Adolf Hitler: el mito del mal absoluto

El mito del mal absoluto.

http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2013/06/adolf-hitler-1-la-antitesis-de-barcenas.html

“El sistema financiero internacional mata cada año a más personas de las que perecieron en la Segunda Guerra Mundial, pero al menos Hitler estaba loco, ¿no es cierto?

(Ken Livingstone, ex miembro del Partido Laborista y candidato independiente a la alcaldía de Londres, citado en La industria del Holocausto, Norman Finkelstein, 2002, p. 52).******
Si ciertos actos y violaciones de Tratados son crímenes, son crímenes tanto si los comete Estados Unidos como si los comete Alemania”, indicó Bertrand Russell.******

“Las imágenes que vemos de madres y niños de regiones enteras de África sometidas al azote de las sequías y otras catástrofes nos recuerdan a los campos de concentración de la Alemania nazi (…) No tenemos un Nüremberg que pueda juzgar el orden económico que se nos ha impuesto, en el que cada tres años mueren de hambre y enfermedades que podrían prevenirse más hombres, mujeres y niños de los que murieron en la Segunda Guerra Mundial.”
(Fidel Castro, en entrevista de John Rice para “Associated Press”, “Castro Viciously Attacks Capitalism”, 13 de abril de 2000, citado por Finkelstein, N., op. cit., pp. 52-53)
Con este post iniciamos una serie, largo tiempo pendiente en FILOSOFÍA CRÍTICA, sobre el Führer de los alemanes, Adolf Hitler.  Alguien que pasa por la “encarnación humana del mal absoluto” en unas sociedades presuntamente laicas. Sociedades que parecen haber rebuscado en los cubos de basuras de sus prostíbulos las coartadas para “emanciparse” de la “superstición religiosa”, la Edad Media, el Ancien Régime…. Rebeláronse pues, así,  los “hombres más puramente hombres” contra sus amos feudales.  Y lo hicieron esgrimiendo el “bienestar” (consumismo enfermizo), la “felicidad” (incluidos “placeres” como la drogadicción y la pederastia), la “fraternidad” (terror revolucionario y policial, exterminio de masas, despotismo político, tortura), la “razón” (excusas, circunloquios, “racionalizaciones” en el sentido freudiano, palabrería, intelectualismo mendaz) y la “libertad” (el “deseo”, o sea, transgresiones de todas las normas y del principio normativo en cuanto tal, el gusto “en sí”: de la homosexualidad a follarse un bebé). 

Sociedades que pretendían haber dejado atrás la fe en el ámbito público, es decir, la fundamentación confesional del poder, pero que ahora contemplan cómo la fe retorna radicalizada en calidad de fundamentalismo fanático. “Fe” que en realidad nunca abandonaron, que más bien secularizaron para dar forma aparentemente “científica” a añejos delirios escatológicos y soteriológicos judaicos. Son esas sociedades las que nos reclaman e imponen hoy la fe pública judía, una creencia estatal confesional en un “Holocausto” denunciado 25 años antes de que presuntamente se produjera.

!Verdadero milagro amparado por ley, como antaño la resurrección de Cristo el judío-Dios!

Sociedades que han promovido, pongamos por caso, la “libertad de expresión” (incluidas pornografía, defensa literaria y argumentada del consumo de estupefacientes o del sexo adulto con niños), institucionalizan ahora esta nueva inquisición jurídica encabezada por la figura del fiscal contra los delitos fascistas de opinión.  Es decir, la negación de la fe judía y la “creencia” en el demonio.

Porque, sépanlo, la society terminó, después de acumular un grueso expediente de ignominiosas fechorías, crímenes y mentiras, evacuando a la postre cierto cuento, un relato pueril en que descansar su cómoda indecencia axiológica elevada a la categoría american way of life obligatorio: la narración de la tribu occidental Estupidez, maniqueísmo y simplismo son palabras harto comedidas para calificar la historieta antifascista oficial, que deja a la pretendida Ilustración en estado de coma.

Pero la sinvergonzonería del “hombre moderno” ni siquiera se inmuta. Hace ya mucho tiempo -más o menos desde la “Gloriosa Revolución” inglesa del siglo XVII- que este engendro hizo compatible el esclavismo, la corrupción política masiva y hasta el genocidio con la verborragia hipócrita sobre la “democracia” y los “derechos humanos”. Las podridas “ideas modernas” sólo alcanzan en el lavado de cerebro de la “cruzada” humanista “contra Alemania” y el “nazismo” su culminación, paradigma y modelo para eterno escarnio de las habladurías sobre el mito del “progreso”.

Un mito que hoy toca ya a su fin en Europa, el lugar donde surgió.

Hete aquí el contexto en el que resucita el espectro de Hitler como la otra cara, también mítica, del relato progresista en descomposición.

Cada vez que niegas “el Holocausto”, un banquero o “inversor” siente miedo

El fragmento que transcribimos a continuación ha sido escrito por alguien a quien nunca se le ha reprochado su sinceridad y que el fiscal Aguilar jamás sentaría en el banquillo de los acusados por delitos de odio. Por supuesto, no es Hitler, sino el “bueno” de Merleau-Ponty:

El marxismo se abre sobre un horizonte futuro donde el ‘hombre es para el hombre el ser supremo’. (…) La tarea esencial del marxismo será pues buscar una violencia que se supere en el sentido del porvenir humano. (…) La astucia, la mentira, la sangre derramada, la dictadura, se justifican si hacen posible el poder del proletariado, y en esta medida solamente. La política marxista es, en su forma, dictatorial y totalitaria. Pero esta dictadura es la de los hombres más puramente hombres (…) (Merleau-Ponty, M., Humanismo y terror, Buenos Aires, Leviatán, 1956, p. 12).

Podríamos citar decenas de “perlas” similares de autores progresistas, filósofos de reconocido prestigio, justificando la intolerancia, el crimen, incitando incluso al asesinato tout court

El individuo moderno ha avisado de que iba a exterminar en masa y cumplido su palabra. Los documentos están ahí para quien quiera cotejarlos: de la masacre de la Vendée a Vietnam, Palestina e Iraq. Pero diabolízase a Hitler por “Auschwitz” (=un plan sistemático de genocidio masivo con cámaras de gas y hornos crematorios), algo sobre lo que, precisamente, como los historiadores profesionales tienen que reconocer muy a su pesar, no cabe mostrar documentos probatorios (sólo quedan testimonios de los propios interesados y confesiones extraídas bajo amenaza o “a puñetazo limpio”). Ni una pericial aliada a posteriori o una simple orden oficial. La modernidad, promesa de refulgencias intelectuales deslumbrantes, conocimiento, racionalidad, ciencia, habrá sido ante todo la era de la mentira consciente, la falsificación propagandística deliberada de la historia, el marketing comercial y político de masas, el uso de las ciencias humanas al servicio de la manipulación de la mente y la fabricación de la opinión pública,  la ocultación mafiosa, sectaria, delictiva, de la verdad como forma normal del funcionamiento de las administraciones (obstrucción a la justicia, esta sí, sistemática y planificada por los políticos profesionales en todos los ámbitos de la sociedad oligárquica)…

El susodicho individuo moderno insiste todavía, empero, aunque cada vez con menos convicción a la vista de las asambleas de indignados menesterosas de soma consumista, en declararse libre y feliz. No sufre demasiado, de momento (“la crisis pasará”) a causa de las comunicaciones intervenidas por los servicios secretos de Sión, con ingenios mecánicos automáticos del mestizo universal Obama sobrevolando su cabeza a la espera de una orden -más bien un grito de orangután yanquee devorador de fast-food-, para ejecutarle ipso facto por vía administrativa.

La ramera barbuda del poder financiero.

El individuo progresistaliberal. El sujeto cartesiano. Pero ¿quién es ese personajillo? Un mono con corbata dedicado por entero, en su expresión suprema (el capitalismo financiero), a negocios fraudulentos, un canalla que esnifa “rayas” de coca y practica el turismo sexual vacacional con menores del Tercer Mundo, o bien un tirano vendedor de paraísos que sólo ha conseguido, en nombre de la realización de sus ideales comunistas humanitarios, perpetrar en el siglo XX los mayores exterminios de masas, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que la historia recuerda. La utopía. En versión anarquista: la comuna que retorna a los tiempos felices del “buen salvaje” amamantado por la Madre Naturaleza. O sea: la cheká y luego, de propina, el gulag. Para los anarquistas: el chute de heroína y despellejar vivo al sacerdote católico (peligrosa competencia en el negocio de entontecer a los rebaños adocenados con milagrosas recetas y elixires para el “paraíso”). En ocasiones: funcionarios del NKVD drogados torturando a quienquiera que mostrare síntomas de “fascismo” (escepticismo / pesimismo), borrachos y arrobados ante la inminente advenimiento del socialismo “científico” profetizado por Marx. !!!Modernidad!!!

 La dominación oligárquica deja tras de sí,
sólo en el Tercer Mundo, unos 500 millones de víctimas.
¿El mal absoluto? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?

En el lado burgués cristiano-liberal la cosa no pinta tampoco demasiado bien: el chimpancé “civilizado” occidental de Wall Street, tratante de negros y esclavista desde sus legendarios orígenes angloamericanos, se “chuta” a su vez con la religión (e incluso construye casas con apertura automática de techo para el momento en que Dios le “abduzca” a los cielos) y la bomba atómica (Hiroshima, Nagasaki) o el simple etnicidio (pieles rojas) para merecido castigo los “enemigos de Dios”… La justicia infinita. El delirio del puritano ex alcohólico renacido Bush, practicando el anatema veterotestamentario judío contra los pecadores paganos. Sodoma y Gomorra (por ejemplo, el bombardeo de Hamburgo, Dresden, etc., justificados a base de consignas bíblicas). El plan Morgenthau-Kaufmann, la liquidación masiva de prisioneros alemanes desarmados (40.000 sólo en los campos del Rhin)… La lista de delicatessen del “humanismo cristiano” resultaría también cansina e interminable.

La antítesis de Bárcenas

Es necesario, a estas alturas y después de contemplar este proceso de humana putrefacción con la suficiente perspectiva, tener la capacidad y la valentía de comprender que estamos siempre ante la misma porquería, a saber: el hombre moderno en su lucha patética por conseguir la “felicidad”; el sublime cabrón fariseo, con “alma inmortal”, capaz de hacer cualquier cosa para convertir en vivencia subjetivamente efectiva (en términos de placer) su anhelada huida ante el ser; la negación prelógica de la elemental evidencia existencial: verdad = muerte.  Este y no otro es el concepto que unifica la modernidad como un todo y permite además identificar su procedencia en el pasado religioso premoderno de Europa.

¿Auschwitz? No. El “mundo feliz” de la oligarquía
medio siglo después de la derrota de Hitler.
Para olvidar ésta su cobarde ignominia, el homo oeconomicus capitalista y su mera variante progre -Deng Xiaoping testifica- han fabricado en la etapa tardía del recurrente pudridero transgresor una suerte de religión cívica secular: el antifascismo (a derecha e izquierda), relato para idiotas que incluye mitos preilustrados como, pongamos por caso, un demonio: Hitler, un cielo: el paraíso social (comunista, socialdemócrata, ácrata o liberal-sionista), y un infierno: Auschwitz. Antes que hombre, Hitler es mito. Tenemos que  destrozar a martillazos la  envoltura sígnica que encubre al hombre con el fin de llegar al hombre mismo. Me perdonarán los lectores por lo poco que, de momento, estoy hablando aquí del Führer como tal.
Distintas formulaciones del “reino de Dios” secularizado: el modo de producción comunista, la sociedad de consumo reformista, la comuna subcultural ácrata y, últimamente, el “mercado mundial” neoliberal o la “independencia de Cataluña”, susténtanse empero en idénticos valores. La zanahoria cambió a menudo de marca, tamaño o color, pero siempre fue una zanahoria para justificar las tropelías de los promotores de la modernidad hedonista, atizando el látigo sobre las espaldas de masas de ilotas descerebrados. Fellahs del alma a quienes, hoy como ayer, se les ha prometido el caramelito metafísico y metapolítico habitual: que, “ajusticiando” a éste o aquél “fascista”, la felicidad caerá inmediatamente de “lo alto”. Es menester, pretenden, una fase de exterminio, de “limpieza”, de recortes, de autoridad, pero París bien vale una misa. Ignoran quienes firman el contrato que con ello acaban de convalidar también, en la letra pequeña, su sentencia de muerte, pues los corderos terminarán, cuando llegue el momento, imputados en la causa general sin límite y en calidad de “fascistas”. No. Ya se columbran a lo lejos los “brotes verdes”. Pronto, muy pronto, podremos consumir de nuevo. Quizá algún desahuciado se quedó en el camino, pero, consolémonos: era “nazismo puro”. No hagan caso de lo que hayan podido percibir (ideas delirantes) en los tiempos de penuria que corren, demasiada información para su frágil y sencilla tranquilidad espiritual (consistente en: “judíos buenos/nazis malos”). El “mercado” recuperado cumplirá la promesa narcotizante que le caracteriza y, en menos de lo que canta un gallo, olvidarán ustedes determinadas verdades incómodas, incompatibles con la buena digestión u orgasmo satisfactorio -qué digo, con la existencia misma de la society.

“Los escraches son nazismo puro”
 
(María Dolores de Cospedal, “número 2” del Partido Popular y posible madame “heredera” del lupanar de Mariano Rajoy)

A efectos de darle a esta bazofia pseudo intelectual una apariencia de racionalidad, el hombre moderno ha falsificado todas las ciencias humanas y sociales convirtiendo a los antaño tan belicosos “intelectuales” en funcionarios docentes orondos e inocuos, ha prohibido por ley cuestionar la versión oficial y obligatoria  del relato (impuesta en las escuelas a las proles de futuros esclavos), ha comprado el saber mediante la “industria cultural” (que aplica la autocensura), ha saqueado los ecosistemas, allanado las culturas y pueblos del mundo…, todo ello mientras continuaba perpetrando crímenes de masas uno tras otro y acosaba, encarcelaba o asesinaba a los críticos que osaban denunciar o disentir del dogma “políticamente correcto”. O sea: a los “fascistas”, categoría que incluye, por ejemplo, a  desahuciados que en vez de suicidarse se “atreven” a cosas tan genocidas y “nazis” como el escrache.

“¿Es el Gobierno de los Estados Unidos culpable de genocidio contra el pueblo de Vietnam? Sí (unánime)”, concluía el Tribunal Russell.

La oligarquía puede matar, asesinar, exterminar en masa… Tiene derecho a ello y no es -óiganlo-nazismo puro, sino, antes bien, antifascismo, viril combate por la “libertad” y la “felicidad” del género humano. Mas el antifascismo es peor que el fascismo; los hechos acreditan esta afirmación aparentemente chocante. Y ya veremos qué pasará cuando el desahuciado parado y divorciado, en lugar de arrojarse por el balcón de su ex vivienda, decida que un político, como poco, o un banquero (tanto monta monta tanto), le acompaña -!oh, sí!- a los infiernos. ¿Cómo calificará eso Cospedal si un escrache es ya para ella “nazismo puro” y el genocidio de Vietnam (o el de Iraq), nada de nada? ¿Qué actuaciones pueden esperarse del poder oligárquico en semejante escenario?

Mujeres lloran el suicidio de un desahuciado.
No existe atrocidad alguna por la que se impute a Hitler -en algunos casos con pruebas bastante endebles- que no hayan cometido también, en mayor medida incluso y con total impunidad (cuando no legitimándolo en la vomitiva salmodia de los “derechos humanos”), nuestros actuales gobernantes, así como todos aquellos líderes históricos fundacionales que construyeron “el mundo occidental” antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Con una diferencia en favor del Führer: Hitler no robó a su pueblo, Hitler no se enriqueció a costa de los obreros alemanes. Hitler conoció las trincheras y la muerte al igual que todos y cada uno de los soldados que, un día tras otro, luchaban en el frente del Este. Que se batían contra un régimen tan democráticamente exquisito (y tan celebrado antaño por los vencedores) como el de Yosef Stalin. Hitler arrancó al pueblo alemán del abismo de los 6 millones de parados, del abuso del Tratado de Versalles, de la humillación por la acusación de la presunta “culpabilidad alemana” (esgrimida por imperios coloniales siglos ha esclavistas y genocidas), y ofreció a los trabajadores alemanes la posibilidad de acceso a una cultura wagneriana bastante más auténtica que el “sexo, drogas y rock and roll” de los “felices sesenta”, la seguridad de una vida familiar sana y, sobre todo, la dignidad de pertenecer y servir a una nación de la cual pudieran sentirse orgullosos. Nada de eso son capaces de ofertar hoy los gobernantes del “Reino de España”, patético, ridículo chiringuito de ladrones sin honor del que una Cataluña independiente administrada por Artur Mas y los suyos representaría sólo la rigurosa réplica a escala (más mezquina todavía, si cabe, debido precisamente a su ridiculez y pequeñez provincianas).

El contable del PP, verdadero rostro del régimen oligárquico, insulta a todos los españoles.
¿Mal absoluto? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Adolf Hitler, antítesis de Bárcenas.

Badenweilermarsch. La marcha personal de Hitler.
Hitler: el hombre que no quiso obedecer
 
Se engañan los políticos cuando sospechan -suspicaces gruñidores de naturaleza porcina- que el pueblo no acepta la austeridad, el trabajo, el sacrificio, la obediencia… En la orgía de los recortes, estos sádicos neoliberales no dejan de predicar a la gran masa de la población aquello que ellos mismos rehúyen como la peste. Recetan así a perezosos súbditos que supuestamente no quieren trabajar, que se jubilan demasiado pronto, que se cogen la baja de forma tramposa, que viven por encima de sus posibilidades y deberían, pues, oh pillines, “apretarse el cinturón”, la medicina del sufrimiento. Sus señorías no saben empero cómo se escribe la palabra “t-r-a-b-a-j-o”, practican el absentismo sin necesidad de justificante médico, promueven leyes que les otorgan toda clase de privilegios en materia laboral y de seguridad social, disfrutan de autogenerosísimos complementos que nadie controla, aceptan propinas a cambio de favores e influencias, vulneran la ley, cobran dobles y triples sueldos más dietas y corrupción… !Vivir por encima de sus posibilidades! !Pero alguien nos habrá enseñado a los españoles a cogernos la baja cuantas más veces mejor, señoras diputadas de mierda!¿Es que los inversores trabajan? ¿No representa el capitalismo usurero, cima de la modernidad más rabiosamente actual, la negación del trabajo? ¿Cómo se puede imponer a machamartillo esa celebérrima “ética del trabajo” para beneficio de un poder fundamentado en el capital puro, es decir, en el parasitismo de un dinero que crece con el trabajo, sí, pero de los demás? ¿Y no es el rico inversor, aquel que vive del trabajo ajeno, el paradigma humano entorno al cual se construye la sociedad neoliberal triunfante, aquí o, ya también, en la China comunista? Esta línea divisoria que opone oligarquía y pueblo -el trabajo productivo real, vinculado a una población y un territorio versus el parasitismo bancario saqueador/opresor, aéreo, burbujil, apátrida- fue el punto de partida de la política de Hitler en defensa de los trabajadores alemanes, obreros o empresarios. Hitler nunca “trabajó”, es decir, no fue siervo de usureros y se negó expresamente a ello. Pero jamás dejó de trabajar en el verdadero sentido de la palabra. Hitler, soldado condecorado 
de primera línea, en 1916.
Los pueblos quieren autoridad, sí, pero ejercida sólo por aquellos que merecen ostentar la alta jerarquía de una nación respetuosa de sí misma. El resumen de España, desde hace siglos, es el menosprecio: Bárcenas. En cambio los alemanes, un hecho que no puede negarse, siguieron a su Führer hasta el final.

¿Quién “seguiría” en nuestros días, y únicamente hasta la vuelta de la esquina, a un mentiroso indecente y pusilánime como Mariano Rajoy, la ramera barbuda del poder financiero?

 
En este sentido, está claro que yo, al menos yo, tampoco voy a hacer el más mínimo sacrificio por los “liberadores nacionales” burgueses, personajes como Artur Mas, Jordi Pujol o alguno de sus hijos, colegas, correligionarios, amiguetes y amantes. Aunque no deje de leer, escribir, pensar, luchar con todo lo que tengo a mano…, confieso que soy un “vago” y un “cerdo fascista”. No consiento que el capital se “acumule” a costa de mi vida. Consecuentemente, verter sangre por la independencia de Cataluña, todavía menos. Pues tampoco percibo diferencias relevantes entre Madrid y Barcelona. Quizá en Barcelona la desvergüenza es mayor por envolver la corrupción con la senyera patriótica y acusar a los “españoles” de un saqueo que en realidad es obra de la rapacidad catalanista, bien autóctona y documentada ella.  Así las cosas, decidí tiempo ha que nunca sería carne de cañón de negocios corruptos, ni vulneraría, como funcionario, la ley (que los oligarcas mismos promulgan e incumplen de forma sistemática) por “lealtad” a alguno de los santos parásitos de la “patria catalana”. Pero, ¿qué patria? ¿La cuenta corriente de papá Mas en Suiza? ¿Cómo pueden reclamar lealtad aquellos que han traicionado a su propia Constitución, Estado, Pueblo y a todos los valores ético-políticos habidos y por haber? Nosotros, al igual que los alemanes actuales aunque por distintas razones, ya no tenemos patria. En suma: no me arrodillaré jamás y encima les escupo en la cara a los asesinos que nos gobiernan; en este punto, sigo a pies juntillas el ejemplo de Adolf Hitler. Antes que someterme al Sanedrín Financiero Internacional y sus lacayos prefiero la quiebra, la miseria, el hambre, la difamación (los sindicatos subvencionados de liberados se dedican a ello, y a jornada completa), la enfermedad, la separación matrimonial y la muerte… ¿Por qué explico todo esto? Hitler fue un vagabundo en Viena. Y es importante entender esto porque la generalización de actitudes de rebelión como la descrita supondría el derrumbamiento del sistema oligárquico. El mito de Hitler empieza ahí. Hitler, el hombre que no quiso obedecer. Un verdadero “subversivo”. Y Alemania, frente a la oligarquía, la nación rebelde por antonomasia. Sin embargo, los esclavos siguen esperando que otros den la cara por ellos y les saquen las castañas del fuego. Todos preguntan lo mismo, a saber: ¿por qué nadie hace algo? Pero evidentemente esta cuestión, como tal, planteada por millones, explica la docilidad del rebaño todo. Sólo un héroe podría liberarnos, pero un héroe colectivo, un ente imposible siquiera de ser conceptuado y entendido tras décadas de consumismo y lobotomización antiheroica, de “antifascismo”.
¿Hasta cuándo seremos las víctimas de los usureros?
Esto vale también para “líderes” del sector patriótico “antisistema” que no se distinguen en nada de los abyectos ejemplares “humanos” de la oligarquía, a los que quieren reemplazar (también en sus chanchullos) mediante tristes candidaturas electorales objeto de justificada mofa.
 
¿Cuál es, pues, el crimen cometido por Hitler que motivaría su diabolización irracional? No es Auschwitz. Tenemos tantos equivalentes de Auschwitz como políticos y naciones implicadas en la construcción del capitalismo, el sionismo y el comunismo desde los inicios de la modernidad. El gran delito que no se le perdona a Hitler ha sido oponerse a la actual oligarquía y actuar contra ella con los mismos métodos criminales, violentos e “inmorales” que los oligarcas habían utilizado siempre antes que él en defensa de sus propios intereses particulares, pero en el caso de Hitler en defensa de la nación alemana. ¿Podrían haberse empleado otras tácticas y estrategias en el señalado marco histórico de dominación oligárquica? Invito a los ciudadanos a oponerse a alguno de los gusanos blancos del poder corrupto respetando las “pacíficas y democráticas” reglas del juego: tribunales, sindicatos, concurrencia electoral, Defensor del Pueblo, prensa “libre”… Entonces entenderán que esas instituciones son sólo un teatrillo donde la oligarquía dicta por teléfono pomposas “resoluciones” con sello oficial y aplasta literalmente a los ciudadanos recalcitrantes reprochándoles incluso su “temeridad” por recurrir al Tribunal Constitucional (ejemplo basado en hechos reales: una sentencia del Tribunal Superior de Injusticia de Cataluña). La palabra es tongo, un fraude generalizado, obsceno, masivo… !!!No existe democracia alguna en occidente!!! Así que ya saben por qué Hitler recurrió a las divisiones Panzer. Es que estos canallas no comprenden otra cosa que la culata de un fusil reventándoles la cabeza a golpes: en el fondo, su propio lenguaje, aunque ellos, a veces (no siempre) asesinen “sólo” mediante “leyes”, sentencias judiciales o resoluciones administrativas: desahucios, despidos, sanciones, multas, letales listas de espera, persecuciones de la fiscalía, encarcelamiento de disidentes, recortes, acoso laboral a los funcionarios honestos, muerte civil en la prensa, tortura policial y penitenciaria…. Y no comprenden nada más porque ellos mismos son los primeros en saber, como técnicos expertos en el montaje, que el entero aparato institucional “democrático” no es otra cosa que la tramoya propagandística de un dispositivo de poder; de una máquina despiadada cuyo objeto principal es mantener “quietecitas” a masas amorfas y adocenadas de viles “consumidores/contribuyentes” (que no “ciudadanos”) ayunos de espíritu.
El gran capital como único
y verdadero “mal absoluto”.
El derecho natural ha justificado siempre el uso de la fuerza contra los déspotas, contra los corruptos, contra los que no respetan la ley y oprimen a los pueblos. Así razonó Hitler frente a las potencias “liberales” y “progresistas” del mundo moderno. Por favor, que alguien me convenza de que este “loco” se equivocaba y me rescate de mis propias conclusiones, un tanto desazonadoras, sobre la “democracia” capitalista/comunista occidental. 
 
Hitler no puede ser juzgado comparativamente poniendo en la balanza tales métodos deplorables (que cualquier persona de bien condenará, en primera instancia, sin paliativos).  Pero si aceptásemos que Hitler fue simplemente un tirano genocida, siempre quedaría ahí la verdadera piedra del escándalo, a saber: que nuestros políticos, además de genocidas,son corruptos. Hitler sólo puede ser juzgado: 1/ por su efectiva  lealtad al pueblo alemán; 2/, en su defecto, como parte de la política del siglo XX, en la cual todos los jefes de Estado occidentales (y ya no digamos los comunistas) merecen la misma absoluta reprobación que el Führer. No valen las dobles varas de medir y mientras éstas ostentábanse obscenamente entre los cánticos adormecedores del “estado del bienestar” consumista, la gente estaba dispuesta a olvidar ciertas cosas, pero ahora quizá pronto ya no.  Y ahí, nuestros gobernantes tienen que mucho que callar, porque las víctimas de sus atrocidades y abusos, de uno u otro tipo, son sus propios conciudadanos. Porque esos gobernantes sólo son leales a un supuesto “pueblo elegido” que no es el suyo. Porque cometen los mismos presuntos crímenes que Hitler pero de verdad y en calidad de traidores a su pueblo, léase: como testaferros y títeres de un proyecto racista, supremacista y criminal -el sionismo, el Estado de Israel- con el que no mantienen ningún otro vínculo que su propia cobarde abyección de ratas rastreras deseosas de trepar. Deseosas de dinero, poder y placer. !!!Ésa es su “democracia”!!! Porque se arrodillan ante el ídolo Sión por puro temor e interés y en perjuicio de sus compatriotas, felonía que no puede achacársele a Adolf Hitler.
Para Hitler, la alta finanza y el poder oligárquico 
sólo entienden un lenguaje: el de la fuerza.
Sabedores de esta realidad, a nuestros gobernantes sólo les quedaba jugar la carta más nefasta:  no construir una verdadera democracia, eso jamás, sino convertir a Hitler en Satán e idiotizar a la población gentil para mantener el dogma antifascista frente a cualquier evidencia u honradez intelectual. “Somos una mierda, cretino, pero siempre hay algo peor que nosotros: el demonio Adolf Hitler, el mal absoluto.” El tiempo ha pasado y la verdad va saliendo, empero, a la luz. La “ideología del Holocausto” resultó un fraude, otro más, de enormes dimensiones. ¿Podría no serlo a la vista de la idiosincrasia moral de sus beneficiarios, hogaño patente? A fin de seguir nutriendo la impostura tendrán pues los políticos que pudrirlo absolutamente todo: ciencia, ilustración, librepensamiento, democracia representativa, economía de mercado… Todo o, al menos, todo aquello con que antaño pretendían encubrir su secreta servidumbre al tirano Yahvé, a la burbuja financiera y a los colonos de Jerusalén. Son ellos mismos quienes están destruyendo “el mundo libre” para aferrarse como casta a los privilegios que les presta, a cambio de lacayuna sumisión, la extrema derecha judía. Nuestros vergonzantes politicastros han emprendido, de manera consciente, lenta, pero decidida y en ocasiones hasta descarada, la transición del liberalismo oligárquico a la oligarquía totalitaria sionista sin máscaras. Pero a medida que el montaje teatral democrático se viene abajo, la figura de Adolf Hitler agrándase ante millones de jóvenes que despiertan de un largo sueño; que sienten haber sido víctimas del más perverso engaño por parte de los desacreditados referentes éticos de una sociedad moralmente en ruinas. Bárcenas nos permite comprender quién es realmente, en la mente culpable de canallas como Rajoy, Cospedal o Mas, el horrendo tirano Adolf Hitler: somos nosotros, el pueblo, todos; las gentes (=gentiles), incluso los pobres desahuciados, queriendo, siendo ya, para aquellos inmundos oligarcas, los potenciales ejecutores de su exterminio. Pero no vamos a caer en la trampa que nos tienden las emociones y el propio sistema oligárquico. Quisiera recordar aquí que hemos rechazado toda forma de violencia por razones éticas, pero también técnicas. !No es sólo una cuestión de abstracta “moralidad” o decencia el hecho de negarse a aceptar unos métodos que, tarde o temprano, nos colocarían ante la disyuntiva de asesinar en masa a civiles inocentes! Empero, ahí está la posibilidad de la pena de muerte dictada por un tribunal democrático en cumplimiento de las mismas normas por las que Eichmann fuera juzgado en Jerusalén y colgado de una soga en el año 1962. Nuestros motivos y propuestas para el derrocamiento pacífico de la oligarquía han sido expuestos repetidas veces en esta bitácora; exhaustivamente desarrolladas las encontrarán en el libro “La manipulación de los indignados” (Madrid, 2012). A los textos me remito.

 
Jaume Farrerons

27 de junio de 2013

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