la palabra francesa “charte”, sino por transposición de la palabra empleada por los turcos cuando hablaban de la Constitución promulgada en 1876, por imposición de su visir, el masón Midhat Pachá. Los turcos llamaban a esa Constitución “mashruta” y “mashrutiya”, dos palabras derivadas de “shart”, término jurídico que significa la observación por una parte contratante de las condiciones (“shart”) estipuladas por la otra parte. Al-Tahtawi aseguraba que “cuando gobernantes y gobernados siguen este camino [el trazado por las disposiciones de la Constitución], el país prospera, los conocimientos se desarrollan, las riquezas se acumulan y los corazones se apacigüan”. Con esta fórmula, y aun sin referirse en ningún momento al carácter laico del régimen francés, estaba insinuando subliminalmente que sólo la separación de la religión y el Estado puede preconizar la justicia que garantice el bien de todos. A renglón seguido, dio al término “milla”, que denota la pertenencia a una religión, como la de la pertenencia a una nación, a una patria, siendo precursor en el mundo islámico de una definición de nación que no incluye la de religión. Una distinción netamente masónica, según la cual el vínculo nacional es de índole general mientras que el de la religión es de índole particular. Lo religioso entra así en lo nacional, haciéndose parte, no decisiva, sino integrante.
Esta ruptura, esta separación entre lo político y lo religioso, preconizada por Al-Tahtawi (cuyo sistema conceptual fue seguido muy pronto por otros liberales árabes), echó raíces a medida que se formó la sociedad islámica burguesa en perfecta simbiosis con la evolución de las ciencias modernas, contraviniendo el concepto islámico de comunidad política basado en la religión. No les bastaba con que ser musulmán fuera condición suficiente y necesaria de plena ciudadanía, sino que había que distinguir entre la comunidad religiosa y política. De esta manera podía establecerse el Estado constitucional, a modo de república democrática que practique una división de poderes, un sistema parlamentario multipartidista y unas elecciones libres del Emir y del Consejo consultivo. El Estado como el eje de la comunidad política y depósito de la lealtad de los ciudadanos. Dicho en otras palabras, podía establecerse la pantalla para la creación de una clase privilegiada fuera de la comunidad política y por encima de ella, una clase cuya lealtad se debe siempre a poderes extranjeros, no al estado.
No es extraño, a este respecto, que el intelectual judío-francés Guy Sorman —defensor y pensador del liberalismo— designe a los musulmanes progresistas de todo el mundo como “Los niños de Rifa´a, musulmanes y modernos” (título de una de sus obras, publicada por Fayard), subrayando que en Francia los musulmanes están afectados por la laicización de la sociedad, por lo que propone la creación en París de un Instituto de Estudios Islámicos que forme a los imanes y a los islamólogos franceces.

Khayr al-Din al-Tunisi (1810/1820?-1879). Pasó la mayor parte de su vida al servicio del bey de Túnez, intentando reformar el gobierno, la educación y la economía. En 1867 publicó un manifiesto ignominioso titulado “Aqwan al-Masalik fi Ma´rifat Ahwal al-Mamalik” (“El camino más seguro al conocimiento, acerca de las condiciones de los países”), donde exalta las cuestiones de la superioridad europea, convencido de que el mundo musulmán debe adoptar abiertamente los caminos y las innovaciones de Europa, siguiendo el modelo del reformismo otomano de los Tanzimat, netamente masónico. No en vano, acabó su carrera como visir en Estambul.
El razonamiento de Al-Tunisi, como el de casi todos los reformistas, se basaba en que si el progreso de Europa se debía a que tomaron prestado de los musulmanes sus grandes avances en filosofía, matemáticas, y otras ciencias, ahora era el turno de los musulmanes, los cuales debían tomar en préstamo las utilidades de otros.

Sir Sayyid Ahmad Khan (1817-1898) Desde muy temprano, contrariando los deseos de su familia, trabajó para la empresa británica East Indian Company, siendo además, desde 1841, juez en un tribunal británico. A partir del motín indio de 1857-1858, del cual escribió un libro, y en el que él permaneció fiel instrumento de los británicos, intentó lograr dos objetivos: convencer, por una parte, a los británicos de que los musulmanes de India eran sujetos leales y útiles (llegando incluso a propugnar que el estado de India, ocupado y gobernado por los británicos, era un Dar al-Islam, cuando en todo caso era un Dar al-Harb); e impulsar, por otra parte, a los musulmanes a que adoptaran los caminos modernos occidentales. Para lograr este último objetivo rechazó el taqlid (imitación de las decisiones resueltas de antemano por los teólogos), a favor del ijtihad independiente sobre la base exclusiva de una exégesis racionalista del Noble Corán y en el rechazo de la mayor parte de los hadices de la Sunna, en una manera que evocaba a la teología protestante basada en la Biblia como “sola scriptura”. Hasta el punto de pedir a los musulmanes de su tiempo no participar en la política a no ser que consiguieran adoptar la educación moderna y saber el sistema de la política occidental, animando a abandonar la cultura islámica y sus dos principales pilares lingüísticos: el persa y el árabe, persuadiendo, por el contrario, a estudiar inglés. Finalmente, emprendió la escritura en urdu —el nuevo idioma de los musulmanes de la India, el cual reemplazó al persa y al árabe bajo el padrinazgo británico— de un comentario contra la Biblia que no completó antes de su muerte, en el que intentó demostrar que el Islam es la religión más cercana al cristianismo.
Era tal la admiración por los logros británicos, que instituyó en 1864 la Scientific Society, según el modelo de la Royal Society (Academia de Ciencias de Inglaterra), nacida del Invisible College (institución rosacruz), del que formaba parte el inventor del planetarium, John Theophilus Desaguliers, uno de los fundadores de la Gran Logia de Londres y divulgador de las teorías de Newton. Ese mismo año, Ahmad Khan fue elegido fellow del Royal Asiatic Society de Gran Bretaña. Más tarde hizo un viaje a este país (1869-1870), a partir del cual se implicó en la traducción al urdu de numerosos libros ingleses y en el establecimiento de escuelas —según el modelo de internados— para encauzar sus ideas reformistas, siendo el College Muhammadan Anglo-Oriental —creado en Aligarh en 1875— su principal empresa educativa, considerado como un centro del pensamiento nacionalista musulmán, sobre el cual se constituiría luego la Aligarh Muslim University, todavía vigente. Basta un solo dato para comprobar lo reformista que podía ser dicho College: allí entre 1907 y 1914 un judío alemán, Josef Horovitz —hijo de un prominente rabino ortodoxo—, fue el encargado de enseñar la lengua árabe.
Sayyid Ahmad Khan fue armado caballero británico en 1888. Estas palabras suyas resumen todo su ideario político: “somos súbditos leales y respetuosos del gobierno británico. Y no somos súbditos del sultán Abdal Hamid”.

Alí Abdal Raziq (1888-1966), egipcio, contemporáneo de Hasan Al-Banna, conocido como precursor de la corriente crítica, destacado partidario de la separación entre lo temporal y lo espiritual en Islam. Tras ser universitario de Al-Azhar y completar su formación en Oxford, en 1925 —siendo ya ulema en Al-Azhar—, publicó su obra capital: “Al- Islam wa-usúl al-Hukum” (“El Islam y los fundamentos del poder”), en el que reconsideraba los fundamentos de la cuestión del Califato, llegando a la conclusión de que era algo obsoleto, intentando demostrar que el poder temporal en la historia de las sociedades musulmanas no está necesariamente vinculado al poder espiritual, por tanto era necesario separar los ámbitos de lo religioso y de lo político, relegando el Islam a la esfera privada, limitada en la enseñanza y excluida de la esfera del poder. En suma, puso en cuestión —ofreciendo una lectura distinta a la experiencia de Medina— el hecho de que el Profeta (que Allah le conceda Su gracia y paz) había instaurado un sistema en el que la política se practicaría dentro de la religión, que sus sucesores no harían más que reproducir fielmente. En definitiva, trata de demostrar que el orden político islámico era una construcción de los musulmanes, no una obligación religiosa, llegando incluso a afirmar (por influencia del conocido orientalista británico Sir Thomas Arnold –1864-1930) que ni en el Noble Corán ni en la Sunna se encuentran alguna cita referente a la figura del Califa. Es más, partiendo de la base del ayat 59 del Sura An-Nisá (de las Mujeres) del Noble Corán, que dice: “¡Vosotros que creéis! Obedeced a Allah, obedeced al Mensajero y a aquellos de vosotros que tengan autoridad!”, Abdal Raziq afirmó que la frase “aquellos de vosotros que tengan autoridad” no hace referencia al Califa, ni a unos gobernantes temporales. Esta afirmación lleva su carga de profundidad, porque en el fondo lo que afirmaba es que tras la muerte del Profeta (que Allah le conceda Su gracia y paz) no se puede hablar propiamente de autoridad religiosa y que por tanto todas serían temporales, simplemente políticas. La influencia de Sir Thomas Arnold era evidente. Curiosamente, el mismo año en que Abdal Raziq publicaba su libro, este orientalista cafre (kafir) publicó un libro titulado “El Califato”, donde a grandes rasgos argumenta que dicho ayat coránico que ordena la obediencia a un Califa no establece la obligación de designar un Califa. Muy oportunamente un año después de que el Califato otomano fuese destruido
Alí Abdal Raziq tuvo numerosos herederos, como el sudanés Mohamed Mahmud Taha (fundador y animador del círculo de los “Hermanos republicanos”, promotor de la lectura liberal del Noble Corán, que fue condenado a muerte y ejecutado en 1985 bajo el régimen del presidente Yaffar al-Numeiry, siendo ministro de Justicia el ideólogo Hasan al-Turabi, líder de la rama sudanesa de los Hermanos Musulmanes); los tunecinos Mohammed Talbi, Abdelmajid y Mohammed Charfi; el paquistaní Fazlur Rahman; y el iraní Abdul Karim Soruch. Otro de sus propagandistas actuales es el marroquí Abdu Filali-Ansary, quien llega incluso a identificar la obra capital de Abdal Raziq con el “Discurso del método” de René Descartes, porque “gracias a él se ha conseguido introducir la crítica histórica en el campo cultural árabe y se ha aplicado la vía científica a las cosas sagradas”.

Abdal Rahman al-Kawakibi (1854-1902). Intelectual sirio fundador del periódico Al-Shahba, donde su tema principal se centraba en la importancia de los árabes para recuperar el Califato de los turcos, pidiendo la demarcación administrativa entre los turcos y los árabes como un paso previo hacia la eventual independencia árabe. Por tal motivo, se le considera uno de los más importantes pensadores del movimiento árabe de liberación. Sus ideas influyeron en la creación en Damasco en 1906 de la Jam´iyyah Watan (“Sociedad de la Madre Patria”), entre cuyos primeros fundadores estaba, nada y nada menos, que Mustafa Kemal “Ataturk”.
Encarcelado, y obligado a marcharse a Egipto, Al-Kawakibi siguió oponiéndose al Califato, intentando mostrar cómo los árabes habían sido tratados mal por el despotismo otomano, por lo que era su hora para facilitar el progreso del Islam. Y lo hacía a través de los periódicos locales (fundamentalmente en Al.Manar, de Rashid Rida), recomendando incluso la instalación de un Califato árabe en La Meca. Su libro “Tabai´u al istibdad” (“Características del despotismo”) es una adaptación al mundo islámico del libro “Della Tirannide” del masón italiano Vittorio Alfieri (1749-1803). Finalmente Al-Kawakibi fue envenenado por agentes turcos.

Muhammad Iqbal (1873/1875?-1938), nombrado Sir inglés en 1922, se formó en Oxford, Heidelberg y Munich; admirador, por un lado, de Hegel, Nietzsche y Bergson, y, por otro, de los mu´tazili, hasta intentar realizar la síntesis del socialismo con el Islam, que dejó plasmada en su principal obra “Reconstrucción del pensamiento religioso del Islam”(1934), donde —rizando el rizo— trata de “redescubrir” principios y valores islámicos que ofrezcan la base para versiones islámicas de conceptos e instituciones como democracia y régimen parlamentario.
Curiosamente, M. Iqbal hizo estudios de posgrado en Lahore con Sir Thomas Arnold, el eminente orientalista británico anteriormente citado, que se convirtió en su mentor y guía en el estudio de los clásicos del pensamiento occidental, y quien lo alentó a ir a Europa. Pues bien, S. T. Arnold era miembro de la junta de gobierno de la mezquita Woking Muslim Mission (Surrey, England), el centro más grande de propaganda ahmadiyya en Gran Bretaña, fundada por el paquistaní Khawaja Kamal ud-Din (discípulo aventajado de Mirza Ghulam Ahmad, fundador de la Ahmadiyya), quien a su vez fue fundador, junto al orientalista judío-húngaro Gottlieb Wilhelm Leitner, del Oriental Institute, situado también en Surrey.
En 1914 termina una de sus obras más destacadas, el poema épico “Asrar-i Khudi”, escrito bajo la influencia de la Divina Comedia, donde el poeta, acompañado por Rumi —igual que Dante lo es por Virgilio—, se encuentra con diferentes personajes históricos, desde Buda, Zoroastro, Cristo y Muhammad (que Allah le conceda Su gracia y paz), hasta Jamal Al-Din Al-Afghani y Halim Pachá, las grandes figuras políticas de la masonería en el mundo islámico en el siglo XIX. Por boca de este último, M. Iqbal nos dice que la salvación de la humanidad se encuentra en la síntesis de Oriente y Occidente.
En 1930, M. Iqbal, viendo en “la forma republicana de gobierno en completo acuerdo con el espíritu islámico”, pronunció el famoso discurso donde propuso la creación de un estado musulmán independiente en las provincias nor-occidentales de mayoría musulmana, argumentando que el futuro de un estado independiente musulmán se elevaría o caería según el grado en el que los musulmanes fueran capaces de modernizar el Islam. Inicialmente apoyó la unidad indio-musulmana en el marco de un único Estado indio, aunque más adelante abogó por la independencia paquistaní. Ese mismo año fue presidente de la Liga Musulmana, aunque nunca adoptó el papel de dirigente político, sino más bien el de ideólogo, viendo en el chiíta Muhammad Ali Jinnah al líder capaz de ejecutar sus ideas. Finalmente, no llegó a ver la creación de un Pakistán independiente en 1947, pero se le considera el padre ideológico de la nación, mientras que Jinnah, que siempre fue un admirador de los británicos, es considerado el padre fundador. No en vano, fue su primer presidente. A su muerte acaecida en 1948, le sucedió Ayyub Khan, masón, y a partir de éste todo ha sido una sucesión de agentes británicos en la dirección del país, unas veces de afiliación ahmadí, otras de la Jama´at-i-Islami.
La promesa de un estado como Paquistán para Jinnah se ponía, no en su potencial religioso, sino en el hecho de que serviría como arena política en la que las aspiraciones de un musulmán no estarían limitadas por su identidad. Un ideal secular que no supo mantener, ya que pronto comenzó la lucha separatista, apelándose a símbolos islámicos para movilizar el apoyo público, a fin de abrir la puerta al nuevo estado de Pakistán. Un estado que no estuvo basado, pues, en el ideal de unidad musulmana, sino sobre una interpretación particular de Islam que acentuó la importancia de la educación moderna que conduce a un individuo a convertirse en ciudadano moderno, con capacidad para el razonamiento independiente acerca de asuntos religiosos (ijtihad). En esta ideología nacionalista, las prácticas particulares fueron rechazadas como tradicionales, como una vuelta atrás, algo sincrético, como un resto de influencia hindú o colonial, y, por lo tanto no bastante islámico.
Tanto Iqbal como Jinnah fueron en todo momento favorables al movimiento anti-islámico Ahmadiyya. Iqbal tuvo un encuentro con su fundador, Mirza Ghulam Ahmad, al que se refirió en 1900 como “probablemente el teólogo más profundo entre los musulmanes modernos indios”. En 1910 Iqbal llegó a describir la comunidad Ahmadiyya como “un modelo verdadero de vida islámica”. Más tarde, en 1932, escribió de los miembros del movimiento Lahore Ahmadiyya que eran “musulmanes que tienen el sentido del honor “. Sin embargo, durante sus cuatro últimos años de vida, Iqbal acabó denunciando a este movimiento y a su fundador, reconociendo que había derivado muy rápidamente hacia el judaísmo.

(Muhammad Asad)

Muhammad Asad (1900-1992). Nacido Leopold Weiss en el seno de una familia de origen judío-polaco, de larga trayectoria rabínica, tras recorrer la mayoría de los países musulmanes se hizo musulmán en 1926, siendo conocido en Israel como “Leopoldo de Arabia”. Tras una vida pendenciera por los cafés de Viena y abandonar los argumentos de los pioneros del psicoanálisis (Adler, Steckel y Gross) —que en un principio le cautivaron—, decide marcharse a Berlín, donde, tras un largo período de vagabundeo alrededor de dispares empleos (entre los que destacamos el de ayudante del director de cine F.W. Murnau), comenzó su carrera periodística.
Tras su estancia en Jerusalén en 1922, invitado por su tío Dorian Feigenbaum (uno de los primeros estudiantes de Sigmund Freud, que tenía una institución para enfermos mentales en dicha ciudad), Leopold Weiss comenzó a conocer de cerca el mundo árabe, así como las primeras empresas del movimiento sionista. Como corresponsal de un famoso diario de Frankfurt comenzó a viajar por todo el mundo islámico (Arabia, Siria, Turquía, Iraq, Irán, Afganistán, etc), consiguiendo además un contrato de la Academia de Geopolítica en Berlín para entregar una serie de conferencias. Sus escritos de entonces están plagados de comentarios críticos hacia el sionismo y elogios hacia el mundo árabe, tras conocer las verdaderas intenciones del sionismo por boca de su líder de entonces, Chaim Weizmann.
En 1925 viajó a Egipto para estudiar en Al-Azhar, donde entabló amistad con Mustafa al-Maraghi (heredero de la tradición reformista iniciada por su maestro Muhammad Abduh), quien más tarde sería nombrado Shaij al-Azhar, tras la determinación del líder del partido Wafd, el masón pro-británico Mustafa Nahhas Pasha (nombrado primer ministro de Egipto en varias ocasiones), llegando a ser tutor del rey Faruq, y estableciendo contactos oficiales entre los Hermanos Musulmanes y la institución de Al-Azhar. Entonces —como advierte Julián Díez, citando unas palabras de Leopold—, una última resistencia le impedía entregarse al Islam: “No me parecía deseable para un hombre inteligente conformar todo su pensamiento, toda su visión de la vida, a un sistema no desarrollado por él mismo. No podía creer que el Islam fuera un mensaje de Dios, sino que lo veía tan sólo como la sabiduría de un hombre único, pero al fin falible”. Sin embargo, en setiembre de 1926 se hizo musulmán en el seno de una comunidad musulmana de Berlín. Poco después dimitió del diario de Frankfurt y firmó con un diario de Zurich, otro de Amsterdam y otro de Colonia. De 1927 a 1932, Muhammad Asad estuvo en Arabia, donde estableció una gran amistad con el rey Abdul Aziz Ibn Saud, el fundador de la dinastía saudí, para el cual trabajó en misiones en Egipto y en Libia “como una especie de agente secreto, de hombre para todo capaz de pasar inadvertido en cualquier circunstancia, bien como occidental o como árabe” (Julián Díez), ayudándole a unificar casi toda Arabia bajo su mando. En Libia, concretamente, lo vemos entrevistándose (por petición de Sayyid Ahmad, el gran líder Sanusi que vivía entonces en Arabia, y del que se había hecho amigo cercano y admirador) con el viejo Omar Mukhtar (conocido como “el León del Desierto”), recomendándole —ante el persistente ataque del ejército italiano— que escapara a Egipto para reponer las fuerzas y poder volver más tarde, a lo que éste se negó, persistiendo en la resistencia contra la invasión italiana, hasta que fue capturado y ahorcado (16 de setiembre de 1931).
Luego, como por arte de birlibirloque, lo vemos en India, donde es persuadido por Muhammad Iqbal para auxiliarle en la creación de “las premisas intelectuales de un estado islámico contemporáneo”: Pakistán. Unas ideas que Asad definiría muchos años después en un libro, “Principles of State and Government in Islam” (“Principios del Estado y del gobierno en el Islam”, 1961), en el que insistía en que un estado islámico podía acoger instituciones democráticas como un parlamento o un Tribunal Supremo (según el modelo americano). Sin embargo, su primer libro de temática islámica, “Islam at the Crossroads” (“Islam en el Cruce de Caminos”), fue publicado en 1934, y era una especie de ruego a los musulmanes para que no aceptaran a ciegas las formas sociales y los procesos de pensamientos desarrollados en —lo que él denomina— “el mundo medieval musulmán”, incurriendo en las típicas digresiones de los orientalistas al considerar la principal etapa del Islam como una época oscurantista,
Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Asad fue internado por los británicos en un campo de detención, siendo liberado en 1945. Tras lograr Pakistán la independencia en 1947, es elegido para ocupar el departamento de Reconstrucción Islámica en Lahore, contribuyendo al debate sobre la Constitución islámica del nuevo estado. Luego pasó a ocuparse de la División del Medio Oriente en el ministerio de Asuntos Exteriores, y en 1952 fue enviado a Nueva York como ministro plenipotenciario de Pakistán en Naciones Unidas, donde conoció a Pola Hamida, una norteamericana de origen judío-polaco, convertida al Islam años antes, con la que se casó —tras divorciar a su anterior mujer—, lo que tuvo como consecuencia su salida de la delegación paquistaní de Naciones Unidas. Dato curioso es que durante esta estancia en Nueva York, el ministerio de Asuntos Exteriores de Israel —conociendo su origen judío— pensó reclutarlo como un espía.
De Nueva York, Asad se fue a Argelia y más tarde a la Universidad de Al-Azhar, donde se ganó una reputación como erudito. A partir de entonces fue abandonando la vida política —disgustado por la evolución de Pakistán y, en general, del mundo musulmán—, concentrándose en la escritura, obsesionado por el renacimiento del Islam. Durante ese tiempo estuvo relacionado con el Centro Islámico de Ginebra, dirigido por Said Ramadan, y vinculado a los Hermanos Musulmanes. En 1954 publica “The Road of Mecaa” (“El camino de Meca”). Pero como arma para el renacimiento del Islam, Asad se embarcó en el proyecto de una traducción del Noble Corán al inglés, tomado desde sus fuentes, según decía. El encargo fue originalmente realizado por Rabitat, con el apoyo moral y financiero de su secretario general, Shayj Muhammad Sarur as-Sabban, además del apoyo de una de las familias más poderosas de Kuwait, la familia Al-Shaya, vinculada desde sus inicios al negocio petrolífero. Una tarea que le llevó diecisiete años, ya que además de la traducción, ofrecía sus comentarios (tafsir) —más de tres mil notas—, plagados de errores y guiños modernistas bajo la influencia de Muhammad Abduh y Rashid Rida. El primer volumen se publicó en 1964, tras el cual Rabitat se desmarcó del proyecto por considerarlo demasiado polémico. No en vano, Asad solía decir que “la puerta del ijtihad siempre permanecerá abierta, porque nadie tiene la autoridad para cerrarla”. Sin embargo, con el apoyo de otros benefactores árabes, Asad siguió adelante con su trabajo, publicando la edición completa en 1980 en Gibraltar con el título de “The Message of the Qur´an” (“El Mensaje del Corán”), cuya distribución logró salir de la dificultad gracias al apoyo de Shayj Ahmad Zaki al-Yamani, el que fuera influyente ministro saudita del petróleo entre 1962 y 1986. Su versión al castellano ha sido editada y publicada por el servicio de publicaciones de Junta Islámica (que también anima en la red Webislam.com), presidida por el psiquiatra Mansur Escudero, quien dijo en su presentación a los medios de comunicación que este trabajo de Asad “hace una interpretación desde aquí y ahora” del Noble Corán. ¿En qué quedamos: desde aquí y ahora o desde sus fuentes? En esta observación hecha de pasada por Mansur Escudero —quien también reafirma el derecho a reinterpretar el Islam (ijtihad) a la luz de las exigencias de la vida moderna— encontramos la verdadera pista: las fuentes que tomó Asad para su traducción eran la fuentes masónicas de Abduh y Rida.
Muhammad Asad falleció en Mijas (Málaga) en 1992, donde había fijado su última residencia (tras pasar alrededor de veinte años en Marruecos), siendo enterrado en el cementerio musulmán de Granada. Ciertamente “su conversión al Islam —como advierte el historiador judío Martin Kramer, editor del Middle East Quarterly y director del Moshe Dayan Center for Middle Eastern and African Studies en la Universidad de Tel Aviv, quien ha tenido como mentor a Bernard Lewis— fue más allá de las típicas expresiones literarias de los estudiantes judíos de semíticas. Sin embargo, en su idealización de Islam, no se desmarcó del camino trazado por los viajeros románticos y los orientalistas.”

Movimientos que subvierten el ethos islámico

WAHHABISMO.

Resurgimiento neo-hanbali en el siglo XVIII (versión más reciente de la herejía jawarij), que —presentado como movimiento islámico reformista en la tradición de Ahmad Ibn Hanbal y de Ibn Taymiyya— no fue más que un eslabón con las agencias de inteligencia británicas para fracturar por vez primera la solidaridad del Califato otomano.
Debe su nombre a Muhammad Ibn Abdal Wahhab (1703-1787/1792 ?), y su expansión a partir del pacto político-militar que hizo en 1744 con Muhammad Ibn Saud, jefe de una pandilla de beduinos criminales cuya profesión era robar a los peregrinos y viajeros en el desierto de Najd. Este pacto (ba´ya) —refrendado con un acuerdo matrimonial entre la hija de aquel y el gobernante saudí, de cuyo fruto posterior nacería el futuro heredero: Abdal Aziz ibn Muhammad ibn Saud— supuso el inicio de una doctrina ideológica que se caracteriza por el retorno a un Islam de rigorismo moral e intransigencia doctrinal, así como por el rechazo del sufismo. La familia Saud, con la ayuda de los agentes británicos (entre los que cabe destacar a Abdullah Philby, asesor principal para asuntos exteriores) impuso su dominio sobre la península arábiga, creándose en 1932 el reino de Arabia Saudita en recompensa por los servicios prestados (integrándolo en el sistema capitalista de mercado, gracias al negocio petrolífero, y en el concierto político de las naciones), deviniendo el wahhabismo su doctrina de estado. Ibn Saud fue proclamado entonces líder político (emir) y Abdal Wahhab maestro espiritual (shayj), siendo una de sus primeras sentencias (fatwas) la de declarar a los musulmanes no wahhabis como “apóstatas” y “adoradores de ídolos”, permitiéndole a aquel legitimidad para perseguir y asesinar a gente inocente. Fue la primera vez en la historia que el concepto de yihad, debidamente deformado, fue proclamado contra los musulmanes.
El wahhabismo representó el primer sobresalto que sacudió al mundo árabe e islámico, el cual estaba –según sus defensores— en letargo, imponiendo entonces la racionalización creciente de la existencia. Por primera vez emergía sobre la escena un movimiento de reforma y de unificación cuyo objetivo principal era destruir la Umma Osmani, la comunidad de musulmanes que se agrupaba bajo el Califato otomano.
Dicha racionalización de la existencia hizo posible la autonomía de las distintas actividades humanas. La política y la economía comenzaron a separarse de la religión. Acontecimiento que se conoce como laicización, y que da paso inevitablemente a la aparición de la intelectualización de la existencia, la cual ya no se decide en el mundo histórico, sino en el plano ucrónico de los fines absolutos, donde la fe sustituye a la escatología.
El wahhabismo como política islámica intelectualizada con pretensiones de verdad que promete la emancipación de la Umma, derivó entonces en la utopía salafi, la cual para no condenarse a la impotencia, termina justificando la violencia (revestida de virtud), único medio válido, en estas condiciones, para quebrar la voluntad de los adversarios. En consecuencia, el éxito de esta falsa política ideológica es correlativo del auge de la violencia planificada y terrorista.
La situación espiritual del Islam de nuestro tiempo está marcada, sin duda, por ese giro intelectualista del wahhabismo que acabó sustituyendo la acción por el discurso y, finalmente, disolvió la continuidad de la realidad islámica en una suma de especialidades donde se pierde la conexión del todo y las partes.
Partiendo de la base que los británicos —expertos en despertar el cisma en todas sus colonias— han sido siempre los mayores enemigos del Islam, desde que dirigieron la mayor parte de sus complots contra el Califato otomano, y dando crédito al libro “Memorias de Hempher. Confesiones de un espía británico en Oriente Medio”(editado por Waqf Ikhlas de Estambul en 1995), los judíos y los masones de grados más altos encontraron y adiestraron a agentes nativos para lanzar actividades subversivas bajo la cubierta de sociedades secretas. El caso más notable fue Benjamín Disraeli, quien llegó a ser primer ministro de Gran Bretaña en 1877, verdadero coordinador de una extensa red de sociedades secretas y sus operaciones clandestinas en muchas partes del mundo, dentro y fuera del Califato otomano, con bases en Ginebra, París, Londres, Bruselas, y después de la ocupación británica de Egipto en 1882, en El Cairo. Una red de agentes británicos, en apariencia cónsules, viajeros, comerciantes y arqueólogos que trabajaban para el ejército, el Almirantazgo, el Ministerio de Exteriores, la East Indian Company o simplemente el servicio de inteligencia, que era supervisada desde el Ministerio de la Commonwealth (Mancomunidad de Naciones). Sus objetivos eran influir en caciques, tribus, diseñar falsificaciones, introducir sórdidos proyectos y discusiones, así como menospreciar a los rusos y a los franceses, a fin de proteger el Imperio.
Pues bien, uno de estos agentes, llamado Mudhakkirat Hempher, parece ser la persona que encontró y adiestró a Muhammmad Ibn Abdal Wahhab. Abdal Wahhab era un sunnita de apariencia, definido por Hempher como una persona arrogante, engreída, grosera y muy nerviosa, hostil al Califa en Estambul, y contrario a seguir uno de los madhhabs; un tipo que despreciaba a los cuatro Califas Rashidun (bien guiados, a saber: Abu Bakr, Umar, Uthman y Ali, que Allah esté complacidos con ellos) y que pensaba que la mitad del libro de hadices de Bujari era incorrecto. Además había que añadir una hostilidad sistemática contra el tasawwuf (sufismo). No en vano, todas las sectas islámicas fundadas y patrocinadas por los británicos incorporan esta hostilidad al sufismo. Ya lo dijo magistralmente Ayub Sabri Pasha (contralmirante en la época del Sultán Abdel Hamid II): los wahhabis, “que se consideran a sí mismos muwahhidun (unitarios), no son más que otro grupo de los que, bajo la máscara de tawhid, pretenden destruir a la gente del tawhid y reformar el mismo Islam”.
Hempher, mostrando siempre una clara tendencia chiíta (no en vano, los chiítas siempre se mostraron sumamente hostiles hacia el Califato otomano), lanzó una campaña de elogios de Abal Wahhab por todas partes. Éste seguía el camino que aquel había dibujado para él, impregnándolo “de los sentimientos de independencia, libertad y escepticismo”, con el objetivo de que estableciera una secta nueva, algo diferente a los sunnitas y a los chiítas, que destruyera el Islam desde dentro. Hempher se consideraba así mismo como “el compositor de los principios de esta nueva secta”, que fue anunciada como tal en 1738.
Desde entonces, los seguidores de esta secta herética intentan hacer creer a los musulmanes y a los no musulmanes que ellos son los verdaderos musulmanes. Para tal fin —como ya se ha dicho— crearon en 1962 el centro islámico de Rabitat al-´Alam al-Islami (o Liga Islámica Mundial) en Meca —con fondos de la Aramco, compañía de petróleo saudí, y de las Bancas Faysal Finance y El-Baraka—, desde donde se calumnia los escritos de los ulamas de Ahl us-Sunnah y se extienden los dogmas wahhabis por todo el mundo, al mismo tiempo que producen gruesos manuales de “economía política islámica”, donde se trata de legitimar “islámicamente” las propuestas del capitalismo más tosco.

ISMAELISMO.

Uno de los muchos avatares del chiísmo. Los ismaelitas se escindieron del Islam chiíta porque tenían otra interpretación sobre la sucesión de los antepasados de los imanes. Constituida en sociedad secreta, deben su nombre al Imam Ismail ibn-Giafar (m. 762), según ellos el último de los “imanes visibles” descendientes de Fátima y de Saydina ´Alí (que Allah ennoblezca sus rostros). Herética desde sus inicios, conoció una reforma a partir de Hassam Ibn Sabbah (m. 1124), conocido como “el Señor de la Montaña”, quien organizó una auténtica Orden de Caballería que en el siglo XII constituyó un poderoso enemigo de los cruzados de la cristiandad, alrededor de la cual se ha forjado todo un mito negativo. No podía ser de otra manera, dado que todas las referencias a estos ismaelíes provienen (desde finales del siglo XII hasta nuestros días) de autores no musulmanes.
Es más, hay quienes al intentar analizar “la situación histórica que ha llevado a calificar el término terrorismo con el adjetivo de islámico”, aluden a la secta ismaelita como primer precedente en la genealogía del terrorismo islámico. Así, en general, cuando en realidad están refiriéndose a una rama o desviación de ésta, la de los “Assacine”, fundada por Hassam Ibn Sabbah, el “señor [que no “viejo”] de la montaña”, conocida aquí como la de los “Asesinos”, cuando el nombre deriva en realidad de “assacine”, plural de “assas”, “guardián”, porque ellos tenían como objetivo la protección y custodia de la Montaña de Alamut, el eje de su mundo espiritual; en lugar de la corriente y vulgar de “assassins”, asesinos, en francés, o la más rebuscada de “hashishíes” o “comedores de hashish”, tal y como han difundido multitud de orientalistas, arabistas e islamólogos, así como otros intelectuales e incluso, numerosos novelistas, con el fin de crear una leyenda negra, a base de calumnias. Cuando en verdad se trató entonces de una verdadera caballería musulmana, una auténtica Orden de Caballería, depositaria de unas doctrinas gnósticas profundas, que conoció —como todo en este mundo— el deterioro de la corrupción y la decadencia. El actual decano de todos estos prebostes, y primero en hacer esta analogía entre terrorismo e ismaelismo, es el judío Bernard Lewis, quien tiene un libro titulado precisamente “Los asesinos, una secta islámica radical”. Tras él, vinieron multitud de intelectuales y novelistas (curiosamente, de origen judío en su mayoría) para crear esa leyenda negra. Pero lo más sorprendente es ver a algunos musulmanes seguir esta misma analogía, como si se tratara de una analogía universal. Veamos dos ejemplos: tales los casos del escritor tunecino Abdelwahab Meddeb, que lo trata en su libro La enfermedad del Islam, sobre el que hablaremos más adelante; o el caso del maestro sufi Shayj Abdalqadir as-Sufi al-Murabit (converso escocés, de nombre Ian Dallas), en algunos panfletos no venales editados por sus seguidores, en los que demuestra estar a remolque de los análisis de Bernard Lewis, sin citarlo nunca por su nombre. Además, resulta curioso comprobar en A. Meddeb y Abdalqadir as-Sufi, salvando las distancias, las mismas convergencias al tratar el tema del actual “terrorismo islámico”, apelando ambos, no sólo a la secta ismaelita, sino al nihilismo dostoievskiano. Algo que ha tratado, por cierto, antes que ellos, el filósofo judío-francés André Glucksman en un libro titulado “Dostoievsky en Manhattan”, respecto a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Efectivamente, extrañas convergencias, máxime cuando sabemos —y así lo advierte el mismo A. Meddeb— que un artículo de Bernard Lewis sirvió de inspiración a la famosa teoría del “choque de civilizaciones” del también judío Samuel Hungtinton. “Así pues, el mismo que había acotado la referencia ismaelí para atribuir una génesis específica al terrorismo islamista está en el origen de la identificación del Islam como enemigo número uno de Occidente en ese escenario originado por el choque de civilizaciones”, llegando incluso a dotar de un imperativo moral a la nueva doctrina imperialista americana (léase su última obra: “¿Qué ha fallado? El impacto de Occidente y la respuesta de Oriente Medio”). Un tema interesante —el de estas convergencias judeo-islámicas— que abordaremos en otra ocasión.
Mientras tanto, el ismaelismo aparece bastante extendido hoy por el mundo islámico (alrededor de quince millones, divididos en cientos de facciones), sobre todo en la India, Pakistán y algunos países de Africa, a pesar de las pocas simpatías de que goza entre los sunnitas y chiítas, adquiriendo notable relieve a partir de la crisis experimentada por el califato turco en 1924, y teniendo un buen negocio con las agencias encubiertas de Estados Unidos y Gran Bretaña, actuando como agentes provocadores. Su actual cabeza visible es Karim Aga Khan IV, masón con nacionalidad suiza, un astuto hombre de negocios, dueño de una de las fortunas mayores del planeta en volumen de negocios y obras de arte y que preside un entramado de organizaciones financieras (Word of Bank) y fundaciones (FAK) con sede en Ginebra (Suiza), dirigidas por sus parientes y a través de las cuales operan en la comunidades ismaelitas y en los países donde está implantada la secta, sobre todo en Afganistán, Siria, Irán, África Oriental, Pakistán e India, etc. A través de la Fundación FAK (fundada en 1967), Karim Aga Khan colabora activamente en el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, sin perder nunca la perspectiva de sus múltiples negocios e inversiones, sobre todo en proyectos arquitectónicos, urbanísticos y turísticos repartidos por todo el mundo, apareciendo los Rothschild y otras oligarquías judías como socios. Su padre, el playboy Ali Khan, activo agente de los británicos, llegó a ser embajador de Pakistán en la ONU, y su abuelo, Aga Khan III, masón también y paladín del Imperio británico, al que sirvió en misiones de espionaje y rebeliones armadas insurgentes contra el Califato Otomano, tuvo relaciones y conexiones con judíos sionistas, con los que compartió esfuerzos en la causa del establecimiento del Estado de Israel. Fue el creador de la Liga pan-musulmana de la India y llegó a ser presidente de la Sociedad de Naciones.
Entre otros muchos familiares, cabe destacar a su tío (fallecido el 12 de mayo de 2003), Sadrudin Aga Khan, quien —aparte de dirigir la Fundación de Bellerive, dedicada a cuestiones ecológicas— ha trabajado sucesivamente en la UNESCO, siendo responsable del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), entre 1965 y 1977, donde se destacó por supervisar el éxodo masivo de los refugiados de la guerra del Pakistán oriental, actual Bangladesh, así como por fortalecer las relaciones de la organización con los gobiernos africanos, ayudando a mejorar la cooperación entre agencias dentro de las Naciones Unidas para enfrentar los problemas de los desplazamientos masivos en Africa al sur del Sahara y en Asia, siendo encargado especial del secretario general de Naciones Unidas y tomando parte en la Comisión de Derechos Humanos. En suma, todo un siniestro personaje, garante de la esclavitud institucionalizada, vigilada y no liberada por ACNUR, siempre al servicio de los planes imperialistas en todos los rincones de Africa y de Asia obstinadamente islámicos.
En consecuencia, el ismaelismo está considerado hoy como una facción “progresista” del Islam, la más favorable y propicia a la globalización neoliberal. El carácter jerárquico y la formación diplomática y financiera de sus dirigentes ha permitido secularizar o sacralizar determinados preceptos religiosos del Islam “adaptándolos” para sus fines económicos y políticos.

JAMA´AT AL-TABLIGH

(“Sociedad para la Propagación del Islam”), fue fundada en 1927 por Muhammad Ilyás (1885-1944), nacido en el seno de una familia vinculada a la tariqa Chisthi, con antecedentes académicos Dehobandi, y muy influenciado por la escuela wahhabi. Insatisfecho con enseñar el Noble Corán en una madrasa, prefirió dedicarse a la recuperación de aquellos que andaban alejados del Din del Islam. En 1937 se entrevistó con Ibn Saud, de quien no obtuvo apoyo, llevando su acción sólo entre musulmanes, dedicada a la propaganda y con una orientación salafi moderada, que pretendía ser apolítica. De hecho, sus líderes alientan a sus miembros a “ser buenos ciudadanos”, y evitar discusiones políticas, propagando un Islam puritano, pietista (según técnicas bien conocidas por los protestantes), descargado de la verdadera autoridad de los ulamas tradicionales y purgado del conocimiento del sufismo (al que se oponen, vituperando como idólatras a los seguidores de las tariqas), de manera que la preocupación de los Tabligh parece ser exclusivamente el aspecto externo, regulando su conducta en base a una imitación paranoica (según ellos, escrupulosa) de la Sunna, destacando sobre todo en la imposición del código de vestuario islámico.
Pese a todo, y dado que Ilyas consideró a los británicos como los opositores principales de Islam y se resintió contra todo lo conectado con ellos en India, Jama´at al-Tabligh ha sido descrito como una organización revanchista, implicando así que se trata de una organización extremista muy motivada políticamente y muy extendida en todo el mundo. Por ejemplo, su alianza con los talibanes en Afganistán, en todo momento supervisada por los servicios de inteligencia paquistaníes (ISI), muestra que no se trata de una organización apolítica e inofensiva. Por otra parte, su influencia en el Magreb (pese a estar ilegalizada en Marruecos desde 1972) es más importante que la de los Hermanos Musulmanes.
Como movimiento que responde a una demanda de carácter puramente social, brindando espacios protegidos a gente desarraigada, a alcohólicos, drogadictos o delincuentes, los Tabligh siempre se han beneficiado de la tolerancia de los estados, al contrario que los musulmanes activistas, hasta el punto de que —como refiere Gilles Kepel— “los mismos estados que, a principios de los setenta, habían favorecido el auge islamista para eliminar a la izquierda de los campus, intentaban, diez años más tarde, impulsar las asociaciones pietistas para neutralizar la influencia islamista”. En otras palabras, la Jama´at al-Tabligh sirve de contrapeso a la transformación islámica del mundo musulmán, siendo sus seguidores los instrumentos para romper la influencia de los verdaderos movimientos islámicos, convirtiéndose en el partido de los vecinos, de la familia y de los trabajadores, involucrados alrededor de la mezquita, el trabajo y el barrio.
En definitiva, puede considerarse a la Jama´at al-Tabligh como una vertiente de la globalización de la solidaridad, pero en el mundo islámico, que —al igual que las ONG— jamás cuestionan el fundamento político de la globalización: la esclavitud económica al sistema usurero, apuntando tan sólo a modificar, hasta cierto punto, las políticas sociales, para moderar su impacto destructivo sobre la gente, pero, insistimos, sin cuestionar la transferencia de las decisiones políticas (y la elaboración de esas políticas) a las instituciones y organismos financieros. En este sentido, la Jama´at al-Tabligh —en tanto parte de la globalización de la solidaridad— contribuye a consolidar y ayudar, por hacerlo más estable y tolerable, al modelo mundialista judeo-cristiano.

AHMEDIYYA-QADIANI.

Otro invento de la conexión británica-judía, nacido en 1879 en el ámbito de los ismaelitas de la India, con el masón Mirza Ghulam Ahmad Qadiani (1830-1897) como fundador, quien para hacer sitio a sus reclamaciones heréticas se creyó el Mesías Prometido, lanzando profecías de todo tipo a diestro y siniestro, cuando no hizo otra cosa en su vida que servir, como títere esperpéntico, a los intereses políticos del colonialismo británico y perpetuar su gobierno en India, proporcionando el apoyo discreto con el movimiento judío militante nacionalista, que tomó forma a finales del siglo XIX bajo el nombre de sionismo.
Simultáneamente al movimiento de la New Age orquestado por los círculos masónicos (como la Sociedad Teosófica, fundada por Helena Blavatsky), que tenía como objetivo que las sociedades cristianas se prepararan para aceptar a Maitreya (el Mesías para los judíos, Cristo para los cristianos, Buda para los budistas, el Imam Mahdi para los Musulmanes, el Krishna de los hindúes; y que, traducido realmente, quiere decir la aceptación del Nuevo Orden Financiero Mundial), el movimiento Ahmadiyya encajaba perfectamente para preparar al mundo islámico para la aceptación del mismo principio. Para ello, se siguió la estrategia habitual: un grupo toma un soporte extremo, mientras que otro grupo hace lo propio con un soporte moderado. En este caso, el grupo Qadiani y el grupo Lahore, respectivamente. Creada la hendidura como vehículo para obligar a un cambio, todos los intentos posteriores de reconciliación llevan a un compromiso: hacer aceptable la doctrina Ahmadiyya.
Con el paso del tiempo el grupo Qadiani fue convertido en el brazo religioso del departamento de inteligencia británico. Bajo la cobertura de misioneros religiosos, los ahmadíes o qadianis fueron plantados en tierras árabes para realizar los trabajos políticos de acuerdo con las misiones diplomáticas británicas, encargándose de crear el malestar interno y la desintegración en los pueblos musulmanes del Asia Central, con el objetivo de contrarrestar los afanes expansionistas de Rusia.
Los ahmadíes persiguen la creación de un Estado independiente, al estilo del Vaticano, en la ciudad de Qadian, áreas adyacentes y la región de Cachemira —donde está enterrado Ghulam Ahmad—, para lo cual cuentan con el apoyo y la ayuda de India, Israel, y el mundo cristiano.
De las principales creencias que caracterizan a la Ahmadiyya —compartida por la Jamiat al-Tabliqh—, la más importante es la abolición del Yihad, lo que muestra el carácter político del movimiento, que jamás mostró compasión por los musulmanes de Turquía, Sudán, Afganistán o cualquier otro país islámico, cuando eran asesinados por los soldados británicos durante la ocupación de sus tierras. De hecho, Mirza Ghulam Ahmad condenó al Sultán Abdel Hamid II y su Califato, y predicó el sometimiento a la Reina Victoria y la necesidad del proyecto británico de crear un imperio mundial que unificara a todos los seres humanos. La propaganda contra el Califato otomano por los Qadianis fue muy intensa durante esos años, hasta el extremo de ser uno de los factores responsables de la desmembración del Califato.
Hoy por hoy, es en Oxford (Surrey, Reino Unido) donde se encuentra la oficina central de la Ahmadiyya, cuya influencia sobre la administración y las fuerzas armadas de Paquistán y su política es total. No en vano, el actual primer ministro paquistaní, el general Pervez Musharraf, es de familia qadiani.

BAHA´I.

Otro artefacto político de la masonería y de sociedades secretas judías, nacida en el ámbito chiíta de Irán, cuyo universalismo religioso y cultural se declaró abiertamente contra el Islam. De hecho, trabajaron —con el mismo tesón que los Ahmadiyya— para la caída del Califato Otomano; predijeron el establecimiento de un estado judío en Palestina y establecieron devotas y celosas relaciones con los sionistas.
Básicamente se trata de una creencia que acentúa la unidad de todas las religiones, que promueve la igualdad de hombres y mujeres, la armonía de la ciencia y la religión, la adopción de una lengua universal auxiliar, y el establecimiento de la paz mantenida por el gobierno mundial. En consecuencia, una creencia que está en la agenda de la masonería, representando una ideología cosmopolita, una tentativa de aceptar culturalmente el capitalismo moderno y su tecnología, por lo tanto, el sistema económico y político basado en la usura.
Originaria de Persia, fue fundada en 1844 por un tal Ali Muhammad Shirazi (1819-1850), al que llamaron “Bab” o la Puerta, quien reclamaba ser la vuelta del Duodécimo Imán. Dijo que un gran profeta vendría, contraviniendo las enseñanzas islámicas que enseñan que Muhammad (que Allah le conceda Su gracia y paz) es el último Profeta, por tanto, el Sello de la Profecía. Por sus enseñanzas blasfemas fue ejecutado. Pero enseguida surgió un tipo, llamado Mirzá Husayn ´Alí Nuri (1817-1892) que se reclamó para sí ser aquel profeta, y al que llamaron Baha´u´llah, quien reclamó para sí ser un Mujaddid (reformador), el Mesías Prometido, Mahdi, Nabi y Rasul (profeta), además de Avatar Krishna, fundando la Fe Baha´i en su estancia en Estambul y Edirne entre 1863 y 1868, teniendo en su programa político la defensa del constitucionalismo y de la democracia parlamentaria. Su sucesor, su hijo mayor Abdul Baha Abbas, que era masón, en una conferencia celebrada en la Sociedad de Amigos (Londres, 12 de enero de 1913), llegó a remontar el origen del Bahaismo a los llluminati, la famosa sociedad masónica fundada en Baviera (Alemania) en 1776 por el judío Adam Weishaupt, cuyo propósito principal era la abolición de todas las monarquías y sistemas gubernamentales, así como la abolición de todas las religiones reveladas.
Abdul Baha acabó refugiándose en Turquía, de la que también tuvo que huir, terminando sus días en Israel, donde el movimiento tiene una base poderosa, tras su centro de Pakistán, a donde se trasladaron tras la revolución iraní de 1979.
Baha´i no fue más que un diseño secreto de la masonería británica para romper la unidad de Islam en Persia (actual Irán) y el mundo islámico en general, encontrando entonces entre sus más claros defensores a gente como el satánico Muhammad Abduh, quien estaba de acuerdo con el énfasis Baha´i sobre la unidad de las grandes religiones. Actualmente, la Fe Baha´i está controlada por Israel y los Estados Unidos. A este respecto, es significativo que su base central se encuentre en Haifa (Israel), y que sus enseñanzas sean avaladas por la ONU.

PANCASILA.

Base filosófica del Estado indonesio. Esta invención ideológica masónica la propuso Sukarno en junio de 1945, con el objetivo de establecer una base común para un estado moderno que pudiera ser aceptado por todos los indonesios independientemente de su religión, etnia y procedencia regional. Se trataba, por un lado, de evitar la formación de un estado islámico, inaceptable para cristianos, budistas e hindúes, y, por el otro, conciliar la diversidad cultural de la naciente república. Sukarno no ocultaba su admiración por las reformas de laicización autoritaria de Ataturk.
Pancasila es un término sánscrito que significa literalmente “cinco puntos”, porque consta de cinco principios inseparables y relacionados entre sí, a saber: 1º)- Creencia en un Dios; 2º)- Humanitarismo justo y civilizado; 3º).- Unidad nacional; 4º)- Democracia guiada por la sabiduría de la unanimidad que surge de la consulta y el consenso mediante la representación; 5º)- Justicia social.
Cinco principios que están incluidos en el preámbulo de la Constitución de 1945, actualmente en vigor. Al contrario de otras ideologías, no contiene un programa de acción, ni un recetario sobre cómo alcanzar una meta política y social deseada. Se trata más bien de una declaración de valores masónicos, cuyo valor más importante que transmite es la tolerancia. En definitiva, Pancasila garantiza a los nacionalistas seculares que el nuevo estado no dará preferencia al Islam.
Lo más curioso es que Sukarno, que había instaurado un régimen neo-marxista (contrario, de entrada, al primer principio pancasila), prohibió la masonería en 1961.

Apéndices.

(Plancha masónica con el tema “Integrar el Islam en la República”, de la sede del GODF en París)

Proceso de construcción masónica del Euro-Islam.

La masonería es una organización iniciática ligada a una actividad humana independiente de una confesión religiosa determinada, con sus famosas consignas rectoras: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, apoyado siempre en la tentativa “revolucionaria” de disociar la política de la religión y de asegurar la libertad de conciencia; elementos necesarios que apuntan en los orígenes de la modernidad, cristalizando en la Ilustración y consolidándose en los dos últimos siglos. A este respecto, los “trabajos masónicos” más destacables son: paz, laicismo, civismo, ciudadanía, ética, solidaridad.
La masonería, como orden, lucha en defensa de los valores humanistas. Es una doctrina y una filosofía cuyo centro es el hombre, y cuyos objetivos, “en el seno de la sociedad –como refiere un masón chileno, Sebastián Jans–, deben ser asumidos por una actitud que considere: respeto irrestricto a todos los credos; contención de toda manifestación dogmática; neutralización de los fanatismos; promoción del ecumenismo; y, buscar el eclecticismo como camino de encuentro con la verdad”. En otras palabras, la masonería, como instrumento al servicio de la ruptura de relaciones con la Unidad Absoluta de Dios, acaba estableciendo tres categorías: la humanidad sin Dios, la humanidad hecha Dios y la humanidad contra Dios, terminando por deificar a la humanidad.
Los tres principios formulados como síntesis de los principios masónicos son la libertad de la razón contra la libertad religiosa, la independencia del hombre contra el despotismo de la religión y la escuela libre contra la enseñanza religiosa. De ahí que los musulmanes que siempre se han interesado por la masonería son en su mayoría los reformistas. El modo de operar y las aspiraciones de la masonería delatan a sus autores, cómplices o inductores encubiertos. De hecho, los postulados que instalan en el mundo islámico son, entre otros: la igualdad social como principio de orientación política; la educación laica en la escuela y libertad de enseñanza; la secularización de la Ley de Allah, desacreditando la creencia islámica por la filosofía y la ciencia empírica; libertad de cultos y neutralidad de conciencia; en consecuencia, abstracción de todas las religiones.
El trabajo que hacen estos enemigos de Islam para que crezcan las posiciones más abiertas dentro de la comunidad musulmana, se desarrolla en tres niveles:
1º).- Se intenta la recuperación de la identidad del mundo incrédulo (kufr, confundido siempre con lo que los historiadores e intelectuales en general convienen en llamar Occidente) con el reconocimiento de la contribución fundamental que proviene de sus raíces judeo-cristianas.
2º).- Se edifican muros fuertes para poder realizar un trabajo conjunto con los gobiernos más moderados del mundo islámico, suscribiéndose acuerdos para una cooperación que incluya procesos de modernización en los aparatos institucionales y económicos y un impulso de intercambios culturales que abran a la comunidad musulmana al conocimiento y a la valoración del patrimonio del mundo incrédulo o kufr.
3º).- Se desarrollan estrategias de integración social y cultural de las minorías islámicas que viven en Europa. Las autoridades públicas y la “sociedad civil” (ONG, fundamentalmente) se empeñan en elegir interlocutores adecuados para esta tarea dentro del variado mundo musulmán, aislando a quienes persiguen el objetivo de construir un enclave islámico con derechos y reglas propias, y favoreciendo, en cambio, el diálogo con los que aceptan un recorrido de integración.
Veamos, en este orden de ideas, la opinión de un masón interpelado por Islam, y cómo resuelve el embrollo desde un sentido típicamente francés de la palabra laicidad. Se trata de Javier Otaola, abogado bilbaíno, actual síndico del vecino en el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, presidente de CLIPSAS (Centro de Enlace y de Información de las Potencias Masónicas firmantes del llamamiento de Estrasburgo —22 de enero de 1961—, una asociación con sede en Bruselas, surgida en 1961, que asume el ligamento a la libertad de conciencia y que aglutina alrededor de cuarenta obediencias masónicas de los cinco continentes), presidente del Colegio Vasco de Maestros Masones y miembro del Supremo Consejo Masónico de España del grado 33, quien cuando dijo estas palabras era Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica de España (GLSE), dependiente del Gran Oriente Español Unido.
“No se trata que frente a esa pertenencia religiosa [Islam] queramos oponer otra antagónica planteando un fundamentalismo contra otro sino lo que nos mueve a hablar o actuar es más bien la necesidad de defender un espacio público laico en el que puedan manifestarse todas las alternativas, religiosas o no, pero sometidas a las reglas de procedimiento y a los valores de reconocimiento de la laicidad. Es cierto que este concepto de laicidad no es bien conocido entre nosotros y muchas veces se confunde con una especie de confesionalismo racionalista en competencia con los otros confesionalismos revelados, cuando más bien su vocación es la de ocupar una posición metaconfesional de carácter regulativo y arbitral”. Porque se trata de configurar “el espacio político con valores estrictamente humanos capaces de ser compartidos por todos al margen de cualquier revelación, consensuados para hacer posible una ciudadanía para todos; justos y pecadores, fieles e infieles, creyentes y descreídos, ortodoxos y heterodoxos”.
En este orden de ideas, no deja de ser sospechoso que haya musulmanes que crean esta monserga masónica que sienta las bases de un Islam europeo. Es el caso de Mansur Abdessalam Escudero Bedate, quien —en calidad de presidente de la Comisión Islámica de España y de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (FEERI)—, declaró en una alocución en el Intergrupo Mediterráneo del Parlamento Europeo, en Estrasburgo, el 14 de julio de 1997, lo siguiente: “convencidos de que la laicidad del Estado que defendemos, significa que las creencias arraigadas en la sociedad, serán protegidas por éste en un plano de igualdad. (…) Debe quedar claro que, desde nuestra perspectiva de musulmanes, no hay contradicción entre Islam y democracia o entre Islam y laicidad, y tengo para mí que la inclusión de estos conceptos en el discurso de los musulmanes europeos, ayudará a una mejor comprensión de nuestra creencia y a desterrar para siempre los estereotipos medievales que se han ido forjando a lo largo de los siglos”. Es decir, considera Mansur Escudero que el establecimiento de un marco jurídico islámico adecuado y efectivo que garantice y proteja a los musulmanes frente a toda interferencia del Estado laico, es un “estereotipo medieval” que hay que desterrar.
Sorprendentes palabras de este musulmán, alrededor del cual oscila una pléyade de musulmanes también conversos que intentan demostrar el carácter “esencialmente” moderno, tolerante, democrático y liberal del Islam, utilizando la verdad como lastre para sus patrañas, disfrazadas en un aggiornamento laicista del derecho islámico. Y lo hacen en la publicación periódica Verde Islam y la página Webislam, que tienen como órganos de expresión. Un tema que en un trabajo posterior explicaremos con más detalles.
En definitiva, lo que quiere decirnos Mansur Escudero es que se debe poder ser musulmán y no ser hostil a la laicidad, relegando la creencia en Islam a la esfera de lo privado, cuando en Islam no hay principio de laicidad. Por tanto, no cree en el poder de la comunidad islámica. Como los laicos, parece decirnos que toda fe o confesión religiosa es atributo de una conciencia individual, nunca de una entidad colectiva (en este caso, comunidad o umma). Es, pues, sólo el individuo el que debe ser protegido por el ordenamiento jurídico, dado que para los laicos —como se extrae de la Carta Programática de la Asociación “Europa Laica” (vinculada a la Gran Logia Simbólica de España, GLSE), promotora de una campaña para la “libertad de conciencia” contra la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980— “el Derecho Público no deberá reconocer institucionalmente las religiones”, pese a que “los poderes públicos deberán proteger la libertad religiosa y de culto, entendidas éstas como un aspecto del derecho de los individuos a la libre conciencia sin discriminaciones de ninguna clase, no como derechos de las confesiones religiosas como tales”. Queda patente el vocabulario técnico y consubstancial sobre el laicismo, entendido como “la defensa del pluralismo ideológico en pie de igualdad como regla fundamental del Estado de Derecho y el establecimiento de un marco jurídico adecuado y efectivo que lo garantice y lo proteja frente a toda interferencia de instituciones religiosas que implique ventajas o privilegios”.

(Firma del convenio de educación islámica. De izda. a dcha.: Riay Tatary (UCIDE), Jerónimo Saavedra (Mº de Educación, y masón), Juan Alberto Belloch (Mº de Justicia), y Mansur Escudero (FEERI), 12 de marzo de 1996)

Por otra parte, hay que tener en cuenta que la masonería ha sido siempre la promotora de la ley de “educación laica” (término que se aplica a aquella enseñanza que prescinde de la instrucción religiosa), lo cual ha sido siempre, por cierto, un motivo de conflicto con la Iglesia Católica. “Por tanto —como expresa Víctor Guerra, miembro del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española y fundador de la Asociación Europa Laica, además de secretario de la Logia “Rosario de Acuña” de Gijón, bajo la jurisdicción del GODF—, los valores que representa la laicidad han de ser la autonomía de conciencia individual, libertad y soberanía del poder civil, la propagación del modelo de la Escuela Neutra, con el amplio concepto de hacer extensibles y asequibles tales valores a todos los hombres, lo cual en un principio no debiera estar reñido con la creencia religiosa, pero ésta debe quedar en todo caso en el ámbito personal”. Pues bien, estas premisas son las defendidas (¿muy a su pesar?) por los musulmanes que firmaron el Convenio de Enseñanza Islámica en los centros docentes públicos de educación primaria y secundaria (12 de marzo de 1996), a saber: Mansur Escudero (por parte de la FEERI), y Riay Tatary (por parte de la UCIDE), junto al ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, y el ministro de Educación y Ciencia, Jerónimo Saavedra Acevedo, quien significativamente es el único ministro español que siempre ha reconocido ser masón. Actual senador por la Comunidad Autónoma de Canarias, ello no le impide participar activamente en conferencias, seminarios y encuentros sobre personajes masones y temas masónicos.
Queda claro que la masonería es inseparable de los fundamentos del sistema democrático basado en las ideas de pluralismo y de laicidad (o, lo que es lo mismo, de neutralidad religiosa). “En efecto —como dice Gregorio Peces-Barba Martínez, rector de la Universidad Carlos III de Madrid, suspecto de ser masón como lo fue su padre—, vincular laicidad con democracia es, desde otro punto de vista, reconocer la autonomía de la política y de la ética pública frente a las pretensiones de las iglesias de dar una legitimación social al poder político, vinculándolo con su particular concepción de la verdad en relación con su idea del bien, de la virtud o de la salvación. (…) Se trata de defender la neutralidad del Estado, su carencia de opiniones religiosas, frente a una concepción teológica de la política, que pretende imponer el uniformismo frente al pluralismo y el confesionalismo frente a la laicidad”.
Por todo esto, no deja de ser sorprendente que un musulmán se alinee con las tesis del integrismo laico defendido por la masonería, fiador de la libertad de las conciencias individuales y barrera delante de los riesgos de una confesión religiosa cualquiera. A este respecto, la posición de Mansur Escudero y sus seguidores de la FEERI en su defensa de que los musulmanes se hagan ciudadanos que se adhieran a la “religión cívica” o secular, resulta más que sospechosa. No hay más que recordar que tanto para Al-Afghani como para Muhammad Abduh, el laicismo fue una invención del Islam, incluso su esencia. Y es que el laicismo del Estado —como muy bien advierte el economista Samir Amin— es “muy útil para la gestión del capitalismo liberal globalizado porque no implica ninguna confrontación respecto a problemas reales (las “comunidades islámicas” en cuestión participan del juego del liberalismo económico), transfiriendo el debate —cuando tiene lugar— a la esfera del imaginario cultural”.
Esto es lo que subyace bajo todo intento de crear un Islam a la europea, un Islam que coexista con las otras religiones en el seno de un Estado aconfesional, sin religión oficial alguna. No es el caso de España, donde el reconocimiento de la relevancia de la Iglesia Católica sobre las demás confesiones, expresamente mencionada en la Constitución (art. 16.3), deja ver claramente que es un Estado confesional encubierto. Algo que va a quedar como un anacronismo, dado que la futura Constitución de Europa —injerto masónico, en trámite— no va a mencionar finalmente la aportación del cristianismo como un componente esencial de la herencia europea —según proponían los gobiernos de España, Polonia y Portugal—, optándose por citar en su preámbulo la herencia religiosa —sin especificar ninguna— como origen cultural europeo; una herencia religiosa que aparece insertada, cómo no, en los valores laicos de “el pluralismo, la tolerancia, la justicia, la igualdad, la solidaridad y la no discriminación” entre razas, religiones y culturas.
Sin embargo, estas evidencias no parecen suponer ningún obstáculo para la integración de Islam en el juego del liberalismo económico. La clave para que esto se produzca la han encontrado los masones en la identificación Estado-Umma: si se acepta que la Umma es una parte dentro del Estado, y no al contrario, en el que también se integran otros colectivos, el problema de la división de lo político y lo religioso puede encontrar solución. Por otro lado, si se admite la separación de la Umma con respecto al Estado, se puede desarrollar un proceso de separación similar al llevado a cabo en el cristianismo, equiparando los conceptos de “pueblo de Dios” cristiano y “comunidad de creyentes” islámica. Porque no todos los ciudadanos son creyentes pero sí todos los creyentes son ciudadanos.
Los masones creen —en palabras del masón Javier Otaola— “que el Islam, como supuesta alternativa espiritual y más aun como un orden integral de la vida colectiva, con su Shari´a, no puede transplantarse a Europa, no tiene poder de seducción para unas sociedades hechas a una larga tradición de pensamiento crítico, levantadas sobre estructuras espirituales judeocristiana e ilustradas”. Una opinión compartida por ilustres masones como el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (magnate de los medios de comunicación y sospechoso de turbias operaciones financieras), quien hizo unos polémicos comentarios durante una conversación con periodistas, a raíz de su visita a la capital alemana Berlín, en los que consideraba a la civilización occidental como superior a la islámica. Literalmente, dijo: “Tenemos que ser conscientes de la superioridad de nuestra civilización, un sistema que ha garantizado el bienestar, el respeto de los derechos humanos y, a diferencia de los países islámicos, el respeto de los derechos religiosos y políticos”.
La estrategia masónica, por tanto —continúa diciendo J. Otaola—, no es la “de plantear una confrontación total con el Islam (…), sino de hacer posible formas ilustradas del mismo, formas abiertas a la modernidad (…). Es preferible buscar vados que permitan el diálogo y la mutua influencia”. En consecuencia, aprovechando las grietas existentes en el mundo islámico, los masones contribuyen a impulsar el dinamismo reformador del Islam. ¿Cómo? Intentando “ser pontífices (no sumos), hacedores de puentes; plantear posibilidades de encuentro; buscar los momentos de verdad práctica que pueden hallarse en el Islam; buscar una orto-praxis al margen de las orto-doxias allá donde sea posible; fabricar símbolos que permitan acercamientos, no ocultar, por supuesto, las diferencias, especialmente aquellas que sean esenciales; convocar al dios Hermes, el adolescente alado, el mediador, el dios del comercio, del intercambio, del mestizaje”. No en vano, J. Otaola cita a algunos reformadores reformistas (desde Sayyid Ahmad Khan o Jamal al-Din al-Afghani, hasta los contemporáneos Fazhur Rahman, Sadiq Jalal al-Azam o Bassam Tibi), “autores que plantean ya abiertamente la cuestión central que impide una evolución hermenéutica del Islam: la superación de su infalibilidad literal y de su autoría exclusiva y directa de Dios. Sólo este paso puede permitir una mayor libertad interpretativa “de sentido”, análoga a la experimentada por la Biblia y capaz de dar paso dentro del mismo Islam, como algo propio, a instituciones autónomas para la salvación de la dignidad del hombre, varón y mujer, de los derechos humanos y de la tolerancia; valores todavía desconocidos en la mayoría de los países de observancia islámica”. Una visión que se apoya en el teólogo suizo Hans Küng —promotor de un “proyecto de una ética mundial”—, quien “reivindica para el Islam la posibilidad de incorporarse a la modernidad conservando esa triple funcionalidad [de toda religión, a saber: “conferir sentido”, “fundamentar normas” y “formar comunidad”], en igualdad de condiciones que el cristianismo, superando la tentación fundamentalista como, más o menos, la ha superado éste con su propio proceso de confrontación con la Ilustración”.
Por todas estas razones, no entendemos cómo estas ideologías (puramente masónicas), que se nombran humanistas, tienen la aprobación de ciertos musulmanes, hasta el punto de hacerlas empíricas. Como el caso de Hashim Ibrahim Cabrera, director de la revista “Verde Islam”, quien sin dudarlo ni un instante admite que “los tres pilares básicos de la sociedad moderna, nacidos del ideario de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad son referencias universales de cualquier proyecto social serio y avanzado. (…) Las tres, sin excepción, no sólo se reconocen sino que se propician desde el mismo corazón de la vida islámica”. Resulta increíble que alguien que dice ser musulmán desconozca el carácter procesal del laicismo, su contenido fundamentalmente regulativo, y acabe defendiendo el marco de referencia axiológico del mismo, a saber: Libertad, Igualdad, Fraternidad; marco que sólo sirve para dar un mismo trato equitativo tanto a quienes defienden las verdades reveladas, como a quienes las niegan (agnósticos o ateos), imposibilitando que cualquier confesión religiosa ocupe todo el espacio, dejando solamente sitio a lo religioso en el fuero interno y en el fuero social, y jamás en el fuero político.
¿Saben estos musulmanes a lo que sirven verdaderamente estas ideologías? ¿Conocen los orígenes de las ideas que llevan? ¿Por qué admiten como dogmas de fe los mitos desarrollados alrededor del trinomio masónico: Libertad, Igualdad y Fraternidad? Basta analizar los orígenes de tal elemento y de tal otro, reflexionar bien sobre el sentido o la dirección de ciertos actos y ciertos mensajes, en lugar de bajar la cabeza so pretexto de no se sabe cuál valor arbitrario e indefinido.

El paradigma del ejemplo francés

(Las herramientas de la logia son el “volumen” de la Ley Sagrada, la escuadra y el compás, un conjunto conocido como las Tres Grandes Luces)

No cabe duda: la integración del Islam en el Estado laico es un trabajo para los masones, siendo Francia el país donde se está llevando hasta las últimas consecuencias en estos momentos (no en vano tiene la comunidad musulmana más grande de Europa), hasta el extremo de poder considerarse las relaciones entre el gobierno francés y la comunidad musulmana, vía interpuesta de la masonería, como un asunto paradigmático, dado que se trata de un país de estricta separación de los cultos y del Estado (según la ley de 1905). Precisamente, “Intégrer l´Islam dans la République, un chantier pour les franc-maçons”, se titulaba la “plancha” de una reunión o “tenida solemne” organizada el 5 de noviembre de 1999 por la logia “Sciences et Travail-André Crémieux” en la sede central del Gran Oriente de Francia (GODF) —16 rue Cadet -75009 París.

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(Logotipo de la Asociación Al-Alawi de Francia; obsérvese el parecido con el conjunto masónico de las Tres Grandes Luces)

Por impulso del entonces ministro del Interior francés, Nicolás Sarkozy (cuya madre era judía convertida al catolicismo, y cuyo padre era un aristócrata húngaro cuyo título nobiliario le vino de uno de sus antepasados por sus méritos en las guerras contra los turcos en el siglo XVI), el Islam de Francia se ha dotado recientemente de una estructura representativa, un Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), cuyas bases han sido preparadas en las logias masónicas. La esperanza era tener un órgano litúrgico del Islam basado en el conocimiento religioso y no sobre la política, con el objetivo de “sentar al Islam en la mesa de la República” (según palabras de Sarkozy). Para ello, se pone mucho hincapié en el papel del imam como figura central en todo proceso representativo, designándose, pues, la mezquita como la forma espontánea de organización del Islam, no sólo en Francia, sino en Europa. En definitiva —como refiere Antonio Pelé— “el Estado francés reivindica su voluntad de integrar una religión que sería independiente de su país de origen, mientras que durante décadas, ha dejado la ´gestión´ del Islam en Francia a Marruecos, Argelia, Túnez y más recientemente, a algunos países africanos y a Turquía”. En otras palabras, si entonces la no intervención del Estado se caracterizaba por una gestión diferida, por una subcontratación del culto islámico por los Estados de origen de los musulmanes residentes en el país, ahora la República francesa opta por el intervencionismo directo, no exento de muchos tics de la época colonial, al seguir considerando a las poblaciones colonizadas como políticamente excluidas y jurídicamente integradas. Una tendencia que está abocada a encontrar insalvables límites, máxime cuando estamos viviendo en la era de la globalización, y la mayoría de las asociaciones o federaciones musulmanas tienen un carácter transnacional, siendo en consecuencia sólo las ramas nacionales de una estructura cuya casa matriz se encuentra situada en el extranjero.
Por otra parte, el papel del Estado y de las instituciones republicanas realizan un trabajo sobre la sociedad, buscando los obstáculos de la integración o la inmigración, para lo cual se sirven de intelectuales procedentes de países musulmanes para tal efecto, como es el caso del laico argelino Sami Naïr, por aquello de que la mejor cuña es la de la misma madera.
Realmente resulta paradójico que el gobierno de un país laico por antonomasia sea el que organice una comunidad religiosa, en este caso la musulmana, hasta el punto de institucionalizarla, esto es, convertirla en una “religión de Estado”. Habría que remontarse al año 1807 para ver un claro precedente, el año en que Napoleón convocó el Gran Sanedrín de los judíos franceses, un consistorio al que los mismos judíos no dieron utilidad práctica, pero que diez años más tarde (con Luis XVIII en el trono) supuso la conclusión decisiva de la emancipación judía en Francia.
Para convertir al Islam en una “religión de Estado”, el gobierno francés se atribuye incluso la intención de pagar la formación de imanes y la construcción de mezquitas, con tal de evitar las injerencias y los alivios exteriores. Un intervencionismo que contribuye a confirmar la idea que los musulmanes mismos son incapaces de organizarse; por tanto, la solución ha de venir siempre de los poderes públicos. Una lógica que entra en contradicción con el principio de laicidad, en cuanto que implica además de la neutralidad relativa del Estado y su separación institucional de los cultos, la libertad de organización de cada culto, conforme a su propia tradición.
Pero deja de ser algo paradójico cuando se tienen en cuenta las ideas dominantes y las reglas “dogmáticas” del Gran Oriente de Francia (GODF), defensor a ultranza de una “estricta separación de los dominios públicos y una laicización de las instituciones”, a saber: la libertad absoluta de conciencia y de expresión, la emancipación de todos los dogmas, la libertad creer o de no creer, la autonomía del pensamiento, frente a las coacciones religiosas, políticas y/o económicas, así como la liberación respecto a los tabúes sagrados. Y para que todo esto suceda, debe garantizarse la estricta separación de los dominios públicos y privados. La esfera pública es definida como el espacio común de los encuentros y cambios entre los hombres, independientemente de sus diferencias, abierto a todos sin discriminación. La esfera privada, en cambio, es definida como el espacio del dominio de las opiniones espirituales, filosóficas, en sus diversidades individuales y colectivas.
Ahora se entiende mucho mejor que lo que la República hará es lo que hace la masonería, con su política de lobby entre bastidores, con una influencia indiscutible en la organización y estructuración del Islam en Francia en estos momentos. Basta recordar que el encuentro entre el Islam y Francia tiene sus raíces más próximas en el episodio fundador de la colonización y más directamente a través del caso argelino, en el que la masonería jugó un papel importante en la elaboración de una “excepción musulmana a la laicidad”, lo que se tradujo por una tutela administrativa y financiera del Estado sobre el culto musulmán, previa confiscación de tierras y de bienes dependientes de las fundaciones (waqf), con lo que se destruyeron los verdaderos cimientos de la economía y de la comunidad islámica.
Veamos, a este respecto, el largo proceso llevado a cabo hacia la organización del Islam en Francia, a instancias del ministerio del Interior (cuyo nombre completo —no hay que olvidar— es ministerio del Interior y de los Cultos), con el fin de que los musulmanes franceses aspiren a unirse por encima de su origen nacional o étnico, a la espera de crear un “Islam oficial de Estado”, dócil, complaciente, frente a toda tutela financiera, ideológica e intelectual de los países de origen, y cuya cronología es la siguiente:

* El 6 de marzo de 1989: Pierre Joxe (en calidad de ministro del Interior, que es judío convertido al protestantismo y masón, miembro de la logia “Demain” del Gran Oriente de Francia —GODF—, y actual miembro del Consejo Constitucional Francés) crea el Consejo de Orientación y Reflexión sobre el Islam en Francia (CORIF) con quince personalidades. Se trataba de un órgano consultivo ad hoc.
* El 6 de noviembre de 1989: Pierre Joxe designó un comité de seis “sabios” o personalidades cualificadas para reflexionar sobre la organización de la comunidad islámica. Después de la salida del ministro y tras cambios en la dirección de la mezquita de París, el CORIF estuvo paralizado por divisiones.
* Octubre de 1993: Charles Pasqua (en calidad de ministro del Interior, que es masón, miembro de la Gran Logia Nacional Francesa —GLNF) puso fin al CORIF, apostando por Dalil Boubakeur, el rector de la mezquita de París (controlada por Argelia desde 1982), con el fin de que —en calidad de interlocutor de los poderes públicos— desempeñara un papel unificador para organizar el Islam. A este respecto, Boubakeur diseñó una Carta del Culto Musulmán para lograr un consenso entre los musulmanes, pero fue un total fracaso.
* El 4 de julio de 1995: Jean-Louis Debré (en calidad de ministro del Interior, que es bisnieto de rabino y masón, miembro de la GLNF) aporta su seguridad personal de que se cumplirá lo pactado para el Consejo representativo de las instituciones musulmanas, presidido por Dalil Boubakeur, pero criticado por otras federaciones.
* El 23 de noviembre de 1997: Jean-Pierre Chevènement (en calidad de ministro del Interior, masón, miembro de la misma logia que Pierre Joxe, la logia “Demain” del GODF) invita a los musulmanes que le presenten a un interlocutor legítimo.
* El 9 de noviembre de 1999: Comienza un “proceso de consulta” con personalidades que representan las principales comunidades musulmanas, con vistas a crear una instancia representativa del Islam. Entre las personalidades cooptadas destacamos: Saada Mamadou Bâ, etnóloga del CNRS; Soheib Benckeikh, gran mufti de Marsella; Khaled Bentounès, maestro de la tariqa sufi Alawiya; Michel Chodkiewicz, director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS, en francés), conocido especialista en la obra de Ibn Arabi; Bétoule Fekkar-Lambiotte, presidenta de la Asociación Tierras de Europa; Mohsen Ismail, profesor tunecino en la Universidad de París III.
* El 28 de enero de 2000: Bajo la égida de Chevènement, siete federaciones (entre las que se incluye a la Jama´at Tabligh), cinco grandes mezquitas regionales —con la sola excepción de la mezquita Ad-Dawa de París, cuyo imam es Larbi Kechat— y diez personalidades cualificadas firman una declaración conjunta titulada “Principios legales y fundamentos que rigen las relaciones entre las autoridades públicas y el culto islámico”, que subraya su “afecto” a los principios laicos fundamentales de la República francesa (derechos del hombre, igualdad de hombres y mujeres, ley de separación de las Iglesias y del Estado). Como dijo Alain Billon, consejero técnico encargado de las cuestiones de Islam: “Tenemos que ayudar a los musulmanes a recuperar su retraso histórico, es menester que el Islam se integre a nuestro sistema laico”.
* El 31 de agosto de 2000: Daniel Vaillant (nuevo ministro del Interior, quien en su gabinete tuvo varios masones del GODF, entre ellos su consejero Yves Colmou) anuncia que persigue la consulta “en el mismo espíritu” que Chevènement. No en vano, continúa Alain Billon en su puesto de consejero.
* El 3 de julio de 2001: Se firma un “convenio marco sobre la organización futura del culto musulmán en Francia”, donde se prevee la elección por los representantes de las mezquitas de una asamblea constituyente encargada de designar una instancia representativa.
* El 21 de febrero de 2002: Se fija la elección de un Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), cuya creación tiene lugar el 26 de mayo de 2002. El electorado es constado por un millar de mezquitas (sobre 1500).
* El 4 de junio de 2002: Nicolás Sarkozy (nuevo ministro del Interior, de origen judío-húngaro) anunció que va a perseguir un “Islam de Francia”, moderno y tolerante, con el objetivo de sacarlo de la clandestinidad, porque no puede estar “dirigido por potencias extranjeras” que impongan, a través de su financiación, un Islam “contrario al ideal de tolerancia”. Para ello, va a continuar el proceso en marcha, con modificaciones (sobre todo en la mezcla elecciones-cooptaciones en la futura instancia y la posibilidad de incluir a mujeres).
* El 9 de diciembre de 2002: Sarkozy anunció que las tres principales federaciones musulmanas se pusieron de acuerdo para crear “antes de finales del año las condiciones de emergencia del estatuto de un organismo del culto musulmán”, organizado de manera democrática. Estas tres federaciones son: la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF), sección francesa de la Unión de Organizaciones Islámicas en Europa (UOIE), con sede en Alemania, regida por los Hermanos Musulmanes y sostenida por los estados del Golfo Pérsico; la Federación Nacional de Musulmanes de Francia (FNMF), presidida por el imam de la mezquita de Evry, que recibe ayudas de Marruecos; y la Mezquita de París, apoyada por Argelia. A esta última Sarkozy asignó de antemano la presidencia del comité, en la figura dócil de Dalil Boubakeur, y las vicepresidencias a las otras dos federaciones.
* Los días 6 y 13 de abril de 2003: Tuvieron lugar las elecciones para elegir a los representantes del CFCM, en el que los votantes (unos 4.000, asignados como delegados, en un país en el que hay entre cuatro y cinco millones de personas procedentes de países musulmanes) fueron designados por 995 mezquitas en razón de la superficie de éstas y no de la frecuentación de musulmanes a las mismas. De los cuarenta miembros del consejo de administración del CFCM, seis fueron elegidos de la Mezquita de París, mientras que de la FNMF y de la UOIF fueron elegidos 16 y 13, respectivamente. Sin embargo, el ministerio del Interior ha impuesto que, durante los dos primeros años de funcionamiento del CFCM, un tercio de quienes lo integran hayan sido cooptadas por la comisión organizadora.
* Del 18 al 21 de abril de 2003: Tuvo lugar el Congreso de la UOIF, con la asistencia de Sarkozy, quien tras leer un texto complaciente, lleno de seducciones y halagos fáciles (tan característico de ese ardiente proselitismo de las virtudes imaginarias de las religiones), acabó diciendo que como Islam es una “religión más reciente”, “debe ser desmitificada por el conocimiento y el respeto”, imprecando, entre otras barbaridades, que “la muerte de un musulmán es igual que la de un católico, un judío o un protestante”, dado que en Francia es ilegal separar los difuntos en el cementerio por sus creencias. Sin buscar el enfrentamiento, insistió a renglón seguido en que será ilegal que los ayuntamientos alquilen locales a asociaciones culturales para uso religioso, recordando algunos deberes que —según él— deben tener los musulmanes en el seno republicano, como la de mostrar la cabeza descubierta en las fotos de los documentos de identidad, antesala del proyecto de ley marco sobre las reglas de derecho relativas al principio de laicismo, en el que se estudia el veto a la exhibición de todo símbolo religioso en el ámbito del servicio público. Un proyecto de ley que está preparando el ministro Luc Ferry, filósofo y masón, pariente lejano de Jules Ferry, también masón, quien fuera ministro de Instrucción Pública entre 1879 y 1883, y conocido como artesano de la expansión colonial francesa.
La franqueza de Sarkozy desencadenó obviamente un abucheo inmenso y prolongado. La batalla está servida. Por un lado, los que temen que los musulmanes se inserten en la República para destruir sus cimientos laicos. Por otro, los musulmanes moderados integrantes del CFCM cuya única ambición parece ser la de dar forma a las leyes republicanas en la dirección de una mejor compatibilidad con Islam, como demuestra esta declaración de su presidente, Dalil Boubakeur, al diario “Le Figaro”: “Si Francia promulga una ley que prohíba todo signo exterior de pertenencia a la religión, las jóvenes musulmanas tendrán que resignarse, al igual que cristianos y judíos”. Enfrente, el resto de los musulmanes que no se van a resignar tan fácilmente. No obstante, debates como los del pañuelo islámico «dicen mucho más sobre nuestras sociedades que sobre el Islam», como dijo el islamólogo y masón Bruno Étienne al iniciar su comparecencia ante la Comisión de la Nacionalidad Francesa el 18 de septiembre de 1988.
* Los días 3 y 4 de mayo de 2003: Se celebró la primera asamblea del CFCM, con la asistencia de doscientos delegados de las mezquitas de Francia, contando con la presencia de Sarkozy, así como del primer ministro Jean-Pierre Raffarin, quien les recordó a los musulmanes asistentes que “en Francia no hay más autoridad que la República”. Tras prometer dar más fuerza a la laicidad, “pero no a una laicidad negativa, que rechaza la religión”, sino al “diálogo de religiones”, Raffarin anunció la expulsión de las universidades de aquellos alumnos musulmanes cuyos comportamientos sean considerados “incompatibles con la laicidad”. No podía ser de otra manera: Raffarin es masón, miembro de la Gran Logia Nacional de Francia (GLNF).
Y como era de esperar, Dalil Boubakeur salió elegido como primer presidente del CFCM, lo que viene a ser algo así como Gran Mufti de Francia, teniendo como vicepresidentes a Fouad Alaoui (de la UOIF), y a Muhammad Bechari (de la FNMF).
* Los días 14 y 15 de junio de 2003: Tuvieron lugar las elecciones de las presidencias de las instancias representativas del CFCM en las 25 regiones en juego. Pues bien, la UOIF triunfó en nueve regiones, mientras que la FNMF lo hizo en once, el comité de coordinación de los musulmanes turcos en tres, y los candidatos de Dalil Boubakeur tan sólo en dos. Enseguida, Boubakeur declaró que no quiere “ser el único que defiende un Islam liberal. No puedo avalar una instancia que va a estar dominada por los integristas”, siendo disuadido por Sarkozy de dimitir, al menos por el momento.

Como se constata, la creación de un Islam oficial de Francia siembra más dudas que certezas. Como refiere Antonio Pelé, acertando a ver el quid de la cuestión: “Si la organización del Consejo Francés del Culto Musulmán deja demasiado espacio al Estado, podría perder su esencia: la oportunidad de demostrar que los principios del Islam son perfectamente compatibles con un Estado laico. Desde otra perspectiva, se podría ver con la figura de dicho Consejo, una tentativa por parte de la República, de disminuir la influencia del Islam en Francia como lo ha buscado antes… con la religión católica”.

A continuación vamos a enumerar algunos de los testaferros y colaboradores con el gobierno francés para la integración del Islam en la República.

(Dalil Boubakeur)

* Dalil Boubakeur, rector del Instituto Musulmán de la Mezquita de París, nombrado por Argelia. Conocido por su intensa labor porque se funde un “nuevo pacto laico” en Francia, en el que los musulmanes crean en el tridente “Tolerancia-Laicidad-Modernidad”. Para ello, participa en asociaciones y encuentros ecuménicos, como la Fraternité d´Abraham, de la que es miembro del comité de patronazgo junto al cardenal Roger Etchegaray y el gran rabino de Francia, René-Samuel Sirat, entre otros; una asociación fundada en 1967 por iniciativa del cardenal Jean Danielou y del escritor judío André Chouraki, a la que se sumaron el rector de la Mezquita de París, Hamza Boubakeur (padre de Dalil Boubakeur), el sacerdote Michel Riquet y el escritor judío Jacques Nantet (actual presidente de honor).
Dalil Boubakeur es también compañero de viaje de judíos y masones para que la ley de laicidad de 1905, según la cual la República no reconocía, no financiaba y no subvencionaba ningún culto religioso, sea revisada, con el objetivo de inscribirla en los orígenes de la laicidad, es decir, al laicismo ideológico y extremista de la masonería, y poder tener en cuenta finalmente la instalación del Islam en Francia. Una colaboración en la que también se encuentran otros testaferros útiles como Larbi Kechat, rector de la mezquita parisiense Al-Dawa, asiduo a encuentros de diálogos judío-musulmán; Khadidja Khali, presidenta de la Unión Francesa de Mujeres Musulmanas (UFFM) y vicepresidenta del consejo de administración de la Fraternité d´Abraham; Tareq Oubrou, de la mezquita de Burdeos; y Abdelwahab Meddeb, escritor, filósofo y poeta tunecino, experto en literatura árabe y pensamiento sufi, productor del programa de radio “Cultures d´Islam”, animador de la revista “Dédales”, y autor de “La enfermedad del Islam”, libro en el que reprocha a los musulmanes su asentamiento en el resentimiento, la frustración y la insatisfacción, lo que les ha conducido al integrismo, que ve como la enfermedad del Islam, inspirándose para esta tesis en los modos con que el masón Voltaire vio en el fanatismo hacia los protestantes (denunciado en su Tratado sobre la tolerancia, 1763) la enfermedad del catolicismo, y en los modos con que el escritor judío-alemán Thomas Mann vio en el nazismo la enfermedad de Alemania.
Con este bagaje, no es extraño que Dalil Boubakeur sea invitado con asiduidad a logias masónicas para evocar las tendencias actuales en el pensamiento islámico. Por ejemplo, el día 31 de enero de 2001, junto al judío Armand Abecassis y el cristiano Jean-Charles Thomas, asistió en París a la sede de la Gran Logia Nacional Francesa (GLNF), a hablar sobre el tema: “Diez mandamientos universales e intemporales. Un mensaje para el tercer milenio”. Y el día 23 de abril de 2002 fue a la logia Aequitas nº 1094 de la Gran Logia de Francia (GLDF).

* Soheib Bencheikh El-Hocine, proclamado gran mufti de Marsella en 1995 por parte de Dalil Boubakeur, es un joven argelino de 36 años, que estudió en Al-Azhar (El Cairo) y en la Universidad Libre de Bruselas, sosteniendo una tesis en la Sorbona. Con estas credenciales, no es de extrañar que defienda un Islam que “pretende vivir la religión como una opción personal, espiritual”, que asista a “diálogos interreligiosos” de insulso ecumenismo, o que frecuente las logias masónicas, donde suele presentar la posibilidad de un Islam reformado y aceptado por la Francia laica. Por ejemplo, el 18 de marzo de 2002 leyó una “plancha” sobre “Islam y modernidad: ¿puede modernizarse el Islam?”, en la logia “Le Général Peigné”.
En las últimas elecciones presidenciales francesas reclamó que el voto musulmán fuese para Jacques Chirac, “porque —según él— no se trata de votar derecha o izquierda, sino de votar a favor de la República, que está en peligro”. Pero no queda ahí la toma de partido de este mufti sorprendente, capaz incluso de afirmar que “el judío francés sirve de barómetro para el musulmán. En Occidente conocen mejor que nosotros lo que es la crueldad del fascismo”.

* Brahim Hadj Smaïl, sociólogo argelino, masón miembro del GODF que hace de lanzadera con Argelia, donde el GODF desempeña un importante papel entre bastidores. Lleva un programa de radio (Caravansérail) en Radio France Maghreb, donde entre otras cosas intenta presentar al actual presidente argelino, Bouteflika, como “el hombre de la concordia civil” (tema del que habló en la logia “Solidarité Laïcité” el 15 de marzo de 2002).

(Shayj Khaled Bentounès)

* Shayj Khaled Bentounès, maestro espiritual de la tariqa Alawiya, cuyo bisabuelo materno fue Shayj Ahmed Al-Alawi. Un cargo que le fue otorgado tras la muerte de su padre Shayj Muhammad al-Mehdi Bentounès. Es asiduo a encuentros ecuménicos de todo tipo, y autor de varias obras —expuestas y vendidas en el anaquel de la New Age—, entre las que destacamos: “El hombre interior a la luz del Corán” (1998) y “El sufismo, corazón del Islam” (1996), prologada por el sacerdote Christian Delorme, activo promotor de encuentros interreligiosos islamo-cristianos, en los que Bentounès participa con asiduidad, no en vano es miembro de la Asociación UNESCO por el Diálogo Interreligioso, participando en todos sus encuentros, sobre todo en los proyectos denominados “Rutas de la Fe”, que vienen celebrándose desde 1992, junto a judíos, cristianos, budistas e incluso sijs. Además es presidente de honor de la Asociación Internacional de Amigos del Islam, y de la Asociación Tierras de Europa —en la órbita de la UNESCO—, unas asociaciones creadas y presididas por la argelina Bétoule Fekkar-Lambiotte para estudiar y favorecer, sobre el plano cultural y social, la integración del Islam en Europa. Esta argelina, dicho sea de paso —inspectora honoraria de Educación nacional, y antigua militante socialista del Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino— es asidua tanto a Encuentros Islamo-Cristianos como a Diálogos Islamo-Budistas, así como a plataformas por una Europa cívica y social. La asociación Tierras de Europa, que preside, es conocida por la organización de las conferencias tituladas: “Por un Islam de Paz”, mediante las cuales, y a través de la religión, tratan de mantener en la pusilanimidad a los musulmanes.
Con este bagaje no resulta extraño leer entre líneas en la obra Khaled Bentounès toda una defensa a ultranza de la libertad de conciencia del individuo, la cual —según él— no debe caer en la abstracción poniendo los principios religiosos por delante, porque eso lleva implícito el acondicionamiento por el dogmatismo, “encarcelando así la conciencia individual”. Una conciencia que llama siempre “conciencia del ciudadano”, ya que deduce que ”los aspectos políticos y religiosos [del Islam] se completan y se reúnen en la educación cívica del individuo”, que implica un esfuerzo de reflexión y de interpretación para que el ciudadano-musulmán sea capaz de iniciativa. De lo contrario, “debe contentarse con obedecer a un clero institucionalizado e ideologizado, al servicio de gobernantes poco escrupulosos”.
Bentounès es, además, fundador de la Asociación “Cheikh El-Alawi pour l´Education et la Culture Soufie”, fundada en 1991, cuyo logotipo camufla entre arabescos el símbolo masónico de la escuadra y el compás, descaradamente. Y además es presidente fundador de los Boy Scouts Musulmanes de Francia, un movimiento [el de los Boy Scouts] que, como todo el mundo sabe, fue fundado por un masón: Daniel Carter Beard.
Por tanto, como no podía ser de otra manera, Bentounés es asiduo a las logias masónicas. Un ejemplo: el día 29 de febrero de 2002 habló sobre “La vía sufi, ¿constituye un paso humanista?” en la logia Thetys de París, asociada a una veintena de otras logias.
Bentounès fue quien propuso al ministerio del Interior la elección de la socióloga y coordinadora de la misión “Islam y Acción Social” interministerial, Dounia Bouzar, como miembro del CFCM, siendo la única mujer en el mismo, sustituyendo a Bétoule Fekkar-Lambiotte, tras su dimisión.

* Mohamed Talbi, filósofo e historiador octogenario (especialista en Ibn Jaldún). Militante de los Derechos Humanos, precursor del diálogo islamo-cristiano, miembro fundador del Consejo Nacional para las Libertades en Túnez (CNLT), y miembro de la Academia de las Culturas (fundada en 1992 por el sionista Elie Wiesel).

* Mohammed Arkoum, historiador argelino de pensamiento islámico, profesor emérito de La Sorbona, y director de la revista Arabica. Es un asiduo a diálogos inter-religiosos entre Judaísmo e Islam. En su libro “El Islam, aproximación crítica”, hay un capítulo donde escribe sobre los “orígenes islámicos de los derechos del hombre”, y donde habla de la unión de religión y política en Islam como de antiguo “mito”. Y, cómo no, es un asiduo también a las logias masónicas, donde suele ir a hablar de “Islam y dignidad humana”, del papel de Averroes como “mediador intelectual y cultural en el espacio mediterráneo” (tema sobre el cual disertó en la logia “Oui ? Vérité” el día 5 de abril de 2002), etc. Es miembro de la asociación ecuménica Fraternité d´Abraham.

(Sami Naïr)

* Sami Naïr, filósofo y politólogo argelino, que no duda en reconocer su aprecio por Karl Marx, claro ejemplo de cómo un colonizado hace suyas los valores republicanos y socialistas del colonizador. Es profesor de ciencias políticas en la Universidad de París VIII, donde además preside el Instituto Europa-Magreb. Es presidente también del Instituto de Estudios e Investigaciones Euromediterráneas. Fue delegado interministerial para el Codesarrollo y las Migraciones Internacionales del gobierno francés. Actualmente es eurodiputado por el PSE, y miembro del comité fundador del Comité Laicité République (CLR), presidido por Patrick Kessel, antiguo Gran Maestro del Gran Oriente de Francia (GODF). Además es secretario de relaciones internacionales del Movimiento Republicano y Ciudadano (MRC), presidido por el ex ministro del Interior Jean-Pierre Chévenement (masón), así como miembro de la oficina de Pôle Républicain, cuyo presidente es el escritor Max Gallo (masón, del GODF), antiguo ministro y cofundador de MRC.
Con muchas vinculaciones en España, Sami Naïr es, entre otras cosas, profesor asociado en la Universidad Carlos III, cuyo rector es Gregorio Peces-Barba, declarado defensor de la laicidad, desde postulados plenamente masónicos (aunque no se le conozca ninguna filiación masónica, como sí la tuvo, en cambio, su padre). Que sea esta universidad, y no otra, donde Naïr imparta algunas clases, es más que significativo. No se olvide que el reinado de Carlos III se caracteriza por la proliferación de la masonería en España, bajo la tutela del conde Aranda, fundador en 1780 del Grande Oriente Nacional de España.
En todos sus trabajos, Sami Naïr insta a los inmigrados musulmanes a que abandonen progresivamente toda referencia islámica, con el objetivo de que se diluyan en el ethos republicano. A este respecto, su consideración del pañuelo (hiyab) como “un pedazo de tinieblas incompatible con la ética laica de la escuela republicana”, es repugnante. Sin embargo, si hay que resumir su programa político respecto a los países del Sur mediterráneo, queda perfectamente descrito en este párrafo suyo: “Una democratización controlada sustentada en una doble pena —un Estado de Derecho que asegure las libertades privadas y públicas por una parte y, por otra, un Ejército protector de las bases democráticas de aquél— haría sin duda posible el surgimiento de un modelo islamo-democrático capaz de institucionalizar la identidad política musulmana (a semejanza de las democracias cristianas europeas) dentro del respeto a las reglas del Estado de Derecho. Y esta solución, hasta el momento la única realista, solo es posible si se dan dos condiciones: que las actuales élites tomen de verdad en sus manos la cuestión del desarrollo económico-social, con un firme apoyo de los países de la orilla norte del Mediterráneo, y que los Estados del Sur tengan el valor de liberar la religión de la política, es decir, de separar la religión del Estado”. Si a este breve programa político añadimos la proclamación que hace por doquier de “un universalismo humanista” (mandato eminente y propensión de la masonería), es fácil ubicar a Sami Naïr entre los más activos intelectuales en la creación del Euro-Islam.

* Hakim El Ghissassi, joven francés de origen marroquí, director de la revista “La Médina”, y organizador de encuentros entre musulmanes e intelectuales franceses con el objetivo de favorecer un diálogo entre Islam y laicismo. “La Médina” forma parte de un proyecto de “acción ciudadana, y no comunitaria”, integrado en el llamado Foro Ciudadano de Culturas Musulmanas (FCCM), del que El Ghissassi es instigador junto con el filósofo y agitador republicano de origen argelino Rachid Nekkaz (director de la start-up Vudunet, especializada en comunicación virtual, y perteneciente al Grupo Robert Laffont, de conocida y larga trayectoria masónica; y coautor en 1998 del Proyecto Millenarium, junto con el pianista Léonard Anthony, a modo de organización no gubernamental que establece la promesa de la paz en el mundo). El primer acto del FCCM fue una gran movilización a favor de la inscripción de jóvenes ciudadanos franceses de “culturas musulmanas” en los listados electorales, con vistas a las elecciones presidenciales y legislativas. El éxito fue tal, que reunidos un millón y medio de votos musulmanes, dicho Foro ha llegado a proponer candidatos a la presidencia de la República.

(Tariq Ramadan)

* Tariq Ramadan (1962), representa la línea moderada, intelectual, en línea con el “reformismo liberal islámico” (según sus propias palabras), en suma mutazili, de los Hermanos Musulmanes (HM), y del que ya hemos hablado anteriormente al referirnos a su abuelo Hasan al-Banna. Con su discurso de aunar el Islam con la laicidad, es colaborador y asiduo a los congresos de la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF), vinculada a los HM. Además de que su presencia en los medios de comunicación franceses es constante (sobre todo en Le Nouvel Observateur y Le Monde Diplomatique, con cuyo redactor jefe, Alain Gresh —de origen judío— mantiene una amistad colaboradora, fruto de la cual surgió un libro: “L´islam en questions”), Tariq Ramadan es impulsor de la entidad Présence Musulmane, con la que ha dado desde 1997 cientos de seminarios por ciudades de Francia, Bélgica y Suiza, siendo muy activo en el seno de la juventud musulmana de los países francófonos.
De su estrecha colaboración con las instituciones gubernamentales, cabe citar su participación en la comisión “Islam y laicidad”, creada a finales de 1996 en el seno de la Liga Francesa de la Enseñanza, así como su participación, muy activa por cierto, en la consulta iniciada en el 2000 por el ministro del Interior y masón Jean-Pierre Chevènement para constituir una instancia representativa del Islam en Francia, defendiendo en todo momento la ley de 1905, la cual considera —en carta abierta al ministro del Interior, Nicolás Sarkozy— que no debe ser modificada sino aplicada igualitariamente a los musulmanes, dado que “la aplicación estricta de la laicidad les asegura una libertad de conciencia y de culto”. Para ello insta a que “se creen espacios de diálogo entre las autoridades políticas y los ciudadanos musulmanes”, y que se evite la creación de escuelas islámicas particulares, al margen de la escuela republicana. T. Ramadan es miembro también del Grupo de los Sabios para el Diálogo de los Pueblos y de las Culturas, dependiente de la Comisión Europea bajo la presidencia de Romano Prodi (masón, formado en ambientes financieros judeo-anglo-norteamericanos —son conocidos sus servicios de consultoría a la firma Goldman Sachs—, y miembro de importantes círculos mundialistas, como la Comisión Trilateral).
Casi toda la obra de T. Ramadan viene siendo publicada tanto por la Islamic Foundation de Leicester (Reino Unido) como por la editorial Tawhid de Lyon (Francia), ambas brazos seculares en el campo intelectual de los HM, con importantes contactos internacionales con la Jama´at-i-Islami (fundada por Al-Mawdudi).

* Eric Geoffroy. Arabista e islamólogo, profesor en la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo, es especialista en trabajos sobre sufismo, en los que se inició tras las lecturas de René Guénon. Frecuenta monasterios cristianos en Francia y en Grecia, y practica el zen, compartiendo ambigüos encuentros interreligiosos con Shayj Khaled Bentounès, entre otros. Es considerado como un puente entre el Islam popular de las mezquitas y el Islam, más intelectual y místico, de los sufis.

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(Bruno Étienne)

* Bruno Étienne. Profesor de Ciencia Política y director del Observatorio de lo Religioso en el Instituto de Estudios Políticos de Aix-en-Provence, es un conocido islamólogo, que no oculta su larga experiencia masónica. Miembro del Gran Oriente de Francia (GODF), mantiene actualmente una postura crítica con la política progresista de su actual Gran Maestre, Alain Bauer, por entender que la secularización del GODF está acabando con la naturaleza de la masonería, a la que califica sin vacilar como una religión. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que Alain Bauer, es el introductor en Francia del concepto de “tolerancia cero”, participando en la construcción de un discurso basado en las causas de la inseguridad y la delincuencia (entre ellas, cómo no, la inmigración), que promociona gracias a una sociedad privada de su propiedad, AB Associates, encargada de vender, por un lado, las encuestas que atizan el sentimiento de inseguridad, y, por otro lado, los dispositivos de vigilancia. Por todo ello, fue elegido para presidir el consejo de orientación del Observatorio Nacional de la Delincuencia, instituido por Nicolás Sarkozy. Un tipo éste, Alain Bauer, que ha sido desenmascarado por varios sociólogos, siendo definido, sin ningún género de duda, como el Gran Maestre de la superchería de la seguridad pública.
Étienne es autor de numerosos libros, entre los que destacamos dos: “El islamismo radical” (Ediciones Siglo XXI, 1996), y “Una vía para Occidente. La masonería que viene” (Ediciones Derby, 2000).
Ante el fundamentalismo islámico, Bruno Étienne indica que una problemática protestante permite comprender mejor los problemas planteados en las sociedades musulmanas actuales, dado que la Reforma luterana —rechazando el magisterio de la Iglesia— profesó el acceso directo de los creyentes a las Escrituras, lo que recuerda a la actitud de los reformistas musulmanes. Una analogía superficial que no sale de esa falsa oposición religión / política (tan ridiculizada, por cierto, por los laicistas), perjudicando así la comprensión de la verdadera dimensión del Islam.

Y ya para concluir, no podemos dejar de citar a los típicos agentes de influencia que operan al aire libre, a la vista y conocimiento de todo el mundo, quienes nunca salen mejor parados que después de haber fingido no existir. Hablamos, cómo no, de los conspiracionistas, esos personajes que se desenvuelven en el aspecto activo de las operaciones secretas, a las cuales se da el nombre genérico de información. Veamos, a este respecto, tan sólo dos ejemplos: Thierry Meyssan y Alexandre del Valle.

(Thierry Meyssan)

* Thierry Meyssan. Actual secretario nacional del Partido Radical francés, tiene un curriculum que deja ver un itinerario de contornos sinuosos: frecuentó el seminario de Orléans antes de convertirse en fustigador del Opus Dei, participó en las últimas elecciones con Lyonel Jospin, es director de Réseau Voltaire, miembro inquieto de la masonería (concretamente de la logia “Combats” del Gran Oriente de Francia, GODF), partidario feroz de la laicidad y militante defensor de los derechos de los homosexuales. Pero es conocido por ser autor de dos libelos de historia ficción y paranormal, con alegaciones delirantes, que han alcanzado la categoría de best-seller: “La gran impostura” y “El Pentagate”, donde trata de demostrar que fue claro y transparente que los elementos sucedidos el 11 de septiembre de 2001 fueron dirigidos desde el interior de Estados Unidos y no son imputables a terroristas extranjeros; que todo fue resultado de un complot urdido por los elementos más extremistas del ejército americano, que querían obtener el visto bueno del presidente Bush para lanzarse al asalto de Afganistán y luego de Iraq. Concretamente, en el segundo libro, trata de demostrar con datos técnicos que no fue un Boeing 757 el que se estrelló contra el Pentágono, sino que fue un misil del mismo ejército americano.
Pues bien, estas tesis insensatas y aberrantes han alcanzado una resonancia espectacular. ¿Por qué? Para responder a la cuestión, hemos de decir que se trata de una campaña de intoxicación colocada en el dominio del rumor, que ha inundado el planeta, con ediciones en casi todos los idiomas conocidos, asentada en la teoría de la conspiración, esa que hace ver la infiltración y/o instrumentalización de sociedades secretas para ejecutar estrategias, utilizando su tradición de discreción y de secreto para asegurarse la confidencialidad de sus operaciones. Una campaña hecha sin tener en cuenta que para que una teoría de la conspiración sea probable, hace falta por lo menos que los elementos que la componen sean inquebrantables, que los argumentos sean indiscutibles, y que el giro de las frases no esté sujeto a discusión. No es éste el caso.
Unos libros que, cómo no —en su mecánica de lanzamiento mundial—, han sido traducidos también al árabe. Tras presentar el primero en el Centro Zayed, en Abu Dhabi, el 8 de abril de 2002, Meyssan consiguió que el Sultán hiciera una edición especial de cinco mil ejemplares, que se distribuyeron a cinco mil personalidades del mundo árabe. A estos libros han sucedido otros muchos más, de otros autores, que —situándose en el mismo delirio revisionista y conspiracionista— han salido para demoler sus tesis, poniendo de manifiesto extrañas alianzas. El efecto conseguido con toda esta literatura impulsiva y paranoica no es otro que el de la difuminación, una astucia o artificio habitual empleado por los agentes de influencia para ahogar el hecho verdadero en una masa de informes. Ya se sabe: la conspiración tiene su lógica: lo que es utilizado para denunciarla o revelarla forma parte de la conspiración.

(Alexandre Del Valle)

* Alexandre Del Valle. Agente sionista, cuyo verdadero nombre ni se sabe, porque utiliza en sus escritos alrededor de seis o siete seudónimos, aunque parece ser Marco D´Anna el más convenido. Geo-politólogo, investigador en Geopolítica en la Universidad París VIII y miembro del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IIES), es asiduo a logias masónicas y a encuentros con colaboradores del Centro Simón Wiesenthal (filial de la Liga Antidifamatoria de la Orden masónica judía B´naï B´rith).
Totalmente implicado en el sostenimiento de la represión anti-palestina por parte de Israel, defensor de las guerras que mantuvo Milosevic contra los musulmanes bosnios y Rusia contra Chechenia, Del Valle es autor de dos obras sobre las connivencias americano-musulmanas (“Islamismo y Estados Unidos, una alianza contra Europa”, y “Guerras contra Europa”), donde llama la atención sobre la islamización de Europa, mediante el fenómeno de la inmigración, que oculta —según él— una guerra de conquista, una gran empresa de subversión ideológica y política llevada a cabo por la mayoría de las asociaciones islámicas (oficiales y clandestinas) instaladas en Europa, pero controladas totalmente por Estados musulmanes.
Su tesis trata de demostrar cómo la política y la diplomacia norteamericana, cubierta por las intrigas de Arabia Saudita, su protegida, se la ingenia en suscitar y en promover deliberadamente los regímenes islámicos más radicales, con el objetivo, por un lado, de destruir los regímenes laicos de esos países, fundados sobre la idea nacional, y, por otro lado, de excitar el Islam más extremista contra la Europa cristiana (tanto los países católicos y protestantes como los pueblos eslavos y ortodoxos). Una tesis que tiene difusión en los círculos de la “nueva derecha francesa”, en los que colabora asiduamente.
En definitiva, Del Valle viene a advertir cómo “en nombre de los Derechos Humanos y en nombre de la libertad de las minorías religiosas, Occidente secularizado y antiteocrático anima la expansión sobre su suelo, de una religión conquistadora y teocrática, cuyos fundamentos doctrinales están en oposición total con los principios democráticos y laicos que rigen nuestros sistemas filosófico-políticos”. Una advertencia que se inserta dentro de la campaña llevada a cabo, desde finales de 1996, por los estrategas y jefes de los servicios de inteligencia franceses. De hecho, al advertir sobre la existencia de una “conjura islámico-norteamericana” destinada ante todo a debilitar a Europa, acompañada en todo momento por todo tipo de mensajes islamófobos, lo que se pretende es preparar insidiosamente a la opinión pública europea para ser menos permeable al auténtico mensaje del Islam, permitiendo con ello que los distintos gobiernos tomen partido de una vez por todas por desconectar a las comunidades musulmanas de Europa del control (oficial o clandestino) por parte de los países musulmanes. De esta manera, tras una planificación (mejor dicho, infiltración) gubernamental, se crea el espacio ideal para la creación de un Euro-Islam o, lo que es lo mismo, un “Islam laico y tolerante”. Porque como ya se sabe, la desinformación es a la intoxicación, en su sentido estricto, lo que la estrategia es a la táctica. Por esta razón, no es de extrañar que a esta campaña orquestada por Del Valle se haya sumado el general Pierre Gallois, entre otros conocidos estrategas.
Los procedimientos habituales son bien conocidos. Se trata simplemente de una aplicación del principio de base: no se ha de luchar jamás directamente; hay que ajustar las cuentas en otra parte, en otro país, en otro contexto social, en otro dominio intelectual, distintos de aquellos en que surge verdaderamente el conflicto. Así, las ocupaciones de Afganistán e Iraq cumplen dos servicios: por un lado, desacreditar al imperio norteamericano entre sus aliados, sus clientes, todos aquellos sobre los cuales asienta su potencia mundial; y, por otro lado, desintegrar los grupos islámicos de referencia tradicionales que podrían proteger a los musulmanes contra la acción de sus enemigos, señalándoles culpabilidades desde el interior y desde el exterior, haciéndoles creer que han sido perjudicados en el pasado, que siguen siéndolo, por parte de sus autoridades, a las que finalmente se les considerará como inútiles, parasitarias. A partir de esta posición de fuerza, resulta fácil atacar a la autoridad haciéndola responsable de todos los males reales que existan en la sociedad islámica, sin contar los imaginarios.

Islamofobia: una mistificación judeo-masónica

Si a todo lo dicho anteriormente, añadimos que el término “islamofobia” (monstruoso malentendido, al que se le transfiere el mismo odio a la función sobre la raza o la religión que contiene el “antisemitismo”, ese otro monstruoso malentendido) fue acuñado como título de un estudio encargado en Gran Bretaña por el Runnymede Trust en 1997: Islamophobia: Fact Not Fiction, llevado a cabo por una Comisión sobre los musulmanes británicos (Commission on British Muslims and Islamophobia)—compuesta por cuatro judíos (uno de ellos rabino), dos reverendos anglicanos, dos periodistas (uno de ellos editor de The Independent), una hindú, y cinco musulmanes—, veremos cómo todo empieza a tener más sentido.
El Runnymede Trust es un laboratorio de ideas (think tank) británico fundado en 1968, especializado en temas étnicos y diversidad cultural, siendo uno de sus principales objetivos: la “igualdad racial en Europa”. Sostenido y financiado por un nutrido grupo del Big Business judío y masónico británico, entre los que destacamos: bancos y multinacionales (Bank of England, Abbey National, BP Amoco, British Telecom, British Airways, Marks & Spencer, Unilever, etc.); fundaciones (Baring, Gulbenkian, John S. Cohen, Nancy Balfour, etc.); trust caritativos (Sir Sigmund Sternberg, Joseph Rowntree, Lord Ashdown, etc.); y, finalmente, algunos consejos religiosos (Churches Commision for Racial Justice, City Parochial Foundation, Council of Churches, etc.). Como se puede ver las conexiones judías de este think tank son numerosas, siendo su portavoz Richard Stone, jefe del Consejo Judío para la Igualdad Racial (Jewish Council for Racial Equality).
Entre los cinco musulmanes británicos integrantes de la comisión que hizo el trabajo sobre “islamofobia”, destacamos a tres: el bosnio Saba Risaluddin, entonces presidente de la World Conference on Religions for Peace (WCRP), una institución nacida a finales de los años sesenta, por iniciativa del rabino Maurice Eisendrath, el obispo metodista y masón John Wesley Lord, y el obispo católico (luego, cardenal) John Wright, y que culminó su creación en una conferencia en Kioto (Japón) en 1970, instrumentalizada desde entonces por la masonería y financiada por la Fundación Rockefeller, principalmente, estando su oficina de gobierno internacional moderada en la actualidad por el príncipe Hassan bin Talal (presidente del Club de Roma, y alto rango masónico como lo fue su hermano el rey Hussein de Jordania). El paquistaní Imam Abduljalil Sajid, de la Brighton Islamic Mission, del Muslim Council of Britain, y del Muslim Council for Religions and Racial Harmony; un asiduo a todo tipo de encuentros interreligiosos (a destacar, entre otros, su cargo de secretario general de la WCRP en Gran Bretaña), donde suele ser compañero de viaje de judíos, como el rabino israelí Yehezkel Landau (de conocida filiación masónica). Y, por último, el egipcio Zaki Badawi, fundador del Muslim College of London, jefe del Consejo de Imames y Mezquitas de Reino Unido, además de director no ejecutivo del Islamic Banking System (Luxemburgo), entre otros numerosos cargos; asiduo también a encuentros interreligiosos, como los organizados por la John Templeton Foundation (en honor del magnate judío y masón del mismo nombre), donde Badawi es fideicomisario, junto a multitud de personajes miembros de organizaciones mundialistas.
Y por si no fuera bastante, y ya para rematar, decir que el jefe de la Comisión sobre musulmanes británicos que redactó el susodicho trabajo sobre “islamafobia”, fue el judío Gordon Conway (profesor especialista en ecología agrícola), presidente de la Fundación Rockefeller (principal financiero de proyectos agrícolas de productos transgénicos en todo el mundo, entre muchas otras cosas).
Ahora todo está más que claro: la propaganda islamófoba en Europa (cuyo eje central es la distorsión dolosa, la tergiversación sistemática de lo verdadero y lo honesto, que tiende —por manipulación política y periodística– a sustituir al “anticomunismo” de la época de la “guerra fría” en el imaginario social, y con las mismas formas disuasorias) no es más que una mistificación o, lo que es lo mismo, una operación de influencia dirigida por la masonería y los judíos —en connivencia con algunos cristianos ecuménicos post-Concilio II y algunos musulmanes hipócritas, en calidad de testaferros útiles—, con el objetivo de crear ese producto transgénico llamado Euro-Islam.

El Profeta Muhammad (que Allah le conceda Su gracia y paz) dijo que vendría un tiempo en que el mundo entero se juntaría para planear la destrucción de los musulmanes como si estuvieran juntos alrededor de una mesa para participar en una suculenta comida. Este tiempo ha llegado. Pero aunque los enemigos del Islam planean, Allah también hace planes, y Allah es el Mejor de los Planificadores. ¡Allah Akbar! ¡Allah es el Más Grande!

Yasin Trigo

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