Guardias pretorianas y perros de presa: hacia una superación de la ideología moderna

ALVAREZ ESAUL SUPERACION IDEOLOGIA MODERNA A

Visto en: https://paginatransversal.wordpress.com/2015/06/22/guardias-pretorianas-y-perros-de-presa-hacia-una-superacion-de-la-ideologia-moderna/

por Esaúl R. ÁlvarezLa dicotomía izquierda-derecha como marco socio-político hegemónico.

Si el lenguaje es siempre una herramienta de conocimiento con la que el hombre ordena y aprehende la realidad, entonces el empleo de los lenguajes del poder, es decir, aquellos discursos emanados desde las estructuras oligárquicas dominantes a fin de auto-legitimarse en su posición privilegiada, ha de tener como consecuencia inevitable una existencia, entendida como experiencia vital, inmersa de principio a fin en la realidad construida y articulada por esos mismos poderes.

Para el imaginario colectivo occidental el arco ‘ideológico-político’ [1] se reduce a la dicotomía básica entre izquierda y derecha, un esquema muy básico, arbitrario y bastante pueril basado en la oposición entre estos dos términos contrarios e irreconciliables, unos términos vagos, mal definidos -incluso en ocasiones contradictorios- pero extrañamente identificables de forma inmediata para cualquier ciudadano occidental medianamente instruido. Este esquema básico se completa por medio de imaginarse tal espectro ‘ideológico’ como un continuo que transita entre estos dos extremos.

La idea, extremadamente sencilla, puede representarse gráficamente como sigue:

ALVAREZ ESAUL SUPERACION IDEOLOGIA MODERNA

Sin duda, gran parte de la fuerza de esta idea radica en su simplicidad, en base a un reduccionismo muy propio del pensamiento moderno que impide cualquier complejidad a la hora de abordar el análisis de la realidad.

Pero este esquema es mucho más que un marco de interpretación ‘político’ como se suele pensar, en realidad sus consecuencias van mucho más allá convirtiendo tal esquema cognitivo en una herramienta con la que interpretar, clasificar y ordenar casi toda la realidad, imponiendo un pensamiento reduccionista y bipolar, a menudo carente de matices, para el cual todo es blanco o negro. Un modo de pensar exclusivista -que excluye lo diferente- muy propio de toda la filosofía occidental y ante el cual el ciudadano actual no puede mostrarse neutral o indiferente pues se ve impelido a posicionarse en el mismo de continuo por parte de los media.

Es evidente por tanto que nos encontramos ante un discurso instrumental, promovido desde el poder con el fin de causar unas respuestas determinadas, en un primer momento de orden psicológico -filias y fobias- que se convertirán posteriormente, si son adecuadamente dirigidas, en actitudes y acciones tangibles. Entre los variados efectos psico-sociales que se busca uno de los más obvios es el de favorecer una percepción general de división, competencia y oposición por parte del ciudadano en todos los órdenes de la sociedad.

Con todo, lo más decisivo es que este esquema aporta al ciudadano corriente un marco prácticamente exclusivo de análisis de la realidad que le rodea, en particular de aquella porción de realidad que le es transmitida a través de los medios de comunicación de masas, pilar fundamental para el sostenimiento de la actual sociedad del espectáculo.

En razón de la ‘espectacularización’ a que se somete todo en el mundo de la postmodernidad, la política ha sobre-dimensionado su lado más mediático envileciéndose y renunciando por completo a su verdadera función -el gobierno de lo común-, convirtiéndose en un producto más de consumo masivo y entrando de lleno en la lógica del mercado para pasar a ser un asunto de marketing, donde solo importan la rentabilidad, la imagen y la comunicación. La conclusión es que los media no presentan ni pueden presentar la ‘política real’ sino una ficción creada para el consumo de las masas: la ‘política-espectáculo’.

Todo esto no sucede por casualidad. En la sociedad del mercado global toda ‘ideología’, así como cualquier utopía revolucionaria, por muy rebelde y anti-sistema que se nos presente, no puede sino acabar convertida en mercancía. Una mercancía no distinta de otras, con la única particularidad de ser inmaterial y de referirse al terreno de las ideas y los sentimientos, es decir al mundo interior del sujeto, que queda así menoscabado en su interior, castrado en su capacidad imaginal e intelectual por semejantes ficciones ‘ideológicas’. Las pseudo-ideologías modernas suponen entonces un ‘opio para el alma’, en tanto que son productos fabricados para el consumo masivo de las mayorías explotadas y cretinizadas con el objetivo de limitar y dominar su mundo interior, dirigiéndolo hacia las ficciones y falsos mitos que mejor convenga al poder en cada momento. Las ‘ideologías modernas’ son una herramienta más de dominación, herramienta dirigida a promover la fragmentación y la división social.

Por estas razones las ‘ideologías’ bien podrían definirse como ‘anti-mitos’, pues son de algún modo la inversión de los mitos antiguos. Mientras aquellos eran liberadores y elevadores del hombre, pues le instaban a superarse a sí mismo y, por emplear los términos platónicos, le hacían amar la Verdad y moverse hacia la Virtud; las ideologías de la modernidad sacan a la luz lo peor del sujeto humano, removiendo sus ambiciones más viles y sus apetitos más viscerales -la avaricia materialista, el ansia de consumo, el apetito de dominación- y conducen al hombre hacia la ilusión y la superstición, obligándole a vivir prisionero de una pseudo-realidad.

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El centro político como ‘locus virtutis’.

“Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.
Tú dices: ‘Soy rico, me he enriquecido, nada me falta’. Y no te das cuenta que eres
un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo”.

(Ap. 3:15-17)

Como decíamos, más allá de la evidente falsedad e inadecuación de esta idea a la hora de enfrentar la realidad, este esquema contiene ciertas connotaciones filosóficas y morales que suponen un poderoso juicio de valor.

Para empezar los puntos extremos de este eje, habitualmente designados como derecha e izquierda, son interpretados como zonas peligrosas, polos alteradores del ‘equilibrio’ y la normalidad social, equilibrio que coincide muy significativamente con el centro geométrico cuando el esquema es representado gráficamente.

El equilibrio se identifica al ‘centro’ y se sugiere a sí mismo como el ‘lugar’ que garantiza la paz y la armonía de la sociedad por medio de conjugar la tensión y neutralizar las peligrosas tendencias disgregadoras de los extremos, izquierda y derecha: en el término medio está la virtud.

No es de extrañar por tanto que toda posición de poder trate por todos los medios de ser identificada con el centro y la normalidad (normalidad definida únicamente por la frecuencia con que una idea o conducta está presente en la sociedad). El alejamiento del centro, en efecto, marca una progresiva radicalidad en el espectro ideológico político. Izquierda y derecha son entonces percibidos como dos enemigos del ‘orden social’ igualmente peligrosos e indeseables para el ciudadano corriente, peligros que deben ser conjurados por medio de la acción virtuosa del ‘centro’.

Las difusas nociones de izquierda y derecha señalan las lineas del terreno de juego en que debe moverse todo ciudadano de bien formando con ello una pinza psicológica que señala el límite de lo correcto y lo conveniente para el ciudadano corriente; en definitiva definen el ‘terreno de juego’ de lo aceptable. Un terreno de juego ‘ideológico’ que va mucho más allá de lo meramente político mediante el cual el poder controla y limita la imaginación de sus sometidos a la vez que los dirige, atrayéndoles inexorablemente hacia el ‘centro’, espacio donde reside su poder.

El centro es así el espacio exclusivo en que se pueden darse todos esos conceptos tan manoseados por la retórica demoliberal y que definen el discurso occidental: el consenso, el diálogo, etc… pero también y por la misma razón el centro es un espacio de ‘tibieza’, especialmente notoria por la acusada indefinición y falta de firmeza que causan la necesaria adaptabilidad al contexto y el deseo populista de no decir nada que pueda perturbar la placidez inconsciente de la mayoría.

Pero además, este esquema horizontal e igualitario presenta una imagen muy adecuada a la superstición igualitarista moderna y brinda la ilusión de un orden bajo el aparente caos de la diversidad social. Ahora bien, esta misma horizontalidad del esquema impide cualquier interpretación vertical y con ello invisibiliza el verdadero ‘lugar de poder’ del que emana este discurso, no se articula un discurso que se refiera a oligarquías y sometidos sino que se divide la sociedad de iguales en polos simétricos y opuestos. Es decir la ilusión de las ideologías modernas divide la sociedad y la enfrenta entre sí.

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La izquierda como ilusión de ‘contra-poder’.

Sin embargo, esta aparente oposición simétrica y perfecta que se asume generalmente entre derecha e izquierda es falsa pues esconde en su interior una profunda asimetría entre ambos términos, asimetría que pone en evidencia la falacia de semejante dicotomía como herramienta de interpretación y análisis de la sociedad moderna.

Para empezar, esta asimetría es de origen y corresponde a lo que se ha denominado la ‘prioridad histórica’ de la derecha (G. Bueno). La existencia de esta diferencia en su mismo origen nos pone ante una de las características más centrales de toda la izquierda y que a nuestro juicio es reiteradamente obviada en todos los análisis: el carácter esencialmente reaccionario de toda teoría que pueda considerarse ‘de izquierdas’.

Quizá sea esta la única característica realmente esencial de la izquierda pues, al margen de ella, la izquierda ha demostrado poseer una capacidad camaleónica inagotable para reinventarse, cambiar sus objetivos, renegar de su pasado y apoyar casi cualquier causa, por disparatada o excéntrica que sea, defendiendo hoy lo que ayer condenaba. Esta carencia de núcleo esencial, de lo que llamaríamos ‘valores inamovibles’ por parte del pensamiento de izquierdas, no es un accidente fruto del devenir histórico sino que señala directamente a su esencia y hacia su función social de ‘enmascaramiento’ del verdadero núcleo ideológico, función que abordaremos en la parte final de este trabajo.

Al referirnos al carácter reaccionario, queremos decir que todo proyecto o ideario identificable como ‘de izquierdas’ nace siempre contra algo, en contra de un enemigo previamente construido, definido y demonizado, y con el objetivo de modificar un orden social y político ya existente.

Y es precisamente este carácter reaccionario la causa profunda de que históricamente la izquierda jamás haya tomado la iniciativa en el proceso de cambio social y que siempre haya estado unos pasos por detrás del cambio real -a menudo limitándose a explicarlo- y del propio poder que marcaba -y marca- la agenda del devenir histórico.

Podrían ponerse numerosos ejemplos de esto pero creemos que bastará con observar la desintegración teórica de la izquierda ante su reto más reciente, la denominada ‘crisis’ del capitalismo neoliberal y que es, más que una crisis, una prueba de estrés controlada a fin de reajustar el sistema al nuevo contexto global, geopolítico y ecológico -ecológico en un sentido amplio, en tanto aquello que se refiere al ecosistema-. Aquí hemos visto cómo la izquierda, anquilosada en las mismas concepciones ideológicas y formulaciones teóricas desde hace no menos de 50 años, ha hecho aguas por todas partes y ha sido incapaz ni siquiera de proponer una lectura propia de los hechos acaecidos. Ha sido derrotada en la realidad de los hechos tanto como en el campo mediático de la comunicación -capital para una sociedad espectacular donde toda realidad está ‘mediada’ por otros y que tan bien emplea el liberalismo-.

La izquierda ha resultado por completo arrollada ante la capacidad de innovación del liberalismo, sobre todo en lo que respecta a los nuevos usos del lenguaje -la ‘guerra de palabras’- dirigidos a construir una descripción de la realidad que, al modo de un truco de mentalismo o de hipnosis, conforme la mente y el imaginario del receptor. Ante esta operación desarrollada metódicamente desde el núcleo del poder, la izquierda ha terminado por asumir -en lugar de combatir- el mismo discurso liberal, empleando sin tapujos su misma terminología, incapaz de mostrar la más mínima alternativa en el ámbito del discurso mental como tampoco en el de los hechos reales.

II

Las reflexiones anteriores acerca de la falta de iniciativa real de la izquierda en lo que respecta al cambio social nos conducen a la segunda asimetría que quisiéramos constatar: la que se refiere a la muy diferente influencia y valoración social que poseen izquierda y derecha, en el plano político y social pero también en el cultural e intelectual. Es fácil comprobar que tanto la presencia social como la influencia cultural sobre el imaginario colectivo que ha poseído -y aún posee en buena medida- la izquierda no ha encontrado nunca un contrapeso en la ‘derecha’.

Por lo que respecta a la derecha, diremos tan solo que la manipulación a que ha sido sometida por parte del liberalismo para vaciarla de toda identidad propia es bastante más evidente que en el caso de la izquierda y así ha quedado reducida a un mero espectro que enfrentar a la izquierda, un pelele que agitar, un miedo atávico, oscuro e impreciso, del que echar mano cuando es necesario juntar filas y atemorizar a la ‘clase media’

Viendo este destino de la derecha, que ha sido demonizada como el mayor enemigo de los derechos, la democracia y la libertad, cabe preguntarse por qué la izquierda, sobre todo atendiendo ahora a su dimensión intelectual y a su influencia en el imaginario popular de las clases trabajadoras, no se ha visto por igual perseguida, proscrita y anulada por el poder de las pasadas décadas. De hecho ha sucedido lo contrario, a menudo ha sido promovida y jaleada desde el poder, que la ha puesto a su servicio convirtiéndola en la cultura institucional. Es evidente que esto solo puede deberse al papel social estratégico que la izquierda debía cumplir.

La izquierda y sus compañeros de viaje inseparables, el progresismo y la contracultura, siguen gozando de una extraordinaria representación en los media y de un gran prestigio en la sociedad. Incluso las más estrafalarias izquierdas poseen una presencia mediática muy superior a la que debiera corresponderles en función de su presencia real en la sociedad, marcan tendencia y alardean con frecuencia de superioridad intelectual y moral frente a cualquier otra corriente de opinión, y ello pese al fracaso histórico absoluto de la izquierda en todos sus objetivos declarados de transformación social.

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“Por sus frutos los conoceréis.
¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”
(Mt. 7:16)

El fracaso histórico de la izquierda resulta más evidente si cabe cuando se repasa lo que han sido los últimos cien años en la historia de Europa. Se constata que la influencia cultural de las corrientes intelectuales y académicas ‘de izquierdas’ ha avanzado de modo paralelo a la demolición intelectual de la tradición occidental y a la molicie completa de la juventud del viejo continente, entregada a los ocios más destructivos y alienantes: consumismo compulsivo, drogas, videojuegos y modas absurdas vinculadas a la industria del espectáculo-basura fabricado especialmente para ellos [2]. Incluso el mundo de la creación y el arte, cuyo panorama es desolador, ha pasado a llamarse ‘industria cultural’, dejando con ello muy claro lo que se espera de los artistas, escritores y creadores de cualquier tipo [3].

La respuesta que el progresismo nos ofrece es el consabido argumento de que la izquierda no ha logrado sus objetivos de un mundo mejor, más libre, justo, culto, educado y cortés, debido a la tenaz oposición de ‘la derecha’. Podríamos preguntarnos entonces si ‘la derecha’ ha funcionado efectivamente como barricada y muro de contención al cambio progresista -cambio que no dudamos en calificar de revolucionario-, poniendo constantes palos en la rueda a la prometida transformación social, a la vez que, atendiendo al panorama actual, haciendo todo lo posible por destruir y pervertir a la juventud…

Lo cierto es que nada más lejos de la realidad: debe reconocerse que la sociedad ha cambiado, y a gran velocidad, lo que demuestra que la derecha no ha sido un actor político de peso ni tampoco un factor social de resistencia. Tampoco parece que una ‘derecha’, cualquiera que esta fuese, pero a la que siempre se acusa de dar prioridad a la comunidad y al sentimiento grupal antes que al individualismo, abogara por el modelo de hombre hedonista, insolidario e individualista que es protagonista absoluto del modelo social en curso.

Por tanto, y dado que no cabe culpar a una inexistente ‘derecha’, el desorden social que referimos tiene un único responsable, la hegemonía socio-cultural de la izquierda y su progresismo, que ha sido durante setenta años tan fundamentalista e intolerante con la diferencia teórica como incontestable en su aplicación práctica, y que ha impuesto su modelo social -un modelo que asimila felicidad a consumo y hedonismo- prácticamente sin oposición desde el fin de la segunda guerra mundial.

Desde nuestro punto de vista, la izquierda no solo ha fracasado por completo en su objetivo de crear un ‘nuevo hombre’ y una ‘nueva sociedad’, sino que ha sido utilizada, al modo de un tonto útil, por parte del verdadero agente del cambio, para promover los progresos que se quería instaurar por medio de romper toda resistencia de la sociedad a los mismos [4]. La izquierda ha realizado el trabajo sucio en el nivel de las ideas, mientras el capitalismo lo hacía en el nivel de los hechos consumados, la vida y las costumbres. Derecha e izquierda han sido -y siguen siendo- dos títeres manejados por un mismo titiritero que siempre permanece en la sombra.

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Abundando en esta idea, puede ponerse seriamente en duda que haya existido en el mundo occidental, al menos con posterioridad a la segunda guerra mundial, una corriente cultural o intelectual que pueda ser calificada como propiamente ‘de derechas’, algo que pueda considerarse enteramente ‘conservador’ sin caer en tópicos demo-liberales-progresistas. Nos referimos, claro está, a algo que vaya más allá de lo meramente marginal o anecdótico. Lo cierto es que desde el fin de la guerra lo que ha tenido lugar en Europa durante más de setenta años ha sido un monólogo progresista. Un progresismo que no podía de ningún modo plantar cara al modelo social capitalista liberal, pues comparte sus mismos principios -individualismo, materialismo radical, laicismo beligerante, etc.- como más adelante veremos.

En realidad el fracaso más significativo de la izquierda no lo constituye la pesadilla del ‘socialismo real’ del mundo soviético, sino más bien aquello que, a través de su ubicua propaganda, pretenden vendernos como su mayor éxito: la socialdemocracia europea y el ‘estado del bienestar’. Esto es lo que proporciona la medida real de la capacidad transformadora de la izquierda y de su habilidad política: el análisis en profundidad de la socialdemocracia europea arroja un saldo, más que de fracasos y derrotas -como podría ser el de la izquierda revolucionaria-, de engaños y traiciones masivos a sus propios conciudadanos, engaños sostenidos solo gracias a una inmensa operación de propaganda y maquillaje mediático.

El ‘estado de bienestar’ no fue, como la falsificación histórica generalmente aceptada nos quiere hacer creer, una conquista de la izquierda y sus heroicas luchas proletarias anti-sistema, sino una concesión del núcleo más duro del liberalismo anglosajón -al más puro estilo paternalista del antiguo régimen-, a fin de presentar una cara amable y envidiable con la que competir en términos de propaganda frente al ‘socialismo real’, en cuya utopía naufragaba la mitad del universo industrializado y una parte considerable del mundo rural. Así, el ‘estado de bienestar’ de las ejemplares ‘democracias occidentales’ era más un triunfo de la práctica real del socialismo soviético oriental que de las teorías académicas del marxismo institucional que se producía en las universidades occidentales, pues sin ‘telón de acero’ no habría habido lugar para ‘estado de bienestar’ alguno. Y no deja de ser muy significativo que en los grandes años del desarrollismo industrial más desaforado de occidente la intelectualidad del régimen capitalista -sostenida y financiada por la oligarquía liberal- fuera precisamente marxista y ‘de izquierdas’, lo cual no es ninguna casualidad.

Por ello mismo, derrumbado el mundo socialista y derrotado el ‘demonio rojo’, el ‘estado de bienestar’ devino en un grave inconveniente para los intereses expansivos del gran capital globalista, ahora lanzado a la carrera por el monopolio mundial y del nuevo orden unipolar, máxime cuando la labor de disolución de la sociedad ya había sido ejecutada admirablemente durante 30 años por la misma inteligentsia marxista a sueldo del estado demo-liberal.

Con el mundo unipolar llegaron los años de quitarse la careta: el liberalismo mostraba por fin su verdadero rostro [5], el rostro de una sociedad demolida, vaciada de toda convicción y privada de sentido por sus mismos ‘intelectuales’, un auténtico ejercito de nihilistas y post-modernos.

Llegados a este punto -los años ’90, años de la caída del muro y del colapso socialista- la izquierda debía ser reconducida y reconvertida, reciclada diríamos, para servir a los nuevos objetivos del globalismo multicultural. Era hora de olvidar la lucha de clases y los grandes objetivos revolucionarios. Así, de la ‘gran lucha’ contra el sistema la izquierda debía ahora pasar a las ‘pequeñas luchas’ locales, las ‘micro-batallas’ en defensa de las igualdades, las libertades, las minorías, la naturaleza (¿?) o cualquier otra excentricidad disolvente y centrifugadora que le fuera sugerida…

En efecto, el aparato intelectual de Occidente había cargado todas las tintas de su maquinaria teórica de demolición -con la excusa de derrotar ese enemigo siempre invisible pero eterno [6] que constituía ‘la derecha’contra los únicos valores que podrían constituir una resistencia al liberalismo: Dios, patria y familia, para abordar en último término la destrucción de los individuos mismos en tanto ‘sujetos sociales activos’ por medio de la ideología de género… Por tanto el papel inconfesable de la izquierda fue y sigue siendo el mismo: adoctrinar, inculcar y difundir ciertas ‘ideas’ convenientes para el poder entre la clase trabajadora, y muy especialmente entre la población más joven, a fin de fragmentarla psíquicamente e ir allanando el camino hacia un futuro sin posibilidad alguna de resistencia organizada.

Esta es la razón profunda que explica por qué la izquierda cultural no fue proscrita y marginada por el poder, ni demonizada como lo fue la derecha: su papel social no era tanto hacer la revolución como adoctrinar a las ‘clases medias’. Y este papel lo ha cumplido a la perfección.

En conclusión, mientras la izquierda es un producto del poder destinado al consumo masivo por parte de la juventud a fin de que esta acepte cualquier ilusión de ‘progreso’, la derecha no ha pasado nunca de ser un fantasma, un pelele, un títere que agitar por parte del poder para mover y remover a las volubles clases medias. Un papel, el de agitar los viejos y agotados fantasmas al que la izquierda sigue prestándose convenientemente…

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Es toda una experiencia vivir con miedo…
Eso es lo que significa ser esclavo.”
Roy Batty, personaje replicante del film futurista Blade Runner.

Recientemente se ha podido presenciar un acontecimiento que supone una prueba excelente de lo que decimos, es decir de cómo la izquierda se moviliza agitando siempre los mismos viejos fantasmas, aún sin ningún sentido, en defensa del statu quo: el caso Charlie.

Sin duda el caso Charlie marca por sí solo un hito en la ‘historia universal de la infamia’ de los mass-media señalándolos más que nunca como ‘la voz del poder’. Dejando a un lado el gallinero mediático y el esperpento político, la izquierda ha tenido un papel muy destacado debido precisamente a que, lejos de ponerse del lado de la sociedad y enfrentar el problema, ha pretendido exactamente lo contrario, aprovecharse de los acontecimientos y llevarnos a todos a su particular redil progresista, repleto de luchas ‘justas’ y ‘liberadoras’ y de ‘mártires por la libertad’.

Nos estamos refiriendo, como es obvio, a la grotesca campaña de manipulación por la cual la izquierda más progresista -la de los derechos, las libertades y la igualdad- se ha otorgado a sí misma la etiqueta de víctima moral de los gravísimos acontecimientos.

Pretendiendo atraernos a todos hacia la defensa de ‘los valores occidentales’ y el progresismo utópico, la izquierda ha cumplido de paso la impagable misión de impedir toda disidencia al discurso liberal dominante. Resucitando sus viejos fantasmas de siempre -el racismo, el anti-semitismo, el retorno del fascismo y el fanatismo intrínseco a toda creencia religiosa- la izquierda una vez más ha protegido el núcleo del poder. No vemos razones por las que el ciudadano normal vería en hechos como estos un problema ‘religioso’ antes que un problema ‘político’, sin embargo la izquierda ha repetido hasta la saciedad que la religión es una peligrosa fuente de fanatismos… Una vez más, las consignas de siempre. Curiosamente este fanatismo religioso que dicen denunciar, no solo no da prueba alguna de existir, y en ninguna parte menos que en Europa y por supuesto tampoco entre musulmanes, sino que nunca se ha dirigido contra los laicos, antes bien históricamente ha sido al revés, como es notorio para cualquier persona cuyo conocimiento de la historia no esté cegado por sus prejuicios [7].

Sin embargo sí queremos notar que llama poderosamente la atención cómo ante estas campañas tan beligerantes en defensa del laicismo y el progresismo más fundamentalista e intolerante los creyentes no reaccionen en absoluto. Lo dejaremos aquí, porque creemos que las conclusiones resultan evidentes.

No contento el progresismo cultural, siempre tan cercano a las instituciones y tan servil al poder, con intentar beneficiarse de los hechos y ponerse los galardones de las víctimas, emprendió además otra estrategia muy habitual entre sus filas: silenciar en lo posible y demonizar a todos aquellos que por una u otra razón no coincidieron con sus viejas y caducas consignas, se sintieron manipulados y ‘tele-dirigidos’ por la campaña de inundación mediática o, simplemente, desconfiaron de manera natural de situarse del mismo lado que el poder político para marchar cogidos del brazo por el camino de los siempre nebulosos ‘valores occidentales’.

Por lo demás, en una sociedad donde todos los derechos civiles se convierten en papel mojado día tras día, donde los parlamentos nacionales y supra-nacionales son un perfecto ejemplo de traición a sus ciudadanos y donde la libertad de conciencia es permanentemente conculcada por la propaganda mediática y el adoctrinamiento más burdo, parece cuanto menos exagerado alardear de la superioridad moral y de los ‘valores’ y las ‘libertades’ que se disfrutan en Occidente -un paraíso, si hemos de creer a los progres fundamentalistas, repleto de gentes de lo más desagradecidas a tenor de las estadísticas psiquiátricas y la frecuencia cada vez mayor de trastornos psicológicos de todo tipo-, pero además es necesaria mucha bajeza moral para seguir defendiendo algo que pueda ser llamado ‘progreso’.

Coincidimos en este punto de plano con el profesor García-Trevijano cuando defiende con su habitual vehemencia que, después del siglo XX y de todos sus horrores -alimentados y sostenidos por los fanatismos ideológicos más chuscos y no por las religiones-, ninguna persona decente puede ser progresista.

Tratando de interpretar con perspectiva la reacción exagerada y dogmática de la izquierda cuando agita los fantasmas del resurgir de la extrema derecha y el problema de las religiones en nombre de la defensa de su programa liberal e ilustrado -programa que, no lo olvidemos, nos ha conducido hasta aquí- diremos que de lo que se trata aquí es de conducir más apaciblemente al redil a ese infeliz rebaño llamado ‘clase media’. Una vez más la izquierda progre ha cumplido su papel de adoctrinamiento de masas y siervo del poder.

III

“Y unge tus ojos con colirio, para que recobres la vista.”
(Ap. 3:18)

Hasta aquí hemos expuesto la radical falsedad que contiene la popular dicotomía entre izquierda y derecha, así cómo su incapacidad para explicar adecuadamente la realidad social. Como hemos visto, la pretendida oposición entre estos términos forma parte de un discurso elaborado y promovido desde el poder para consumo de las mayorías, mayorías que pese a la ilusión democrática moderna tienen un papel por completo pasivo en el devenir de su sociedad. Por ello la elaboración del espectro ‘ideológico-político’ consistente en la aparente oposición de derecha e izquierda debe ser considerado en primer lugar un ‘acto de propaganda’, tras el cual, como veremos a continuación, el poder oculta y protege su verdadero núcleo.

A fin de combatir la perspectiva sobre la que se fundamenta la anterior dicotomía y que impide ver la verdadera relación de fuerzas que se esconde tras los agentes políticos de la dominación global, proponemos un nuevo modelo interpretativo desarrollado a partir de la noción de paradigma tal y como planteara T. Kuhn y desarrollara con posterioridad I. Lakatos, pues la modernidad occidental cumple todos los requisitos necesarios para ser considerada como tal.

En primer lugar debemos abordar el estudio de la modernidad misma como constituyendo un paradigma civilizatorio y cultural propio, es decir debe tomarse el fenómeno de la modernidad como formando un todo completo y auto-suficiente, que se basta a sí mismo a la hora de explicar el mundo y de reproducirse como orden social. Recordemos que la noción de paradigma sugiere un universo cerrado y coherente, que funciona con una lógica que le es propia e intransferible, tal y como supone la noción de incomensurabilidad que definiera Kuhn.

La modernidad cuenta con características suficientes para ser interpretada como tal, así por ejemplo la civilización moderna cuenta con su propio y muy elaborado aparato conceptual, filosófico y científico, que le sirve de andamiaje teórico a la hora de justificarse y legitimarse, un sistema teórico que resulta además indispensable para llevar a cabo la imprescindible función de reproducción del orden social concreto que lleva aparejado.

Por otra parte este sistema ideológico que implica el paradigma cumple una función cognitiva de primer orden para aquellos individuos que se encuentran inmersos culturalmente en el mismo, pues les proporciona las herramientas cognitivas necesarias para enfrentarse a la realidad. Podríamos decir, siguiendo aquel famoso ejemplo que empleara Kuhn [8], que los paradigmas son las gafas con que el sujeto ve -percibe- la realidad.

Dos características de esta dimensión cognitiva son especialmente significativas:

  1. su invisibilidad – siguiendo con el ejemplo de las gafas, puesto que el sujeto jamás ha visto la realidad bajo otra óptica, entiende su punto de vista como natural y propio, no lo adjudica a circunstancias externas, por lo cual el sujeto establece una fuerte identificación con su punto de vista.
  2. su exclusividad – la dimensión cognitiva del paradigma genera un acercamiento particular y en cierto modo único a la realidad, por medio de conformar todo el imaginario del sujeto, condicionando sus emociones, deseos, esperanzas y temores. Por esta misma razón al imponer un modo de ser-en-el-mundo particular y exclusivo el paradigma impide en la práctica cualquier otro posible acercamiento a la realidad.

Por tanto a la hora de estudiar un paradigma determinado es tan importante atender a lo que este incluye, es decir aquel conocimiento que permite y hace posible, como a aquello que excluye, es decir todos aquellos otros conocimientos -o modos de conocimiento– que imposibilita y niega por estar situados fuera del marco epistemológico que dicho paradigma impone.

En todo caso es esencial comprender que todo paradigma civilizatorio debe ser entendido como una realidad de orden psíquico y mental más que material, pues es una verdad más sentida que pensada y más emocional que racional, particularidad esta que tiende a invisibilizarlo sobre todo para los sujetos inmersos en el mismo y que ven la realidad a través suyo.

Y es aquí donde el término ideología adquiere todo su valor -muy lejos del sentido menor con que se emplea el término en la actualidad- pues hace referencia al conjunto completo de ideas que son propias y exclusivas de un determinado paradigma. La importancia de dicho ideario es capital como ya hemos señalado pues este universo ideológico conforma la principal herramienta cognitiva con que los sujetos se enfrentan a su realidad.

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Estructuralmente todo paradigma se compone de un núcleo invariante y de un cinturón protector. El cinturón protector, como ya advirtiera Lakatos, no es invariable sino que resulta modificado por la interacción permanente que mantiene el paradigma con la realidad exterior, es decir el contexto -sea natural o social-, que impone ciertos límites a su desarrollo a la par que le obliga a continuas adaptaciones. Podemos representar gráficamente la estructura de un paradigma del modo siguiente:

ALVAREZ ESAUL SUPERACION IDEOLOGIA MODERNA b

Los aspectos ‘esenciales’ de un paradigma cultural -lo que podríamos llamar sus ‘principios motores’ e ‘ideas irrenunciables’- residen en el núcleo del mismo mientras el cinturón exterior es una ‘zona estratégica’ para la protección del núcleo por lo cual su valor es principalmente instrumental y carece de características fijas, esenciales o centrales. De hecho, tal y como Lakatos sugiere, cuanto más flexible sea este cinturón protector mejor podrá dar cuenta de las zonas oscuras y marginales del paradigma, por medio de adaptarse a los cambios y exigencias del contexto -ecológico, cultural, etc.- y cumplir más adecuadamente su función de defensa del núcleo, que permanece siempre inamovible. Por tanto cuanto menos fijo y esencialista -es decir más adaptable- sea el cinturón protector mejor responderá y asimilará aquellas preguntas que pudieran poner en peligro la coherencia del núcleo a la hora de explicar la realidad.

  1. Si nos referimos al núcleo central la característica básica es que las ideas centrales que contiene son aceptadas sin discusión, no pueden ser cuestionadas ni tampoco rebatidas -funcionan como axiomas- pues el aparato teórico creado a su alrededor las protege, siempre y cuando se respeten unas reglas básicas de funcionamiento del paradigma que, al modo de leyes, dan lugar a una retórica propia. Cada universo ideológico hace uso de una retórica y una lógica propias. Esto resulta particularmente evidente cuando comparamos el discurso filosófico generado en diferentes épocas históricas, no solo los problemas planteados -las preguntas empleando el término que usara Kuhn- son dispares sino que también lo es el modo de abordarlos. Este es uno de los pilares fundamentales de la tesis kuhniana, la aparición de nuevas preguntas al darse el ‘cambio de paradigma’ que eran impensables según la perspectiva del paradigma anterior. Este fenómeno condujo a Kuhn a concluir que los diferentes paradigmas no pueden ser comparados, pues son universos teóricos y mentales diferentes [9]. En definitiva, lo que define el núcleo de un paradigma es su carácter axiomático e impositivo, que lo presenta como fuera de toda duda e invulnerable, ajeno a cualquier cuestionamiento.
  2. Por su parte, el cinturón protector marca los límites cognitivos del paradigma y lo protege de injerencias ideológicas exteriores. Por ello las ideas propias de esta región se encargan en primer lugar de señalar los límites de lo aceptable así como de ‘excluir’ lo que resulta inaceptable, esto es, aquello que pondría en cuestión las ideas nucleares poniendo en peligro la supervivencia del paradigma mismo.

Un aspecto a destacar es que el cinturón protector puede según los momentos poseer zonas más o menos confusas u oscuras en las que el paradigma parece perder fuerza y perder su coherencia y homogeneidad. Si esto sucede en el campo de las ideas científicas -como demostró Lakatos- no hay razón para suponer que no ocurra lo mismo cuando nos referimos al conjunto de ideas de una cultura, es decir a un paradigma cultural.

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Es necesario trasponer en la medida de lo posible esta descripción morfológica del paradigma como ‘marco de investigación científica’ al ámbito de las culturas y en particular nuestra intención es aplicarlo al estudio de la modernidad, que es el caso que aquí nos ocupa [10]. Con respecto al paradigma moderno en concreto, en el núcleo central de la modernidad reconocemos tres ideas básicas e invariantes alrededor de las cuales gira todo el armazón teórico desarrollado por la civilización moderna a lo largo de los últimos tres siglos:

  • individualismo – subjetivismo – negación de toda verdad superior al sujeto.
  • materialismo – racionalismo.
  • laicismo – carácter anti-sagrado de la modernidad.

No es difícil percatarse de que estas tres ideas centrales se apoyan en un error o desviación de índole espiritual y que no es otro que el conocido giro anti-metafísico de la modernidad y la imposición del punto de vista profano como criterio único y exclusivo de acercamiento a la realidad. Por tanto lo que reside en el núcleo mismo del paradigma moderno es una fuerza de índole anti-tradicional [11]. La observación de los hechos demuestra que es así pues si hay algo que rechaza con vehemencia el paradigma moderno por encima de todo son aquellas interpretaciones de la realidad que remitan a lo sagrado o a un orden superior. Todas las ideas en este sentido son perseguidas, desacreditadas y tachadas de supersticiosas, pseudo-científicas y primitivas.

Laicismo y materialismo son inseparables: tanto uno como otro cumplen a la perfección su función de excluir cualquier interpretación espiritual tanto de la naturaleza -el materialismo- como de la sociedad -el laicismo-. El racionalismo por su parte es la transposición del materialismo naturalista al ámbito del alma humana: del mismo modo que el materialismo se impone como criterio único de estudio de la naturaleza -lo exterior-, el racionalismo trata de acaparar la totalidad del ámbito psíquico del ser humano -la dimensión interior-, excluyendo cualquier otro tipo de realidad psíquica o acercamiento a la verdad.

De modo análogo, si el materialismo es la primacía moral de la cantidad sobre la cualidad, el individualismo supone la primacía del ego sobre cualquier otra consideración o límite. El individualismo, partiendo del mismo germen anti-tradicional que las otras ideas-germen, está profundamente vinculado a la negación del principio de jerarquía lo que en el fondo supone una negación de cualquier verdad y de toda realidad superior al sujeto conduciendo al solipsismo, el subjetivismo, la ‘dictadura de la opinión’ y los ideales mesocráticos e igualitarios -homogeneizadores- tan propios de la modernidad.

Aquí encontramos un ejemplo claro de cómo funciona el paradigma en la práctica, generando ‘ideas’ compartidas por la mayoría social y que influyen en la convivencia y la realidad social, a partir de una idea germen muy simple que se presenta como un axioma incuestionable, a saber: la conocida doctrina de la ‘libertad individual’. De este modo, a partir de cada uno de estos tres ‘principios motores’ se concretan y definen unos objetivos sociales que a su vez dan lugar a un proyecto político más o menos concreto y definido.

Dicho esto, podemos agrupar y resumir estas tres ideas centrales bajo una única ‘marca’ o idea más amplia, que de hecho las ha reunido históricamente: la doctrina del liberalismo. El liberalismo es el germen político de toda la modernidad y puede ser comparado a un fruto que contiene dentro de sí tres semillas -las tres ideas centrales que hemos definido anteriormente-. Todas las ‘ideologías políticas’ de la modernidad han aparecido como respuestas o matizaciones al liberalismo primigenio.

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Si dejamos ahora el núcleo ideológico del paradigma moderno y pasamos a ocuparnos de su zona más exterior o cinturón protector, encontramos otras ideas importantes a nivel popular pero mucho más vagas e indefinidas, ideas que cumplen a menudo la función de seducir a las masas. Ideas en general bastante groseras y frecuentemente supersticiosas tales como el mito democrático o la ilusión igualitaria.

Pero una de ellas ha poseído un éxito histórico indudable que la ha convertido en una herramienta fundamental para el funcionamiento de este cinturón protector durante casi doscientos años: el mito del progreso. Sin duda la idea de progreso, impuesta y naturalizada a través de la falacia de la teoría darwinista en el ámbito de la ciencia y del marxismo en el ámbito de la historia, es una de las ideas más exitosas que hayan existido y la que mejor ha servido para inculcar la ‘modernidad’ al común de las gentes.

Pero no debemos pensar que por ello sea una idea central, estamos ante una idea puramente instrumental, ante un arma ideológica y una herramienta de propaganda. No es de extrañar por tanto que entre los teóricos de primer nivel, la intelligentsia -tanto de corte izquierdista como liberal-, se venga sosteniendo últimamente que la idea de progreso se encuentra ya hoy muy desacreditada -sobre todo en la zona del núcleo paradigmático…-, sin embargo ésta idea sigue sirviendo muy fielmente a su función de propaganda para ilusionar a las masas, a las que siempre llega el deshecho intelectual producido para su consumo por la intelligentsia central del núcleo. Lo cierto es que fuera de los ambientes intelectuales la idea de progreso continua vigente en la sociedad pues sigue cumpliendo de manera exitosa su papel de ilusionar a las masas con la promesa de un futuro mejor. Y cuanto más vaga es esa promesa -sin especificar si se trata de un progreso tecnológico, social, cultural…- mejor parece ilusionar al común de las gentes.

Al aplicar este análisis estructural del paradigma -que podemos resumir mediante el esquema centro-periferia- a la civilización moderna podemos plantear la siguiente representación:

ALVAREZ ESAUL SUPERACION IDEOLOGIA MODERNA c

Al reflexionar sobre el anterior esquema se hace patente cuál es en realidad ese ‘centro’ donde residen la virtud política y en qué consiste la deseada ‘centralidad’ que todos los actores de la ‘política-espectáculo’ buscan tan afanosamente. Salirse de esa ‘centralidad’ es alejarse del núcleo paradigmático y avanzar por las regiones pantanosas de la indefinición ideológica y de la marginalidad ideológica donde tienen cabida ideas heterodoxas. En realidad solo puede admitirse abandonar la ‘centralidad’ para pasar a formar parte del cinturón protector, caracterizado por la confusión ideológica tanto como por la radicalidad política -teórica y práctica-. En esta zona en efecto muchas ideas son válidas, incluso aquellas aparentemente contradictorias con el núcleo o entre sí, por una sencilla razón: sirven estratégicamente como armas contra todo aquello que se sitúe fuera del paradigma moderno.

Como se aprecia en el esquema, izquierda y liberalismo están estrechamente emparentados. En primer lugar proceden de un mismo origen, el giro anti-metafísico de occidente, que es el germen mismo de la modernidad. Además comparten todas las ideas centrales del paradigma, empezando por las tres ideas fundamentales que hemos definido anteriormente.

En tanto situada en la zona periférica de protección, una de las funciones capitales de la izquierda históricamente ha sido la de destruir toda resistencia al nuevo orden de la modernidad y ensanchar el horizonte de influencia del paradigma. Aquí, el ‘mito del progreso’ ha sido una herramienta ideológica de primer orden para poder vencer las resistencias naturales ejercidas frente al cambio social revolucionario que poco a poco ha ido haciéndose hegemónico.

Precisamente en este sentido nunca se ha valorado lo suficiente el papel fundamental que el marxismo ha desempeñado a la hora de aportar al paradigma moderno las herramientas conceptuales y filosóficas necesarias para hacer de él un todo coherente capaz de explicarse y legitimarse a sí mismo. El marxismo dotó al núcleo del paradigma de un meta-discurso del que hasta ese momento carecía. Por citar tan solo un ejemplo, el marxismo suponía una justificación del materialismo, que era una rareza filosófica, bajo una apariencia científica. Y precisamente el marxismo se situaba en las regiones periféricas del paradigma pues se dirigía a aquellos no inmersos en él con el fin de re-educarlos. Consideramos por tanto que su sistema filosófico es la teoría que mejor sirve al cinturón protector del paradigma, tiene en común con el núcleo las bases epistemológicas pero añade a las mismas el mito del progreso y la utopía del finalismo histórico.

Hemos visto hasta aquí el vínculo genealógico que une progresismo y liberalismo. La principal diferencia entre ambas posiciones ideológicas es que una es más central que la otra y por tanto posee valores más esenciales e irrenunciables, los cuales por cierto son defendidos de modo extremadamente fundamentalista. Se comprende ahora por qué decíamos que la izquierda carece de esencias, de principios, y a menudo de definición, siendo su proyecto siempre contextual y variable, en tanto el liberalismo posee un proyecto revolucionario que, aunque se oculta bajo diversas manifestaciones históricas como puede ser el capitalismo, es esencialmente invariable en el tiempo.

En este sentido una matización es primordial para evitar equívocos: liberalismo e izquierda comparten un mismo carácter revolucionario, dado que toda la modernidad es en sí misma un proyecto revolucionario dirigido a volver del revés, es decir invertir el orden natural y social de las cosas. Y no hay más que atender a la realidad social que uno y otra han impuesto históricamente cuando han tenido ocasión para concluir que en efecto es así.

Esta relación de parentesco entre ambos proyectos revolucionarios es la razón de fondo por la que el núcleo liberal concedía sin problemas la elaboración del aparato cultural e intelectual de propaganda a las corrientes de izquierdas y al marxismo, convencido de ser la mejor estrategia a la hora de adoctrinar más profundamente a los sometidos proporcionándoles un producto a su medida y así quebrar en una o dos generaciones cualquier resistencia, empujando a los sometidos a aceptar el nuevo orden revolucionario como un bien…

El liberalismo se muestra así como la doctrina de la élite, dirigida a los pocos, mientras el progresismo y sus corolarios utopistas y revolucionarios son un mito, una superstición, fabricada para los muchos.

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Dicho esto, ¿dónde queda entonces la derecha? La derecha –entendida en el sentido clásico de conservadurismo no-liberal y defensa del antiguo régimen y su orden social– no tiene cabida alguna en este contexto revolucionario y cae por entero fuera del paradigma, lo que podría representarse gráficamente situándola en algún lugar de la zona de exclusión.

Esto nos permite entender varias cuestiones. En primer lugar explica el carácter marginal de la derecha desde las revoluciones liberales del siglo XIX. A su vez, a través de esta representación se comprende mejor por qué la derecha ha sido demonizada sin pausa por las propagandas tanto liberal como progresista.

En tercer lugar, se hace evidente también la razón de que su principal enemigo haya sido y siga siendo lo que se ha denominado ‘izquierda’, y que no es más que la avanzadilla, la vanguardia y la punta de lanza del paradigma moderno a la hora de ampliar su zona de dominio, pues según la estructura morfológica del paradigma es la izquierda, la abanderada de todos los progresos, la que toca -si puede decirse así- la realidad exterior al paradigma mismo y por tanto a quien le corresponde el papel de lidiar con los enemigos. Entre tanto, el núcleo revolucionario y anti-tradicional del liberalismo permanece bien a resguardo, protegido tras el cinturón sanitario que constituye la izquierda. Izquierda que, ahora resulta ya innegable, es su guardia pretoriana.

Desde esta perspectiva resulta comprensible el hecho de que el laicismo más radical y beligerante se manifieste precisamente en las zonas más marginales y periféricas del paradigma, allí el odio religioso toma formas tan descaradas como filosóficamente absurdas y groseras. Sin embargo, en el núcleo del paradigma el odio religioso presenta formas mucho más sutiles y refinadas en las que no vamos a entrar aquí pues no es este lugar para ello, baste indicar que van dirigidas a desacreditar la religión y demoler cualquier tradición espiritual ‘desde dentro’. Se trata de un trabajo de fondo, dirigido sobre todo al debilitamiento y la adulteración de la Tradición, mientras el trabajo sucio se deja en manos, una vez más, de la fuerza de choque: la izquierda.

A largo plazo estos peligros emanantes del núcleo de la modernidad, que conducen progresivamente a la perversión espiritual de la tradición -y próximos a la idea de contra-iniciación de Guénon- son mucho más destructivos que los otros, pues mientras los primeros crean mártires y resistentes, los segundos solo dan lugar a falsos creyentes y herejías [12].

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Como es lógico, situarse fuera del marco paradigmático hegemónico implica cambios de fondo sustanciales. Desarrollar un nuevo modo de ser-en-el-mundo implica algo más que las palabras y declaraciones de intenciones a que estamos acostumbrados. Es imposible escapar del ojo de huracán de este paradigma sin renegar explícita y activamente de su núcleo esencial, núcleo cuyos valores anti-tradicionales la izquierda sigue aceptando mayoritariamente.

Otro asunto de vital importancia es la creación de una nueva retórica, no dependiente del discurso central que el liberalismo ha venido desarrollando desde el siglo XVII en occidente -materialista, cientifista, individualista y laicista-.

Dos apreciaciones estratégicas queremos señalar para acabar.

A corto plazo hay que desmarcarse definitivamente de las ‘ideologías políticas’ de la modernidad. Su imaginario está demasiado en deuda con el núcleo del paradigma y su capacidad transformadora es tan limitada que no se puede esperar encontrar dentro de sus estrechos límites la solución a la problemática global actual. Las ideologías deben ser entendidas como peligrosas herramientas de división social diseñadas y dirigidas desde el verdadero poder central. Toda ‘falsa ideología’ moderna debe ser abolida.

En segundo lugar el cambio de paradigma pasa por la recuperación de un concepto fundamental, la noción de alma. Si la modernidad se ha caracterizado ante todo por la negación del mundo interior del hombre, el rechazo de sus necesidades inmateriales abogando por un reduccionismo materialista en todos los ámbitos de la realidad ello no es por una cuestión de pragmatismo, se trata de una cuestión central que hunde sus raíces en el giro anti-metafísico y la rebelión contra el espíritu que ya hemos citado antes. Recordemos que, como dijimos antes, racionalismo y materialismo son reduccionismos análogos dirigidos a la realidad interior y exterior al hombre respectivamente y suponen ambos la negación de la idea de alma tanto para el sujeto humano como para el mundo [13]. El rescate de esta idea puede funcionar como un nuevo germen que vaya aglutinando a su alrededor visiones y actitudes radicalmente ajenas al paradigma moderno.

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[1] Ya hemos señalado en otras ocasiones que el uso de los términos ideología y política por parte de la modernidad es espurio, pues falsean y enmascaran el sentido verdadero de ambos términos, por esta razón los entrecomillamos. Mientras no se indique lo contrario, y ya que estamos tratando su uso y función en la sociedad moderna, los empleamos refiriéndonos a su sentido convencional actual, no a su sentido profundo.

[2] Hay casos especialmente siniestros: la creación industrial de ‘basura-espectáculo’ fabricada específicamente para consumo de la juventud y controlada por oligarquías capitalistas de extraordinario poder se denomina ‘cultura pop‘; en realidad su cometido es justamente el contrario: destruir cualquier resto que pudiera quedar de cultura auténticamente ‘popular’ y anular la identidad cultural de la juventud, es decir desarraigarles, marcando su independencia ‘cultural’ con respecto a las generaciones que les precedieron en el tiempo, y creando una percepción de ruptura, de alejamiento, de falta de unidad e intereses comunes, con respecto a la generación de sus propios padres.

[3] Habría que abordar alguna vez las profundas y oscuras relaciones que existen entre las izquierdas y la cada día más omnipresente pseudo-espiritualidad new-age, relación de parentesco que además encuentra un vaso comunicante privilegiado en el ecologismo más superficial y de masas, que a través de la moda de lo ‘verde’ ya es un espacio más de mercado. Este mercado de lo ecológico conforma un marco en que todas estas culturas alternativas se dan cita y se celebran a sí mismas en su habitual ceremonia de confusión…

Esta relación es mucho más antigua de lo que cabe imaginar, por ejemplo: el progresismo radical de los años ’60 y ’70 -desde el movimiento hippy al mayo francés- tenía una tendencia pseudo-espiritual hacia el orientalismo muy acusada. Como frutos que son de un mismo árbol -la anti-tradición- pseudo-espiritualidad y pseudo-ideología siempre han estado mucho más próximos de lo que habitualmente se supone…

[4] El mejor ejemplo de cómo la izquierda y el progresismo han jugado el papel de ‘tonto útil’ preparando el camino para la llegada del nuevo orden postmoderno lo proporciona la popularización masiva de la droga como un bien de consumo más en el mundo occidental.

Salvando las distancias, ese mismo papel lo desempeña hoy el progresismo al respecto del ‘feminismo’ y la ideología de género, ejecutando el trabajo sucio de imponer su ideario a toda costa en las mentes de los hombres y mujeres: cuando se aprecia el carácter impositivo y fanático de este adoctrinamiento, que no admite críticas ni disidencias, se hace evidente su naturaleza de vanguardia del ‘poder central’ en la lucha por el dominio de las mentes y las almas de los individuos. Profundizaremos en ello en la tercera parte de nuestro artículo.

[5] Que el liberalismo radical no se escondiera tras el estado y se mostrara en todo su descaro como la ‘doctrina del triunfo’ es algo que solo había ocurrido en los años previos al crack del ’29, lo cual es bastante significativo. Con el añadido además de que entonces el liberalismo se presentaba como una doctrina ‘para todos’, dado que ‘todos’ los hombres son iguales, una idea que vuelve a estar muy presente hoy en el discurso neoliberal: ‘todo el mundo puede triunfar si es lo suficientemente emprendedor‘. Tampoco es casualidad que los periodos de celebración del liberalismo desregulado conduzcan una y otra vez a colapsos económicos y severas crisis sociales.

[6] Tomamos el término de un famoso artículo de U. Eco, turbio personaje que es quizá, de entre todos los ‘intelectuales progres’ que en los años ’60 y ’70 preparaban el camino de la ‘postmodernidad líquida’, el más mediocre a la vez que el de mayor peso mediático de todos, características estas que curiosamente suelen ir de la mano.

[7] Quizá uno de los mayores errores estratégicos cometidos a la hora de enfrentarse a la modernidad sea el no haberla reconocido y tratado como lo que muy probablemente es, una pseudo-religión, expresión de la anti-tradición; un sistema de creencias y dogmas peligrosamente exclusivistas y etnocéntricos, cuya fe central son las incuestionables verdades del individualismo, el materialismo y el laicismo. El punto de vista profano que la modernidad promueve no se conforma con tener un espacio propio, ni siquiera con que se le permita hacer y deshacer sin rendir cuentas a nadie, por su misma naturaleza -al igual que el capitalismo, que es uno de sus frutos- busca inevitablemente expandirse y hacerse con el todo, desterrando cualquier otra concepción del mundo, en particular si esta es sagrada. Así, pese a que en occidente la espiritualidad verdadera ha sido suplantada por la pseudo-espiritualidad new-age y la religión ha sido expulsada de la sociedad y recluida en el ‘ámbito de lo privado’ -¡cosa que celebran incluso algunos creyentes!- el laicismo lejos de conformarse exige cada vez más…

Digamoslo sin ambages, la finalidad última de la modernidad es desacralizar -profanar- el mundo para lograr lo cual debe, tras haber derribado el orden tradicional, destruir cualquier residuo de concepción tradicional que pudiera quedar. El laicismo no se detendrá en su batalla anti-tradicional sean cuáles sean las concesiones que se hagan al mismo. Como puede verse en esto coinciden todas las izquierdas así como todo lo que hoy se denomina actualmente ‘derecha democrática’ o ‘liberal’. Por ello no es sorprendente que el laicismo no persiga las nuevas pseudo-espiritualidades con la misma virulencia con que persigue y demoniza las religiones tradicionales.

Esto explica por qué es un enorme error que una religión cualquiera entable diálogo de igual a igual con la modernidad, como ha pretendido el cristianismo occidental generando confusión a raudales e incluso legitimando la modernidad a ojos de muchos creyentes, pues ¿cómo es compatible una concepción tradicional del hombre con una ‘ideología moderna’? ¿En que punto de sus diferentes programas sociales o concepciones del ser humano pueden coincidir?

[8] T. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas. FCE. México, 1971.

[9] Este es el principio de inconmensurabilidad.

[10] Ya ha habido intentos de aplicarlo al ámbito de la filosofía, por ejemplo por parte de G. Reale, y del arte.

[11] Hay aquí un problema mucho más profundo que una mera ‘ideología política’, estamos ante un error de índole espiritual que puede ser calificado de desviación satánica.

[12] Este fenómeno es hoy por hoy observable en todas las tradiciones religiosas y espirituales auténticas.

[13] El alma del mundo o Anima Mundi.

Platón y la Revolución Europea

http://www.centrostudilaruna.it/platonylarevolucioneuropea.html

Por Adriano Romualdi

Como ya se ha indicado el totalitarismo platónico evoca, aunque sólo sea por analogías formales, el totalitarismo europeo contemporáneo. Tanto en uno como en otro estamos ante la pretensión del Estado de guiar la vida del individuo, tanto en uno como en otro una idea se sitúa en el centro de la vida con la pretensión de sellar todas sus manifestaciones. Es cierto que Platón habría podido suscribir el eslogan mussoliniano «Todo dentro el Estado nada fuera del Estado, nada contra el Estado». Y es también cierto que habría podido escribir de su puño y letra una declaración como la aparecida en Pravda el 21 de agosto de 1946: «El deber de la literatura es ayudar adecuadamente al Estado a educar a su juventud, responder a sus necesidades, educar a la nueva generación a ser valerosa, a creer en su causa, a mostrarse intrépida ante los obstáculos y preparada para superar todas las barreras…». El totalitarismo platónico no nace solamente de la concepción del Estado como un macro-hombre, como unidad orgánica, sino también de la conciencia de la descomposición social, de la crisis de la ciudad griega que exigía soluciones drásticas, medidas urgentes y coercitivas. Nace de la conciencia de que la antigua clase dirigente estaba muerta y la nueva no estaba todavía preparada. Visto desde esta perspectiva, el totalitarismo platónico presenta relevantes coincidencias históricas con el totalitarismo moderno, surgido para sustituir las elites políticas derribadas por las revoluciones liberales. Ambos totalitarismos, nacidos de una meditación pesimista sobre el momento presente, acusan un optimismo fundamental. Creer que un Estado, una civilización, puedan ser salvados mediante el dominio de una sola idea es, ante todo, una manifestación de esperanza. Sólo se está dispuesto a reconocer una autoridad política ilimitada a aquel principio del cual se acepta, fielmente, su ilimitada bondad. En este sentido, el totalitarismo de Platón, la idea del Estado-organismo, se nos presenta cono un mito, como mitos son las concepciones de los Estados fascista, nacionalsocialista y bolchevique. Considerado en su líneas generales, el mito del Estado platónico puede relacionarse con las más diversas tendencias del totalitarismo moderno, sean éstas de derecha o de izquierda: «En la República se puede encontrar la autorización a predicar la revolución social, la caída del capitalismo y el poder del dinero; pero igualmente puede encontrarse una justificación de la coexistencia de dos sistemas diferentes de educación, uno para los pocos y otro para los muchos, y una justificación de la clase dirigente hereditaria»[1]. Sin embargo, observando con más atención, el sentido del totalitarismo platónico nos obliga a hacer distinciones: no se trata de la tiranía de una clase o de una facción sino del gobierno de los mejores, los cuales, encarnado los valores heroicos y sacrales, pueden razonablemente pretender representar la totalidad de los valores del espíritu. Esta cualificación más precisa nos permite, sin embargo, rechazar toda posible vinculación entre bolchevismo y platonismo. En efecto, este último no es un Estado-totalidad sino una parte del todo, la más ínfima y plebeya, que pretende situarse como absoluto social y espiritual. La dictadura del proletariado constituye la inversión perfecta del ideal platónico. Más complejo resulta el discurso para el fascismo y el nacionalsocialismo que, si bien han ignorado la suprema exigencia de situar nuevamente en la cima del Estado valores trascendentes, también es cierto que han luchado por la creación de una elite heroica capaz de situar la política por encima de la economía e imponer una nueva jerarquía de los rangos. En cierto sentido representan un intento de remontar el ciclo de la decadencia de las formas políticas tal y como se halla delineado en la República. Las relaciones entre platonismo y nacionalsocialismo merecen un consideración a parte. Es conocida la influencia ejercida por el platonismo sobre la cultura alemana de la primera mitad del siglo XX. El circulo que dirige el poeta-profeta Stefan George difunde una imagen heroica de Platón que no deja de influir en las corrientes políticas de extrema derecha. Así, izada la roja bandera de la esvástica sobre el mástil de la Cancillería, se eleva un coro de voces proclamando a Platón «precursor», «defensor del derecho de los mejores», «nórdico», «Gründer», «Hüter des Lebens» o incluso «Führer»[2]. Para la reconstrucción de la imagen de Platón en el III Reich resulta de interés el libro de Hans Günther, el máximo teórico nacionalsocialista de la idea «nórdica», dedicado a Platon als Hüter des Lebens. Platons Zucht und Erziehunggedanken und deren Bedeutung fur die Gegenwart («Platón como custodio de la vida. La concepción educativa y selectiva platónica y sus significado para nuestro tiempo»). En él se puede leer: «No debemos dejarnos seducir por aquellos que definen la eugenesia como una ciencia “animal”. Fue Platón quien proporcionó al término griego “idea” su actual significado filosófico y quien con su doctrina se ha impuesto como fundador del idealismo… y ha sido precisamente el propio Platón quien, en tanto que idealista, el primero en definir el ideal de la selección»[3]. Para Günther, Platón es el salvador de la sangre elegida, el asertor de la vida como totalidad de alma y cuerpo. Para Platón, como para todos los arios primitivos, «no existía nada espiritual que no concerniese también al cuerpo ni nada físico que no concerniese igualmente al alma. Esta constituye precisamente la manera característica de pensar del nórdico»[4]. En la concepción aria de la vida, interpretada por Platón, la nobleza de ánimo y la belleza comienzan a existir «cuando las tenemos ante los ojos, personificadas. Esta sana concepción genera el concepto helénico de la kalokagathía, de la bondad-belleza, y la kalokagathía no se considera como un modelo de perfección individual sino como algo mucho más vasto: una teoría de la cría de una humanidad superior. Sólo por medio de una selección, de la educación de una estirpe elegida, puede lograrse que la belleza y la bondad aparezcan un día personificadas ante nosotros»[5]. Resulta evidente que la interpretación nacionalsocialista de Platón es propagandística y unilateral. Pero, igualmente, algunas afirmaciones fundamentales son irrebatibles. Muy difícilmente se hubiese escandalizado Platón ante la quema de los libros «corruptores» o ante las leyes para la protección de la sangre. Evidentes influjos platónicos se encuentran además en la doctrina interna de las S.S., dedicadas a someter a una paciente selección física y espiritual a los futuros jefes, educados en los Ordensburgen, los «Castillos de la Orden» surgidos por doquier en Alemania. La Ordnungstaatgedanke, la concepción del Estado como Orden viril que se identifica con la voluntad política, se nos muestra como una revivificación de las ideas de la República. Concluyendo, se puede afirmar que se encuentra una herencia platónica incontestable en los movimientos fascistas europeos. La identificación del Estado con una minoría heroica que lo rige, el ardiente sentimiento comunitario, la educación espartana de la juventud, la difusión de ideas-fuerza por medio del mito, la movilización permanente de todas las virtudes cívicas y guerreras, la concepción de la vida pública como un espectáculo noble y bello en el que todos participan: todo esto es fascista, nacionalsocialista y platónico a la vez. La evidencia habla por sí sola. Hoy, consumida en una sola e inmensa pira la esperanza de volver a dar una elite a la Europa invertebrada, la enseñanza política de Platón parece lejana y casi perdida para siempre. Los valores económicos, que él colocó no en la cúspide sino en la base de la sociedad, se exaltan como soberanos. Burguesía y proletariado, Occidente y Oriente, capitalismo y comunismo proclaman al unísono la llegada de un Estado cuya única meta es el bienestar de los más. Aquello que Platón habría denominado como la parte apetitiva del Estado ha aplastado a la parte heroica y cognoscitiva. La civilización de las masas pesa como la opaca mole de las inmensas ciudades de cemento. Pero este mundo de las masas lleva en su seno los gérmenes de su propia descomposición. Por un lado, se asiste a una creciente especialización de las funciones, por otro, al nacimiento de una estructura cada vez más parecida a un mecanismo perfecto[6]. Entretanto, las masas, insertas en este gran mecanismo, vegetan en la comodidad en un estado de creciente abulia política. Surge así la posibilidad del dominio de una elite especializada sobre una masa satisfecha e indiferente. Escribe Nietzsche en la Voluntad de Poder: «Un día los obreros vivirán como hoy los burgueses pero sobre ello vivirá la casta superior; ésta será más pobre y más simple pero poseerá el poder». Es una afirmación profética que proyecta en el futuro la visión de una elite platónica interiormente forjada por un moderno doricismo, habitando con sobria pobreza en el centro inmóvil donde accionan las ruedas del brillante mecanismo de la civilización occidental[7]. Llegados a este punto, cuando estamos a punto de concluir estas notas introductorias, concédasenos el finalizar a la manera platónica introduciendo un mito. Un mito que no hemos inventado nosotros sino que se encuentra en las páginas de una novela de Daniel Halévy, Histoire de quatre ans. 1997-2001. Estamos en 1997: Europa se pudre en el bienestar y el libertinaje. La corrupción crece por lo que «heridos los centros de energía aria», la marea de los pueblos de color amenaza a los europeos decadentes. Pero he aquí que, un poco por todos lados, grupos de individuos se aíslan, dándose una estructura ascético-militar, una disciplina severa. En sus cenobios se recompone la antigua ley de la vida, vuelve a florecer el espíritu de obediencia y sacrificio. Alcanzando el poder, el grupo de monjes-laicos pone fin al desorden y a la corrupción democrática dividiendo la sociedad en las tres castas de asociados, novicios y sometidos. El esfuerzo del nuevo orden salva Europa, y la Federación Europea, fundada el 16 de abril de 2001, se prepara para marchar contra los bárbaros de Oriente. Hasta aquí el mito, un mito didascálico que no habría desagradado a Platón. Pero, en el mito y más allá del mito, el ideal político de Platón se mantiene como un elemento permanente de toda verdadera batalla por el orden. El perno de su sistema político está constituido por la exigencia de hacer coincidir la jerarquía espiritual con la jerarquía política, de asegurar al espíritu la dirección del Estado. No sin motivo Kurt Hildebrandt ha podido titular su libro Platón, la lucha del espíritu por la potencia. Esta exigencia, formulada con tanta claridad por el más grande pensador de la Hélade y de Occidente, permanece en todo tiempo, al igual que las historias de Tucídides ktéma es aéi, una conquista para la eternidad. Nadie como Platón ha sufrido por la ineptitud de la inteligencia, incapaz de dar un orden a la vida. Ha contemplado hasta en los abismos más insondables la tragedia de la escisión entre espíritu y vida, entre espíritu y poder político. Y nos ha mostrado la vía real que conduce más allá de esta trágica escisión: no la vana tentativa idealista de adecuar la política a esquemas abstractos, sino un esfuerzo heroico y disciplinado para infundir sangre y energía a la pura inteligencia, para confiar los valores del espíritu a una especie de hombre fuerte, templada, victoriosa. En la oscuridad contemporánea la doctrina de platón arde como un fuego lejano que orienta nuestro camino. Hacia ella deberá saber mirar una nueva clase política resuelta a fundar el verdadero Estado, a dar a cada uno lo suyo, a imponer contra la tiranía de la masa y del dinero la nueva jerarquía. Notas [1] Thomas A. Sinclair, Il pensiero politico classico, Bari, 1961, p. 223. [2] Sobre la imagen de Platón en la Alemania de este periodo véanse: J. Bannes, Hitlers Kampf und Platons Staat, Berlín y Leipzig 1933 y Die Philosophie des heroischen Vorbildes; C. Bering, Der Staat der Königlichen Weisen, 1932; K. Gabler, Platon der Führer, 1932; H. Kutter, Platon und die europäische Entscheidung; F. J. Brecht, Platon und der George-Kreis, Leipzig 1929. [3] Platon als Hüter des Lebens, Munich 1928, p. 66. [4] Op. cit., p. 39. [5] Op. cit., p. 46. [6] Véase J. Evola, Cavalcare la tigre, Milán 1961: «En el lugar de las unidades tradicionales – de los cuerpos particulares, de los órdenes de las castas y de las clases funcionales, de las corporaciones – conjunto de miembros a los que el individuo se sentía ligado en función de un principio supraindividual que informaba su entera vida, proporcionándole un significado y una orientación específicos, hoy se poseen asociaciones determinadas únicamente por el interés material de los individuos, que sólo se unen sobre una base: sindicatos, organizaciones de categoría, partidos. El estado informe de los pueblos, en la actualidad convertidos en meras masas, hace que todo posible orden posea un carácter necesariamente centralista y coercitivo». [7] Una perspectiva similar se delinea en Der Arbeiter de Ernst Jünger: «Al igual que produce placer ver a las tribus libres del desierto que, vestidas de harapos, poseen como única riqueza sus caballos y sus valiosas armas, también resultaría placentero ver el grandioso y valioso instrumental de la “civilización” servido y dirigido por un personal que vive en una pobreza monacal y militar. Es éste un espectáculo que produce alegría viril y que hace su aparición allí donde al hombre se le imponen exigencias superiores para alcanzar grandes fines. Fenómenos cono la Orden de los Caballeros Teutónicos, el ejército prusiano, y la Compañía de Jesús constituyen ejemplos a tal efecto…». Citado en J. Evola, L’operaio nel pensiero di Ernst Jünger, Roma 1960, pp. 75.

Nuestra Patria

http://soldadosdeunaidea.blogspot.com.es/2015/05/nuestra-patria.html?m=0

Actualmente, y por desgracia, la palabra Patria está cargada de diversas connotaciones, en gran medida, negativas. Connotaciones que, siendo sinceros, son bastantes merecidas. Por todos es sabido que el patriotismo, bajo el resguardo de la Iglesia, las clases privilegiadas y los partiduchos fachorros de turno, se adultera y se corrompe. ¿Cómo podemos extrañarnos de ver el rechazo que tiene el pueblo hacia España, si ésta, sólo se ha usado como escudo y parapeto para cometer las mayores atrocidades e injusticias? ¿Cómo podemos culpar a las masas populares de no sentir nada por España, si ésta, bajo regímenes partitocráticos ha sido degenerada y vilipendiada por las clases privilegiadas que mientras el pueblo sufría hambre y miseria, éstas veían sus riquezas y privilegios aumentar de forma desmedida e insultante gracias a las nuevas formas de neo-esclavismo capitalista? Si hay algo, que ante los actuales sucesos, cobra vital importancia es – y este es el objetivo del artículo – definir de forma clara y concisa lo que verdaderamente es la Patria para los revolucionarios. Debemos, antes que nada, desechar toda definición arcaica, retrógrada, antirrevolucionaria y reaccionaria. Alejados de aquellos que ven a España como un mal, una desgracia; alejados de aquellos que ven España como parapeto de sus inhumanos abusos y alejados de aquellos que, desgraciadamente, no ven ni sienten, nada por España; buscamos, en contraposición al resto, el sentido profundo, la esencia, de nuestra Patria. Nuestro Patriotismo es, ante todo, un patriotismo revolucionario, profundamente social y enérgicamente hispánico; un patriotismo, en definitiva y como diría Ledesma Ramos, “rumbo adelante”… La Patria, en la línea de lo que decían el maestro Ortega y Gasset, “proyecto sugestivo de vida en común”, José Antonio Primo de Rivera “unidad de destino en lo universal” y en la línea de lo que también decía Ledesma Ramos del patriotismo como una “gimnasia revolucionaria”, exige de nosotros, un patriotismo crítico y constructivo. Un patriotismo revolucionario, que frente al estatismo patriotero de la derecha fascistizada, tenga como objetivo de su quehacer diario, la construcción de una Patria libre y fuerte que sea para las masas populares una bandera liberadora y no, como en el sistema liberal demoburgués imperante, una bandera de resguardo de privilegios y abusos para unos pocos. Este patriotismo debe estar alejado de toda ancianidad constituyente, lejos de toda reacción. La actual situación. Si alguien, está, actualmente, orgulloso de esta España, desconfiad de él; o bien es un loco o bien es un reaccionario. No se puede pretender ser patriota sin querer llevar a cabo una revolución, que, al fin y al cabo, es una subversión, la destrucción del sistema económico, social y de valores de una sociedad y la construcción de otro; más justo, más libre, en definitiva, más español. ¿Quién puede creer que una persona que se califica a gusto entre derechas o izquierdas puede verdaderamente ser patriota? ¿No es este sistema liberal demoburgués partitocrático, el que nos ha sumido en esta decadencia moral y social, en la que la Verdad como fin en si mismo ha dejado de importar, en la que nada importa mas que el dinero y la fama o en la que mientras unos se lucran mediante abusos y privilegios injustos otros se mueren de hambre y frío en este “avanzado” (avanzado en qué, nos preguntamos algunos) mundo moderno? Objetivos. Debemos destruir y revertir el sistema establecido para construir una sola Patria, libre, grande y única (alejado de todo lema derechista, Dios me libre…) y un socialismo, el sindical, revolucionario y nacional. Frente a los intentos de desmembración de la primera nación de la Edad Moderna, nosotros como fervientes defensores de ésta, debemos defender y luchar por la unidad armoniosa e imperial de las distintas “naciones” que conforman España. Pero esta lucha, será más facil de vencer si, junto a la violencia sana, creadora y justa, unimos a España y a los españoles bajo una misma empresa, un mismo destino común en lo universal. La unidad peninsular de España adquiere una gran importancia para alcanzar la ejecución de ésta misión histórica; pero ésto es sólo la primera piedra del edificio de nuestra Patria; la recuperación del Peñon de Gibraltar, punto de elevado interés geoestratégico y la expulsión de las fuerzas militares americanas y de la OTAN de tierras españolas junto con la salida de España de la vendida UE son otros de los objetivos cruciales a alcanzar. Además, España como universal portadora de los valores hispánicos debe formar junto al mundo hispano, bravío y vitalísimo, un bloque geopolítico que combata la hegemonía militar y cultural del mundo capitalista judeo-anglosajón e imponga una nueva jerarquía de valores, una nueva cultura y una nueva economía. Alcanzar y conseguir la libertad, la soberanía de España como nación es uno de los mayores imperativos, y está, sin duda, a la orden del día. La España sierva del Capital Internacional, de la UE y de la OTAN, no es nuestra España. Nuestra España no es una colonia americana, nuestra España no es la de los liberales ajenos a las necesidades sociales del pueblo, ni la de la socialdemocracia que extirpa del espíritu de las masas populares la Patria, ni la de los grandes oligarcas ni tampoco la de los corruptos. Convirtamos esta España actual en nuestra España. Una España sindical, portadora y emisora del mensaje y de los valores hispánicos. Una España que proporcione con pan y justicia (social) al conjunto de los españoles. La ejecución de esta misión histórica – como ya supo ver Ramiro Ledesma hace 70 años – debe corresponder sólo a las juventudes de España, portadoras de los más altos valores hipánicos ( y por tanto cristianos) y de la mayor valentía y disciplina militar. ¡Adelante la Revolución! ¡Arriba la España que haremos! Por Mario Montero

Los maestros de la Alquimia Social

http://www.capitalismocrepuscular.com/los-maestros-de-la-alquimia-social/

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Si por algo se caracterizan los sacerdotes del internacionalismo es por su hipocresía y doble lenguaje. Perfectos conocedores de la fuerza demoledora de la cultura y de la psicología llevan trabajando incesantemente desde el comienzo de los tiempos para la instauración de su imperio en este, nuestro plano físico. Todo su acción se resume en lo siguiente: “haz lo que digo, no lo que hago”.

¿Cuáles son estos temas que tan bien manejan los hechiceros de la alquimia nigromántica? Son los temas que tocan los más bajos sentimientos de las masas – como la envidia y los celos – y todo aspecto moralizante, es decir, los relacionados con los elementos profanos que afectan al dominio económico: el oro y la moneda, la propiedad, el interés, la “especulación”, el intercambio, etcétera. Por supuesto, que la mera mención de dichos términos despiertan la animadversión de la mayoría de las persones; y es ahí donde entra en juego el funcionamiento de la alquimia social que tan bien manejan los maestros de la misma. Perfectos conocedores del carácter involutivo de nuestra realidad física se aplican con esmero en usar las bajas pasiones humanas para encaminar a la humanidad al matadero, mientras ellos van a lomos de la misma envueltos en trapos de oro y lujo (y mucho vicio). Tales maestros de la contra-tradición siempre han sido el núcleo central del sacerdocio de la mayoría de las civilizaciones y culturas de la Tierra, y por tanto encargados de ir trabajando la psique de las masas para ir modelando la construcción de la gran obra final. Estos sacerdotes siempre fueron los grandes ingenieros sociales del pasado, aunque hay que recordar, que la gran mayoría de los “ingenieros sociales” del presente no son sino marionetas y peleles que actúan bajo el efecto de una sugestión masiva, siendo utilizados de manera vil por los verdaderos ingenieros jefes, los cuales saben de manera consciente cuales son, y serán, los verdaderos resultados de sus recomendaciones.

¿Cómo funciona la psicología invertida de estos cabalistas de lo social? Voy a intentar explicarlo exponiendo el ejemplo de la propiedad y el “odio” particular que estos alquimistas profesan por ella. Los mismos saben que la propiedad es un hecho indiscutible en las sociedades humanas, siendo que los humanos tienen como uno de los primeros instintos al nacer, el instinto de conservación de la misma: “dame mi chupete”. También saben que la especie humana tiene una tendencia  innata a profesar la envidia y la codicia, y que las mismas se dan con mayor premura y solidez conforme se va “materializando” la realidad, es decir, cuando las condiciones materiales “mejoran” y la vida se vuelve más fácil, por decirlo de alguna manera. Bien conocedores del carácter, desde el punto de vista material, ascendente del ciclo (descendente espiritualmente), saben que usando ciertas artimañas y artilugios de carácter religioso, moral, o simplemente mediante el uso del marketing mercantil, podrán obtener lo que quieran, incluyendo el poder económico, político y “espiritual” del mundo. Su mejor estrategia a este respecto, es ir promoviendo el uso de la propiedad pública y denigrando todo lo concerniente a la propiedad privada mediante el uso de sus sortilegios “sociales” y morales para ir desarmando poco a poco lo poco que queda de espíritu en los cuerpos receptores – los pueblos del mundo – de los cuales son parásitos. Son los eternos agentes de la subversión, que mediante el uso de la mentira consciente, promueven la aceptación de la ideología panteísta del colectivismo, mientras ellos se guardan para sí, los frutos de la propiedad privada y el dominio de lo personal.

Ya bien sea a través de las principales religiones, como el cristianismo, el islam, el hinduismo, de las que siempre fueron actores principales e infiltrados; o de los movimientos profanos (y no tan profanos) de la modernidad, como el iluminismo, la masonería, New Age, ateísmo extremo, estos alquimistas jefes siempre promueven la desmembración del orden anterior más tradicional. Son, al mismo tiempo, defensores del socialismo y del liberalismo. Primero, del liberalismo, pues sabían que el paso de la sociedad monárquica y aristocrática al anterior (1), se producía un avance en el sistema de la propiedad común o colectiva y un retroceso en el bastión del verdadero orden universal: la propiedad privada y personal. Promovieron en las masas la defensa de las ideas de liberalismo como la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero sabiendo que debajo de las mismas acabarían destapando la Caja de Pandora del colectivismo más atroz. Vendieron a las masas que el liberalismo y la democracia eran lo mejor, cuando su verdadero objetivo, aparte de que las masas abrazaran el ideal igualitario, era convertirse en un futuro en lo que habían destruido y supuestamente odiaban: la aristocracia; claro, que una aristocracia muy diferente: la aristocracia de la materia, en contraposición a la aristocracia del espíritu. Segundo, del socialismo, pues sabían que era el siguiente paso en la “evolución” del sistema. Mediante la defensa y propagación del ideal democrático consiguieron que las masas creyeran en el nuevo Dios, la Democracia, y, por tanto, abrazaran sin reservas el ideal del igualitarismo extremo. Esto es, introdujeron el Caballo de Troya sin que sus huéspedes se dieran cuenta. Lo mejor de todo es, que al igual que con el liberalismo, estos altos ingenieros sociales – recordemos que los “bajos” no son sino pobres marionetas que se creen el hechizo al que están sujetos – saben perfectamente los resultados a largo plazo la aplicación de una política de carácter igualitario extremo, y por ende, toman todas las precauciones para hacerse con el poder debajo de las sombras con el control de los dirigentes democráticos (también marionetas), para obtener lo que realmente desean: el control del poder y las propiedades de La Tierra. El paso final es convencer, a la masa que el mejor gobierno del mundo es un estado mundial que provea de todas las necesidades a los ciudadanos del mundo “libre” mediante un sistema que será necesariamente de propiedad pública, mientras que para ellos se reservan el disfrute de la propiedad privada y el poder total y absoluto. Te harán creer en los nuevos dioses: la Seguridad Social, La Educación, La Sanidad Universal y gratuita, y en definitiva, El Estado de la propiedad común. Llegará un momento, en que las masas del mundo, y sobre todo de Occidente, hayan renunciado al control de su propiedad privada (2), y no quede ya ningún resquicio, salvo el mercado negro, de independencia real del pueblo, quedando todo bajo el control del Estado. Los únicos que no estarán bajo control del Estado serán los altos comisarios y dueños del mismo, que disfrutarán del espectáculo desde sus torres de marfil, y sentados en su oro. Estarán eso sí, bajo el control de Baal.

Lo mismo se puede decir del oro. Desde tiempos inmemorables, los ingenieros de lo social se han encargado de criminalizar al oro, vendiéndolo como el más vil de los metales. Esta idea se ha martillado con tal fuerza en la psique de las masas que las mismas lo han creído. Por supuesto que los ingenieros, haciendo lo contrario de lo que predican, acumulan todo el oro que pueden mientras venden las bondades del papel FIAT a sus súbditos. Evidentemente, no es el oro lo que es vil, o ni siquiera el dinero FIAT, sino la maldad de aquellos que mediante la mentira y la codicia por el poder usan a las masas para su propio beneficio, mientras se bañan en ríos de placer y goce por el poder. No es por capricho que los reyes de antaño, los monarcas y las aristocracias primigenias no aceptaran otra cosa que oro o plata a cambio de sus transacciones. La sola mención de introducir un sistema monetario FIAT les habría provocado la más alta repulsión. Se equivocan aquellos que piensan que el futuro de la humanidad – al menos en este plano físico – está en un sistema económico basado en el FIAT; dichas ideas son fuente de risas y carcajadas de los alquimistas, que con buen gusto aceptarán tu oro, sabiendo que tarde o temprano, todos aquellos que transiten por el camino del socialismo y el papel moneda acabarán finalmente en las manos de los siervos de Moloch.

Lo mismo se puede decir de la odiada usura y el interés, o la codicia de los comerciantes. Por supuesto, no es el interés o el beneficio en una transacción lo maligno, sino aquellos que a sabiendas del poder que tienen dichos fenómenos, los usan para su beneficio. Como con todo, estos promulgan la perversidad de esos fenómenos y serán los primeros que propondrán medidas famosas como controles de precios o de capital. Mediante un uso maquiavélico del poder, dichos fenómenos solo servirán para destruir los últimos remanentes de los pequeños propietarios y productores de las sociedades, quedando los altos sacerdotes y sus poderosas multinacionales bien a salvo, cuando no en pleno beneficio, de dichos fenómenos. Esto se resume así: nosotros, los alquimistas, os inculcamos que la “usura” es mala, pero sabedores de que el préstamo es un elemento ineludible en las sociedades humanas actuales, nos arrogamos el uso de dichas prácticas. Así, saben que cuando las condiciones sean propicias, y los preceptos religiosos que prohibían la “usura” se debiliten, ellos podrán surgir como los verdaderos dueños legítimos de dichas actividades. Así evitan desde el comienzo, que elementos “externos” a la creencia de la ingeniería social se puedan infiltrar en el negocio. No obstante, he de decir que las cualidades inherentes (la mentira, el camelo, y la agresividad comercial) a dichas actividades favorecen que quienes practiquen dichas actividades acaben siendo los elementos más subversivos de la sociedad; y no porque el prestar con interés sea malo. Eso lo podría hacer un hombre de bien, pero la psicología y la sociedad humana funcionan de una manera que hace que un hombre honesto y serio no pueda competir a la larga en ese tipo de negocios con aquellos que usan la mentira. Y por supuesto, todos los intentos de “controles de precios” basados en aspectos morales, serán (siempre lo han sido) un completo fracaso.

A pesar de lo evidente de la hipocresía de estas élites que controlan el mundo, parece imposible que las masas del mismo se den cuenta de lo mismo, siendo el caso el contrario, o sea, que las mismas abrazan con más fuerza si cabe, las tesis que les son vendidas. Después de todo no puede ser de otra manera, y da igual las denuncias que sobre lo mismo se hagan, pues caerán en saco roto. El camino al Nuevo Orden Mundial está ya más que preparado, y solo hace falta el empujón final para que la sociedad abrace el ideal materialista en su totalidad. Presas de la materia, ya no quedará más camino que recorrer; ciertamente, como diría Julius Evola, el ciclo se cierra.

 

  1. Al contrario de lo que piensan la gran mayoría de los intelectuales de los últimos siglos, tanto de izquierda como de derecha.
  2. De algún modo, dicha situación se da ya mismo. Las sociedades de Occidente aún creen que tiene propiedad privada, pero solo se trata de una ilusión, pues la misma está bajo control del Estado y quienes controlan al mismo: los altos sacerdotes de la alquimia social y los dueños de las multinacionales.

Sobre la homosexualidad

GaysVisto en: https://danipirata80.wordpress.com/2015/04/22/sobre-la-homosexualidad-por-ibn-asad/

Por Ibn Asad

Acepto el desafío de expresar mi opinión sobre este tema a sabiendas de la engorrosa polémica que siempre conlleva hacerlo. Es más, lanzo este email como germen de un debate abierto y libre al respecto. Como usted, también me pregunto qué interés tienen los globalistas para promover e incentivar la homosexualidad hasta la histeria. Y reconozco no saber si la obvia homosexualización de la sociedad contemporánea es un medio o un fin en sí mismo, o tan sólo una consecuencia, un “efecto colateral” de una sociedad diseñada en la enfermedad y el desvío. En principio, hay homosexuales en todas las sociedades, incluidas las tradicionales. Siempre ha habido homosexuales, e incluso en organizaciones sociales normales, el homosexual disponía de un oficio, un espacio, un rol social y familiar que le eran propios. ¿Marginales? Pues sí, pero por una cuestión de estadística. Es un porcentaje siempre escaso el de los individuos homosexuales por naturaleza. Siempre ha habido individuos homosexuales en todas las razas, castas y clases sociales, formando siempre un minoría, perfectamente integrados como homosexuales en una sociedad sana que exigía discreción para unas preferencias sexuales que no deberían salir nunca del ámbito privado. Lo que ocurre ahora es algo inédito: un colectivo que hace de esa misma práctica íntima, su elemento de cohesión. No es una raza, una etnia, una casta, un pueblo, una nación, una religión… lo único que une a los colectivos homosexuales en su reivindicación y activismo, es una práctica sexual, a saber, la homosexualidad. Eso es “ser gay”: hacer del gusto por una práctica sexual, una ideología. Pongo un ejemplo para ver el absurdo reivindicativo alcanzado. A mí siempre me han gustado las mujeres rubias. Allá donde he vivido, siempre ha habido muy pocas rubias, por lo que mi gusto siempre ha resultado un poco excéntrico. Incluso me puedo sentir marginado sexualmente por ello. Entonces, formo una ONG y una plataforma en pro de los raros como yo. ¿Es ridículo? Es exactamente lo que los activistas homosexuales hacen. Por supuesto que hay otros intereses en todo esto, y el error radica en ver esta cuestión desde una perspectiva moral. Los globalistas escupen en la moral y las buenas formas, y no valoran esta cuestión así. Es habitual escuchar “Bueno… ¿si se quieren?” en boca de un hombre o mujer de buena voluntad para justificar una unión homosexual. Acepto la existencia del amor homosexual. Asimismo, los que tengan perro sabrán que es verdadero amor lo que hay entre un perro y su dueño, y sólo alguien “amante de los perros” sabrá de la veracidad de estas palabras: el vínculo entre un hombre y su perro es puro amor. Y sin embargo, todos ustedes considerarán como pervertida y enferma a una mujer que mantiene relaciones sexuales con su caniche. ¿Imaginan que esa pobre mujer quisiera casarse con su perro y reivindicara su derecho? Esto ya ocurre hoy: hay movimientos reivindicativos pedófilos, activistas de los derechos del voyeur, terroristas femen, clubs de sadomasoquistas, tribus urbanas de emo asexuados, webs para onanistas, spas para swingers… No se trata sólo de la aceptación social de la homosexualidad sino de la intrusión de toda esta bazofia en la institución matrimonial y sentar precedente para cualquier tipo de reforma más o menos aberrante. ¿Pues, a estas alturas, qué Doctor en Derecho de cualquier Derecho va a negar el matrimonio a cualquiera que quiera casarse de cualquier modo? Es decir, si somos flexibles en cuanto al “género” de los cónyuges, ¿por qué no serlo en cuanto al “número”? ¿Por qué decir sí a “un novio con un novio” y decir no a “cuatro novios con tres novias y un hermafrodita”? Ya existen movimientos reivindicativos así, lo llaman “poliamor” y me pregunto por qué estos liberales poliamorosos que se quieren casar a tres o cuatro bandas, aparecen con un halo cool en los medios de información que los polígamos de ciertas comunidades mormonas o musulmanas, no tienen. Hacen esencialmente lo mismo. Para mí es igual de despreciable. Pero para un periódico como El País, tres travestis de Chueca que quieren casarse son “activistas que luchan por sus derechos”, mientras un granjero del Utah profundo que tiene dos mujeres es un “machista retrógrado”. Observando estas paradojas y eufemismos periodísticos, se comprueba que la dimensión de la propaganda gay trasciende el ámbito moral y que los objetivos de los apologistas son más ambiciosos. En última instancia, no se trata de la homosexualidad en concreto, sino de fomentar todo lo que desintegre la unidad psicológica, sexual, familiar y social del ser humano, para que este dé su “libre consentimiento” a la imposición de un modelo huxleyiano de nacimiento, crianza y educación. Ese es el pack de medidas de la ONU para los próximos años. Lo han estudiado científicamente: lo saben, lo han estudiado y lo usan. Saben que si sexualizan artificialmente a los pre púber, estos, cuando crezcan, no van a poder formar una familia. Saben que la promiscuidad en la adolescencia va a dificultar el enamoramiento y las relaciones interpersonales profundas. Saben que una chica de quince años que es bisexual y sodomita compulsiva a su edad, jamás va a ser madre y ejercer como tal. Saben que un chico de la misma edad que ha tenido decenas de compañeros sexuales y que tiene pornografía hasta en el desayuno, nunca va a ejercer una oposición firme a la implementación de un modelo huxleyiano global de educación. No hablo de ciencia-ficción ni teorías de conspiración. Esto ya pasa y es riguroso presente. Lo hago ver: He sido profesor de adolescentes en otros países y afirmo esto con fundamento: en los países occidentales, la presente generación de niños (0 a 20 años) mantiene los valores vitales a flote no gracias a sus padres (que trabajan más de 40 horas semanales fuera del hogar y han delegado su deber como padres al internet y a la carcelaria escuela), sino gracias a la generación de los abuelos (auténticas reservas de una funcionalidad familiar condenada a desaparecer). Cuando esos abuelos mueran, los pocos chicos que van a ser padres en el futuro, no tendrán recursos espirituales, ni humanos, ni meramente económicos para educar a sus hijos. En una generación, será raro encontrar a un niño cuyos padres no sean divorciados, o separados, o ineptos, o enfermos, o se hayan vuelto afeminados o lesbianas. En dos generaciones, no habrá ya ninguna referencia viva a un modelo nuclear social mínimamente saludable. En tres generaciones, esto que alguien llamó con desprecio “familia tradicional” habrá desaparecido. Supongo que ahí el Establishment político podrá hacer de los niños, perfectos ciudadanos globales. El Mundo Feliz. Pero volvamos a la cuestión propuesta. Pregunta directamente sobre el acto homosexual y mi opinión al respecto. Incluso con más exactitud sobre el sexo anal (o rectal, como dice) y sus implicaciones en la fisiología sutil del ser humano. Evitaré usar términos ya usurpados por la new-age (chakras y demás), sin remedio condenados a los oscurantismos y ocultismos de tres al cuarto. Hablaré sin rodeos. La sodomía está presente en ritualísticas de varias comunidades chamánicas degradadas de África y Asia. Los etnólogos lo han estudiado en profundidad. Aparece en rituales de paso, generalmente de pubertad. No siempre es la sodomía; a veces cascan un diente incisivo con una piedra, amputan falanges, se perforan el escroto (¿piercing?), se marcan la piel (¿tatoo?), practican omofagia, antropofagia o la famosa ablación. Como se puede concluir, el elemento clave en estas prácticas es el dolor. Y he ahí la clave: la sodomía no es una técnica sexual de los modernos que casualmente aparece en rituales primitivos. Al contrario: la sodomía es una técnica ritual de grupos contrainiciáticos que, no por casualidad, aparece en el repertorio sexual del modernito y la modernita que fardan de “liberales”. Y esto no se sabe: en la modernidad no se sabe ni se cuestionan las implicaciones psicológicas y espirituales de esta práctica u otra. Se legitima con el mero hecho de que los practicantes acepten hacerlo e, incluso, obtengan placer con ello. En una sociedad hedonista, algo que sea placentero se convierte automáticamente en “bueno” y “lícito”, y ese silogismo se cae por su peso cuando se comprueba que hay gente que asegura obtener placer de la humillación, el dolor ajeno o propio, la tortura, tal y como testimonian los sadomasoquistas (por cierto, otro colectivo muy respetado en la actualidad). Todos nuestros actos, sexuales o no, placenteros o no, tienen consecuencias en nosotros mismos. Los actos sexuales influyen profundamente en la salud física, el equilibrio anímico y el desarrollo espiritual. No es una cuestión moral. Es pura fisiología. Por ejemplo, si yo permito libremente que usted me saque el ojo con una cuchara sopera, después de perder el ojo, podemos filosofar y discutir si eso fue un acto moral o inmoral, si obtuve placer o dolor, si supone un delito o fue un acto legal… ¡En fin! Pero independientemente de nuestras conclusiones, nadie va a poder negar el hecho de que jamás podré volver a ver con el ojo derecho. Ese acto tiene una consecuencia fisiológica. La sodomía tiene consecuencias fisiológicas mucho más profundas de lo que la banalidad sexual del “yo-hago-con-mi-cuerpo-lo-que-quiero” puede ni tan si quiera intuir. Y no por casualidad, aparece como técnica en rituales siniestros: porque es potente, porque no es innocua, porque influye en la fisiología sutil del ser humano y en la física sutil del entorno en donde se practica. Como ve, no estamos hablando de un problema que afecte sólo a una minoría marginal o a los homosexuales. El “Cada uno hace con su vida lo que quiera” no sirve cuando comprobamos con espanto que el Marqués de Sade hizo con su vida lo que quiso, Aleister Crowley hizo con su vida lo que quiso, Rasputín hizo con su vida lo que quiso. Y hoy, casi en 2014, haciendo con nuestra vida lo que se quiere, no vivimos en un lugar más libre, más sano o más bello. Se habla de derechos humanos y a mí sólo me interesan los deberes humanos. Escucho hablar de “libertad sexual” sin que nadie ni tan si quiera cite una “responsabilidad sexual” que no interesa comercialmente, que no se adapta a la tiranía global y que, en definitiva, “no le no mola a la peña”. La homosexualidad (nueva, en cuanto a una imposición comportamental) sólo es un ingrediente más en este cocktail de cicuta contra las buenas formas, la belleza y la salud social. Yo afirmo esto en mi día a día, y después recojo la previsible colección de insultos. Van desde “homosexual no aceptado” hasta “fascista sexista”, desde “reprimido” hasta “pervertido”, desde “homófobo” hasta “corruptor social” y otros despropósitos. Quizás algún que otro insultillo me lo tenga merecido cuando yo hice algún símil tan poco afortunado como aquel que usted me recuerda en el email, el de “la rata bigotuda”. Quizás no haga sino empeorar las cosas si digo que yo no tengo nada en contra de las ratas como especie animal, que considero que tienen su función biológica en su ecosistema, y que son unas criaturas que participan de la belleza de la Creación de Dios. También afirmo que no deseo su exterminio, ni apoyaré políticas de persecución contra ellas, ni creo que haya que encarcelarlas, ni torturarlas, ni gasearlas. Jamás he hecho daño a una rata. Asimismo, esto lo digo con la misma firmeza: jamás dejaría que las ratas anidaran en mi casa, que hicieran una plaga e invadieran el dormitorio de mi hijo. Jamás permitiría vivir entre ratas.

¿Putin niega el Holocausto?

http://tribunadeeuropa.net/2015/03/30/putin-niega-el-holocausto/Putin is a Holocaust-religion-heretic“Las vidas de los goy también cuentan”

En la página web oficial Kremlin.ru se ha informado:

“Vladimir Putin envió sus saludos a todos los asistentes al réquiem celebrado para conmemorar el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz por el Ejército Rojo y el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto.”

El Presidente dijo que, en particular, en su mensaje:

    “El Holocausto fue una de las páginas más trágicas y vergonzosas de la historia humana. Millones de personas inocentes fueron víctimas de los nazis, pasaron por el infierno de los campos de la muerte y fueron fusilados, torturados y murieron de hambre y enfermedades. El Ejército Rojo puso fin a estas atrocidades y esta barbarie despiadada y no sólo salvó al pueblo judío, sino también a los demás pueblos de Europa y del mundo.”

Pero para los guardianes de la ortodoxia del Holocausto esto suena un poco como la negación del Holocausto.

De acuerdo con Michael Shermer y Alex Grobman, autores de “Denying History: Who Says the Holocaust Never Happened and Why Do They Say It?”, cualquier persona que se opone a cualquiera de las siguientes tres afirmaciones es un negador del Holocausto:

1) Que seis millones de judíos fueron asesinados

2) La existencia de cámaras de gas

3) El programa de gobierno nazi oficial tenía como fin eliminar a todos los judíos.

Mensaje de Putin deliberadamente no apoya ninguna de estas tres afirmaciones controvertidas, que en conjunto constituyen la santa trinidad de una nueva religión, Holocaustica.

El presidente de Rusia, se limitó a afirmar que “millones” (no seis millones) de “personas inocentes” (no sólo judíos) fueron víctimas. Cita víctimas siendo “disparas” y “torturadas” y que “murieron de hambre y enfermedades” -, y la mención de las supuestas cámaras de gas de Zyklon-B brilla por su ausencia.

Muchos historiadores revisionistas, entre ellos expertos en química y la Historia de la Ciencia Ph.D. Nick Kollerstrom , sin duda estarían de acuerdo, al menos en sus líneas generales, con la declaración de Putin. Dr. Kollerstrom, quien fue despedido sin explicación por parte de University College de Londres, después de la publicación de un artículo académico sobre residuos de Zyklon-B, reconoce que un gran número de prisioneros de los campos de trabajo sufrieron y murieron, pero sostiene que la gran mayoría sucumbió al hambre y las enfermedades. Según palabras de Kollerstrom, los residuos de cianuro demuestran que el Zyklon-B se utilizó para matar a los piojos, no a las personas, en un esfuerzo por combatir el tifus y salvar las vidas de los prisioneros de los campos de trabajo y sus guardias. En opinión de Kollerstrom, las cámaras de gas para los humanos, eran una especie de leyenda urbana que pueden haber surgido de una campaña de propaganda británica en tiempos de guerra destinada a demonizar a los alemanes.

Si añadimos que no ha mencionado a los “seis millones”, figura santa, y añadir la mención de otras causas de muerte, pero no las cámaras de gas, y que el presidente Putin también se abstuvo de afirmar que los nazis persiguieron realizar un programa oficial destinado a matar a todos los Judíos en los territorios que controlaban, tenemos el “escándalo”. Para Shermer, Grobman y Lipstadt, Putin es un negador del Holocausto por triplicado.

Pero la mayor herejía de Putin, desde el punto de vista de los fundamentalistas Holocausticos, lo peor es su negativa de reconocer la primacía y la inefabilidad del sufrimiento judío. De acuerdo con la Iglesia de Holocaustica, que mantiene templos sagrados como museos en todo el mundo, el monstruoso crimen del Holocausto  es incomparable a otros holocaustos y genocidios. Además, los Holocausticos afirman que el sufrimiento de las víctimas judías,  no tiene paralelo en el sufrimiento humano experimentado en cualquier otro momento o lugar, la vida judía es especialmente sagrada y exige su defensa, por las buenas o por las malas, a manos del Estado sionista de Israel.

La declaración de Putin se opone claramente la obsesión holocáustica con sufrimiento exclusivo judío. Al hacer hincapié en el sufrimiento de todas las “personas inocentes”, y no sólo los Judíos, y al insistir en que el Ejército Rojo salvó “no sólo al pueblo judío, sino también a los demás pueblos de Europa y del mundo” Putin está cometiendo una herejía condenable contra Holocáustica.

El presidente de Rusia, parece creer que las personas, más de 54 millones de no judíos, que murieron durante la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de ellos civiles inocentes, también deben ser lloradas. ¡Menudo crimen! ¿No?

 Basada en esta noticia

*Tribuna de Europa ni se burla, ni niega, ni pretende ofender a nadie víctima inocente o familiar de víctima inocente de la II Guerra Mundial.