Cuando Churchill pensaba en una alianza con los nazis (2ª parte)

http://elsilenciodelaverdad.wordpress.com/2013/02/11/cuando-churchill-pensaba-con-una-alianza-con-los-nazis-2a-parte/

Stalin y Churchill

Stalin y Churchill

Los Aliados no combatieron a fondo a los nazis hasta 1944 para debilitar a los rojos soviéticos

Víctor Litovkin: En Occidente todavía se oye el reproche de que la Unión Soviética y Gueorgui Zhukov sacrificaron numerosas vidas en aras de una efímera acción propagandística, la de enarbolar una bandera roja sobre el Reichstag. ¿Cuál es su opinión a este respecto?
Valentín Falin: – Pues debería confesarle que yo también me he preguntado siempre si la Operación de Berlín realmente merecía el sacrificio de casi 120.000 soldados y oficiales soviéticos.
Un día me leí la versión varios documentos británicos y pude comprobar aquellos datos con la información a la que había tenido acceso en la década del 50. Fue entonces cuando se disipó parte de mis dudas y muchas cosas se pusieron en su lugar.
La determinación soviética de tomar Berlín obedecía a un objetivo de suma importancia: hacer cuanto estuviera a su alcance para prevenir los planes que venía tramando el líder británico con el apoyo de algunos sectores influyentes dentro de EE.UU. para impedir que el conflicto derivase en una III Guerra Mundial, en la que Rusia se vería enfrentada a sus aliados de ayer.

V.L.: – ¿Cómo era posible? Si la coalición antinazi estaba en el auge de su gloria y eficiencia…

V.F.: – Difícilmente podríamos encontrar a otro político del siglo XX que fuera equiparable a Winston Churchill en cuanto a la habilidad para despistar a gente propia y ajena.. Y en lo que más progresó el futuro sir Winston era en las intrigas y en la política farisaica en relación con la Unión Soviética.
En sus mensajes a Stalin, Churchill deseaba «un éxito absoluto para esa empresa noble», refiriéndose así a la extensa ofensiva del Ejército Rojo. Ç
Eso, de palabra. En realidad Churchill se sentía libre de cualquier compromiso ante la Unión Soviética y hasta intentó orientar al presidente Roosevelt hacia una confrontación con Moscú.

Recordemos que tanto en el plano formal como en la práctica, el Segundo Frente abierto en Occidente dejó de existir en marzo de 1945. Las unidades alemanas se rendían o bien se iban replegando hacia el Este, sin oponer resistencia digna a los aliados.
La táctica de los alemanes consistía en retener, dentro de lo posible, las posiciones a lo largo de la línea de confrontación germano-soviética hasta que el Frente Oeste y el Frente Este se fundieran en uno solo para que las tropas americanas y británicas pudieran relevar a las unidades de la Wehrmacht en la tarea de contrarrestar la «amenaza soviética» que se iba cerniendo sobre Europa. Los aliados occidentales habrían podido avanzar hacia el Este más rápido si las planas mayores de Montgomery, Eisenhower y Alexander hubieran gastado menos tiempo en las querellas internas.
Mientras Roosevelt estaba vivo, Washington no se apresuraba a poner cruz y raya en la cooperación con Moscú, por diversos motivos. Para Churchill en cambio, era necesario deshacerse de los rusos porque habían cumplido ya su misión.
Preguntémonos cuál debía haber sido la reacción de los dirigentes soviéticos después de que se enteraron del doble juego de Churchill.
¿Confiar en las decisiones tomadas con respecto a Alemania y sus satélites? ¿O resultaba más seguro atenerse a los datos fidedignos sobre la traición que se estaba tramando y en la que Churchill involucraba a Truman, a sus asesores Leahy y Marshall, al jefe del servicio de inteligencia norteamericana Donovan y a otros cargos parecidos?

Recordemos que la reunión de Yalta terminó el 11 de febrero. En la mañana del día siguiente, 12 de febrero, los mandatarios americano y británico se fueron a casa. En Crimea se acordó que la aviación de las tres potencias se atendría en sus operaciones a ciertas zonas delimitadas, pero ya en la noche del 12 al 13 de febrero los bombarderos de los aliados occidentales arrasaron la ciudad de Dresden y más tarde las fábricas más importantes en Eslovaquia y en la futura zona de ocupación soviética en Alemania, para que los rusos no pudieran quedarse con las instalaciones productivas.

V.L.: ¿Y Dresden? ¿Por qué estorbaba a los aliados?

V.F.: Uno de los principales objetivos del ataque aéreo contra Dresden eran los puentes del Elba. El planteamiento de Churchill, compartido por los americanos, era retener al Ejército Rojo en el Este, a la mayor distancia posible.

V.L.: ¿Quiere decir que la destrucción de la ciudad fue una especie de efecto colateral?

V.F.: Son los llamados costes de la guerra. Aunque también había otro motivo. En el pre-vuelo se les había dicho a los pilotos británicos que demostrasen a los Soviets todas las capacidades de la aviación de bombardeo aliada, cosa que hicieron en varias ocasiones.
Cuando centramos hoy la mirada en los acontecimientos de aquella época tenaz y nos esforzamos por analizar, dentro del sistema de coordenadas vigente entonces, por qué la dirección soviética aceptó un sacrificio tan grande en la recta final de la guerra, tenemos que preguntarnos si había o no un margen de maniobra. Aparte de las tareas inmediatas de la campaña bélica era necesario solucionar las charadas políticas y estratégicas a largo plazo, en particular, oponer diques ante los planes aventureros de Churchill.

V.L.: ¿No podíamos acaso decir a los aliados que estábamos al tanto de sus planes y que los considerábamos inadmisibles?

V.F.: A través del diplomático Vladímir Semenov sé que Stalin invitó a su despacho a Andrei Smirnov, en aquel entonces jefe del 3-er departamento europeo en el ministerio de Exteriores soviético, para debatir con él, con la participación de Semenov, las eventuales variantes de acción en los territorios incluidos dentro de la zona de responsabilidad soviética.
Smirnov informó que las tropas rusas, persiguiéndole al enemigo, sobrepasaron en Austria la línea de demarcación acordada en Yalta y propuso retener estas nuevas posiciones para ver cómo se comportaría EE.UU. en situaciones similares.
Stalin lo interrumpió diciendo que estaba equivocado y le dictó el texto de un cable que debía enviarse a los aliados: «Las tropas soviéticas, persiguiendo a las unidades de la Wehrmacht, se vieron obligadas a cruzar la línea que habíamos acordado anteriormente. Quisiera confirmar por la presente que, una vez terminadas las operaciones bélicas, la parte soviética se encargará de retirar sus tropas poniéndolas dentro de los límites establecidos para las respectivas zonas de ocupación».
Después del 12 de abril de 1945, cuando murió Roosevelt, él empezó a presionar muy fuerte sobre Truman persuadiéndole que no hace falta cumplir los acuerdos de Teherán y Yalta. Según él, era hora de crear nuevas situaciones que requerirían de soluciones diferentes. ¿Qué clase de soluciones?
Las potencias occidentales, en opinión del premier británico, se habían colocado por una evolución natural de los acontecimientos en unas posiciones más avanzadas hacia el Este, y era donde las «democracias» debían afianzarse.
Churchill se oponía a la conferencia de Potsdam o cualquier otra reunión que formalizara la victoria rindiendo el tributo a la aportación hecha por la Unión Soviética. Según la lógica del primer ministro, se presentaba ante Occidente la oportunidad de aprovechar un momento en que la URSS tenía recursos prácticamente agotados, retaguardia demasiado extensa, tropas cansadas de la guerra y equipos desgastados, por lo cual era necesario lanzarle un reto a Moscú y obligarla, ante la alternativa de otra guerra penosa, a plegarse al dictado de los anglosajones.
Quisiera subrayar aquí que no es una especulación ni tampoco una hipótesis sino la constatación de un hecho con nombre propio. A principios de abril o, según otros datos, a finales de marzo de 1945, Churchill ordenó que se procediera con la máxima urgencia a los preparativos de la Operación «Impensable», nueva guerra que tenía que empezar el 1 de julio de 1945 y en la cual deberían participar las tropas estadounidenses, británicas, canadienses, el cuerpo expedicionario polaco y diez o doce divisiones alemanas, aquellas que se mantenían sin disolver en la tierra de Schleswig-Holstein y en el sur de Dinamarca.
Los generales norteamericanos defendieron la necesidad de mantener la cooperación con la URSS hasta que capitulara Japón. Además ellos suponían, al igual que los militares británicos, que era más fácil desatar una guerra contra la Unión Soviética que terminarla con éxito. El riesgo les parecía demasiado grande.
Preguntémonos otra vez cómo debía haber actuado la cúpula militar de la URSS ante las informaciones de ese tipo. La Operación de Berlín, si Usted prefiere, era una reacción al Plan «Impensable». La hazaña realizada por los soldados y oficiales rusos en aquella batalla era una advertencia a Churchill y sus coidearios.

(Continuará)

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