LA DELINCUENCIA: MAGNÍFICA EXPLICACIÓN DESARROLLADA POR JACQUES DE MAHIEU

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Jacques de Mahieu (París 1915 – Buenos Aires, 1990) también conocido como Jaime María De Mahieu, fue un eximio político argentino, filósofo, sociólogo y antropólogo de origen francés. Su trascendental obra ha dejado una honda huella tanto en el extranjero como en nuestro País, en este último deliberadamente ignorado justamente por ser su legado, anticapitalista, antimarxista y contundentemente brillante en cuanto a la intensidad y solides de sus argumentos.  

Hoy, el homenaje y difusión de su trabajo es llevado a cabo por su hijo Xavier Marie de Mahieu y su esposa en su sitio oficial “Jacques de Mahieu”, a ellos agradecemos el magnífico material que publicamos a continuación. 

 

 

LA DELINCUENCIA

 

La ideología imperante ha proclamado la primacía del individuo y ha hecho de la Libertad absoluta la fuente de toda vida colectiva.

 

Por un lado, pues, relajamiento del marco social y, por otro, exaltación del individuo. Este se convierte en el único juez de sus actos y será difícil hacerle creer que sus decisiones no tienen validez en sí, que sólo buscan expresar la Voluntad General y que, por consiguiente, deben subordinarse a ésta en caso de conflicto.

 

Los sofismas roussonianos pueden ser útiles para el gobernante “democrático” y atractivos para el soñador: no convencerán a quien se considere un pequeño dios y tenga un interés lo bastante fuerte en violar una norma necesaria de la vida social.

 

El individualismo igualitario fomenta así un retorno a la ley de la selva. En la medida en que se impone, todo individuo se convierte en un delincuente en potencia.

 

El delito

 

El fenómeno patológico que es objeto del presente capítulo se diferencia fundamentalmente de los, que estudiamos en las páginas anteriores. Tanto la desintegración y desubicación de las estructuras de distinto nivel como la inadecuación de los factores demológicos a las necesidades imperantes constituyen, en efecto, procesos, excepcionales que surgen y se desarrollan sólo en determinados períodos históricos. Si los ejemplos que dimos al respecto se refieren, por lo general, a los últimos doscientos años, no es tanto porque hayamos querido insistir en la situación contemporánea y sus causas, de mayor interés para nosotros que acontecimientos lejanos, cuanto porque tropezamos a menudo con cierta dificultad para encontrar en épocas anteriores de nuestra era casos que ilustraran nuestros análisis. La delincuencia se manifiesta, por el contrario, en todos los tiempos y en todas las Comunidades, aunque varían sus características y su incidencia en la vida social. Se trata, pues, de un fenómeno anormal pero constante.

 

Para el sociólogo la definición de delito es bastante más fácil de establecer que para el moralista y el jurista. Se basa, en efecto, exclusivamente en las normas naturales de la convivencia social. Todo acto que viole estas normas, cualquiera sea su autor individual o colectivo y cualesquiera sean las causas de que proceda, es delito desde el punto de vista de la evolución social.

 

Los únicos valores en que se funda el juicio sociológico al respecto san los que hacen a la afirmación del conjunto humano considerado. La noción de responsabilidad personal no interviene para nada, y tampoco la relación con el derecho escrito, El asesinato cometido por un loco, psicológica y moralmente irresponsable, es tan delito corno si su autor hubiera sido del todo cuerdo, porque sus consecuencias sociales son las mismas. Por otro lado un acto prohibido por algún texto legal puede ser genérica u ocasionalmente provechoso para la colectividad y, por lo tanto, no ser delito, mientras que puede serlo, siempre o en determinadas circunstancias, otro acto que la ley autoriza y hasta impone. El único punto de vista común al sociólogo, al moralista y al jurista es el de la intención. Pero el enfoque del primero es distinto del de los demás. Para él, no hay delito cuando el acto es accidental, pero exclusivamente por falta de peligrosidad social por parte de su autor.

 

Inútil es agregar que la sociología rechaza terminantemente, en este campo como en los demás, toda concepción individualista e igualitaria del orden social, Para ella el delito es siempre relativo a la ubicación funcional del que lo comete. Interviene, pues, en su apreciación el concepto de responsabilidad social. El abuso de armas es más culpable en un sacerdote que en Un laico y la deserción lo es más en un oficial que en un soldado raso.

 

El delito por abuso de derecho

 

El delito siempre procede de un conflicto no superado entre entes sociales -individuales o colectivos de distinto nivel. Pero este conflicto puede tener causas diversas, de las cuales corresponde mencionar en primer lugar la que constituye, cuando se extralimita, el mismo derecho natural del ser humano y de los grupos sociales y comunidades que integra.

 

Ya sabemos que el individuo nace de la sociedad y depende de ella en su existencia y en su desarrollo.

 

Esto no significa que carezca de derechos propios sino que sus derechos están subordinados a los que pertenecen a lo distintos conjuntos sociales yuxtapuestos o superpuestos de que forma parte y, por consiguiente, están siempre limitados y a veces anulados por estos últimos. A la presión social sobre el individuo responde la resistencia personal a las imposiciones sociales. Tal dialéctica es normal, pues su desaparición supondría el completo sojuzgamiento del individuo por una Comunidad convertida en hormiguero y, por lo tanto, tremendamente empobrecida. No solamente el hombre tiene derechos naturales sino que tiene naturalmente el derecho de defenderlos y, socialmente, la obligación de hacerlo. Ya que dichos derechos se expresan no en forma de preceptos formales bien deslindados sino mediante dinamismos de afirmación individual es lógico que éstos sobrepasen, ‘en ciertos casos, los límites de su legítima expansión y vulneren exigencias del orden social relativas a la Comunidad, a los conjuntos que la componen o a los individuos que constituyen su “materia prima”. Por ejemplo, el ser humano tiene el derecho natural de satisfacer sus necesidades vitales y, eventualmente, de robar para comer o leer, siempre que su acto no prive a nadie de lo indispensable. Pero el que roba por no querer trabajar, roba más de lo necesario o roba lo que otro necesita comete un delito. El individuo tiene el derecho natural de defender su vida. Pero el desertor que, para hacerlo, pone en peligro la existencia de la Comunidad, superior a él, comete un delito. Nada más claro.

 

El fenómeno en cuestión no siempre se relaciona, sin embargo, con los derechos del individuo. Acontece a veces, en efecto, que el ente que se excede en la defensa de sus fueros, vale decir en su autoafirmación, es un grupo social o una comunidad intermedia en conflicto con el conjunto mayor que lo abarca. En tales casos los términos del problema no cambian, ni su solución.

 

Sólo corresponde mencionar que, contrariamente a los principios del derecho penal en vigencia -aunque no siempre respetados- en el mundo liberal, el delito no es necesariamente individual sino que puede ser colectivo, como siempre lo es cuando lo comete una comunidad o grupo social contra uno de sus integrantes individuales o colectivos. Pues la limitación o supresión indebida de los fueros que pertenecen por derecho natural a entes sociales subordinados constituye delito exactamente como el alzamiento de éstos contra conjuntos federativos de nivel superior.

 

El delito por inadaptación.

 

El delito por abuso de derecho puede, por cierto, tener consecuencias muy serias. Sin embargo, no vulnera el principio del orden natural. Sólo se produce, en efecto, por extralimitación de una fuerza válida cuya afirmación excesiva dimana de la misma naturaleza polialéctica de la evolución social. El delito por inadaptación, al contrario, niega validez, por lo menos de hecho, al marco grupal o comunitario y atenta contra su existencia. Una cosa es la consecuencia patológica del antagonismo normal que opone en cierta medida el individuo a la sociedad y los conjuntos humanos entre sí, y otra la rebelión contra una norma necesaria de convivencia.

 

El inadaptado básico es un individuo que no encuentra en su medio social el lugar que le corresponde por no poder o no querer adecuarse a la realidad imperante. Tal situación puede provenir de las características, positivas o negativas, de una personalidad insuficientemente flexible o de las deficiencias de una sociedad incapaz de dar a tal o cual de sus miembros la ubicación que le corresponde. El haragán que se niega a cualquier esfuerzo productivo es un inadaptado, como lo es el jefe nato a quien se impone una función subalterna. En una Comunidad bien constituida y de población sana la inadaptación de este tipo es excepcional. Siempre existe, sin embargo, pues nunca faltan mentes rígidas, para bien o para mal, y nunca el orden social es perfecto. Por otro lado, el individuo mejor adaptado se encuentra alguna vez ante una exigencia social que traba su realización, por lo menos tal como él la concibe, lo que provoca una inadaptación parcial y momentánea. Todo lo antedicho vale, lógicamente, para un conjunto social integrado en una Comunidad a cuyas necesidades no se adecúa, y especialmente para las minorías étnicas o Nacionales que resisten la asimilación.

 

El individuo o conjunto social inadaptado puede acatar la situación o disposición que lo perjudica y resignarse a su suerte.

 

Pero también puede reaccionar contra el orden establecido en general o contra la norma particular que le impide actuar según su voluntad. En el primer caso tenemos al pirata o al truhán que vive al margen de la ley, individual o colectivamente; en el segundo, al individuo o conjunto social que, en determinada circunstancia y sólo en ella, actúa sin tener en cuenta la prohibición o imposición normativa.

Para los juristas liberales, toda violación de la ley – y exclusivamente la violación de la ley- es delito. El sociólogo tiene, por supuesto, un punto de vista muy diferente. Para él no hay delito si la ley no refleja el orden natural -o el delito es de mero desacato, siempre que la autoridad legislativa sea legítima-, pero lo hay si el acto considerado viola una norma necesaria que no esté prevista en ninguna ley. El hambriento que roba comida o el jefe de familia que mata a su mujer adúltera no comete delito, aun a pesar del código penal, porque no hace sino ejercer un derecho natural del individuo o del grupo biosocial. Pero quien presta dinero a interés o se divorcia es un delincuente, aun con el amparo de la ley.

 

El delito por degeneración.

 

Entre los inadaptados sociales, algunos se particularizan por las características patológicas de su personalidad. Desde el punto de vista médico son anormales y desde el punto de vista ético irresponsables, por lo menos en cierta medida. Tal el loco que mata en un acceso de furia o el tarado con ímpetu sexual incontrolable. Se trata de individuos cuya dotación hereditaria comporta un factor de degeneración que los lleva, irresistiblemente, al delito. A ellos corresponde agregar los enviciados que, siguiendo o no una predisposición hereditaria, han adquirido una deformación biopsíquica antisocial –alcoholismo perturbación sexual, pasión del juego, etc.-, que el mismo resultado y, de cualquier modo, sera en su descendencia en factor delictivo hereditario. Nadie se atreve a negar, hoy en día, la presión que ejerce herencía en el campo de la criminalidad.

 

Lo que sí algunos, influidos por el individualismo igualitario, se resisten a admitir es la existencia de un biotipo propio de determinadas categorías de criminales con características regresivas. El delincuente nato, según Lombroso, sería un caso de resurgencia atávica: en él se reproducirían rasgos que eran normales o, por lo menos, corrientes en el hombre primitivo y hasta en animales prehumanos. Nacería así de vez en cuando, de padres comunes, un pitecántropo irracional, amoral y violento para quien la tendencia a la rapiña y la violación sería tan natural y tan irresistible como para el cavernícola de la prehistoria. Él fenómeno responde perfectamente a las le¬yes de la herencia, pero el cálculo de probabilidades que regula la combinación de los genes lo hace muy excepcional. Nacen criminales regresivos como nacen monstruos humanos con cola de pez. En realidad, la categoría de los delincuentes natos supera en mucho el biotipo lombrosíano, Incluye a todos los desequilibrados vigorosos, vale decir a todos los individuo!’) en los cuales. una tendencia natural se afirma con un dinamismo excesivo e incontrolable, y a todos los que poseen un instinto social debilitado en razón de una deficiencia de su dotación hereditaria y, en especial, por caracteres asociales adquiridos y trasmitidos. La antropología conoce linajes de delincuentes muy bien estudiados y el mal ejemplo no basta para explicar la especialización criminal. Como en cualquier otro campo, la función -aquí patológica- atrae y moldea a la vez a individuos de determinadas características.

 

El delincuente regresivo de Lombroso no pasa, por lo tanto, de uno de los tipos de criminales natos, o sea de seres predispuestos por una dotación hereditaria anormal a cometer determinados delitos. No hay un biotipo criminal sino varios y cualquier entendido en la materia, por poco que lo sea, sabe que el estafador se diferencia biopsiquicamente del asaltante o lo que acontece no sólo por las exigencias propias de cada clase de delito sino también, de ser el caso, por la herencia de caracteres adquiridos correspondientes. En este campo pueden intervenir factores raciales. Judíos. y gitanos se caracterizan por altos índices de delincuencia. Pero la usura, tan común entre los primeros, es desconocida entre los segundos mientras que los delitos de sangre, frecuentes entre estos últimos, no figuran en las estadísticas referentes a la otra minoría étnica.

 

Factores sociales de la delincuencia: el individualismo.

 

Hablar de los factores hereditarios de la criminalidad no significa en absoluto negar ni siquiera menospreciar la incidencia directa del medio social en el fenómeno. El individuo recibe, en efecto, de sus antepasados determinadas potencialidades entre las cuales va eligiendo a lo largo de su existencia para adaptarse lo mejor que pueda a sí mismo y al mundo exterior. El delito constituye para algunos asociales el medio más acertado de adaptación a su propio ser precisamente porque se trata de inadaptados patológicos. Pero la inmensa mayoría de los delincuentes son individuos normales que buscan ubicarse en su marco social y no lo consiguen en tales o cuales circunstancias, sea por una falla accidental de su proceso personal de afirmación, sea porque el medio fomenta en ellos la actualización de tendencias socialmente negativas.

 

En una sociedad bien estructurada el individuo está sólidamente enmarcado en los grupos y comunidades de que forma parte y fuera de las cuales. no tiene posibilidad de realizarse plenamente. Su mismo egoísmo lo lleva, por lo tanto, a actuar en función social y normas de convivencia estables y de aceptación general lo impulsan a hacerlo. Pero, desde fines del siglo XVIII, las estructuras sociales’ se han ido desintegrando. La ideología imperante ha proclamado la primacía del individuo y ha hecho de la Libertad absoluta la fuente de. toda vida colectiva. Por un lado, pues, relajamiento del marco social y, por otro, exaltación del individuo. Este se convierte en el único juez de sus actos y será difícil hacerle creer que sus decisiones no tienen validez en sí, que sólo buscan expresar la Voluntad General y que, por consiguiente, deben subordinarse a ésta en caso de conflicto. Los sofismas roussonianos pueden ser útiles para el gobernante “democrático” y atractivos para el soñador: no convencerán a quien se considere un pequeño dios y tenga un interés lo bastante fuerte en violar una norma necesaria de la vida social. El individualismo igualitario fomenta así un retorno a la ley de la selva. En la medida en que se impone, todo individuo se convierte en un delincuente en potencia.

 

Sólo puede detenerlo la prudencia o la incapacidad.

 

Es éste el motivo ‘por el cual los países liberales tienen un índice de criminalidad mucho mayor que los- que han sabido conservara restaurar las estructuras morfológicas y psicosociales imprescindibles ‘para que sus miembros elijan correctamente entre sus posibilidades- individuales de realización. Ni la moral puritana ni una policía de especial eficacia impiden que la Comunidad más individualista de nuestra época -los Estados Unidos- tengan el nivel de delincuencia más alto del mundo. Es ilustrativo al respecto comparar coeficientes de la población carcelaria española: en 1935, último año normal de la República, 139,75 presos por cada 100.000 habitantes; en 1963, a los veinticinco años del fin de la guerra nacional, 36,66. Esta reducción no se debe, por cierto, a una menor represión sino a un menor grado de delincuencia: en 1935 hubo en España 1,2 muertos por homicidio por cada 100.000 habitantes; en 1962 sólo 0,3 %.

 

Factores sociales de la delincuencia: el Capitalismo

 

Finalidad y consecuencia del individualismo igualitario, el capitalismo, vale decir el sometimiento y explotación de ‘los productores asalariados por los dueños de los medios de producción ha contribuido poderosamente a aumentar el nivel de la delincuencia. Basado en la usura y el acaparamiento del fruto del trabajo ajeno, el sistema legaliza, en efecto, las más crudas violaciones del derecho natural y hace depender el bienestar y el poder de actos ‘que fuera de él serían severamente castigados. Claro que tales delitos no figuran en las estadísticas, puesto que los códigos no los contemplan. Pero, independientemente del hecho de que se trata de un régimen delíctuoso por esencia, el capitalismo fomenta una criminalidad indirecta que sí reflejan en parte los índices oficiales.’ En parte solamente, ya que los delitos cometidos, aun al margen de la ley, por los beneficiarios del sistema y por los mismos titulares del poder político -peculado en todas sus formas por lo general escapan de una represión prevista exclusivamente para los pobres.

Dicha criminalidad indirecta procede del principio básico del régimen capitalista. En efecto, a partir del momento en que el lucro se convierte en el valor supremo de la evolución social y de la conducta personal y en que se admite y recomienda, para obtenerlo, ciertas formas de hurto, es lógico que algunos individuos consideren admisibles medios ilegales de la misma naturaleza.

 

La burguesía se apoderó del Estado para practicar impunemente’ la usura y enriquecerse a expensas de los productores, El fenómeno habría sido idéntico, desde el punto de vista que nos interesa, si los asaltantes de caminos se hubieran adueñado del poder para desarrollar sin peligro y en mayor escala sus actividades delictuosas. ¿Por qué prohibir a éstos lo que se permite a aquéllos? Las formas no admitidas del lucro se hacen tentadoras y hasta encuentran ciertas justificaciones morales, pues su prohibición procede evidentemente de un mero propósito -de protección oligopolítica. De no ser así, ¿cómo explicarse que sea castigado el curanderismo y no el psicoanálisis, mucho más peligroso, la venta de marihuana y no la de cigarrillos, la comercialización de estupefacientes y no la – de tal bebida gaseosa que crea acostumbramiento, la quiniela y no la ruleta que explota el mismo Estado? ¿Dónde termina el préstamo a interés y dónde empieza la usura legalmente sancionada? ¿Dónde está el límite entre la especulación y la “libre competencia”? Es natural que semejante farsa, que encubre la ley del más rico suscite por reacción o por deslizamiento todas las formas, imaginables de delincuencia.

 

Por otro lado, el capitalismo, al mantener cuidadosamente un “colchón de desocupados” que trabe las reivindicaciones sindicales, provoca en sus víctimas un estado de necesidad que las puede llevar a recurrir a medios reprobados para obtener lo que la sociedad patológica les niega. No es de extrañar, en tales condiciones, que hasta se extralimiten y vayan más allá de la legítima defensa de su derecho natural. Pues uno se acostumbra fácilmente a violar la ley y las necesidades naturales no están definidas en ningún código ni en ningún catecismo.

 

El delito organizado: el hampa

 

Hasta ahora hemos hablado del delincuente como del autor unipersonal de un acto socialmente negativo y del delito como de un hecho individual. Sin embargo, este análisis no refleja todos los aspectos del problema. Pues si bien es cierto que el delincuente ocasional actúa en forma aislada o, lo que es lo mismo, como integrante de un conjunto meramente circunstancial y, por lo tanto, carente de importancia social, también lo es que a menudo los profesionales del delito constituyen pandillas de carácter permanente, o sea verdaderas asociaciones, con la jerarquía interna correspondiente. No hay aquí nada nuevo para nosotros, salvo el objeto de la actuación colectiva. Ni siquiera resulta fácil, en el mundo capitalista, distinguir las pandillas dedicadas al delito económico financiero de las sociedades legalmente constituidas, dentro de -las normas patológicas del sistema, con el mismo fin. Distinción ésta que, por otro lado, carece de interés para el, sociólogo.

 

Muy diferente es el caso de las pandillas, especializadas en ciertos tipos de delitos que no se benefician en ninguno de sus aspectos con la protección de la ley: robo propiamente dicho (vale decir excluido el hurto, con el cual lo confunde el lenguaje común), proxenetismo, tráfico de estupefacientes, contrabando, ‘etc. Tales asociaciones, en efecto, están federadas de hecho en comunidades intermedias. de varios grados cuyo conjunto constituye el hampa. Ésta, por no estar sometida, en razón de su carácter ilegal, a la acción de síntesis del Estado, funciona como una verdadera Comunidad autónoma dentro del cuerpo social.

 

Tiene sus jefes, sus leyes consuetudinarias, sus normas éticas, su lenguaje, su policía y su servicio de relaciones exteriores. En ella la solidaridad priva normalmente sobre las rivalidades de interés y de, poderío, aunque no sin conflictos a veces sangrientos.

 

El hampa vive en un estado de guerra permanente con la Comunidad en la cual actúa como elemento parasitario: guerra armada con la policía, guerra jurídica con los tribunales y también, más de una vez, guerra fría con el Estado, en la cual, intervienen a su favor influencias de todo orden. Evita, en la medida de lo posible, el enfrentamiento directo, pues sus pistoleros no están en condiciones de oponerse eficazmente a los medios de represión. Pero el dinero de que dispone le permite comprar conciencias, tanto’ por medio del cohecho liso y llano como, en los países democráticos, a través de su eficaz participación en las contiendas electorales. Se convierte así en una verdadera fuerza de presión patológica en su misma naturaleza. Logra penetrar en el Estado que la combate, colocando a sus órdenes a oficiales de policía, jueces, alcaldes y hasta ministros, El ejemplo más conocido de semejante situación nos lo proporcionan los Estados Unidos del tiempo de la Prohibición. Pero no es el único, ni mucho menos. La influencia del hampa sólo puede ser impedida: por una correcta estructuración de la Comunidad. Por eso aumenta, como los demás factores de desorden y la misma delincuencia, cuando el Estado pierde autoridad.

 

Prevención y represión

 

Hecho patológico que procede de la natural tendencia asocial que, en algunos individuos, priva anormalmente por uno u otro motivo sobre su instinto social y, en otros, aflora accidentalmente, el delito constituye un poderoso factor de desintegración y, por lo tanto, no puede ser tolerado ni menos fomentado. La actitud lógica de las autoridades consiste en prevenirlo en toda la medida de lo posible, lo que supone en primer lugar una correcta organización de la Comunidad, o sea la ausencia de toda estructura o superestructura que autorice o provoque violaciones de las normas necesarias de convivencia. Ya sabemos que el relajamiento de las formas sociales. (ver Inciso 219) y la explotación legal del hombre por el hombre (ver Inciso 220) constituyen causas de delincuencia. También inciden en el mismo sentido el fomento por los medios de difusión de las tendencias asociales del hombre y el mismo disloque de su mente (ver Capítulo XX). El cine y, sobre todo, la televisión son hoy en día verdaderas escuelas de criminalidad. La mejor forma de prevención del delito es, obviamente, la eliminación de sus causas orgánicas y psicosociales. Sólo en segundo lugar, y a considerable distancia, viene la amenaza del castigo.

 

No se puede, sin embargo, ni en la Comunidad mejor ordenada desde todo punto de vista, soñar en suprimir totalmente la delincuencia. Ante el hecho consumado, se impone entonces la represión. No se trata, a pesar de las enseñanzas de tal o cual escuela jurídica, de aplicar al delincuente la ley del talión, pues la sociedad no gana nada con vengarse, sino de impedir que el individuo culpable siga siendo peligroso para el orden social. La pena, que de cualquier modo desempeñará satisfactoriamente su papel subsidiario de ejemplo desalentador, no tiene, pues, que medirse tanto por la gravedad del delito como por la peligrosidad futura del delincuente. Desde este punto de vista se puede dividir en cuatro categorías a los violadores de las normas necesarias de convivencia: los delincuentes ocasionales -por imprudencia o por pasión-, los delincuentes asociales primarios –que se presumen susceptibles. de readaptación-, los delincuentes reincidentes y los delincuentes psicopatológicos incurables. Para los primeros, la pena sólo se justifica por su efecto ejemplarizador sobre los demás. Para los segundos, más que una pena corresponde una reeducación cuyo marco menos indicado es la cárcel tal como la conocemos. Para los demás, sólo cabe determinar el medio más adecuado de eliminación: la muerte. Considerada no como pena sino como mero procedimiento técnico de profilaxis social, o el trabajo forzoso vitalicio.

 

La simple mención de estas normas basta para mostrar a las claras que nuestro derecho penal constituye una superestructura patológica, por lo demás incoherente, puesto que por un lado mide básicamente la pena en función de la gravedad del delito -resabio de la ley del talión- mientras que por otro está influido por la sensiblería de un humanitarismo individualista e igualitario que carece de todo sentido social. En cuanto a nuestro sistema carcelario, no pasa de una eficaz escuela de delincuencia y agrava el mal que debería curar.

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